⚔️🌾 EL GENERAL QUE FUE HUMILLADO POR UNA CAMPESINA
Parte 3 — La mujer que conocía el secreto del general
La espada de Seo Do-Jin permanecía en su mano, pero el general ya no estaba pensando en el combate.
Sus ojos seguían a Han Chae-Rin mientras ella se alejaba lentamente por la plaza.
Los aldeanos guardaban silencio.
Nadie se atrevía a burlarse directamente del general.
Aunque las expresiones de sus rostros decían absolutamente todo.
Uno de los soldados se acercó con cautela.
—General…
Do-Jin levantó una mano.
—Ni una palabra.
El soldado cerró la boca inmediatamente.
Do-Jin miró su espada.
Había sido desarmado.
Delante de toda una aldea.
Y por una campesina.
Pero aquello no era lo que más le preocupaba.
Había reconocido algo en la forma en que ella había bloqueado sus ataques.
Un movimiento.
Una posición de los pies.
Una manera muy particular de girar la muñeca antes de contraatacar.
Do-Jin conocía aquella técnica.
La había aprendido muchos años atrás.
—No puede ser…
El general guardó la espada.
—¿Quién te enseñó?
Chae-Rin continuó caminando.
—Ya te lo dije.
—Dijiste que fue alguien que conocí.
Ella se detuvo.
—Entonces deberías recordarlo.
Do-Jin se acercó.
—No juegues conmigo.
Chae-Rin se giró lentamente.
—Tú fuiste quien empezó este juego cuando llegaste exigiendo que todos se arrodillaran.
Algunos aldeanos bajaron la cabeza para ocultar una sonrisa.
Do-Jin los vio.
—¿También ustedes se están riendo?
Un anciano respondió inmediatamente:
—No, general.
Pausa.
—Bueno… un poquito.
La plaza quedó en silencio durante un segundo.
Después varios aldeanos comenzaron a reír.
Do-Jin cerró los ojos, intentando conservar la paciencia.
Chae-Rin también sonrió.
Pero la expresión del general cambió rápidamente cuando volvió a mirarla.
—Quiero la verdad.
Ella dejó de sonreír.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu maestro.
Chae-Rin permaneció callada.
Do-Jin bajó la voz.
—Esa técnica pertenece a un hombre que desapareció hace quince años.
Chae-Rin lo miró fijamente.
—Entonces sí lo recuerdas.
Do-Jin sintió un escalofrío.
—¿Quién era?
Ella dio un paso hacia él.
—Mi padre.
El rostro del general cambió.
—¿Tu padre?
—El maestro que entrenó a varios de los mejores soldados del reino.
Do-Jin bajó la mirada.
De repente, los recuerdos comenzaron a regresar.
Un hombre mayor entrenando jóvenes soldados.
Una voz firme corrigiendo sus movimientos.
Un día de lluvia.
Una orden del palacio.
Y después…
la desaparición.
Do-Jin miró nuevamente a Chae-Rin.
—¿Tu padre murió?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Eso fue lo que me dijeron.
—¿Y tú no lo crees?
—Nunca lo creí.
El general permaneció en silencio.
Chae-Rin metió la mano dentro de su chaleco y sacó un pequeño trozo de tela vieja.
Se lo entregó.
Do-Jin lo tomó.
En la tela había un símbolo bordado.
El mismo símbolo que pertenecía al grupo militar que había entrenado al general durante su juventud.
Do-Jin palideció.
—¿Dónde encontraste esto?
—En las cosas de mi padre.
—¿Qué quieres de mí?
Chae-Rin lo miró directamente.
—La verdad.
Do-Jin frunció el ceño.
—¿Qué verdad?
—Quiero saber por qué desapareció.
El general guardó silencio.
Chae-Rin continuó:
—Y quiero saber por qué tú fuiste el último soldado que estuvo con él.
Do-Jin levantó la mirada.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque encontré una carta.
—¿Qué decía?
Chae-Rin lo miró durante unos segundos.
—Decía tu nombre.
El general quedó inmóvil.
—¿Qué más decía?
Ella guardó silencio.
—Dímelo.
Chae-Rin se acercó hasta quedar frente a él.
—Decía que si algún día tú regresabas a esta aldea…
Do-Jin esperó.
—¿Qué?
Chae-Rin respondió:
—No debía confiar en ti.
El general quedó completamente desconcertado.
—¿Por qué?
Chae-Rin comenzó a alejarse.
—Eso es precisamente lo que quiero descubrir.
Do-Jin la siguió con la mirada.
Por primera vez desde que había llegado a la aldea, había olvidado completamente su orgullo.
Había ido allí pensando que todos debían obedecerlo.
Había encontrado a una campesina que no se arrodilló.
Después había descubierto que aquella mujer podía derrotar a sus soldados.
Y ahora acababa de descubrir que ella era la hija del hombre que había marcado el comienzo de su carrera militar.
Pero había algo todavía más inquietante.
Si el padre de Chae-Rin había dejado una advertencia sobre él, significaba que alguien había estado ocultando la verdadera historia durante quince años.
Do-Jin miró nuevamente el viejo trozo de tela.
—Chae-Rin.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
El general habló con una seriedad que ella nunca había visto en él.
—Creo que sé dónde está tu padre.
Chae-Rin se quedó completamente quieta.
—¿Dónde?
Do-Jin miró hacia las montañas.
—Pero si tengo razón…
Hizo una pausa.
—Puede que siga vivo.
Los ojos de Chae-Rin se abrieron de par en par.
—¿Qué acabas de decir?
Do-Jin la miró.
—Y creo que alguien lleva quince años asegurándose de que nadie lo encuentre.
La expresión de Chae-Rin cambió completamente.
Detrás de ellos, uno de los soldados observó discretamente hacia el camino.
Una figura desconocida acababa de aparecer a lo lejos.
El hombre llevaba el mismo símbolo bordado que aparecía en la antigua tela.
Y cuando vio a Chae-Rin, se detuvo.
La joven todavía no lo había visto.
Do-Jin sí.
El general llevó lentamente la mano hacia su espada.
Porque aquel hombre no había venido a hablar.
Había venido a impedir que Chae-Rin descubriera quién había traicionado realmente a su padre.
“`
