LA CAMPESINA QUE RECHAZÓ EL ORO DE LA PROMETIDA DEL PRÍNCIPE
Durante unos segundos, nadie se atrevió a moverse.
La plaza de la pequeña aldea había quedado completamente en silencio. Los vendedores que minutos antes gritaban para ofrecer frutas, telas y verduras ahora permanecían inmóviles detrás de sus puestos. Incluso los niños que corrían entre las carretas habían dejado de jugar.
Todos miraban a tres personas.
El príncipe heredero Kang Mu-Jin.
La noble Yoon Hae-Rin.
Y la campesina Han Soo-Rin.
Pero ahora había algo diferente.
El pequeño colgante que Soo-Rin llevaba escondido durante tantos años había dejado de ser un simple recuerdo familiar.
Hae-Rin había reconocido su símbolo.
Y Mu-Jin acababa de preguntarle algo que jamás nadie se había atrevido a preguntarle.
—Soo-Rin… ¿quién era tu padre?
Soo-Rin levantó lentamente la mirada.
Sus dedos seguían apretando el colgante debajo de su ropa.
Durante toda su vida había aprendido a evitar esa pregunta.
Cuando era niña, su madre le había dicho que su padre había muerto antes de que ella pudiera recordarlo. Después, cuando Soo-Rin creció y comenzó a insistir, su madre siempre cambiaba de conversación.
Nunca había recibido una explicación.
Nunca había visto una tumba.
Nunca había tenido una sola prueba de que aquel hombre hubiera existido realmente.
Solo tenía aquel colgante.
Un pequeño objeto de metal oscuro con un símbolo grabado en el centro.
Y ahora Hae-Rin decía conocerlo.
El símbolo que nadie debía reconocer
Soo-Rin dio un paso hacia Hae-Rin.
Su rostro había perdido toda la calma que había mostrado momentos antes.
—¿Cómo sabes de este símbolo?
Hae-Rin no respondió inmediatamente.
En lugar de eso, miró a Mu-Jin.
El príncipe observaba el colgante con una expresión completamente diferente.
Ya no parecía estar pensando en la discusión entre las dos mujeres.
Parecía estar recordando algo.
Algo que había escuchado años atrás dentro del palacio.
Mu-Jin había crecido rodeado de documentos, generales, ministros y viejas historias sobre las guerras que habían marcado el reino. Había escuchado nombres que después fueron borrados de los registros oficiales.
Uno de ellos había sido mencionado muchas veces por su padre.
Un comandante llamado Han Do-Yun.
Un hombre que había desaparecido veinte años atrás.
Un hombre considerado uno de los mejores estrategas militares de su generación.
Y, según los documentos del palacio, un traidor.
Pero Mu-Jin recordaba algo extraño.
Su padre nunca hablaba de Han Do-Yun como hablaba de otros traidores.
Cuando alguien pronunciaba aquel nombre, el rey siempre ordenaba cambiar de tema.
Como si existiera una parte de aquella historia que no quería revelar.
Mu-Jin miró nuevamente a Soo-Rin.
—Ese símbolo pertenecía a una antigua unidad militar.
Soo-Rin frunció el ceño.
—¿Una unidad militar?
Mu-Jin asintió lentamente.
—La unidad del comandante Han Do-Yun.
Soo-Rin sintió que el mundo se detenía.
Su respiración se hizo más lenta.
El nombre que acababa de escuchar era exactamente el mismo que su madre había pronunciado una sola vez cuando Soo-Rin era una niña.
Han Do-Yun.
Su supuesto padre.
El hombre que supuestamente había muerto.
La verdad que la madre de Soo-Rin escondió
Soo-Rin retrocedió un paso.
—Mi madre me dijo que mi padre murió.
Mu-Jin la observó con seriedad.
—Entonces quizá nunca te contó toda la verdad.
Hae-Rin soltó una pequeña risa.
—Por fin entiendes lo que está pasando.
Soo-Rin giró rápidamente hacia ella.
—Tú sabías quién era mi padre.
Hae-Rin guardó silencio.
Eso fue suficiente como respuesta.
La expresión de Soo-Rin cambió.
La mujer que momentos antes había llegado con un cofre de oro para comprar su silencio ahora parecía esconder algo mucho más importante.
Soo-Rin se acercó.
—¿Por qué intentaste comprarme?
Hae-Rin mantuvo la cabeza en alto.
—Porque quería que desaparecieras de la vida del príncipe.
Soo-Rin negó lentamente con la cabeza.
—No. Eso no es todo.
Hae-Rin apretó los labios.
Mu-Jin también comenzó a sospechar.
—Hae-Rin, ¿qué sabes sobre Han Do-Yun?
La noble lo miró directamente.
—Más de lo que tú imaginas.
—Entonces habla.
—No aquí.
Mu-Jin dio un paso hacia ella.
—Si esto tiene que ver con el reino, hablarás aquí mismo.
Hae-Rin miró a los aldeanos.
Había demasiados testigos.
Finalmente bajó la voz.
—Si digo lo que sé, habrá personas que vendrán por ella.
Soo-Rin sintió un escalofrío.
—¿Por mí?
Hae-Rin la miró.
—No. Por lo que llevas contigo.
El mensaje escondido
Soo-Rin llevó inmediatamente la mano al colgante.
Mu-Jin se acercó.
Observó el pequeño objeto con atención.
Hasta ese momento parecía una pieza sencilla de metal envejecido.
Pero al girarlo, Mu-Jin descubrió una pequeña línea en uno de sus bordes.
Era una abertura casi invisible.
—Esto no es solamente un colgante.
Soo-Rin abrió los ojos.
—¿Qué quieres decir?
Mu-Jin tomó el objeto con cuidado.
Presionó una pequeña parte del metal.
Se escuchó un clic.
El colgante se abrió.
Dentro había un diminuto compartimento.
Y en su interior había un fragmento de papel enrollado.
Soo-Rin se quedó sin palabras.
Durante más de veinte años, aquel mensaje había estado oculto dentro del objeto que su madre le había entregado.
Mu-Jin sacó el papel.
Era viejo.
Amarillento.
Pero las letras todavía podían leerse.
Soo-Rin se acercó.
—¿Qué dice?
Mu-Jin comenzó a leer.
—“Si algún día mi hija encuentra este mensaje, significa que ya no puedo regresar por ella.”
Soo-Rin se llevó una mano a la boca.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Mu-Jin continuó.
—“No confíes en quienes llevan el emblema de la serpiente negra.”
Hae-Rin palideció.
Mu-Jin levantó lentamente la mirada.
El resto del mensaje estaba parcialmente destruido.
Solo quedaban unas pocas palabras.
—“Tu madre sabe dónde…”
El papel se rompió.
Soo-Rin lo tomó desesperadamente.
—¡No! ¡Tiene que haber más!
Mu-Jin buscó el resto.
Pero no había nada.
Solo una pequeña parte quemada.
Soo-Rin respiró profundamente.
Ahora sabía que su madre había ocultado la verdad.
Y también sabía que su padre había dejado aquel mensaje para ella.
La amenaza llega a la aldea
Antes de que pudieran continuar, se escuchó el sonido de varios caballos acercándose.
Los aldeanos comenzaron a apartarse.
Mu-Jin levantó la cabeza.
Seis jinetes entraron en la plaza.
Vestían ropa oscura y llevaban espadas.
No portaban el uniforme oficial del ejército.
Uno de ellos desmontó.
Miró directamente hacia Soo-Rin.
—Entréguenme el colgante.
Mu-Jin se colocó inmediatamente delante de Soo-Rin.
—¿Quién los envió?
El hombre sonrió.
—Eso no importa.
Mu-Jin llevó la mano hacia su espada.
—Entonces cometiste un error viniendo aquí.
Hae-Rin observó a los hombres con miedo.
Soo-Rin la miró.
—¿Son ellos?
Hae-Rin respondió en voz baja.
—Sí.
—¿Quiénes son?
—Los que hicieron desaparecer a tu padre.
La primera batalla
El primer hombre desenvainó su espada.
Mu-Jin reaccionó inmediatamente.
El choque de las espadas resonó por toda la plaza.
Los aldeanos corrieron hacia los lados mientras las carretas eran apartadas de la zona de combate.
Mu-Jin bloqueó el primer ataque y giró rápidamente.
Otro enemigo intentó atacarlo por la espalda.
Soo-Rin tomó una vara de madera de uno de los puestos y golpeó la mano del atacante antes de que pudiera alcanzar al príncipe.
El hombre retrocedió.
Mu-Jin la miró sorprendido.
—¡Soo-Rin, aléjate!
Ella negó con la cabeza.
—No pienso volver a esconderme.
Tomó posición.
Su manera de sostener la vara no parecía la de una campesina común.
Mu-Jin lo notó.
Uno de los atacantes también.
—Esa postura…
Soo-Rin avanzó.
Con un movimiento rápido, hizo caer al hombre al suelo.
Mu-Jin comprendió algo.
Soo-Rin había estado ocultando habilidades durante toda su vida.
La batalla se volvió caótica.
Hae-Rin se refugió detrás de una carreta.
Los hombres intentaron rodear a Soo-Rin.
Mu-Jin se interpuso.
Uno de los atacantes consiguió sujetar a Soo-Rin por el brazo.
Ella intentó liberarse.
Pero el hombre era demasiado fuerte.
Mu-Jin apareció detrás de él y lo derribó.
Entonces el líder gritó:
—¡No la maten! ¡La necesitamos viva!
Mu-Jin se quedó inmóvil durante un instante.
Ya no había duda.
Esos hombres no habían venido a robar el colgante.
Habían venido por Soo-Rin.
La decisión del príncipe
Mu-Jin miró a Soo-Rin.
Ella estaba asustada, pero no retrocedía.
—Mu-Jin…
Él se acercó.
—Voy a sacarte de aquí.
Soo-Rin negó con la cabeza.
—Toda mi vida huyeron de esta verdad por mí.
—No tienes que enfrentarla sola.
—Pero es mi historia.
—Entonces la descubriremos juntos.
Soo-Rin lo miró fijamente.
Por primera vez, comprendió que Mu-Jin no estaba a su lado simplemente porque estaba enamorado de ella.
Estaba dispuesto a enfrentarse a cualquiera para descubrir la verdad.
Incluso si esa verdad podía poner en peligro su posición como príncipe heredero.
La confesión de Hae-Rin
Cuando los atacantes finalmente retrocedieron, Hae-Rin salió lentamente de su escondite.
Su vestido estaba cubierto de polvo.
Pero su expresión había cambiado.
Ya no parecía la mujer orgullosa que había llegado a la aldea con un cofre de oro.
Parecía alguien que había perdido el control de una situación que llevaba años intentando controlar.
Soo-Rin se acercó.
—Ahora vas a decirme toda la verdad.
Hae-Rin respiró profundamente.
—Mi padre sabía que tu padre estaba vivo.
Soo-Rin quedó paralizada.
—¿Vivo?
Hae-Rin asintió.
—Durante años recibimos información sobre él.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¡Estás mintiendo!
—No. Pero sé quién podría saberlo.
Mu-Jin intervino.
—¿Quién?
—El hombre que custodia los archivos prohibidos del palacio.
Mu-Jin frunció el ceño.
—Esos archivos no existen.
Hae-Rin lo miró directamente.
—Eso es lo que quieren que creas.
La última pista
Antes de regresar al palacio, Mu-Jin llevó a Soo-Rin a un pequeño santuario abandonado en las afueras de la aldea.
Necesitaban un lugar seguro para pensar.
Soo-Rin se sentó junto a una vieja columna de madera.
Miró el fragmento de papel.
Había una frase que no dejaba de repetirse en su cabeza.
“Tu madre sabe dónde…”
Entonces recordó algo.
Una noche, cuando tenía apenas siete años, había despertado y escuchado a su madre llorando.
Había escuchado una voz.
Una voz masculina.
Su madre había respondido:
—No puedo decirle dónde está. Si descubren que sigue vivo, vendrán por ella.
Soo-Rin abrió los ojos.
Había olvidado aquel recuerdo.
O quizás su mente había intentado protegerla.
Se levantó inmediatamente.
—Mi madre lo sabe.
Mu-Jin la miró.
—¿Sabes dónde está?
—En casa.
—Entonces debemos ir ahora.
Ambos salieron del santuario.
Pero no sabían que alguien los observaba desde la distancia.
Un hombre vestido completamente de negro permanecía detrás de unos árboles.
En su mano llevaba el mismo símbolo de la serpiente negra.
Lo observó durante unos segundos.
Después sacó un pequeño silbato y emitió una señal.
Muy lejos de allí, otro hombre respondió.
El verdadero peligro
Mu-Jin y Soo-Rin regresaron rápidamente hacia la casa.
La aldea parecía extrañamente tranquila.
Demasiado tranquila.
Soo-Rin aceleró el paso.
—Algo está mal.
—¿Por qué?
—Mi madre siempre deja la puerta abierta durante el día.
Cuando llegaron frente a la casa, la puerta estaba cerrada.
Soo-Rin la abrió.
La habitación estaba vacía.
La mesa estaba volcada.
Había una taza rota en el suelo.
Y una pequeña tela verde estaba tirada junto a la entrada.
Soo-Rin la reconoció inmediatamente.
—Es de mi madre.
Mu-Jin observó el suelo.
Había marcas de barro.
Alguien había entrado.
Y alguien había salido llevándose a su madre.
Soo-Rin comenzó a temblar.
—Se la llevaron.
Mu-Jin apretó la mandíbula.
—No.
—¿Qué?
—Nos dejaron esto para que lo encontráramos.
Mu-Jin señaló una pequeña caja de madera sobre la mesa.
Soo-Rin se acercó lentamente.
Dentro había una sola hoja.
Y una frase escrita con tinta oscura.
EL MENSAJE
“Si quieres volver a ver a tu madre, lleva el colgante al antiguo puente del bosque antes de la medianoche.”
Debajo había una segunda frase.
“Y ven sola.”
Soo-Rin levantó la mirada.
Mu-Jin estaba detrás de ella.
Él sabía que dejarla ir sola era una trampa.
Pero también sabía que no podían ignorar la amenaza.
Entonces, desde el exterior de la casa, se escuchó una voz.
—No necesitas decidir, princesa.
Mu-Jin y Soo-Rin se giraron.
La puerta se abrió lentamente.
Y una figura apareció en la entrada.
Era un hombre mayor.
Vestía la antigua ropa militar de la unidad de Han Do-Yun.
Miró directamente a Soo-Rin.
Después dijo:
—Tu padre me pidió que te protegiera… pero llegué demasiado tarde.
Soo-Rin quedó completamente inmóvil.
El hombre dio un paso adelante.
Y entonces pronunció las palabras que cambiarían toda su vida:
—Han Do-Yun no murió hace veinte años.
—Tu padre sigue vivo.
La historia apenas comenzaba a revelar su verdadero secreto.
