El rey le dio una orden al general… pero él se negó a abandonar a la campesina
El gran salón del palacio quedó completamente en silencio.
El general Kang permanecÃa de pie frente al rey y la reina. Su uniforme oscuro todavÃa llevaba las marcas de las numerosas batallas en las que habÃa participado, pero aquella noche no estaba frente a un enemigo armado.
Su verdadero conflicto estaba delante de él.
Su propio padre.
El rey.
Y a su lado, la reina, cuya mirada dejaba claro que jamás aceptarÃa que una simple campesina entrara en la vida de su hijo.
Kang sabÃa perfectamente lo que estaba en juego.
Sin embargo, también sabÃa que no podÃa fingir que Ae-Rin no significaba nada para él.
Durante meses habÃa intentado convencerse de que aquello era solamente una admiración pasajera. Pensó que con el tiempo dejarÃa de buscarla cada vez que regresaba de una misión. Pensó que dejarÃa de recordar su sonrisa, sus palabras y la forma en que ella conseguÃa hacerlo olvidar, aunque fuera por unos minutos, que era un general de la corona.
Pero se habÃa equivocado.
Cada vez que se alejaba de ella, la extrañaba más.
Y ahora el rey acababa de darle una orden que podÃa cambiarlo todo.
—Desde este momento, no volverás a verla —repitió el rey con voz firme—. Es una orden directa.
Kang levantó lentamente la mirada.
—Padre…
—No hay nada más que discutir.
La reina dio un paso hacia adelante.
—Tu posición exige responsabilidad. Eres uno de los hombres más importantes de este reino. No puedes tirar tu futuro por una mujer que ni siquiera pertenece a nuestra clase.
Kang apretó ligeramente los puños.
No querÃa faltarle el respeto a su madre. HabÃa pasado toda su vida obedeciendo las órdenes de sus padres y sirviendo al reino.
Pero aquella vez sentÃa que obedecer significaba traicionarse a sà mismo.
—Puede que ella no pertenezca a este palacio —respondió finalmente—, pero es la única persona con la que quiero compartir mi vida.
La reina lo miró con incredulidad.
—¿Realmente estás dispuesto a decir eso frente a nosotros?
—SÃ.
—¿Por una campesina?
Kang respiró profundamente.
—No la amo porque sea campesina. La amo porque es Ae-Rin.
La expresión de la reina cambió.
El rey golpeó suavemente el brazo de su trono.
—¡Basta!
Su voz resonó por todo el salón.
Los guardias que permanecÃan cerca de las puertas bajaron la mirada.
—He permitido que olvides por un momento tus obligaciones —continuó el rey—, pero no permitiré que conviertas tus sentimientos en una amenaza para la estabilidad de la corona.
Kang no respondió.
—Mañana —continuó el rey— tendrás una reunión con una familia noble. La hija de esa familia es una mujer adecuada para ti. Es educada, pertenece a nuestra clase y su unión contigo fortalecerÃa al reino.
Kang entendió inmediatamente lo que su padre estaba intentando hacer.
QuerÃan reemplazar a Ae-Rin.
QuerÃan poner a otra mujer a su lado y esperar que con el tiempo olvidara a la campesina.
Pero Kang negó lentamente con la cabeza.
—No voy a casarme con alguien a quien no amo.
—No te estoy preguntando si quieres.
—Y yo no estoy diciendo que lo pensaré.
La reina dio un paso hacia él.
—Kang, estás cometiendo un error.
—Tal vez.
—¿No tienes miedo de perderlo todo?
El general miró a su madre directamente a los ojos.
—SÃ.
La reina pareció sorprenderse por la respuesta.
Pero Kang continuó.
—Tengo miedo de perder mi rango. Tengo miedo de perder mi posición. Incluso tengo miedo de decepcionarlos.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero tengo todavÃa más miedo de pasar el resto de mi vida preguntándome qué habrÃa ocurrido si hubiera luchado por la mujer que amo.
El salón volvió a quedar en silencio.
El rey observó a su hijo durante varios segundos.
Después habló con una frialdad que Kang no habÃa escuchado en mucho tiempo.
—Entonces tendrás que elegir.
Kang permaneció inmóvil.
—Si eliges a esa mujer, dejarás de ser general.
La amenaza quedó suspendida en el aire.
Ser general no era simplemente un tÃtulo.
Era el resultado de años de entrenamiento, sacrificios y batallas. Era el reconocimiento de toda una vida dedicada al reino.
Perderlo significaba abandonar la posición que habÃa construido desde su juventud.
La reina esperaba que finalmente cediera.
El rey también.
Pero Kang tomó una decisión.
Llevó lentamente la mano hacia el sÃmbolo militar que llevaba sobre su uniforme.
Lo retiró.
Durante unos segundos lo observó en silencio.
Ese pequeño objeto representaba todo lo que habÃa sido.
General.
Guerrero.
Hijo del rey.
Servidor de la corona.
Pero también representaba una vida en la que otros habÃan decidido constantemente lo que debÃa hacer.
Kang dejó el sÃmbolo sobre el suelo de piedra.
El sonido fue pequeño.
Pero para el rey pareció un golpe.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
Kang levantó la mirada.
—Eligiendo.
Luego se dio la vuelta.
Comenzó a caminar hacia la salida del salón.
—¡Kang!
El general se detuvo por un instante.
—Si sales por esa puerta, no habrá vuelta atrás.
Kang cerró los ojos durante un segundo.
Después respondió:
—Lo sé.
Y siguió caminando.
Mientras tanto, lejos del palacio, Ae-Rin esperaba cerca del camino que conducÃa hacia el pueblo.
HabÃa pasado toda la tarde intentando convencerse de que Kang encontrarÃa una manera de solucionar las cosas.
Pero en el fondo tenÃa miedo.
SabÃa cómo funcionaba aquel mundo.
SabÃa que el amor entre un general y una campesina podÃa convertirse rápidamente en un escándalo.
Por eso, cuando vio una figura acercándose desde la distancia, sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Era Kang.
Ae-Rin dio un paso hacia él.
Pero inmediatamente notó algo extraño.
Ya no llevaba el sÃmbolo militar de la corona.
Su expresión también habÃa cambiado.
Ya no parecÃa el general que habÃa salido del palacio horas antes.
ParecÃa simplemente un hombre que habÃa tomado una decisión difÃcil.
Ae-Rin se acercó lentamente.
—¿Qué hiciste?
Kang la miró.
—Lo que tenÃa que hacer.
—Kang…
Ella miró nuevamente su uniforme.
—¿Dónde está tu insignia?
Él guardó silencio.
Ae-Rin comprendió.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—No debiste hacer eso.
—Sà debÃa.
—Por mà perdiste tu posición.
Kang se acercó un poco más.
—No la perdà por ti.
Ae-Rin lo miró confundida.
—La entregué por una decisión que yo mismo tomé.
Ella bajó la mirada.
—Pero ahora tu familia te rechazará.
—Tal vez.
—Y quizá nunca vuelvas a ser general.
—Puede ser.
—¿Y no te importa?
Kang sonrió ligeramente.
—Me importa.
Se acercó hasta quedar frente a ella.
—Pero tú me importas más.
Ae-Rin no pudo contener las lágrimas.
—No quiero que destruyas tu vida por mÃ.
—Mi vida no se destruye por amarte.
Kang tomó suavemente sus manos.
—Lo que destruirÃa mi vida serÃa fingir que no te amo.
Ae-Rin cerró los ojos.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Solo se escuchaba el viento moviendo las hojas de los árboles.
Pero aquel momento de tranquilidad no duró mucho.
A lo lejos aparecieron varios soldados del palacio.
Ae-Rin abrió los ojos.
—Kang…
Él se giró.
Los soldados se acercaban rápidamente.
Al frente habÃa un mensajero real.
Cuando llegó frente a ellos, hizo una reverencia.
—General Kang.
Kang lo observó en silencio.
—Ya no soy general.
El mensajero bajó la mirada.
—Entonces debo llamarlo Kang.
—Habla.
El hombre sacó un pergamino.
—El rey ha emitido una nueva orden.
Ae-Rin sintió un escalofrÃo.
Kang tomó el documento y lo abrió.
Su expresión cambió lentamente mientras leÃa.
—¿Qué dice? —preguntó Ae-Rin.
Kang levantó la mirada.
Por primera vez, parecÃa realmente preocupado.
—Quieren que abandones el pueblo.
Ae-Rin se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—El rey ha ordenado que seas llevada al palacio.
El rostro de Kang cambió por completo.
Ahora entendÃa algo.
Sus padres no habÃan terminado.
Si no podÃan convencerlo de abandonar a Ae-Rin, intentarÃan separarlos de otra manera.
Y esta vez, el objetivo no era quitarle su rango.
Era llevarse a la mujer que amaba.
Kang miró a los soldados.
Luego tomó la mano de Ae-Rin.
—No te preocupes.
Ella lo miró.
—¿Qué vas a hacer?
Kang observó el camino que conducÃa al palacio.
Su voz fue tranquila.
—Ahora que ya no soy general, tampoco tengo que obedecer sus órdenes como antes.
Ae-Rin comprendió lo que estaba pensando.
Y por primera vez, ambos supieron que su amor acababa de convertirse en una batalla contra la propia corona.
Continuará…
