LA FUGITIVA QUE SE LANZÓ AL MAR — PARTE 3
Seo Ha-Rin permaneció inmóvil detrás de las rocas.
El agua le llegaba hasta la cintura y el frÃo le recorrÃa todo el cuerpo. Su vestido estaba completamente empapado y cada respiración le costaba más que la anterior.
Pero no era el frÃo lo que la mantenÃa paralizada.
Era la persona que estaba detrás de ella.
Una silueta oscura permanecÃa de pie entre la niebla.
Ha-Rin apretó los puños.
—Te pregunté quién eres.
La persona no respondió.
Ha-Rin dio lentamente un paso hacia atrás.
—Si eres uno de los guardias, te advierto que estoy teniendo una noche terrible y no tengo paciencia.
La figura soltó una pequeña risa.
—Sigues haciendo bromas incluso después de saltar de un barco.
Ha-Rin frunció el ceño.
—¿Me conoces?
La figura finalmente salió de la oscuridad.
Era un hombre joven, de aproximadamente treinta años, con el cabello negro empapado y una herida superficial en la frente.
VestÃa ropa oscura y sencilla. No llevaba el uniforme de los soldados.
Ha-Rin lo observó cuidadosamente.
—¿Quién eres?
—Alguien que acaba de salvarte la vida.
—Yo no recuerdo haberte pedido ayuda.
—La próxima vez intentaré preguntarte antes de evitar que te ahogues.
Ha-Rin lo miró con desconfianza.
—Eres bastante arrogante.
—Y tú bastante difÃcil de salvar.
Por primera vez desde que habÃa escapado, Ha-Rin estuvo a punto de sonreÃr.
Pero el momento desapareció cuando escucharon voces provenientes del barco.
—¡Revisen las rocas!
—¡No puede haber llegado tan lejos!
—¡El capitán quiere encontrarla antes del amanecer!
Ha-Rin miró hacia el barco.
—Nos encontraron.
El desconocido negó con la cabeza.
—TodavÃa no.
—¿Cómo que todavÃa no?
—Porque ellos creen que estás muerta.
Ha-Rin abrió los ojos.
—¿Qué?
—Vi cómo caÃste al agua. Los guardias pensaron que la corriente te habÃa arrastrado.
—Entonces tenemos que aprovechar.
—Exactamente.
El hombre señaló un pequeño sendero entre las rocas.
—Por ahÃ.
Ha-Rin comenzó a caminar.
Pero después de unos pasos se detuvo.
—Espera.
El hombre se giró.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué me ayudas?
El desconocido guardó silencio.
—Porque tenemos un enemigo en común.
Ha-Rin entrecerró los ojos.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es la única respuesta que puedo darte ahora.
Ella lo estudió durante varios segundos.
—No confÃo en ti.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—La gente que confÃa demasiado rápido suele terminar muerta.
Ha-Rin respiró profundamente.
—Entonces vamos.
Ambos comenzaron a avanzar entre las rocas.
LA HUIDA
La niebla se hizo más espesa a medida que se alejaban del barco.
El desconocido caminaba delante de Ha-Rin, apartando ramas y piedras del camino.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
—Han Ji-Hoon.
—¿Eres soldado?
—Lo fui.
—¿Y por qué ya no?
—Porque descubrà algo que no debÃa descubrir.
Ha-Rin se detuvo.
—¿Qué descubriste?
Ji-Hoon continuó caminando.
—Que tu arresto no tiene que ver con el crimen del que te acusan.
Ha-Rin sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo investigué tu caso.
—¿Antes de conocerme?
—SÃ.
—Entonces sabes por qué me persiguen.
Ji-Hoon se detuvo.
—Sé por qué dicen que te persiguen.
Ha-Rin se acercó.
—¿Cuál es la diferencia?
Ji-Hoon la miró fijamente.
—La diferencia es que alguien falsificó las pruebas.
Ha-Rin quedó en silencio.
—¿Quién?
—TodavÃa no lo sé.
—Entonces no sabes nada.
Ji-Hoon sonrió.
—Sé algo más.
—¿Qué?
—La persona que falsificó las pruebas sabÃa exactamente dónde estabas, con quién hablabas y cuándo ibas a escapar.
Ha-Rin sintió un escalofrÃo.
—¿Quieres decir que hay alguien dentro del ejército?
—SÃ.
—¿Y por qué querrÃan culparme?
Ji-Hoon la miró.
—Porque tú viste algo que nunca debiste ver.
Ha-Rin intentó recordar.
Una imagen apareció en su mente.
Una habitación oscura.
Un hombre entregando documentos.
Un sello real.
Y una conversación que habÃa escuchado por accidente.
—El almacén…
Ji-Hoon se giró.
—¿Qué dijiste?
—Antes de que me arrestaran vi algo en un almacén.
—¿Qué viste?
—Cajas con el sello del reino.
—¿Y qué tenÃan dentro?
Ha-Rin negó lentamente con la cabeza.
—No llegué a descubrirlo.
Ji-Hoon se acercó.
—Pero alguien sà sabÃa que las habÃas visto.
Ha-Rin comprendió finalmente la gravedad de la situación.
—Por eso querÃan matarme.
—No exactamente.
—¿Entonces?
Ji-Hoon sacó un pequeño documento de su ropa.
—QuerÃan llevarte viva.
Ha-Rin observó el documento.
—¿Por qué?
—Porque necesitaban saber cuánto habÃas descubierto.
Ha-Rin retrocedió.
—¿Y después?
Ji-Hoon guardó el documento.
—Después probablemente no te habrÃan dejado salir de la fortaleza.
Un silencio pesado cayó entre ambos.
EL REFUGIO
Después de varios minutos caminando, llegaron a una pequeña cabaña escondida entre los árboles.
Ji-Hoon abrió la puerta.
—Entra.
Ha-Rin dudó.
—¿Quieres que entre en una casa desconocida con un hombre que no conozco?
Ji-Hoon levantó las manos.
—Si quieres, puedo salir y dejarte sola bajo la lluvia.
Ha-Rin lo miró.
—No serÃa una mala idea.
—Muy bien.
Ji-Hoon dio media vuelta.
Ha-Rin lo agarró del brazo.
—Espera.
Él sonrió.
—Lo sabÃa.
—No te emociones.
Entraron en la cabaña.
Ji-Hoon encendió una pequeña lámpara.
Ha-Rin se sentó cerca del fuego.
—Necesitas descansar.
—Necesito saber qué está pasando.
—Y yo necesito que no te mueras antes de poder explicártelo.
Ha-Rin lo miró.
—Eres desesperante.
—Me lo han dicho antes.
Por primera vez, ambos sonrieron.
Pero la tranquilidad duró muy poco.
Un ruido se escuchó afuera.
Ji-Hoon inmediatamente apagó la lámpara.
Ha-Rin se levantó.
—¿Qué pasa?
—Silencio.
Se escucharon pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
Varias personas caminaban alrededor de la cabaña.
Ha-Rin se acercó a la ventana.
Ji-Hoon la detuvo.
—No mires.
—¿Son los guardias?
—No.
—¿Cómo lo sabes?
Ji-Hoon respondió en voz baja:
—Porque los guardias llevan armadura.
Ha-Rin escuchó atentamente.
Los pasos se detuvieron.
Entonces alguien habló afuera.
—Sabemos que está aquÃ.
Ha-Rin miró a Ji-Hoon.
—¿Cómo nos encontraron?
Ji-Hoon no respondió.
—Ji-Hoon…
Él finalmente la miró.
—Porque alguien nos siguió.
Ha-Rin negó con la cabeza.
—No puede ser.
—Sà puede.
—Yo no vi a nadie.
Ji-Hoon sacó una espada.
—Eso es precisamente lo que querÃan que pensaras.
De repente, la puerta recibió un fuerte golpe.
¡BAM!
Ha-Rin retrocedió.
Otro golpe hizo temblar la madera.
—¡Entréguennos a la fugitiva!
Ha-Rin miró a Ji-Hoon.
—¿Qué hacemos?
Él señaló una pequeña puerta detrás de ella.
—Tú corres.
—¿Y tú?
—Yo los entretengo.
—¿Estás loco?
Ji-Hoon sonrió.
—Probablemente.
La puerta volvió a temblar.
—¡Última advertencia!
Ji-Hoon abrió la pequeña puerta trasera.
—Corre hacia el bosque.
Ha-Rin lo miró durante un segundo.
—No pienso dejarte.
—Entonces tendremos que correr los dos.
La puerta principal comenzó a romperse.
Ji-Hoon tomó la mano de Ha-Rin.
—Ahora.
Ambos salieron corriendo hacia el bosque mientras la puerta de la cabaña finalmente se abrÃa de golpe.
Pero antes de desaparecer entre los árboles, Ha-Rin escuchó una voz detrás de ellos.
—¡No importa cuánto corras, Ha-Rin!
Ella se detuvo por un instante.
La voz continuó:
—¡Tu padre no pudo esconder el secreto! ¡Tú tampoco podrás!
Ha-Rin quedó completamente paralizada.
Ji-Hoon la miró.
—¿Qué pasa?
Ella respondió con la voz temblorosa:
—Mi padre murió hace diez años.
—Lo sé.
—Entonces…
Ha-Rin miró hacia atrás.
—¿Cómo saben ellos lo que él escondió?
Ji-Hoon se quedó en silencio.
Y entonces ambos comprendieron que la persecución era mucho más antigua de lo que imaginaban.
El secreto que habÃa obligado a Ha-Rin a convertirse en fugitiva no habÃa comenzado con ella.
HabÃa comenzado con su padre.
Y alguien estaba dispuesto a matar para evitar que la verdad saliera a la luz.
Continuará…
