🩶 LA CONCUBINA QUE TODOS CREÍAN INÚTIL

🩶 LA CONCUBINA QUE TODOS CREÍAN INÚTIL

La concubina que todos creían inútil — Parte 3

La noche cayó sobre el palacio con una tranquilidad que parecía demasiado perfecta.

Las últimas luces del atardecer habían desaparecido detrás de los tejados tradicionales. Los corredores quedaron iluminados únicamente por pequeñas lámparas de aceite, mientras una brisa fría atravesaba los jardines y hacía moverse suavemente las ramas de los árboles.

Para todos los habitantes del palacio, aquella parecía una noche común.

Pero para Seo Hwa-Rin no lo era.

Desde que había llegado al palacio, había aprendido a observarlo todo sin llamar la atención. Los guardias que cambiaban de posición, las puertas que permanecían abiertas demasiado tiempo, los sirvientes que aparecían en lugares donde normalmente no trabajaban y hasta los sonidos que se escuchaban durante la noche.

Nadie sospechaba de ella.

Y precisamente por eso podía observar sin ser observada.

Hwa-Rin se encontraba en sus aposentos, sentada frente a una pequeña mesa de madera. Frente a ella había una taza de té que permanecía intacta.

Su rostro seguía mostrando la misma dulzura que todos habían conocido.

Pero sus ojos eran diferentes.

Había dejado de fingir por unos segundos.

Miró hacia la puerta.

Escuchó.

Un paso.

Luego otro.

Después, silencio.

Hwa-Rin bajó la mirada nuevamente.

—Ya están dentro.

Su voz fue apenas un susurro.

El rey estaba en peligro

Mientras tanto, en otra parte del palacio, el rey Kang Tae-Hyun se encontraba en sus aposentos privados.

Dos guardias permanecían frente a la entrada.

El rey revisaba algunos documentos mientras una lámpara iluminaba su rostro.

Uno de los guardias escuchó un ruido detrás del corredor.

Se giró.

No vio a nadie.

Volvió a colocarse en su posición.

Lo que no sabía era que una sombra acababa de deslizarse detrás de una de las columnas.

Un segundo hombre apareció desde el extremo opuesto del corredor.

Vestía completamente de negro.

Su rostro estaba cubierto.

En su mano llevaba una pequeña espada.

Otro hombre apareció detrás de él.

Después otro.

Los guardias no tuvieron tiempo de reaccionar.

Uno de los intrusos se lanzó hacia ellos.

La lucha comenzó en silencio para no alertar inmediatamente al resto del palacio.

Dentro de la habitación, el rey levantó la mirada.

Había escuchado algo.

—¿Qué fue eso?

Uno de los guardias intentó responder.

Pero la puerta se abrió violentamente.

Los hombres encapuchados entraron.

El rey retrocedió.

—¿Quiénes son ustedes?

Ninguno respondió.

Uno de ellos levantó su espada.

La mujer que nadie estaba mirando

A pocos corredores de distancia, Hwa-Rin había salido silenciosamente de sus aposentos.

Ya no caminaba como una mujer asustada.

Su espalda estaba completamente recta.

Sus pasos eran silenciosos.

Su mirada había cambiado.

La joven avanzó por el corredor sin hacer ruido.

Al escuchar el choque de metal, aceleró el paso.

Entonces llegó hasta una pequeña habitación lateral.

Entró.

Allí había un antiguo baúl de madera.

Hwa-Rin lo abrió.

Dentro había ropa sencilla y algunos objetos personales.

Pero debajo de una tela cuidadosamente doblada había algo que nadie en el palacio conocía.

Una espada.

Hwa-Rin la tomó.

Durante unos segundos observó el arma.

Su rostro permaneció completamente tranquilo.

—Esperaba no tener que usarla aquí.

La joven salió de la habitación.

El ataque comienza

Los asesinos ya habían rodeado al rey.

Uno de ellos avanzó.

El rey tomó una espada ceremonial que estaba apoyada junto a una mesa.

—Si vienen por mi vida, tendrán que acercarse.

El atacante levantó su arma.

Pero antes de que pudiera atacar, se escuchó un fuerte sonido metálico.

Todos se quedaron inmóviles.

Hwa-Rin estaba en la entrada.

La espada descansaba en su mano.

Su postura ya no tenía nada de tímida.

Sus ojos eran fríos.

Los asesinos la observaron sorprendidos.

El rey también.

—¿Hwa-Rin?

Ella no respondió.

Uno de los hombres se lanzó contra ella.

Hwa-Rin esquivó el ataque con un movimiento rápido y preciso.

Giró sobre sí misma y utilizó la espada para desarmarlo.

El arma del atacante cayó al suelo.

Otro hombre intentó atacarla desde un costado.

Hwa-Rin bloqueó el golpe y lo obligó a retroceder.

Sus movimientos eran rápidos, controlados y completamente diferentes a los de una concubina indefensa.

El rey observaba sin poder apartar la mirada.

La verdadera Hwa-Rin

Los asesinos comprendieron que habían cometido un error.

Habían pensado que el rey estaría protegido únicamente por unos pocos guardias.

Nunca imaginaron que la mujer que todos consideraban inútil pudiera luchar de aquella manera.

Uno de ellos gritó:

—¿Quién demonios eres?

Hwa-Rin levantó la mirada.

—La mujer que ustedes debieron evitar.

El atacante volvió a cargar.

Hwa-Rin se movió con precisión, bloqueó el golpe y lo hizo perder el equilibrio.

Los otros dos intentaron rodearla.

Ella retrocedió estratégicamente hasta colocar al rey detrás de ella.

El rey comprendió entonces algo.

Hwa-Rin no estaba luchando para demostrar que era fuerte.

Estaba luchando para protegerlo.

La mujer que apenas hablaba delante de las demás concubinas estaba ahora enfrentándose sola a hombres armados.

El secreto comienza a romperse

Después de varios movimientos rápidos, Hwa-Rin consiguió desarmar al último atacante.

Los hombres quedaron en el suelo, derrotados y sin capacidad inmediata para continuar el ataque.

La habitación quedó en silencio.

Hwa-Rin respiró profundamente.

Entonces miró al rey.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

El rey observó la espada.

Después observó sus manos.

Finalmente volvió a mirar sus ojos.

—Tú no eres quien dijiste ser.

Hwa-Rin bajó lentamente la espada.

—No, Majestad.

—¿Quién eres?

Ella permaneció en silencio.

El rey dio un paso hacia ella.

—¿Quién te entrenó?

Hwa-Rin apretó ligeramente la empuñadura de la espada.

—Alguien que murió hace muchos años.

El rey quedó desconcertado.

—¿Y por qué entraste a mi palacio?

Hwa-Rin levantó la mirada.

Por primera vez desde que había llegado al palacio, dejó de fingir completamente.

—Porque necesitaba estar cerca de usted.

El rey frunció el ceño.

—¿Para matarme?

Hwa-Rin negó lentamente con la cabeza.

—Para protegerlo.

Una verdad todavía más peligrosa

El rey no sabía qué pensar.

Una mujer que había sido presentada como una concubina tímida acababa de derrotar a varios asesinos.

Pero había algo que le preocupaba todavía más.

Hwa-Rin había dicho que necesitaba estar cerca de él.

No había explicado por qué.

El rey se acercó lentamente.

—¿Quién te ordenó protegerme?

Hwa-Rin abrió la boca para responder.

Pero antes de que pudiera hacerlo, uno de los asesinos soltó una pequeña risa.

El rey se giró.

El hombre levantó la cabeza.

—Majestad…

Hwa-Rin se tensó.

El hombre sonrió.

—Ella no vino aquí para protegerlo.

El rey volvió a mirar a Hwa-Rin.

El asesino continuó:

—Ella vino porque es la única persona que conoce quién ordenó realmente su muerte.

Hwa-Rin cerró los ojos durante un instante.

El rey comprendió que acababa de descubrir solamente una parte del secreto.

Y la pregunta que ahora tenía delante era mucho más peligrosa:

¿Por qué una guerrera entrenada se había convertido voluntariamente en su concubina para protegerlo de alguien que estaba dentro del propio palacio?

Continuará…