🩸⚔️ LA CAMPESINA QUE HIZO ARRODILLARSE AL GENERAL — PARTE 2

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🩸⚔️ La campesina que hizo arrodillarse al general

Parte 3 — La verdad que el general nunca quiso conocer

Los pasos de los jinetes retumbaban por las calles de la pequeña aldea.

Kang Tae-Mu permanecía oculto detrás de una antigua casa de madera junto a Han Seo-Rin. Todavía no podía apartar la mirada de aquella espada.

Era imposible.

La reconocerĂ­a entre mil.

Había pertenecido a su maestro, el hombre que había desaparecido diez años atrás y cuya muerte el ejército había dado por confirmada.

Pero Seo-Rin acababa de decir algo todavía más extraño.

Los hombres que habĂ­an llegado al pueblo eran los mismos que habĂ­an intentado matar a su maestro.

Tae-Mu apretĂł los dientes.

—¿Cómo sabes eso?

Seo-Rin no respondiĂł.

—Te estoy preguntando cómo lo sabes —insistió él.

Ella levantĂł lentamente la mirada.

—Porque yo estaba allí.

El general se quedĂł inmĂłvil.

—¿Qué acabas de decir?

—Hace diez años vi cómo perseguían a tu maestro.

—Eso es imposible. Tú apenas eras una niña.

—Tenía catorce años.

—¿Y qué hacías allí?

Seo-Rin bajĂł la mirada durante unos segundos.

—Intentaba salvar a mi padre.

Antes de que Tae-Mu pudiera preguntar más, una flecha atravesó la pared de madera y se clavó a centímetros de su rostro.

El general reaccionĂł inmediatamente.

—¡Agáchate!

Tomó a Seo-Rin por el brazo y ambos se desplazaron detrás de otra estructura de piedra.

—¡Registren las casas! —gritó uno de los hombres desde la calle.

—¡La mujer no puede escapar!

Tae-Mu mirĂł a Seo-Rin.

—¿Por qué te buscan?

—Por la espada.

—No. —El general negó con la cabeza—. La espada es una excusa. ¿Qué escondes?

Seo-Rin permaneciĂł en silencio.

—Si quieres que te proteja, tendrás que decirme la verdad.

Ella lo observĂł fijamente.

—¿De verdad quieres saberla?

—Sí.

—Entonces prepárate para odiar a tu propia familia.

Tae-Mu frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver mi familia con mi maestro?

Seo-Rin respirĂł profundamente.

—Todo.

Un ruido se escuchó detrás de ellos.

Uno de los soldados enemigos estaba acercándose.

Tae-Mu sacĂł su espada.

Seo-Rin levantĂł una mano.

—No.

—¿Qué?

—Si peleas aquí, sabrán dónde estamos.

—Entonces, ¿qué propones?

Seo-Rin señaló una pequeña puerta detrás de unas cajas.

—Hay un pasadizo.

—¿A dónde lleva?

—A la montaña.

—¿Cómo sabes que existe?

Ella lo mirĂł con una expresiĂłn triste.

—Porque fue por allí que tu maestro me sacó del pueblo aquella noche.

Tae-Mu abriĂł los ojos.

—¿Él te salvó?

—Sí.

—Entonces estaba vivo.

—Cuando lo vi por última vez.

—¿Qué significa eso?

Seo-Rin no respondiĂł.

Abrió la pequeña puerta y ambos entraron.

El pasadizo era estrecho y oscuro. Tae-Mu avanzaba detrás de ella mientras escuchaban a los hombres registrando las casas.

Después de varios minutos llegaron a una pequeña cueva oculta entre los árboles.

Seo-Rin se detuvo.

—Aquí.

Tae-Mu observĂł las paredes.

HabĂ­a marcas antiguas grabadas en la piedra.

El general acercó una lámpara.

Su rostro cambiĂł.

—Este sĂ­mbolo…

Seo-Rin permaneció detrás de él.

—Lo conoces.

—Es la marca privada de mi maestro.

—Exactamente.

Tae-Mu pasĂł los dedos sobre la piedra.

—¿Por qué estaría aquí?

—Porque este era uno de sus refugios.

—¿Y por qué nunca me habló de él?

Seo-Rin respondiĂł con frialdad:

—Porque nunca confió en tu familia.

Tae-Mu se girĂł lentamente.

—Explícate.

Seo-Rin sacó un pequeño objeto envuelto en tela de su ropa.

Lo colocĂł sobre una piedra.

Era un antiguo sello militar.

Tae-Mu lo reconociĂł inmediatamente.

—Ese sello pertenecía al palacio.

—Sí.

—¿Cómo lo conseguiste?

—Tu maestro me lo dio.

El general tomĂł el sello.

—¿Qué quería que hicieras con esto?

—Guardarlo hasta que apareciera alguien digno de conocer la verdad.

—¿Y decidiste que ese alguien soy yo?

—No.

Seo-Rin mirĂł la espada que llevaba Tae-Mu.

—Él decidió que algún día tú llegarías hasta mí.

Tae-Mu quedĂł completamente confundido.

—¿Mi maestro sabía que iba a encontrarte?

—Sabía que tarde o temprano buscarías respuestas.

—¿Por qué?

Seo-Rin guardĂł silencio.

Entonces sacĂł una segunda pieza de tela.

Dentro habĂ­a una carta antigua.

Tae-Mu la abriĂł.

Solo habĂ­a unas pocas lĂ­neas.

Su expresiĂłn cambiĂł mientras leĂ­a.

—Esto no puede ser…

Seo-Rin lo observĂł.

—¿Qué dice?

El general levantĂł lentamente la mirada.

—Dice que mi padre ordenó la persecución.

Seo-Rin asintiĂł.

—Sí.

—¿Mi padre ordenó matar a mi maestro?

—Eso creías tú.

—¿Qué quieres decir?

Seo-Rin tomĂł la carta de sus manos.

—Tu padre firmó la orden.

—Entonces…

—Pero no fue él quien la escribió.

Tae-Mu quedĂł paralizado.

—¿Quién lo hizo?

Seo-Rin lo mirĂł directamente a los ojos.

—El hombre que actualmente ocupa el puesto de consejero principal del reino.

El general dio un paso atrás.

—Eso es imposible.

—No lo es.

—Ese hombre sirvió a mi padre durante veinte años.

—Precisamente por eso pudo hacerlo.

De repente, escucharon ramas romperse afuera.

Ambos se quedaron en silencio.

Una voz masculina llegĂł desde la entrada de la cueva.

—General Kang.

Tae-Mu sacĂł su espada.

Seo-Rin tomĂł la suya.

La voz volviĂł a escucharse.

—No tienes idea de lo que acabas de descubrir.

Tae-Mu mirĂł hacia la entrada.

—¡Muéstrate!

Un hombre apareciĂł lentamente entre las sombras.

No llevaba armadura.

VestĂ­a las ropas de un funcionario real.

Tae-Mu reconociĂł inmediatamente su rostro.

—Consejero Min…

El hombre sonriĂł.

—Tu maestro siempre fue demasiado difícil de silenciar.

Tae-Mu levantĂł la espada.

—¿Dónde está?

El consejero dejĂł de sonreĂ­r.

—Eso es justamente lo que deberías preguntarle a ella.

Tae-Mu mirĂł lentamente a Seo-Rin.

Ella había quedado completamente pálida.

El consejero dio un paso hacia ellos.

—Porque tu maestro no desapareció hace diez años.

Silencio.

—Y tampoco murió aquella noche.

Tae-Mu mirĂł a Seo-Rin.

—Entonces… ÂżdĂłnde está?

Seo-Rin apretĂł con fuerza la espada.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Está…

La frase quedĂł suspendida.

Antes de que pudiera terminar, se escuchó un enorme estruendo desde el interior de la montaña.

La pared detrás de ellos comenzó a abrirse.

Tae-Mu se girĂł sorprendido.

Detrás de la piedra apareció una habitación secreta.

Y dentro habĂ­a una figura sentada de espaldas.

Seo-Rin dejĂł caer lentamente su espada.

—No…

Tae-Mu avanzĂł un paso.

La figura comenzĂł a levantarse.

Entonces una voz envejecida pronunciĂł una sola frase:

—Tae-Mu… no debiste venir.

El general se quedĂł inmĂłvil.

ConocĂ­a aquella voz.

La habĂ­a escuchado todos los dĂ­as durante su infancia.

La voz del hombre que había creído muerto durante diez años.

Su maestro estaba vivo.

Pero antes de que Tae-Mu pudiera acercarse, el anciano mirĂł hacia Seo-Rin y dijo:

—Ella todavía no te ha contado quién era realmente su padre.

Seo-Rin cerrĂł los ojos.

Y el general comprendiĂł que la verdad que acababa de descubrir era apenas el comienzo.