“LA SIRVIENTA QUE EL MILLONARIO HUMILLÓ — PARTE 2”,

“LA SIRVIENTA QUE EL MILLONARIO HUMILLÓ — PARTE 2”,

LA SIRVIENTA QUE EL MILLONARIO HUMILLÓ — PARTE 3

La imagen quedó congelada en la pantalla.

Durante unos segundos, nadie dijo una sola palabra.

En el monitor de seguridad se veía claramente a Elena entrando a la habitación con una bandeja entre las manos. La joven había dejado la bandeja sobre una pequeña mesa, había acomodado algunos vasos y, después de unos segundos, había salido nuevamente.

El collar seguía dentro de la caja.

Elena no lo había tocado.

Pero lo que ocurrió después hizo que Alejandro sintiera un escalofrío.

Después de que Elena abandonara la habitación, una persona apareció en el pasillo.

La figura miró hacia ambos lados.

Después entró.

La cámara no mostraba claramente su rostro.

Solamente podía verse su silueta.

El empleado de seguridad volvió a reproducir la grabación.

Una vez.

Dos veces.

Y una tercera.

Alejandro se acercó lentamente al monitor.

—Pausa ahí.

El empleado detuvo la imagen.

La persona que aparecía en pantalla estaba entrando exactamente en la habitación donde había desaparecido el collar.

Valentina permanecía detrás de su padre.

Estaba completamente pálida.

Alejandro se dio cuenta.

—¿Qué te pasa?

Valentina levantó la mirada.

—Nada.

—Estás temblando.

—Es por la impresión.

Alejandro la observó durante unos segundos.

—¿Reconoces a esa persona?

Valentina respondió demasiado rápido.

—No.

Alejandro volvió a mirar la pantalla.

—Entonces vamos a averiguarlo.

La verdad comienza a aparecer

El empleado de seguridad abrió otra cámara.

La nueva grabación mostraba el pasillo que conectaba la habitación con la escalera principal.

Alejandro pidió que retrocediera unos minutos.

La grabación comenzó nuevamente.

Primero apareció Elena.

Después desapareció de la imagen.

Unos segundos más tarde apareció la misteriosa persona.

La figura caminó hacia la habitación.

Entró.

Pasaron aproximadamente treinta segundos.

Luego salió.

Pero esta vez la cámara captó algo diferente.

La persona llevaba algo pequeño en una de sus manos.

Alejandro se acercó todavía más.

—Amplía la imagen.

El empleado intentó mejorar la grabación.

La imagen perdió un poco de nitidez, pero permitió observar un detalle.

La persona llevaba una pulsera.

Una pulsera dorada.

Alejandro miró inmediatamente la muñeca de Valentina.

Ella llevaba una pulsera prácticamente idéntica.

Pero eso todavía no demostraba nada.

—Puede ser cualquier pulsera —dijo Valentina.

Alejandro no respondió.

El empleado continuó revisando las cámaras.

De pronto apareció una nueva imagen.

La persona salió de la habitación y caminó directamente hacia el salón principal.

Pero antes de llegar, entró en otra habitación.

La cámara mostró solamente unos segundos.

Después, la persona salió nuevamente.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué habitación es esa?

El empleado respondió:

—Es el despacho privado de la señorita Valentina.

El silencio volvió a apoderarse de la habitación.

Elena sigue esperando

Mientras tanto, Elena continuaba en el recibidor.

Ya no tenía puesto el delantal.

Lo sostenía entre sus manos.

Había decidido marcharse.

No quería seguir permaneciendo en aquella casa después de haber sido humillada delante de tantas personas.

Una de las invitadas se acercó lentamente.

—Elena…

La joven levantó la mirada.

—¿Sí?

—Lo siento.

Elena permaneció en silencio.

La mujer bajó la mirada.

—Yo también pensé que habías sido tú.

Elena respondió con tranquilidad.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

La mujer suspiró.

—Te juzgamos sin saber la verdad.

Elena miró hacia el salón.

—Eso duele más que perder el trabajo.

La mujer no supo qué responder.

Elena tomó su bolso.

Estaba a punto de abrir la puerta cuando escuchó pasos detrás de ella.

Era Alejandro.

—Elena.

Ella se detuvo.

No se giró inmediatamente.

Después respiró profundamente y se volvió.

Alejandro la miró de una manera completamente diferente a como lo había hecho minutos antes.

Ya no había arrogancia en su rostro.

Había preocupación.

—No te vayas todavía.

Elena respondió:

—Usted me despidió.

—Lo sé.

—Y me acusó delante de todos.

Alejandro bajó la mirada.

—También lo sé.

—Entonces, ¿qué quiere de mí?

Alejandro tardó unos segundos en responder.

—Quiero pedirte que esperes.

Elena lo miró fijamente.

—¿Para qué?

—Porque las cámaras muestran que no tocaste el collar.

Elena cerró los ojos por un instante.

No parecía sorprendida.

Más bien parecía agotada.

—Yo se lo dije.

—Lo sé.

—Pero usted no me creyó.

Alejandro no pudo responder.

Porque sabía que ella tenía razón.

La pregunta que nadie quería hacer

En ese momento, Valentina salió de la sala de seguridad.

Su rostro estaba completamente serio.

Alejandro la miró.

—Tenemos que hablar.

Valentina tragó saliva.

—Papá…

—Ahora.

Ella se acercó.

Alejandro señaló hacia la sala.

—Las cámaras muestran que Elena no tomó el collar.

Valentina permaneció en silencio.

—También muestran que alguien entró después de ella.

Valentina miró a Elena.

Después volvió a mirar a su padre.

—Entonces fue alguien más.

Alejandro respondió:

—Sí.

—¿Y qué quieres que haga?

—Quiero saber quién.

Valentina cruzó los brazos.

—No puedes acusar a alguien solamente porque apareció en una cámara.

—No estoy acusando a nadie.

Alejandro hizo una pausa.

—Pero sí estoy intentando entender por qué esa persona entró en tu despacho después de entrar en la habitación del collar.

Valentina se quedó inmóvil.

Elena observaba la conversación desde unos metros de distancia.

De pronto, Valentina preguntó:

—¿Revisaste la cámara del despacho?

Alejandro la miró.

—Todavía no.

Valentina bajó la mirada.

—Entonces hazlo.

El segundo descubrimiento

Volvieron a la sala de seguridad.

El empleado abrió la grabación correspondiente al despacho.

La imagen apareció en el monitor.

La persona misteriosa entró.

Se acercó al escritorio.

Miró hacia la puerta.

Después sacó algo del bolsillo.

Alejandro se inclinó hacia la pantalla.

—Acerca la imagen.

La cámara mostró a la persona colocando algo dentro de un cajón.

Después salió.

El empleado detuvo la grabación.

—¿Qué puso ahí?

—No puedo distinguirlo.

—Abre la cámara del interior del despacho.

El empleado cambió de grabación.

La nueva cámara mostraba el escritorio desde otro ángulo.

La persona entró.

Abrió el cajón.

Pero antes de poder verse qué había dejado dentro, la grabación se cortó.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Por qué se cortó?

El empleado revisó el sistema.

—La cámara perdió señal.

—¿Cuánto tiempo?

—Tres minutos.

Alejandro miró a Valentina.

—¿Por qué exactamente tres minutos?

Valentina no respondió.

Elena estaba detrás de ellos.

Entonces habló por primera vez.

—Porque alguien quería que esa parte no quedara grabada.

Todos se quedaron en silencio.

El detalle que nadie había notado

El empleado de seguridad volvió a revisar las imágenes.

Esta vez buscó una cámara ubicada cerca de la escalera.

La imagen mostraba a la persona misteriosa caminando por el pasillo.

La cámara estaba ligeramente más cerca.

Se podía distinguir mejor la ropa.

Era un vestido elegante.

Alejandro miró a su hija.

Valentina llevaba exactamente el mismo vestido.

El silencio fue absoluto.

Valentina inmediatamente dijo:

—Eso no significa que haya sido yo.

Alejandro no respondió.

Elena tampoco.

El empleado acercó la imagen.

En la muñeca de la persona apareció nuevamente la pulsera dorada.

Valentina miró su propia muñeca.

Su expresión cambió.

Pero entonces ocurrió algo inesperado.

El empleado señaló la pantalla.

—Señor…

Alejandro se acercó.

—¿Qué?

—Hay algo extraño.

—¿Qué cosa?

El empleado amplió la imagen.

En el reflejo de una ventana podía verse una segunda persona caminando detrás de la figura misteriosa.

Una persona que no aparecía directamente en la cámara.

Alejandro abrió los ojos.

—¿Quién es esa persona?

El empleado negó con la cabeza.

—No lo sé.

Valentina se quedó completamente quieta.

Elena observó la pantalla.

Y entonces recordó algo.

Algo que había visto esa misma noche.

—Espere…

Todos la miraron.

—¿Qué?

Elena señaló la pantalla.

—Yo vi a esa persona.

Alejandro se acercó.

—¿Dónde?

Elena respondió lentamente:

—Antes de entrar a la habitación con la bandeja.

—¿Quién era?

Elena respiró profundamente.

—No pude verle la cara.

—Entonces, ¿cómo sabes que era esa persona?

Elena miró nuevamente el monitor.

Su expresión cambió.

—Por algo que llevaba puesto.

Alejandro preguntó:

—¿Qué cosa?

Elena señaló la pantalla.

—Ese reloj.

Todos miraron la muñeca de la persona.

Era un reloj elegante y muy particular.

Alejandro reconoció inmediatamente el modelo.

Pero lo que dijo después hizo que todos se quedaran congelados.

—Ese reloj no pertenece a mi hija.

Valentina lo miró.

—¿Entonces de quién es?

Alejandro no respondió.

Miró lentamente hacia la puerta de la sala de seguridad.

Y justo en ese momento, alguien llamó tres veces desde el otro lado.

TOC. TOC. TOC.

Todos se quedaron inmóviles.

El empleado miró a Alejandro.

Elena sostuvo la respiración.

Valentina dio un paso hacia atrás.

Alejandro caminó lentamente hacia la puerta.

La abrió.

Y frente a él estaba uno de los invitados de la fiesta.

El mismo hombre que había acusado a Elena minutos antes.

Pero ahora tenía una expresión completamente diferente.

El hombre miró a Alejandro y dijo:

—Tenemos que hablar.

Alejandro preguntó:

—¿Sobre qué?

El hombre miró hacia Elena.

Después hacia Valentina.

Y finalmente cerró la puerta detrás de él.

—Sobre el collar.

Elena sintió un escalofrío.

Porque por la expresión de aquel hombre comprendió algo.

Él sabía mucho más de lo que estaba diciendo.

Y quizá la acusación contra ella nunca había sido una simple confusión.

Quizá alguien había querido que todos miraran hacia Elena para que nadie prestara atención a la verdadera persona que había entrado en aquella habitación.

La puerta de la sala de seguridad se cerró lentamente.

Y esta vez, nadie sabía en quién confiar.

CONTINUARÁ…