👑 EL PRÍNCIPE LE ESCUPIÓ A LA CARA DELANTE DE SU MADRE… SIN SABER QUIÉN ERA
Parte 3: El hijo que el palacio declaró muerto
El medallón temblaba en la mano de Kang Tae-Seo.
La Reina Madre no podía apartar los ojos de aquella pieza de oro. Sus dedos se habían quedado inmóviles sobre sus labios, y las lágrimas que llevaba años conteniendo comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
El príncipe Yi Do-Hyun observaba la escena sin comprender absolutamente nada. Nunca había visto a su madre perder la compostura de aquella manera. La mujer que había enfrentado a ministros, generales y reyes enemigos estaba temblando frente a un hombre al que él acababa de humillar como si no valiera nada.
—Madre… ¿por qué estás llorando por un sirviente?
La reina no respondió.
El príncipe dio un paso hacia Tae-Seo y señaló el medallón.
—¡Exijo saber qué significa eso! ¿Qué clase de truco está utilizando este hombre para engañarte?
La Reina Madre reaccionó de repente. Se volvió hacia su hijo y lo miró con una expresión que él jamás había recibido de ella.
No era decepción por una travesura. Era horror.
—¡Cállate, Do-Hyun!
El príncipe se quedó paralizado.
La reina jamás le había hablado así delante de los cortesanos. Durante toda su vida, él había creído que su posición lo protegía de cualquier consecuencia. Su madre siempre había encontrado una manera de justificar sus excesos.
Esta vez era diferente.
La reina se acercó a Tae-Seo y se arrodilló frente a él, sin importarle que su majestuoso hanbok púrpura tocara las piedras del patio.
Los cortesanos intercambiaron miradas de espanto.
El guardia real bajó inmediatamente la vara de castigo.
El príncipe abrió los ojos de par en par.
—¡Madre! ¡Levántate ahora mismo! ¡Estás arrodillándote ante un sirviente!
La reina parecía no escucharlo.
—Tae-Seo… yo vi cómo cerraban las puertas del mausoleo. Vi el ataúd. Recibí el informe de tu muerte. ¿Cómo pudiste regresar después de tantos años sin decirme nada?
Tae-Seo cerró lentamente los dedos alrededor del medallón.
—Porque la última vez que confié en el palacio, perdí todo lo que amaba.
La reina bajó la cabeza.
Aquellas palabras dolieron más que cualquier acusación.
El príncipe descubre que su madre le mintió
Yi Do-Hyun miró a los cortesanos, esperando que alguno se atreviera a explicarle lo que estaba sucediendo. Pero todos mantenían la cabeza baja.
Uno de los ministros más ancianos retrocedió discretamente hacia las columnas. El príncipe lo reconoció: era el ministro que había supervisado su educación desde niño y quien le había enseñado que la sangre real estaba por encima de cualquier persona común.
—Ministro Park, ven aquí.
El hombre no se movió.
—¡He dicho que vengas aquí!
El ministro se acercó con pasos inseguros.
—Alteza…
—¿Quién es este hombre?
El ministro miró a Tae-Seo y luego a la reina. Su silencio fue suficiente para encender la furia del príncipe.
—¿También tú vas a ignorarme? ¡Soy el príncipe heredero de este reino!
El ministro Park tragó saliva.
—Alteza, hay asuntos del pasado que nunca debieron permanecer ocultos.
—¡No me hables con acertijos!
La Reina Madre se puso de pie. Se secó las lágrimas, aunque su rostro seguía marcado por el dolor.
—Ese hombre no es un sirviente común. Y tú no tenías derecho a escupirle, golpearlo ni ordenar que lo azotaran.
—¡Él me desafió delante de todos!
—Te negó el derecho a humillarlo. Eso no es lo mismo.
El príncipe apretó los puños.
—¿Y por eso te arrodillas ante él? ¿Por qué lleva un medallón viejo?
La reina respiró profundamente.
—Porque ese medallón perteneció al hombre al que todos debíamos proteger.
Do-Hyun miró el objeto con desprecio, aunque una inquietud creciente comenzaba a apoderarse de él.
—¿A quién?
La reina lo miró directamente a los ojos.
—A tu hermano mayor.
El príncipe dejó de respirar por un instante.
Durante toda su vida le habían dicho que había nacido como único hijo del rey. En los retratos oficiales, solo aparecía él junto a sus padres. Nunca había escuchado una sola historia sobre un hermano mayor.
—Eso es imposible. Mi padre siempre dijo que yo era su único hijo.
La reina cerró los ojos.
—Tu padre ordenó que borraran su nombre de los registros.
Do-Hyun retrocedió un paso.
El sirviente al que había escupido en la cara podía estar relacionado con el secreto más importante de su propia familia.
La noche que cambió la historia del palacio
La Reina Madre pidió a los cortesanos que abandonaran el patio. Nadie se atrevió a desobedecer. Los guardias cerraron las puertas de madera y permanecieron al otro lado, dejando únicamente al príncipe, a Tae-Seo, al ministro Park y a la reina.
La mujer se acercó a una columna y apoyó una mano sobre la madera, como si necesitara sostenerse para continuar.
—Hace veintiséis años, antes de que nacieras, el rey tuvo un primer hijo. Se llamaba Yi Seo-Hwa.
Tae-Seo levantó la mirada al escuchar aquel nombre.
La reina continuó:
—Era un niño amable. No disfrutaba de los castigos ni creía que los campesinos fueran inferiores a los nobles. Cuando visitaba las aldeas, se sentaba a comer con las familias y escuchaba sus problemas. El rey decía que algún día gobernaría con justicia.
Do-Hyun frunció el ceño.
—Si era el heredero, ¿por qué nunca me hablaron de él?
La reina lo miró con tristeza.
—Porque desapareció durante una noche de invierno. Sus aposentos fueron encontrados vacíos. Su cuidadora apareció muerta y el guardia que debía protegerlo juró que unos hombres habían entrado en el palacio.
El ministro Park bajó la cabeza.
—Después encontraron sangre en el camino hacia las montañas —añadió la reina—. El consejo declaró que el niño había muerto. El rey prohibió mencionar su nombre y ordenó cerrar todos los documentos relacionados con su nacimiento.
El príncipe miró a Tae-Seo.
La marca junto a la ceja izquierda. La serenidad de su mirada. La forma en que había soportado la humillación sin suplicar ni agachar la cabeza.
De repente, recordó algo que había escuchado cuando era niño.
Una noche, mientras caminaba por un corredor, había oído a su padre discutir con el ministro Park. El rey había pronunciado una frase que entonces no comprendió:
—Si ese niño regresa, nuestra familia perderá el trono.
Do-Hyun sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—¿Estás diciendo que este hombre es mi hermano?
La reina no respondió de inmediato.
Tae-Seo guardó el medallón bajo su ropa.
—No he venido para reclamar una corona.
El príncipe soltó una risa nerviosa.
—¡Claro que no! ¡No tienes ejército, no tienes títulos y vistes como un mendigo! Aunque fueras mi hermano, nadie te aceptaría como heredero.
Tae-Seo lo observó sin levantar la voz.
—Sigues creyendo que el poder está en la ropa que llevas.
Do-Hyun se quedó callado.
—El poder está en lo que haces cuando crees que nadie puede castigarte —continuó Tae-Seo—. Hoy me escupiste delante de tu madre porque pensaste que yo no podía defenderme. Si mañana un campesino se arrodillara ante ti, ¿lo escucharías o volverías a humillarlo?
El príncipe apartó la mirada.
Por primera vez, no encontró una respuesta que pudiera hacerlo parecer superior.
El medallón no era la única prueba
El ministro Park se acercó lentamente a Tae-Seo.
—Hay algo que debéis saber. El medallón confirma vuestra relación con la familia real, pero no demuestra por sí solo vuestra identidad.
La reina se volvió hacia él.
—¿Qué estás insinuando?
—Que el consejo no aceptará el regreso del príncipe Seo-Hwa sin pruebas. Y que algunos hombres harán cualquier cosa para impedirlo.
Tae-Seo miró al ministro.
—¿Dónde está el registro de nacimiento?
Park vaciló.
—En el archivo sellado del rey.
—Entonces iremos a buscarlo.
El ministro palideció.
—No podéis entrar allí. Solo el rey y el guardián del sello tienen acceso.
—¿Y quién es el guardián del sello?
El ministro no contestó.
La reina comprendió antes que los demás.
—No…
Park apretó los labios.
—El ministro de Defensa, Han Gyeom-Seok.
Do-Hyun reconoció el apellido.
Han Gyeom-Seok era el tío de Han Seok-Jin, el noble que controlaba numerosas tierras y cuyos hombres habían expulsado a familias enteras de sus hogares. También era uno de los consejeros más cercanos al rey y el responsable de supervisar la guardia del palacio.
La reina dio un paso atrás.
—Si él controla el archivo, entonces sabe que Tae-Seo está vivo.
—Y probablemente sabe que estamos hablando de él ahora mismo —respondió el ministro Park.
En ese instante, se escucharon tres golpes en la puerta del patio.
Un guardia entró, se arrodilló y presentó una tablilla lacrada.
—Su Majestad exige la presencia inmediata de la Reina Madre, del príncipe Yi Do-Hyun y del sirviente Kang Tae-Seo.
La reina tomó la tablilla.
Al romper el sello, encontró una orden escrita con la letra del rey.
Solo contenía una frase:
—Traed al hombre del medallón. Si es quien sospecho, no permitáis que abandone el palacio.
La reina levantó lentamente los ojos.
El rey no estaba preguntando quién era Tae-Seo.
Ya lo sabía.
El verdadero motivo de su regreso
La reina sostuvo la tablilla con ambas manos.
—Tae-Seo, necesito que me digas la verdad. ¿Por qué regresaste ahora, después de tantos años?
El hombre permaneció en silencio durante unos segundos.
Después sacó de su ropa un pequeño papel doblado, manchado por los bordes y protegido dentro de una funda de tela.
—Porque recibí una carta hace tres días.
La reina tomó el papel.
La escritura era temblorosa. En la parte superior aparecía un símbolo real, y debajo, una frase que hizo que la mujer se llevara una mano al pecho.
«El niño que creíste muerto ha regresado. Pero no es el único hijo que sobrevivió aquella noche».
La reina levantó la mirada lentamente.
—¿Qué significa esto?
Tae-Seo la miró con una tristeza profunda.
—Que alguien me encontró antes de que yo pudiera encontrarlo.
El príncipe dio un paso hacia él.
—¿A quién?
Tae-Seo no respondió.
Desde el corredor llegó el sonido de numerosos pasos. La guardia real se estaba acercando al patio. El ministro Park miró hacia la puerta y comprendió que no tenían tiempo para seguir hablando.
La Reina Madre tomó la mano de Tae-Seo.
—No dejaré que vuelvan a hacerte daño.
Él se soltó con delicadeza.
—No puedes protegerme de todos, Majestad. Ni siquiera sabes quién dio la orden aquella noche.
La reina palideció.
El rey siempre había afirmado que el secuestro de su primer hijo había sido obra de enemigos extranjeros. Durante décadas, ella había creído que su esposo también era una víctima.
Pero ahora comenzaba a sospechar que el peligro nunca había venido de fuera.
Quizá había estado durmiendo a su lado.
Las puertas se abrieron de golpe.
Una fila de guardias entró en el patio. Al frente caminaba el ministro de Defensa Han Gyeom-Seok, vestido con un hanbok azul oscuro y un cinturón dorado. Su rostro era sereno, pero sus ojos se detuvieron inmediatamente en Tae-Seo.
El ministro sonrió sin alegría.
—Así que los rumores eran ciertos. El muerto ha regresado.
La reina se interpuso entre él y Tae-Seo.
—¿Qué sabes de aquella noche, Han Gyeom-Seok?
El ministro inclinó la cabeza con una cortesía fría.
—Sé lo suficiente para proteger el reino de una mentira peligrosa.
Después miró al príncipe Yi Do-Hyun.
—Alteza, vuestro padre os espera. Ha ordenado que este hombre sea encerrado hasta que se determine su identidad.
Do-Hyun miró a Tae-Seo. Recordó la saliva sobre su rostro, la vara del guardia y la manera en que su madre se había arrodillado ante él.
Por primera vez, tuvo la oportunidad de obedecer una orden sin cuestionarla o de hacer algo que podía cambiar su destino.
El príncipe avanzó lentamente.
Todos esperaron que señalara a Tae-Seo.
Pero Do-Hyun se colocó delante del ministro de Defensa.
—Antes de que se lo lleven, quiero saber una cosa.
Han Gyeom-Seok perdió su sonrisa.
—¿Qué cosa, Alteza?
El príncipe lo miró fijamente.
—Si mi hermano murió hace veintiséis años… ¿por qué mi padre acaba de ordenar que lo traigan vivo ante él?
CONTINUARÁ…
