⚔️ «ESE MENDIGO NO PUEDE ENTRAR AL PALACIO»… ¡PERO EL EJÉRCITO SE ARRODILLÓ ANTE ÉL!
Parte 3: El príncipe que nunca fue enterrado
El silencio frente al palacio era tan profundo que podía escucharse el roce de las armaduras cada vez que un soldado respiraba.
El consejero real, Han Seok-Ju, acababa de gritar que Seo Hwan no era el verdadero príncipe. Según él, había visto cómo enterraban al heredero diez años atrás.
Pero cuando Seo Hwan le respondió que la tumba estaba vacía, la sonrisa del anciano desapareció.
El joven seguía vestido con sus ropas viejas y rotas. Tenía el labio partido, barro en las mangas y una marca roja en la mejilla. Sin embargo, ya nadie se atrevía a mirarlo con desprecio.
El mismo guardia que minutos antes lo había golpeado permanecía arrodillado sobre las piedras, temblando.
La princesa Hwa-Yeon apretó los puños.
—¡Esto es una farsa! —gritó—. ¡Un mendigo no puede convertirse en príncipe solo porque un general se arrodille ante él!
Seo Hwan giró lentamente la cabeza hacia ella.
—Hace unos minutos me exigiste que me arrastrara por una moneda. Ahora te cuesta aceptar que soy alguien a quien debes respeto.
Los nobles bajaron la mirada. Algunos habían reído cuando el joven cayó al suelo. Otros habían animado a los guardias para que lo golpearan. Ahora todos deseaban que nadie recordara sus rostros.
Pero Seo Hwan los había observado a todos.
La arrogancia de la princesa se derrumba
Hwa-Yeon levantó la barbilla e intentó recuperar su autoridad.
—¡Soy una princesa de sangre real! ¡No permitiré que un impostor me humille delante de mis propios nobles!
—¿Humillarte? —preguntó Seo Hwan—. ¿Es humillación que te traten como tú trataste a alguien que considerabas inferior?
La princesa dio un paso hacia él.
—¡Guardias! ¡Arrástrenlo al calabozo! ¡Y si el general se interpone, deténganlo también!
Nadie se movió.
El general Kang Tae-Gun avanzó un paso, colocando una mano sobre la empuñadura de su espada.
—Princesa, le recomiendo que no dé otra orden de la que pueda arrepentirse.
—¡¿Te atreves a amenazarme?!
—No. La estoy advirtiendo.
La respuesta hizo que varios nobles intercambiaran miradas nerviosas.
Hwa-Yeon perdió el control. Se acercó a Seo Hwan y le dio una bofetada delante de todos.
El golpe resonó en la entrada del palacio.
Los soldados levantaron sus armas al mismo tiempo. El general dio un paso inmediato hacia la princesa, pero Seo Hwan alzó una mano para detenerlo.
El joven se limpió lentamente la sangre del labio con el dorso de la mano.
—Eso ha sido un error.
—¡¿Qué vas a hacer, miserable?! —escupió Hwa-Yeon—. ¡¿Vas a golpear a una princesa?!
Seo Hwan no la tocó.
—No necesito golpearte. Voy a permitir que todos vean quién eres cuando ya no puedas esconderte detrás de tu título.
Después se volvió hacia el general.
—Que nadie salga del palacio. Quiero los registros del entierro de hace diez años, las órdenes militares de aquella noche y los nombres de todos los funcionarios que firmaron los documentos.
—¡A sus órdenes, Su Alteza!
El general hizo una señal. Los soldados cerraron las puertas monumentales y comenzaron a separar a los nobles por grupos.
El consejero comete un error
Han Seok-Ju intentó mantener la compostura.
—Su Alteza, si realmente es quien afirma ser, no debería temer una investigación oficial. Pero no puede acusar a un servidor de la corona basándose en una tumba vacía.
Seo Hwan lo observó en silencio.
—Tienes razón. Una tumba vacía no demuestra quién ordenó mi desaparición.
El anciano pareció recuperar la confianza.
—Me alegra que comprenda la gravedad de sus palabras.
—Pero tú acabas de cometer un error.
El consejero frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Yo nunca dije que alguien hubiera ordenado mi desaparición. Solo dije que la tumba estaba vacía. ¿Por qué has hablado de una orden?
El rostro de Han Seok-Ju se endureció.
Los nobles comenzaron a murmurar. El general miró al consejero como si acabara de encontrar una grieta en una muralla que llevaba diez años intentando derribar.
—¡Es una deducción evidente! —respondió el anciano—. ¡Todos conocen los rumores sobre la muerte del príncipe!
—Entonces no tendrás problema en mostrar los documentos originales.
El consejero no respondió.
—General, registre sus aposentos. Ahora.
Dos soldados se acercaron a Han Seok-Ju. El anciano retrocedió, alzando la voz.
—¡No pueden hacer esto! ¡Mi familia ha servido a la corona durante generaciones!
—Y si tu familia es inocente, la investigación lo demostrará —contestó Seo Hwan—. Pero si utilizaste el nombre de la corona para encubrir un crimen, tus antepasados no podrán salvarte.
La verdad escondida bajo diez años de mentiras
El general regresó poco después con una caja de documentos rescatada de los archivos militares. La colocó frente a Seo Hwan y abrió la tapa.
Había registros de movimientos de tropas, cartas selladas y órdenes de traslado. Entre ellos apareció una hoja con el sello del palacio y una firma que supuestamente pertenecía al antiguo rey.
Seo Hwan la examinó con cuidado.
—Esta orden afirma que fui trasladado al templo de las montañas después de mi muerte.
—Ese templo fue destruido por un incendio —dijo el general—. No quedó ningún registro de sus ocupantes.
Seo Hwan levantó los ojos.
—No fue destruido por accidente.
Metió la mano dentro de su ropa desgastada y sacó una pequeña pieza de metal, ennegrecida por el fuego. Era la mitad de un medallón real.
El general palideció.
—Ese medallón pertenecía al príncipe heredero.
—Mi madre me lo puso en la mano la noche en que me sacaron del palacio. Me dijo que, mientras conservara esta mitad, todavía habría una posibilidad de regresar.
El joven cerró los dedos alrededor del metal.
—Durante diez años viví oculto. Dormí en establos, trabajé por comida y aprendí a reconocer a los hombres que son capaces de destruir una vida solo para proteger su posición. Hoy vine a reclamar mi nombre. No para sentarme en un trono, sino para descubrir quién convirtió a mi familia en una mentira.
El general inclinó la cabeza con respeto.
—Su Alteza, debí encontrarlo antes.
—No eres el único que fue engañado.
Por primera vez, Seo Hwan mostró algo más que frialdad. Había cansancio en su mirada. Durante años había imaginado su regreso, pero nunca había imaginado que tendría que enfrentarse a un palacio lleno de personas que preferían negar la verdad antes que perder sus privilegios.
Entonces un soldado entró apresuradamente en el patio.
—¡General! Encontramos algo en los aposentos del consejero.
El soldado entregó un sobre manchado de cera negra.
Seo Hwan lo abrió. Dentro había una lista de nombres. Algunos pertenecían a funcionarios que aún ocupaban puestos importantes en la corte. Otros correspondían a oficiales que habían muerto en circunstancias sospechosas.
En la última línea aparecía un nombre escrito con tinta roja:
REINA MADRE YOON SEOL-HWA.
El general levantó la mirada, horrorizado.
—Su Alteza… la reina madre es quien gobierna los asuntos internos del palacio desde la muerte del antiguo rey.
Seo Hwan guardó la lista dentro de su ropa.
—Entonces será la primera persona a la que visitaré.
La princesa revela su miedo
Mientras los soldados se llevaban al consejero, Hwa-Yeon intentó alejarse de la entrada. Su rostro ya no mostraba la arrogancia de antes.
Seo Hwan la detuvo con una sola frase.
—Princesa, usted también se quedará.
Hwa-Yeon se volvió furiosa.
—¡No tiene autoridad para retenerme!
—Hace unos minutos aseguró que yo era un impostor. Ahora que el ejército me reconoce, exige que se respete su título. ¿Solo cree en las leyes cuando la protegen a usted?
La princesa abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Seo Hwan se acercó lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo.
—No voy a condenarla por haberme despreciado. Va a responder por las órdenes que dio y por las pruebas que encontremos. Si no participó en la conspiración, podrá demostrarlo.
Hwa-Yeon lo miró con odio y temor.
—Usted no conoce a la reina madre. Si se enfrenta a ella, no llegará vivo al amanecer.
Seo Hwan se quedó inmóvil.
—¿Por qué me advierte?
La princesa apretó los labios. Durante un instante pareció a punto de confesarlo todo.
Pero entonces se inclinó hacia él y susurró:
—Porque ella fue quien me ordenó que no lo dejara entrar al palacio.
El general desenvainó la espada, sorprendido.
—¡Princesa, queda bajo custodia!
Hwa-Yeon no se resistió. Miró a Seo Hwan con una expresión que mezclaba miedo, rabia y arrepentimiento.
—Usted cree que regresó para recuperar su nombre. Pero la reina madre no teme que usted reclame el trono.
Seo Hwan frunció el ceño.
—¿Entonces qué teme?
La princesa tragó saliva.
—Que descubra quién es su verdadero padre.
La puerta que nadie debía abrir
Al caer la noche, el general preparó una escolta para llevar a Seo Hwan ante la reina madre. Antes de salir, el joven pidió que revisaran los aposentos privados de su antigua familia.
Los guardias encontraron una puerta sellada detrás de un biombo de madera. El sello llevaba el emblema de la familia real y una advertencia escrita hacía diez años: nadie debía abrir aquella habitación sin autorización directa del monarca.
El general miró a Seo Hwan.
—¿Quiere que la abramos, Su Alteza?
Seo Hwan contempló el sello durante varios segundos.
—Sí. Pero nadie entrará antes que yo.
La puerta se abrió lentamente con un crujido. Dentro no había joyas ni tesoros. Solo una cama cubierta de polvo, un retrato rasgado y una pequeña cuna de madera.
Seo Hwan se acercó a la cuna.
En uno de sus bordes había dos nombres grabados: el suyo y otro que no reconocía.
El general encendió una lámpara. Al levantar el retrato, descubrió la imagen de una mujer joven sosteniendo a dos bebés.
Uno era Seo Hwan.
El otro tenía la misma marca junto a la ceja.
El joven sintió que el aire le abandonaba los pulmones.
—Yo crecí creyendo que era hijo único.
El general examinó la parte trasera del retrato. Allí había una frase escrita a mano:
“Si uno de los príncipes regresa, no permitas que encuentre al otro.”
Antes de que pudieran investigar más, se escucharon pasos al otro lado de la puerta.
Una voz de mujer habló desde el corredor.
—Así que finalmente has vuelto, hijo mío.
Seo Hwan se giró de golpe.
En la entrada estaba la reina madre Yoon Seol-Hwa, vestida con seda oscura y un rostro tan sereno que resultaba aterrador. Detrás de ella, varios guardias reales apuntaban sus armas hacia el general.
La reina madre observó la cuna y el retrato.
—Te advertí que nunca abrieras esta puerta.
Seo Hwan levantó la barbilla.
—¿Quién era el otro bebé?
La reina madre sonrió con tristeza.
—Tu hermano gemelo. El único hombre que puede demostrar que tú no eres el heredero legítimo.
El ejército se había arrodillado ante él. Los nobles habían temido su regreso. La princesa había confesado que obedecía órdenes de la reina madre.
Pero ahora una pregunta amenazaba con destruirlo todo:
Si tenía un hermano gemelo, ¿cuál de los dos había sido preparado para gobernar… y cuál había sido condenado a desaparecer?
La reina madre levantó una mano. Los guardias cargaron sus armas.
—Llévenselo —ordenó—. Esta noche, el reino perderá a su último príncipe.
CONTINUARÁ…
