“El joven que besó a la guerrera equivocada”,

“El joven que besó a la guerrera equivocada”,

El muchacho harapiento que desafió al ejército real

Parte 3: La verdad que el general enterró durante veinte años

Las enormes puertas del palacio se cerraron con un estruendo que retumbó por todo el patio. Los soldados cruzaron sus lanzas frente a las entradas, mientras los nobles, que minutos antes se habían burlado del muchacho harapiento, comenzaban a mirarlo con temor.

Seo Jun-Ho permanecía inmóvil en el centro del patio. Su túnica estaba desgastada, sus botas tenían barro y su rostro no mostraba la arrogancia de un hombre que buscaba poder. Sin embargo, sostenía aquella espada como si hubiera nacido con ella en las manos.

La reina Hwa-Yeon descendió lentamente los escalones del trono. Sus ojos estaban fijos en los grabados dorados de la empuñadura.

El muchacho apretó la mandíbula.

Un murmullo recorrió el patio. Algunos ministros intercambiaron miradas. Otros bajaron la cabeza como si conocieran la respuesta y llevaran veinte años rezando para que nadie hiciera aquella pregunta.

La reina se quedó sin palabras por un instante.

Jun-Ho giró la cabeza lentamente hacia el general Kang Mu-Seok.

La armadura del comandante tenía exactamente aquel emblema.

La acusación que hizo temblar al palacio

El general dio un paso adelante. Su mano se acercó a la empuñadura de su sable, pero la mirada de la reina lo obligó a detenerse.

Jun-Ho no retrocedió.

El muchacho inclinó ligeramente la cabeza.

El rostro del general perdió el color.

La reina se volvió hacia él.

El militar intentó responder, pero las palabras no salieron de su boca.

Jun-Ho metió la mano bajo su túnica y sacó un pequeño trozo de tela envuelto alrededor de una placa de jade. La pieza estaba rota por un extremo y llevaba grabado el símbolo de la guardia real.

Jun-Ho levantó la placa para que todos pudieran verla.

El patio quedó en silencio.

Entonces, uno de los ministros más ancianos se adelantó. Caminaba apoyándose en un bastón de madera oscura y tenía los ojos húmedos.

La reina lo miró con incredulidad.

El anciano cayó de rodillas.

Los soldados comenzaron a murmurar. El general Kang observó las puertas cerradas y calculó sus posibilidades. Había hombres leales a él entre las tropas, pero también había muchos que habían servido bajo el mando de Baek Mu-Jin y recordaban su honor.

La reina levantó una mano.

El comandante la miró como si acabara de escuchar una sentencia de muerte.

La reina respondió con una frialdad que hizo estremecer a los presentes.

El secreto de la última noche

Kang Mu-Seok soltó una carcajada breve y amarga.

Jun-Ho bajó la espada y lo observó con una serenidad inquietante.

El joven se volvió hacia la reina.

La reina apretó los dedos contra el brazo de su asiento.

Jun-Ho miró al general.

El ministro anciano levantó la cabeza de golpe.

La reina se volvió hacia él.

Jun-Ho sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Había cruzado montañas, soportado burlas y dormido bajo la lluvia buscando respuestas. Por primera vez, estaba cerca de encontrar algo que pudiera limpiar el nombre de su padre.

La reina ordenó que prepararan antorchas y que un grupo de soldados la acompañara al archivo subterráneo. Kang Mu-Seok permaneció rodeado por guardias, con el rostro rígido y la mirada clavada en el suelo.

Pero cuando la reina se volvió para dar la orden de marcha, el general habló en voz baja.

La reina se detuvo.

Kang levantó lentamente la cabeza.

El general señaló a la reina con una mirada llena de desafío.

La cámara prohibida

Nadie se atrevió a respirar. La reina Hwa-Yeon parecía una estatua, pero sus ojos revelaban un dolor antiguo que no había conseguido ocultar.

Jun-Ho sintió que algo no encajaba. Había pasado años imaginando que el general era el único culpable. Ahora, las palabras de Kang abrían una puerta mucho más oscura.

El muchacho avanzó un paso.

El general bajó los ojos por primera vez.

La confesión fue tan inesperada que varios soldados intercambiaron miradas de asombro.

Jun-Ho levantó la espada, aunque no la apuntó contra él.

La reina cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado.

Ordenó que Kang fuera desarmado y llevado bajo custodia. Luego, acompañada por Jun-Ho y el ministro anciano, descendió por una escalera estrecha hasta el archivo subterráneo.

El aire olía a humedad y madera quemada. Las paredes estaban cubiertas de polvo. Al fondo había una puerta de piedra con el sello de la antigua casa real.

Los soldados empujaron con todas sus fuerzas hasta abrirla.

En el interior, entre cajas rotas y pergaminos ennegrecidos, encontraron un pequeño cofre de hierro. La reina reconoció el sello que lo cerraba: pertenecía a su padre.

Jun-Ho se arrodilló y pasó los dedos por la superficie del cofre. Había una inscripción casi borrada:

“La verdad no muere con el hombre que la protege.”

El joven utilizó la punta de su espada para levantar el cierre oxidado. Dentro había una carta, un registro de pagos y un pequeño retrato pintado sobre seda.

La reina tomó la carta con manos temblorosas. Reconoció de inmediato la caligrafía de su padre.

Mientras leía, su rostro se fue quedando sin expresión.

Jun-Ho se acercó.

La reina no respondió. Miraba el retrato sobre la seda. En él aparecía su padre junto a un joven oficial de la guardia real. A un lado, una mujer sostenía a un bebé envuelto en una manta blanca.

La reina levantó lentamente la vista hacia Jun-Ho.

La reina miró otra vez el retrato y después la espada que el joven llevaba consigo.

Jun-Ho sintió que las piernas le temblaban.

La reina le entregó el retrato.

El muchacho observó la imagen. La mujer tenía los mismos ojos que su madre. En el cuello llevaba un colgante de jade idéntico al que Jun-Ho conservaba desde su infancia.

Pero el bebé tenía algo más: una pequeña marca en forma de media luna debajo de la oreja izquierda.

Jun-Ho se llevó una mano al cuello.

Él tenía exactamente la misma marca.

La reina respiró hondo. Por primera vez en muchos años, una lágrima recorrió su mejilla.

Jun-Ho retrocedió, incapaz de apartar los ojos del retrato.

La reina le sostuvo la mirada.

Antes de que Jun-Ho pudiera responder, se escucharon pasos apresurados al otro lado de la puerta. Un soldado entró, pálido y sin aliento.

La reina se puso de pie.

El soldado tragó saliva.

Jun-Ho extendió la mano y recibió el papel arrugado.

Solo contenía una frase escrita con tinta negra:

“Si quieres saber quién ordenó matar a tu padre, ven esta noche al templo abandonado. Ven solo… o la última persona que conoce toda la verdad morirá.”

Jun-Ho cerró el puño alrededor del mensaje.

La reina intentó detenerlo, pero el joven ya había tomado su espada.

La reina lo sujetó del brazo.

Jun-Ho se detuvo.

La reina miró hacia la escalera oscura. Su voz apenas fue un susurro.

En ese instante, una campana sonó en lo alto del palacio.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Era la señal reservada para anunciar que un miembro de la familia real había sido asesinado.

La reina soltó el brazo de Jun-Ho y salió corriendo hacia la escalera. El muchacho la siguió, con la espada en la mano y el corazón golpeándole el pecho.

Al llegar al patio, encontraron a los soldados arrodillados alrededor de una figura cubierta con una capa blanca. A su lado había una daga manchada de sangre y un sello real partido en dos.

La reina se acercó lentamente. Sus labios temblaron cuando reconoció el anillo de la mano que sobresalía bajo la capa.

Jun-Ho levantó la tela.

Y descubrió el rostro del único hombre que podía revelar quién había ordenado la muerte de su padre.

El anciano ministro todavía respiraba.

Con las últimas fuerzas que le quedaban, agarró la muñeca de Jun-Ho y susurró:

Entonces, el anciano abrió los ojos de par en par y miró detrás del muchacho.

Jun-Ho se volvió.

En lo alto de los escalones, un hombre vestido con una túnica real observaba la escena. Su rostro permanecía oculto bajo la sombra de una capucha, pero en su mano sostenía la otra mitad del sello partido.

El desconocido sonrió.

CONTINUARÁ…

 

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