EL SER INMORTAL QUE BAJÓ A LA TIERRA PARA MATARLA… Y TERMINÓ AMÁNDOLA
Parte 3 — El castigo que convirtió a un inmortal en humano
La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad cuando Seo-Rin se quedó mirando a Kael sin saber qué pensar.
Hacía apenas unos minutos estaba convencida de que aquel hombre era simplemente un loco con una extraña
obsesión por asustarla.
Pero ningún hombre normal podía levantar un automóvil con una sola mano sin siquiera tocarlo.
Ningún hombre normal podía desaparecer en medio de una calle y aparecer varios metros más adelante.
Y, definitivamente, ningún hombre normal podía hacer que una energía oscura apareciera alrededor de sus manos.
Seo-Rin dio un paso hacia atrás.
—Entonces dime la verdad —dijo finalmente—. ¿Qué eres?
Kael permaneció en silencio.
Por primera vez desde que había llegado a la Tierra, no sabía qué responder.
Había pasado siglos sin necesitar explicar quién era.
Los humanos le tenían miedo a aquello que no podían comprender. Kael estaba acostumbrado a eso.
Era más sencillo inspirar terror que confianza.
Pero aquella mujer no estaba huyendo.
Estaba asustada, sí.
Sin embargo, seguía mirándolo directamente a los ojos.
—No soy humano —respondió él.
Seo-Rin frunció el ceño.
—Eso ya lo entendí.
—Fui enviado aquí para cumplir una misión.
—¿Matarme?
Kael bajó la mirada.
—Sí.
El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier grito.
Seo-Rin tragó saliva.
—¿Y por qué no lo haces?
Kael levantó lentamente los ojos.
Esa era precisamente la pregunta que llevaba horas haciéndose.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—He intentado hacerlo.
—Eso no me tranquiliza.
Kael casi sonrió.
—No pretendía tranquilizarte.
—Pues tienes una forma horrible de hablar con la gente.
Él la observó durante unos segundos.
—La gente nunca me importó.
—Entonces, ¿por qué te importa lo que me pase?
Kael no respondió.
Porque la respuesta comenzaba a darle miedo.
No era la misión.
No era una orden.
No era compasión.
Era algo mucho peor para alguien como él.
Era apego.
El primer sentimiento
Esa noche, Seo-Rin llevó a Kael hasta su pequeño apartamento.
El lugar era viejo, estrecho y apenas tenía muebles. Había una pequeña mesa, una cama, una cocina
diminuta y una ventana desde la que podía verse una parte de la ciudad.
Kael observó todo con una expresión extraña.
—¿Aquí vives?
—Sí.
—Es pequeño.
Seo-Rin lo miró.
—Gracias. Me esforcé mucho para conseguir este pequeño palacio.
Kael entendió demasiado tarde que había cometido otro error.
—No quise insultarte.
—Pues aprende rápido.
Ella dejó una taza de agua sobre la mesa.
—Toma.
Kael miró la taza.
—No necesito beber.
—Entonces finge que eres normal.
Él tomó la taza.
Bebió.
Seo-Rin se sentó frente a él.
—Ahora cuéntame todo.
Kael permaneció callado.
—Todo —repitió ella.
Finalmente, Kael comenzó a hablar.
Le contó que había existido durante muchísimo tiempo.
Que no envejecía como los humanos.
Que había cometido actos terribles durante siglos.
Que nunca había sentido culpa.
Y que, precisamente por eso, aquellos que tenían autoridad sobre seres como él decidieron castigarlo.
—¿Y cuál es tu castigo? —preguntó Seo-Rin.
Kael la miró directamente.
—Sentir.
Seo-Rin no entendió.
—¿Sentir qué?
—Todo.
Miedo.
Dolor.
Soledad.
Culpa.
Cariño.
Esperanza.
Amor.
Kael apretó los puños.
—Mi misión era encontrar a una humana que cambiaría mi destino.
Seo-Rin abrió los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Y qué tengo de especial?
Kael la observó durante largo rato.
—Eso es lo que todavía intento descubrir.
La mentira
Durante los días siguientes, Kael comenzó a quedarse cerca de Seo-Rin.
Ella intentaba hacer su vida normalmente, pero tener a un inmortal siguiéndola a todas partes hacía que
la normalidad fuera prácticamente imposible.
Cuando Seo-Rin iba al mercado, Kael aparecía detrás de ella.
Cuando ella trabajaba, él esperaba afuera.
Cuando regresaba a casa, él ya estaba sentado en las escaleras.
—¿No tienes nada mejor que hacer? —preguntó ella una tarde.
—No.
—Eres inmortal.
—Exactamente.
Seo-Rin suspiró.
—Qué vida tan triste.
Kael se quedó pensando.
Nadie le había dicho eso antes.
Nadie había sentido pena por él.
Nadie había considerado que un ser inmortal pudiera estar solo.
Esa noche, Kael tomó una decisión.
Debía alejarse.
Si continuaba cerca de Seo-Rin, terminaría perdiendo el control.
Y él no podía permitirse amar a una humana.
Al día siguiente desapareció.
Seo-Rin esperó.
Pasó un día.
Luego otro.
Y otro más.
Ella se convenció de que finalmente se había marchado.
Pero una noche, mientras regresaba a casa, escuchó pasos detrás de ella.
Se giró.
Kael estaba allí.
Herido.
Su ropa estaba cubierta de polvo y sangre.
Seo-Rin corrió hacia él.
—¡Kael!
Él cayó de rodillas.
—No te acerques.
—¿Qué te pasó?
—Me encontraron.
—¿Quiénes?
Kael levantó la cabeza.
—Los que me enviaron.
La verdadera misión
Seo-Rin sintió un escalofrío.
—¿Vinieron por ti?
—No.
Kael respiró con dificultad.
—Vinieron por ti.
La expresión de Seo-Rin cambió.
—¿Por mí?
—La misión nunca fue simplemente matarte.
—Entonces, ¿qué querían?
Kael la miró con una mezcla de miedo y desesperación.
—Querían comprobar si podía hacerlo.
Seo-Rin permaneció inmóvil.
—¿Comprobar qué?
—Si todavía era capaz de destruir a alguien sin sentir nada.
Kael cerró los ojos.
—Pero fallé.
—¿Por mí?
Él abrió los ojos.
—Por ti.
Seo-Rin sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—Kael…
—Vete.
—No.
—¡Vete!
—¡No voy a dejarte aquí!
Kael golpeó el suelo con la mano.
Una onda de energía recorrió la calle.
—¡No entiendes lo que está pasando!
Seo-Rin se quedó frente a él.
—Entonces explícamelo.
—Si ellos descubren que te amo…
Kael se detuvo.
Las palabras ya habían salido.
Seo-Rin dejó de respirar durante un instante.
—¿Qué dijiste?
Kael bajó la mirada.
—Nada.
—Lo dijiste.
—Olvídalo.
—No.
Seo-Rin se acercó.
—Dilo otra vez.
Kael la miró.
Por primera vez en toda su existencia, un ser que jamás había temido a nadie sintió miedo de una sola
palabra.
—Te amo.
La llegada de los cazadores
Antes de que Seo-Rin pudiera responder, todas las luces de la calle se apagaron.
Kael se levantó inmediatamente.
—Llegaron.
Varias figuras aparecieron al final de la calle.
No eran humanos comunes.
Caminaban lentamente, vestidos con largas prendas oscuras y rostros inexpresivos.
Kael se colocó delante de Seo-Rin.
—Quédate detrás de mí.
—¿Puedes vencerlos?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué estás preocupado?
Kael apretó los dientes.
—Porque esta vez no vienen a matarme.
—¿Entonces?
—Vienen a quitarme lo que siento.
Uno de los desconocidos dio un paso adelante.
—Kael.
Él levantó la mano.
Una intensa energía oscura comenzó a rodearlo.
—No volveré.
La figura respondió:
—No tienes elección.
Kael miró a Seo-Rin por última vez.
—Corre.
—No.
—Seo-Rin…
Ella tomó su mano.
—La última vez dijiste que no podías matarme.
Kael la miró.
—Sí.
—Ahora yo tampoco voy a dejar que te maten.
Kael sintió nuevamente aquella sensación desconocida en el pecho.
Pero esta vez no intentó detenerla.
La sostuvo con fuerza.
Frente a ellos, las figuras comenzaron a avanzar.
Kael levantó la mirada.
Sus ojos brillaron intensamente.
—Entonces que vengan.
Seo-Rin apretó su mano.
—Juntos.
Kael sonrió.
Una sonrisa pequeña, pero completamente diferente a las que había mostrado antes.
Porque finalmente había comprendido su verdadero castigo.
No lo habían enviado a la Tierra para matarla.
Lo habían enviado para descubrir si un ser que había vivido eternamente sin corazón podía aprender a
tener uno.
Y ahora que lo había encontrado, no estaba dispuesto a perderlo.
Pero aquella noche todavía escondía un secreto
Mientras Kael y Seo-Rin se preparaban para enfrentarse a quienes habían venido por ellos, una figura
observaba desde lo alto de un edificio.
Nadie podía verla.
Nadie podía sentir su presencia.
Excepto Kael.
Él levantó lentamente la cabeza.
Su sonrisa desapareció.
—No puede ser…
Seo-Rin lo miró.
—¿Qué pasa?
Kael permaneció completamente inmóvil.
Porque acababa de reconocer aquella presencia.
Era alguien que conocía desde mucho antes de llegar a la Tierra.
Alguien que supuestamente había desaparecido hacía siglos.
Y esa persona acababa de revelar la verdad que podía cambiarlo todo.
Seo-Rin nunca había sido una humana común.
Y Kael acababa de descubrir que quizá no había sido enviado a la Tierra para encontrarla.
Quizá ella era la razón por la que él había sido enviado allí.
Kael apretó la mano de Seo-Rin.
La batalla que estaba a punto de comenzar ya no decidiría solamente el destino de un inmortal.
Decidiría el destino de ambos.
CONTINUARÁ…
