“LE TIRÓ EL DINERO A UNA VENDEDORA… SIN SABER QUE ELLA ERA LA DUEÑA DEL PALACIO” ,

“LE TIRÓ EL DINERO A UNA VENDEDORA… SIN SABER QUE ELLA ERA LA DUEÑA DEL PALACIO” ,

 

LE TIRÓ EL DINERO A UNA VENDEDORA… SIN SABER QUE ELLA ERA LA DUEÑA DEL PALACIO

Parte 2 — Ahora el que tendría que bajar la cabeza era él

El mercado entero había quedado en silencio.

Kang Do-Yun permanecía inmóvil frente al pequeño puesto de frutas. Unos segundos antes había estado convencido de que aquella joven era simplemente una vendedora más. Una mujer humilde que, como todos los demás comerciantes del mercado, debía agachar la cabeza cuando alguien de su posición aparecía.

Pero ahora todo había cambiado.

Frente a él había tres administradores vestidos con ropas impecables. Detrás de ellos esperaba un enorme carruaje negro con detalles dorados. Y todos habían inclinado la cabeza ante la misma mujer a la que él acababa de tratar como si no valiera nada.

Yeo Ha-Neul.

La supuesta vendedora humilde.

La mujer a quien acababa de lanzar unas monedas al suelo.

La mujer que ahora estaba siendo recibida como una señora de enorme autoridad.

El silencio que lo dijo todo

Kang Do-Yun miró lentamente a los sirvientes.

Después miró el carruaje.

Finalmente volvió a mirar a Ha-Neul.

Ella seguía exactamente en el mismo lugar.

No había cambiado su postura.

No había levantado la voz.

No había intentado presumir de su riqueza.

Simplemente lo observaba.

Y aquella tranquilidad comenzó a incomodarlo mucho más que cualquier insulto.

Uno de los administradores se agachó y recogió lentamente las monedas que estaban tiradas en el suelo.

Las sostuvo durante unos segundos y luego caminó hacia Kang Do-Yun.

—Señor —dijo con tono respetuoso—. Creo que esto le pertenece.

Kang Do-Yun no respondió.

El administrador extendió la mano.

Las monedas descansaban sobre su palma.

—La señora Ha-Neul no necesita recoger dinero del suelo.

Aquella frase provocó murmullos entre los comerciantes.

Kang Do-Yun apretó la mandíbula.

“¿Quién es ella realmente?”

Uno de los acompañantes de Kang Do-Yun se acercó lentamente.

—Mi señor…

—¿Qué? —respondió Kang Do-Yun sin apartar la mirada de Ha-Neul.

El joven tragó saliva.

—Creo que deberíamos irnos.

Kang Do-Yun giró lentamente la cabeza.

—¿Irnos?

—Sí, mi señor.

—¿Después de que una vendedora me haya faltado al respeto?

El acompañante bajó la voz.

—No es una vendedora.

Kang Do-Yun volvió a mirar a Ha-Neul.

—Entonces dime quién es.

El joven dudó.

—Es la propietaria de la residencia de Jade del Norte.

Kang Do-Yun frunció el ceño.

—Eso no significa nada.

El acompañante respiró profundamente.

—Es propietaria de las tierras comerciales del valle.

Kang Do-Yun permaneció callado.

—También controla los almacenes de grano del este —continuó el joven—. Y varias caravanas comerciales.

El rostro de Kang Do-Yun comenzó a cambiar.

—¿Cuántas?

—Más de las que podemos contar.

Por primera vez desde que había llegado al mercado, Kang Do-Yun no encontró una respuesta.

Ha-Neul no necesitaba demostrar nada

Ha-Neul escuchaba en silencio.

Finalmente tomó una de las telas que había estado vendiendo y comenzó a doblarla tranquilamente.

Kang Do-Yun se acercó.

Esta vez caminó más despacio.

Ya no tenía la misma seguridad.

—Así que eres la dueña de todo esto.

Ha-Neul levantó la mirada.

—No de todo.

Él pareció respirar con alivio.

—Entonces quizá hubo un malentendido.

Ella sonrió ligeramente.

—No.

Kang Do-Yun quedó confundido.

—¿No?

—No hubo ningún malentendido.

Ha-Neul señaló las monedas.

—Usted sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando las lanzó al suelo.

Kang Do-Yun bajó la mirada.

—Solo estaba pagando.

—No.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—Estaba intentando demostrar que podía humillar a alguien porque tenía más dinero.

Los comerciantes cercanos comenzaron a observarlos.

Kang Do-Yun sintió que todas las miradas estaban sobre él.

La pregunta que lo dejó sin palabras

Ha-Neul se acercó un paso.

—Dígame una cosa, señor Kang.

—¿Qué?

—Si yo hubiera sido realmente una campesina pobre…

Hizo una pausa.

—¿Habría estado bien tratarme así?

Kang Do-Yun abrió la boca, pero no respondió.

Ha-Neul continuó:

—Si yo no tuviera un palacio…

—Si no tuviera tierras…

—Si no tuviera dinero…

Lo miró directamente a los ojos.

—¿Eso habría hecho que valiera menos?

Nadie habló.

Ni siquiera los comerciantes.

Kang Do-Yun sintió por primera vez que no sabía qué decir.

Porque cualquier respuesta lo dejaría peor.

El noble intenta recuperar su orgullo

A pesar de todo, Kang Do-Yun no estaba acostumbrado a perder.

Enderezó los hombros.

—No necesito recibir una lección de una mujer que se disfraza de vendedora.

Ha-Neul sonrió.

—¿Disfrazarme?

—Sí.

—No me estaba escondiendo.

Kang Do-Yun frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué estabas aquí?

Ha-Neul miró alrededor del mercado.

Observó a los comerciantes.

A los campesinos.

A las familias que compraban alimentos.

Después volvió a mirarlo.

—Porque este mercado también me pertenece.

Kang Do-Yun se quedó quieto.

—¿Qué?

—Quería saber cómo viven las personas que trabajan para mí.

Ha-Neul señaló los puestos.

—Quería escuchar sus problemas sin que supieran quién era yo.

Su voz se volvió más seria.

—Y hoy aprendí algo importante.

Kang Do-Yun la observó.

—¿Qué?

—Que algunos hombres solo respetan a una persona cuando descubren cuánto dinero tiene.

El palacio aparece en el horizonte

Un sonido de campanas se escuchó a lo lejos.

Los comerciantes comenzaron a apartarse.

Un segundo carruaje apareció al final de la calle.

Después otro.

Eran vehículos pertenecientes a la residencia de Jade del Norte.

Los sirvientes comenzaron a preparar el camino.

Ha-Neul tomó una pequeña bolsa de tela y la entregó a una de las mujeres que trabajaban con ella.

—Lleva esto al palacio.

—Sí, señora.

Kang Do-Yun escuchó aquella palabra.

Señora.

No “vendedora”.

No “campesina”.

No “muchacha”.

Señora.

Y todos la llamaban así.

Pero Ha-Neul todavía no había terminado

Kang Do-Yun respiró profundamente.

—Acepto que fui demasiado brusco.

Ha-Neul lo miró.

—¿Demasiado brusco?

—Sí.

—Me tiraste dinero al suelo.

—Fue un error.

—Me ordenaste recogerlo.

—Estaba equivocado.

—Y dijiste que debía agradecerte por comprarme.

Kang Do-Yun bajó la mirada.

—Lo siento.

Ha-Neul guardó silencio.

Durante varios segundos nadie supo qué iba a decir.

Finalmente, ella tomó las monedas que el administrador había recogido.

Caminó hasta Kang Do-Yun.

Y se las entregó.

—Guárdalas.

Él levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque hoy son el precio de una lección que probablemente necesitabas desde hace mucho tiempo.

Una última advertencia

Kang Do-Yun tomó las monedas.

Por primera vez, no pudo sostenerle la mirada.

Ha-Neul caminó hacia el carruaje.

Pero antes de subir, se detuvo.

Miró por encima del hombro.

—Señor Kang.

Él levantó la cabeza.

—¿Sí?

—La próxima vez que entre a un mercado…

Hizo una pequeña pausa.

—Recuerde que no siempre sabrá quién está detrás de cada puesto.

Kang Do-Yun permaneció inmóvil.

Ha-Neul subió al carruaje.

La puerta se cerró.

Los caballos comenzaron a avanzar.

Pero había algo que Kang Do-Yun todavía no sabía

El carruaje no se dirigió hacia una residencia común.

Atravesó las puertas principales de una enorme propiedad rodeada de árboles y muros de piedra.

Kang Do-Yun había escuchado rumores sobre aquel lugar.

Una residencia tan grande que algunos comerciantes la llamaban palacio.

Decían que su propietaria podía comprar varias aldeas sin siquiera tocar sus reservas principales.

Decían que controlaba las rutas comerciales más importantes del valle.

Decían que nadie conocía realmente el alcance de su fortuna.

Pero había un rumor todavía más extraño.

La propietaria rara vez aparecía en público.

Y nadie sabía por qué.

Kang Do-Yun miró cómo el carruaje desaparecía detrás de las enormes puertas.

Entonces uno de sus acompañantes se acercó.

—Mi señor…

—¿Qué?

—Hay algo que debería saber.

Kang Do-Yun lo miró.

—¿Qué cosa?

El joven dudó.

—La señora Ha-Neul no solo es dueña de este palacio.

Kang Do-Yun frunció el ceño.

—¿Entonces qué más?

El acompañante respondió en voz baja:

—Su familia controla la mayor parte del comercio que mantiene abastecida la capital.

Kang Do-Yun abrió lentamente los ojos.

Entonces comprendió algo todavía peor.

Tal vez aquella mujer no era simplemente más rica que él.

Tal vez su fortuna era tan grande que incluso su propia familia noble dependía indirectamente de sus negocios.

Kang Do-Yun cerró la mano alrededor de las monedas.

Las mismas monedas que había arrojado al suelo.

Y por primera vez en muchos años, el hombre que siempre había tratado a los demás como inferiores tuvo miedo de haber elegido a la persona equivocada para humillar.

Y la historia apenas comenzaba…

Esa noche, mientras Ha-Neul entraba en su palacio, uno de sus administradores se acercó rápidamente.

—Señora, acaba de llegar un mensaje de la capital.

Ha-Neul se detuvo.

—¿De quién?

El administrador bajó la voz.

—De la familia Kang.

Ha-Neul quedó en silencio.

—¿Qué quieren?

El administrador le entregó un sobre sellado.

Ha-Neul lo abrió.

Sus ojos recorrieron las primeras líneas.

Su expresión cambió.

Aquello ya no tenía nada que ver con las monedas del mercado.

Alguien había enviado una propuesta para unir los negocios de ambas familias mediante un matrimonio.

Y el nombre escrito en el documento era precisamente el de…

Kang Do-Yun.

Ha-Neul levantó lentamente la mirada.

Después soltó una pequeña sonrisa.

—Así que ahora quieren que me case con él…

Cerró el documento.

—Qué interesante.

Porque mañana pienso devolverles la propuesta personalmente.

Y esta vez…

será Kang Do-Yun quien tenga que arrodillarse.

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