“🔥 LA CAMPESINA QUE HUMILLÓ AL GENERAL FRENTE A SUS PROPIOS SOLDADOS — PARTE 2”,

“🔥 LA CAMPESINA QUE HUMILLÓ AL GENERAL FRENTE A SUS PROPIOS SOLDADOS — PARTE 2”,

 

 

🔥 LA CAMPESINA QUE HUMILLÓ AL GENERAL FRENTE A SUS PROPIOS SOLDADOS — PARTE 3

Kang Tae-Hyun finalmente descubrió la verdad: la humilde campesina que acababa de desarmarlo delante de sus propios soldados era la fugitiva que llevaba días buscando. Pero cuando intentó detenerla, descubrió que Soo-Rin no estaba huyendo por miedo. Estaba huyendo porque alguien dentro del ejército quería matarla antes de que pudiera revelar un secreto que podía destruir a toda una familia poderosa.

El combate que nadie esperaba

Durante unos segundos, nadie se movió.

El camino del pueblo quedó completamente en silencio.

Los cuatro soldados sostenían sus armas mientras rodeaban a Han Soo-Rin. Frente a ellos, la joven campesina permanecía de pie con una tranquilidad que parecía imposible. La cesta de ropa estaba tirada a unos pasos de distancia, varias prendas habían caído sobre la tierra y el viento levantaba ligeramente los bordes de su hanbok.

Kang Tae-Hyun sostenía su espada con fuerza.

Su rostro ya no mostraba la arrogancia de unos minutos antes.

Ahora la miraba con absoluta seriedad.

Había algo en sus ojos que había cambiado.

Por primera vez, el general entendía que no estaba frente a una campesina común.

—Han Soo-Rin —dijo con voz firme—. No quiero lastimarte. Entrégate.

Soo-Rin inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Y si no quiero?

Uno de los soldados dio un paso hacia ella.

—Entonces tendremos que llevarte por la fuerza.

Soo-Rin miró al soldado.

Después miró al general.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Eso fue exactamente lo que intentaron hacer antes de que llegara usted.

Los guardias intercambiaron miradas.

Tae-Hyun apretó la mandíbula.

—¿Quiénes?

La sonrisa de Soo-Rin desapareció.

—Los hombres que realmente me están buscando.

—¿Qué significa eso?

—Que usted no sabe toda la historia, general.

Antes de que pudiera responder, uno de los soldados atacó.

Soo-Rin se apartó en el último instante.

La espada pasó junto a su hombro.

Ella sujetó el brazo del soldado, giró sobre sus pies y utilizó su propio impulso para lanzarlo contra el segundo guardia.

Los dos cayeron sobre la tierra.

El tercero intentó golpearla desde el costado.

Soo-Rin bajó el cuerpo, tomó una rama gruesa del suelo y bloqueó el golpe.

El sonido metálico resonó por todo el camino.

Tae-Hyun observaba sorprendido.

No estaba viendo movimientos improvisados.

Estaba viendo una técnica.

Una técnica que había sido entrenada durante años.

El general comienza a sospechar

Soo-Rin consiguió desarmar al tercer guardia y retrocedió.

El cuarto soldado la atacó directamente.

Ella bloqueó el primer golpe.

Luego el segundo.

Después giró, tomó la muñeca del hombre y lo obligó a soltar su espada.

La espada cayó sobre la tierra.

Tae-Hyun bajó lentamente su propia arma.

Había visto esa técnica antes.

No recordaba dónde.

Pero la había visto.

Una técnica antigua.

Una técnica utilizada por una pequeña unidad militar desaparecida años atrás.

El general dio un paso hacia ella.

—¿Quién te enseñó a luchar así?

Soo-Rin no respondió.

—Te hice una pregunta.

—Y yo decidí no responderla.

—Soo-Rin…

—No me llame por mi nombre como si ahora fuéramos amigos.

Tae-Hyun guardó silencio.

Ella respiró profundamente.

—Usted me detuvo porque cree que soy una delincuente. Pero nunca preguntó qué hice.

—El reino te acusa de robo, espionaje y asesinato.

Los ojos de Soo-Rin cambiaron inmediatamente.

—¿Asesinato?

—Eso dice la orden de captura.

—Entonces también le mintieron a usted.

Tae-Hyun frunció el ceño.

—¿Por qué debería creerte?

Soo-Rin miró a los soldados que estaban levantándose.

—Porque si realmente hubiera asesinado a alguien, no estaría aquí hablando con usted.

Uno de los guardias murmuró:

—Mi general… quizá deberíamos llevarla al cuartel y hacer las preguntas allí.

Tae-Hyun no respondió.

Algo no encajaba.

La orden de captura.

La habilidad de Soo-Rin.

Su tranquilidad.

Y, sobre todo, la forma en que ella había reaccionado al escuchar la palabra asesinato.

No había miedo.

Había indignación.

El secreto escondido en la cesta

Uno de los soldados se acercó a la cesta que Soo-Rin había dejado caer.

—General, encontré algo.

Soo-Rin levantó la cabeza inmediatamente.

—¡No lo toque!

El soldado se detuvo.

Tae-Hyun miró la cesta.

—¿Qué tienes ahí?

—Ropa.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no entiendo la pregunta.

El general se acercó.

—Déjame verla.

Soo-Rin dio un paso hacia él.

—No.

—Soy el general de este ejército.

—Y esa sigue siendo mi cesta.

Por un instante, los guardias estuvieron a punto de reír nuevamente.

Pero esta vez nadie se atrevió.

Tae-Hyun suspiró.

—Está bien. Yo mismo la revisaré.

Soo-Rin no respondió.

El general se agachó y comenzó a mover las prendas.

Debajo de varias piezas de ropa encontró una pequeña caja de madera.

Soo-Rin cerró los ojos.

—General…

Tae-Hyun tomó la caja.

—¿Qué es esto?

—Devuélvamela.

El general abrió la tapa.

Dentro había un medallón antiguo.

Era de metal oscuro.

En el centro tenía grabado el símbolo de una serpiente negra rodeando una espada.

Tae-Hyun se quedó inmóvil.

Su rostro perdió el color.

Uno de los soldados preguntó:

—¿General?

Tae-Hyun no respondió.

Había visto aquel símbolo en documentos militares clasificados.

Era el símbolo de una unidad que había sido oficialmente eliminada veinte años atrás.

Una unidad acusada de traición.

Una unidad cuyos integrantes habían desaparecido misteriosamente.

Y cuyo comandante había sido declarado muerto.

Tae-Hyun levantó la mirada hacia Soo-Rin.

—¿De dónde sacaste esto?

Ella respondió lentamente:

—Era de mi padre.

El nombre que el general no quería escuchar

El viento dejó de sentirse por unos segundos.

Tae-Hyun sostuvo el medallón con fuerza.

—¿Cuál era el nombre de tu padre?

Soo-Rin dudó.

—Han Do-Yun.

Los ojos del general se abrieron.

Uno de los guardias preguntó:

—¿Usted lo conoce?

Tae-Hyun no respondió.

Recordaba ese nombre.

Había escuchado historias sobre Han Do-Yun cuando era un niño.

Un guerrero legendario.

Un hombre acusado de traición.

Un comandante que supuestamente había intentado vender información militar al enemigo.

Después desapareció.

Nadie volvió a verlo.

Tae-Hyun miró a Soo-Rin.

—Tu padre murió hace veinte años.

Soo-Rin negó con la cabeza.

—Eso es lo que quieren que todos crean.

—¿Qué quieres decir?

—Que mi padre está vivo.

Los guardias quedaron en silencio.

Tae-Hyun dio un paso hacia ella.

—Eso es imposible.

—Entonces explíqueme por qué recibí una carta suya hace tres días.

El general se quedó paralizado.

—¿Una carta?

Soo-Rin sacó lentamente un pequeño papel escondido dentro de su ropa.

Tae-Hyun quiso acercarse.

Ella lo detuvo con una mirada.

—No.

—Necesito verla.

—No confío en usted.

—Después de todo esto, deberías entender que estoy intentando ayudarte.

Soo-Rin soltó una pequeña risa amarga.

—¿Ayudarme? Hace diez minutos intentaba arrestarme.

Tae-Hyun no encontró respuesta.

La carta de Han Do-Yun

Soo-Rin finalmente abrió la carta.

La observó durante unos segundos antes de hablar.

—Mi padre me pidió que nunca confiara en los hombres que llevan este símbolo.

Tae-Hyun miró el medallón.

—¿Por qué?

—Porque uno de ellos lo traicionó.

El general quedó en silencio.

—¿Quién?

Soo-Rin levantó la mirada.

—No lo sé.

—Entonces, ¿por qué estás huyendo?

—Porque los hombres que asesinaron a la persona que me protegía creen que yo tengo la información que necesitan.

—¿Qué información?

—El nombre del traidor.

Tae-Hyun la observó atentamente.

Ahora todo parecía más peligroso.

Mucho más peligroso.

—¿Y tú sabes quién es?

Soo-Rin negó con la cabeza.

—Todavía no.

—¿Entonces qué tienes?

Soo-Rin miró el medallón.

—Una pista.

—¿Cuál?

Ella respondió en voz baja:

—El traidor pertenece a una familia que todavía tiene poder dentro del reino.

Tae-Hyun sintió un escalofrío.

—¿Una familia noble?

Soo-Rin asintió.

—Y alguien está utilizando su poder para encontrarme antes de que pueda descubrir la verdad.

El general recibe una orden inesperada

Antes de que Tae-Hyun pudiera continuar, se escuchó el sonido de varios caballos acercándose.

Los guardias levantaron sus armas.

Tae-Hyun miró hacia el camino.

Un grupo de jinetes apareció entre los árboles.

Eran soldados del palacio.

Pero llevaban un estandarte que Tae-Hyun no reconocía.

El jinete principal desmontó.

Se acercó al general y realizó una reverencia.

—General Kang.

—¿Quién te envió?

El hombre sacó un pergamino.

—Una orden directa del palacio.

Tae-Hyun tomó el documento.

Lo abrió.

Leyó las primeras líneas.

Su expresión cambió.

Soo-Rin observó atentamente.

—¿Qué dice?

Tae-Hyun no respondió.

El mensajero habló:

—La fugitiva Han Soo-Rin debe ser ejecutada inmediatamente si ofrece resistencia.

Soo-Rin retrocedió.

Los guardias se miraron.

Tae-Hyun apretó el pergamino hasta arrugarlo.

—¿Quién firmó esto?

El mensajero respondió:

—El consejero real Yoon.

Soo-Rin palideció.

Tae-Hyun la miró.

—¿Conoces ese nombre?

—Sí.

—¿Quién es?

Soo-Rin tragó saliva.

—El hombre que mató a mi padre.

Nadie dijo una palabra.

La decisión del general

Tae-Hyun miró nuevamente la orden.

Después miró a los soldados que habían llegado.

Finalmente miró a Soo-Rin.

Ella esperaba que él ordenara su captura.

Después de todo, era su deber.

Pero el general hizo algo que nadie esperaba.

Rompió el pergamino en dos.

El mensajero abrió los ojos.

—¡General! Esa es una orden real.

Tae-Hyun respondió con una mirada fría.

—Y yo soy quien decide cómo se ejecutan las órdenes dentro de mi ejército.

—Pero la orden exige su muerte.

—Entonces tendrán que venir por ella personalmente.

El mensajero retrocedió.

—¿Está desobedeciendo al palacio?

Tae-Hyun desenvainó lentamente su espada.

—Estoy cuestionando una orden que condena a muerte a una mujer sin juicio.

Soo-Rin lo observó con sorpresa.

El general se acercó a ella.

—Todavía no confío en ti.

—Yo tampoco confío en usted.

—Perfecto.

Tae-Hyun guardó su espada.

—Entonces estamos en igualdad de condiciones.

Soo-Rin casi sonrió.

—¿Y ahora qué?

El general miró hacia las montañas.

—Ahora vamos a descubrir quién está intentando matarte.

La alianza imposible

Soo-Rin no podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Me está diciendo que va a ayudarme?

—No.

—¿No?

—Voy a descubrir la verdad.

—¿Y si la verdad demuestra que soy culpable?

Tae-Hyun la miró directamente.

—Entonces yo mismo te entregaré.

Soo-Rin cruzó los brazos.

—Me parece justo.

Uno de los soldados se acercó.

—General, ¿qué hacemos con los hombres del palacio?

Tae-Hyun miró al grupo de jinetes.

—Déjenlos ir.

El soldado quedó sorprendido.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Pero podrían informar al consejero Yoon.

Tae-Hyun sonrió ligeramente.

—Precisamente por eso quiero que se vayan.

Soo-Rin comprendió.

—Quiere que crean que todavía me están buscando.

—Exactamente.

—Entonces usted no es tan tonto como parecía.

Los soldados contuvieron una sonrisa.

Tae-Hyun la miró.

—Y tú hablas demasiado.

—Eso ya lo sabía.

El camino hacia las montañas

Horas después, el grupo abandonó el pueblo.

Tae-Hyun cabalgaba delante.

Soo-Rin caminaba junto a los caballos.

El general había insistido en que viajara con ellos.

Ella se había negado a montar.

—Puedo caminar.

—El camino es largo.

—He caminado más lejos escapando de hombres que querían matarme.

Tae-Hyun suspiró.

—Haz lo que quieras.

Los soldados avanzaban en silencio.

Pero la tensión entre el general y la campesina era evidente.

Después de varias horas, llegaron a una zona boscosa.

El cielo comenzaba a oscurecerse.

Tae-Hyun levantó una mano.

Todo el grupo se detuvo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Soo-Rin.

El general bajó del caballo.

Se agachó y tocó el suelo.

Había huellas recientes.

Muchas.

—No estamos solos.

Soo-Rin miró entre los árboles.

—¿Cuántos?

Tae-Hyun respondió:

—Demasiados.

De repente, una flecha atravesó el aire.

Tae-Hyun empujó a Soo-Rin hacia un lado.

La flecha pasó junto a ambos.

Los soldados desenfundaron sus espadas.

Decenas de hombres aparecieron entre los árboles.

Soo-Rin reconoció inmediatamente sus ropas.

—Son ellos.

Tae-Hyun la miró.

—¿Los conoces?

—Sí.

Soo-Rin tomó una espada del suelo.

—Son los hombres que mataron a mi familia.

La emboscada

Los enemigos comenzaron a avanzar.

Tae-Hyun levantó su espada.

—¡Formación!

Los soldados se colocaron alrededor de Soo-Rin.

El combate comenzó.

Espadas chocaron.

Los caballos relincharon.

Las hojas de los árboles se sacudieron con cada movimiento.

Soo-Rin luchaba junto a Tae-Hyun.

Por primera vez, ambos combatían como aliados.

Ella bloqueaba los ataques que llegaban desde el lado izquierdo.

Él protegía el lado derecho.

Sus movimientos comenzaron a coordinarse de manera natural.

Un enemigo intentó atacar a Soo-Rin por la espalda.

Tae-Hyun lo derribó antes de que pudiera tocarla.

—Te salvé.

Soo-Rin respondió:

—No se acostumbre.

Ella giró y derribó a otro atacante.

—Yo también puedo salvarlo.

Tae-Hyun sonrió.

—Eso quiero verlo.

Un atacante apareció frente a él.

Soo-Rin se interpuso.

Desvió el golpe y derribó al hombre.

—¿Contento?

—Un poco.

Los dos continuaron luchando.

Pero mientras el combate avanzaba, Soo-Rin observó algo.

Uno de los enemigos llevaba el mismo símbolo de serpiente negra.

Se quedó paralizada.

—Tae-Hyun…

El general la miró.

—¿Qué?

—Mire su brazo.

El enemigo llevaba un brazalete negro con el símbolo.

Tae-Hyun comprendió inmediatamente.

—Ese símbolo no pertenece a los hombres de Yoon.

Soo-Rin negó con la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿quiénes son?

Soo-Rin respondió:

—Los hombres que mi padre dijo que nunca debía encontrar.

El hombre de la máscara

De repente, todos los atacantes retrocedieron.

El silencio regresó al bosque.

Desde lo alto de una colina apareció un hombre vestido completamente de negro.

Llevaba una máscara oscura.

No parecía un soldado común.

Caminó lentamente hacia ellos.

Tae-Hyun levantó su espada.

—¿Quién eres?

El hombre no respondió.

Miró directamente a Soo-Rin.

—Han Soo-Rin.

Ella dio un paso atrás.

—¿Cómo sabes mi nombre?

El hombre soltó una pequeña risa.

—Porque tu padre me habló de ti.

Soo-Rin quedó completamente inmóvil.

—¿Conoces a mi padre?

—Lo conozco mejor de lo que crees.

Tae-Hyun avanzó.

—¿Dónde está Han Do-Yun?

El hombre miró al general.

—Está más cerca de ustedes de lo que imaginas.

Soo-Rin sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Está vivo?

El hombre no respondió.

En cambio, miró el medallón que llevaba Tae-Hyun.

Su expresión cambió.

—Así que él te lo entregó.

Tae-Hyun frunció el ceño.

—¿Quién?

El hombre respondió:

—El verdadero traidor.

Soo-Rin dio un paso adelante.

—¡Dime quién es!

El hombre levantó una mano.

Todos los enemigos comenzaron a retirarse.

Tae-Hyun gritó:

—¡No dejaré que escapes!

Pero el hombre ya se alejaba.

Antes de desaparecer entre los árboles, se detuvo.

Miró directamente a Tae-Hyun.

—General Kang… pregúntele a su propio padre qué ocurrió hace veinte años.

Tae-Hyun quedó completamente inmóvil.

Soo-Rin lo miró.

—¿Qué quiso decir con eso?

El general no respondió.

Porque acababa de recordar algo que su padre le había prohibido mencionar durante toda su vida.

Una historia sobre una noche.

Una noche en la que un comandante fue acusado de traición.

Una noche en la que varios soldados desaparecieron.

Y una noche en la que su propio padre había regresado a casa cubierto de sangre.

Tae-Hyun cerró lentamente la mano alrededor de su espada.

Soo-Rin se acercó.

—General.

Él la miró.

Por primera vez desde que se conocieron, Kang Tae-Hyun parecía realmente preocupado.

—Soo-Rin…

—¿Qué?

Tae-Hyun respiró profundamente.

—Creo que tu padre no fue el único que sobrevivió aquella noche.

Soo-Rin quedó paralizada.

A lo lejos, entre los árboles, una figura observaba en silencio.

Una figura que llevaba un antiguo uniforme militar.

Y en su pecho brillaba el mismo símbolo de la serpiente negra.

Pero esta vez, el rostro del hombre estaba descubierto.

Era un rostro que Tae-Hyun conocía perfectamente.

El rostro de un hombre al que todos en el reino creían muerto desde hacía veinte años.

Soo-Rin todavía no lo había visto.

Tae-Hyun sí.

Sus ojos se abrieron lentamente.

El hombre levantó un dedo hasta sus labios, pidiendo silencio.

Y antes de desaparecer entre la oscuridad, pronunció una sola frase que el general pudo escuchar desde la distancia:

—No le digas todavía que soy su padre.