“LA JEFA QUE HUMILLÓ A LA EMPLEADA EQUIVOCADA”,

“LA JEFA QUE HUMILLÓ A LA EMPLEADA EQUIVOCADA”,

La jefa humilló a Camila sin saber quién era su padre

Camila todavía tenía el teléfono pegado al oído cuando escuchó aquellas palabras.

—Hija, no te muevas de ahí. Voy para esa oficina.

La llamada terminó.

Camila bajó lentamente el teléfono y lo dejó sobre el escritorio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. La blusa estaba empapada de café y una de sus manos temblaba después de la agresión que acababa de sufrir.

Patricia permanecía frente a ella.

La jefa cruzó los brazos y soltó una pequeña sonrisa de desprecio.

—¿Eso era? —preguntó—. ¿Vas a llamar a tu papito para que venga a defenderte?

Camila no respondió.

—Qué vergüenza —continuó Patricia—. Una mujer adulta corriendo a llamar a su padre porque su jefa le llamó la atención.

Camila levantó lentamente la mirada.

—Usted no me llamó la atención.

Patricia frunció el ceño.

—¿Qué dijiste?

—Usted me agredió.

La oficina quedó en silencio.

Dos empleados que habían presenciado la escena dejaron de trabajar y miraron discretamente hacia ellas.

Patricia se acercó nuevamente al escritorio.

—Ten mucho cuidado con lo que dices, Camila.

—Estoy diciendo la verdad.

—La verdad es que eres una empleada incompetente que no sabe hacer su trabajo.

Camila respiró profundamente.

Durante meses había soportado comentarios similares.

Patricia la había humillado delante de sus compañeros, le había hablado a gritos, le había arrojado documentos sobre el escritorio y en varias ocasiones había amenazado con despedirla si cometía cualquier pequeño error.

Pero aquel día había cruzado un límite.

Camila miró a su alrededor.

Ya no quería seguir aguantando.

—No voy a permitir que vuelva a tocarme.

Patricia soltó una carcajada.

—¿Y qué vas a hacer?

Camila guardó silencio.

Patricia señaló la puerta.

—Si no te gusta trabajar aquí, puedes irte.

Camila la miró directamente.

—Me voy a ir.

Patricia sonrió.

—Perfecto.

—Pero antes de irme, quiero que quede claro que usted me agredió delante de todos.

Uno de los empleados bajó la mirada.

Otro comenzó a observar discretamente la situación.

Patricia se puso nerviosa por primera vez.

—Nadie vio nada.

Camila miró hacia sus compañeros.

—Todos lo vieron.

Patricia giró rápidamente hacia ellos.

—¿Alguien vio algo?

Nadie respondió.

Patricia sonrió nuevamente.

—¿Lo ves?

Camila sintió un nudo en la garganta.

Pero entonces uno de los empleados, un hombre llamado Andrés, levantó la cabeza.

—Yo lo vi.

Patricia lo miró sorprendida.

—¿Qué dijiste?

—Vi cuando le arrojó el café.

Patricia se quedó inmóvil.

Andrés continuó.

—Y también vi cuando la golpeó.

Patricia caminó hacia él.

—Tú no te metas.

—Ya me metí.

El ambiente se volvió todavía más tenso.

Camila miró a Andrés con sorpresa.

Era la primera vez que alguien se atrevía a enfrentarse a Patricia.

Patricia tomó su bolso.

—Todos están despedidos si siguen hablando.

Andrés respondió con tranquilidad.

—Usted no puede despedirnos por decir la verdad.

Patricia apretó la mandíbula.

En ese momento se escuchó el sonido del ascensor.

Las puertas se abrieron.

Un hombre de aproximadamente cincuenta años salió acompañado por una mujer elegante.

El hombre llevaba un traje oscuro y caminaba con seguridad.

Patricia apenas le prestó atención.

—Tenemos una reunión importante —dijo mientras caminaba hacia la sala de juntas.

Pero el hombre se detuvo.

Miró hacia el escritorio de Camila.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Camila?

Ella levantó la cabeza.

Sus ojos se llenaron nuevamente de lágrimas.

—Papá…

Patricia se quedó congelada.

El hombre caminó rápidamente hacia su hija.

—¿Qué te pasó?

Camila intentó contener el llanto.

—Estoy bien.

Su padre miró la camisa manchada de café.

Después observó el rostro de su hija.

Finalmente miró a Patricia.

—¿Quién hizo esto?

Patricia recuperó rápidamente su postura de autoridad.

—Señor, hubo un malentendido.

El padre de Camila no apartó la mirada de ella.

—Le pregunté quién hizo esto.

Patricia tragó saliva.

—Yo tuve que corregir una situación con su hija.

—Eso no responde mi pregunta.

—La situación se salió un poco de control.

—¿La golpeó?

Patricia guardó silencio.

Camila miró a su padre.

—Sí.

El rostro del hombre cambió.

Pero no gritó.

No levantó la voz.

Simplemente miró a Patricia y dijo:

—Entonces tenemos un problema.

Patricia intentó mantener la compostura.

—Señor, con todo respeto, esta es mi empresa y yo manejo a mis empleados como considero necesario.

El hombre la observó durante unos segundos.

—¿Su empresa?

Patricia asintió.

—Sí.

El hombre miró a la mujer que lo acompañaba.

Ella simplemente asintió.

Entonces él sacó su teléfono.

Patricia comenzó a ponerse nerviosa.

—¿Qué está haciendo?

—Una llamada.

—¿A quién?

—A la persona que realmente puede responderme quién autorizó que usted dirigiera esta oficina.

Patricia frunció el ceño.

—No entiendo.

El hombre marcó un número.

La llamada fue respondida casi inmediatamente.

—Sí, ya estoy aquí.

Hizo una pausa.

—Y acabo de encontrar a mi hija llorando, con café encima y una agresión que todos los empleados presenciaron.

Patricia empezó a ponerse pálida.

El hombre continuó hablando por teléfono.

—Necesito que bajes inmediatamente a esta oficina.

Colgó.

Patricia lo miró confundida.

—¿Quién viene?

El hombre guardó el teléfono en el bolsillo.

—Su jefe.

Patricia soltó una risa nerviosa.

—Mi jefe está fuera del país.

El hombre respondió:

—No.

—¿Cómo?

—Está en este mismo edificio.

Patricia comenzó a mirar hacia los lados.

Entonces la mujer que acompañaba al padre de Camila dio un paso al frente.

—Patricia, ¿no me reconoces?

Patricia la observó detenidamente.

Su rostro perdió completamente el color.

—Señora…

—Sí. Soy la directora del grupo.

Los empleados comenzaron a mirarse entre sí.

Patricia retrocedió un paso.

—Pero… ¿qué hace usted aquí?

La mujer señaló a Camila.

—Vine porque recibimos una llamada de emergencia de su padre.

Patricia miró a Camila.

—¿Su padre?

El hombre finalmente habló.

—Sí.

Patricia parecía no entender.

—¿Quién es usted?

El hombre se acercó lentamente.

—Mi nombre es Roberto.

Patricia esperó.

Roberto añadió:

—Y soy uno de los principales accionistas de esta compañía.

Patricia quedó completamente paralizada.

Camila bajó la mirada.

Durante meses había ocultado quién era realmente su padre.

No quería que nadie supiera que pertenecía a una familia con poder dentro de la empresa.

Había conseguido el empleo por sus propios medios.

Quería demostrar que podía trabajar sin depender de su apellido.

Pero nunca imaginó que Patricia llegaría tan lejos.

Roberto miró a los demás empleados.

—¿Esto ocurre normalmente aquí?

Nadie respondió.

Entonces Andrés dio un paso adelante.

—Sí.

Patricia lo miró con furia.

Pero Andrés continuó.

—No solo con Camila.

Otra empleada se levantó.

—También nos grita.

Un tercer empleado agregó:

—Y amenaza con despedirnos por cualquier cosa.

Roberto escuchó en silencio.

La directora tomó una carpeta que llevaba consigo.

—Patricia, creo que debemos hablar en privado.

Patricia intentó defenderse.

—Yo puedo explicar todo.

Roberto respondió:

—No hace falta.

Patricia lo miró.

—¿Cómo que no?

—Ya vimos suficiente.

Roberto se acercó a su hija.

—Camila, ¿quieres seguir trabajando aquí?

Ella permaneció en silencio durante unos segundos.

Miró a sus compañeros.

Después miró a Patricia.

Finalmente respondió:

—Sí.

Patricia abrió los ojos.

Camila continuó:

—Pero no quiero que nadie vuelva a tratarme así.

Roberto asintió.

—Eso no volverá a pasar.

Patricia comprendió que acababa de perder el control que había tenido durante años.

Pero todavía faltaba algo.

La directora abrió la carpeta.

—Patricia, hay una última cosa.

Patricia la miró nerviosa.

—¿Qué cosa?

La directora colocó varios documentos sobre la mesa.

—Llevamos tres meses investigando las quejas de los empleados.

Patricia se quedó sin palabras.

—¿Tres meses?

—Sí.

La directora señaló los documentos.

—Y hoy acabas de darnos la prueba que necesitábamos.

Patricia miró a Camila.

Camila no dijo nada.

Por primera vez, Patricia parecía completamente indefensa.

Roberto tomó la mano de su hija.

—Vamos a casa.

Camila asintió.

Mientras caminaban hacia el ascensor, ella miró una última vez hacia la oficina.

Ya no sentía miedo.

Pero justo cuando las puertas del ascensor estaban a punto de cerrarse, Patricia recibió una llamada.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió por completo.

Era una llamada de alguien que no esperaba.

Contestó.

—¿Sí?

Del otro lado se escuchó una voz firme:

—Patricia, todavía no hemos terminado contigo.

Ella se quedó inmóvil.

Y entonces comprendió que la llegada del padre de Camila apenas había sido el comienzo.