EL FUNDADOR DESCUBRIÓ LA TRAICIÓN DEL GENERAL
Lo obligó a arrodillarse… pero nadie imaginaba que la verdadera traición era mucho más grande.
El veterano que acababa de quitarse el casco avanzó unos pasos. La cicatriz que le atravesaba el rostro parecía contar una historia que llevaba años enterrada.
Un murmullo de indignación recorrió las filas. Algunos soldados apretaron sus lanzas. Otros miraron a Mu-Jin como si acabaran de descubrir que habían servido bajo las órdenes de un desconocido.
El general abrió la boca, pero no respondió. Su mirada se desvió hacia la gran tienda de mando, donde descansaban los mapas militares y los documentos sellados. El fundador notó aquel movimiento.
El hombre que regresó de la muerte
El veterano se arrodilló ante el anciano y bajó la cabeza.
Se detuvo. Sus dedos apretaron el casco que sostenía contra el pecho.
El fundador cerró lentamente los ojos. Recordaba aquella misión. Había recibido un informe que aseguraba que los treinta hombres habían muerto defendiendo la frontera. Después de leerlo, ordenó una ceremonia en su honor y envió una carta de condolencias a sus familias.
Durante tres años había creído que sus soldados habían caído con honor.
El veterano levantó la vista hacia el general.
Uno de los soldados más jóvenes dio un paso adelante.
Nadie respondió. No hacía falta.
El castigo que todos esperaban
El fundador extendió una mano hacia el general.
Mu-Jin no se movió.
El general desenvainó lentamente el arma, pero en lugar de entregarla, la sostuvo frente a su cuerpo. Varios soldados se pusieron de pie de inmediato.
El anciano dio un paso al frente. Aunque sus manos seguían temblando, no había miedo en su rostro.
Por primera vez, el rostro de Mu-Jin mostró algo distinto al orgullo. Durante un instante, pareció volver a ser aquel joven que seguía al maestro por los caminos polvorientos, cargando una espada de madera demasiado grande para sus manos.
El general bajó la espada unos centímetros. Sus labios comenzaron a temblar.
La orden secreta
Un nuevo silencio cayó sobre el campamento. El fundador no apartó los ojos de su antiguo discípulo.
Mu-Jin miró alrededor. Cientos de soldados lo observaban. El veterano esperaba una respuesta. El fundador, en cambio, parecía escuchar algo que iba más allá de sus palabras.
El fundador permaneció inmóvil. Conocía aquel sello. No era el símbolo de un general, ni el de un comandante fronterizo. Era el sello reservado a las órdenes emitidas desde el palacio.
Mu-Jin dejó caer la espada al suelo y se arrodilló por completo.
Kang Dae-Sung avanzó con los ojos llenos de rabia.
Mu-Jin inclinó la cabeza hasta tocar el suelo.
El fundador revela por qué regresó
El anciano se volvió hacia los soldados. Su voz, aunque envejecida, atravesó el campamento con la autoridad de quien había levantado aquel ejército cuando solo existían unas pocas compañías dispersas.
Los soldados intercambiaron miradas.
El veterano Kang Dae-Sung levantó la cabeza, sorprendido.
El fundador asintió. Ya lo sabía. La letra de la carta era distinta a la de cualquier soldado que hubiese conocido. Había sido escrita con tinta de palacio y doblada siguiendo el protocolo de los funcionarios reales.
El anciano se acercó a la mesa de mando y extendió la mano hacia un mapa de la frontera. Allí, junto al desfiladero de Haneul, alguien había dibujado un pequeño símbolo rojo.
El fundador levantó la mirada.
La segunda traición
Antes de que alguien pudiera hablar, un joven mensajero irrumpió en el campamento. Tenía el uniforme cubierto de barro y respiraba con dificultad. Dos guardias intentaron detenerlo, pero él gritó con todas sus fuerzas.
El anciano se volvió de inmediato.
Mu-Jin levantó la cabeza lentamente. Su rostro se volvió blanco.
El mensajero tragó saliva antes de continuar.
Los soldados comenzaron a murmurar. Había varios altos comandantes en el campamento, y todos estaban allí aquella mañana.
El fundador observó a cada uno de ellos. Ninguno se atrevió a sostenerle la mirada.
El mensajero asintió, pero parecía aterrado de pronunciar el nombre.
El anciano se quedó inmóvil.
Entonces el mensajero sacó de su túnica un pequeño fragmento de tela negra. Tenía bordado un emblema dorado: el símbolo personal del fundador, un emblema que solo tres personas vivas tenían permiso para llevar.
El verdadero enemigo
Todos los ojos se volvieron hacia el anciano. Mu-Jin, todavía arrodillado, levantó la cabeza con incredulidad.
El fundador no respondió de inmediato. Tomó el fragmento de tela, lo examinó y apretó los dedos hasta arrugarlo.
Por primera vez desde su llegada, su expresión reveló una emoción que nadie esperaba ver en él: miedo.
El mensajero dio un paso atrás.
El anciano miró hacia la entrada del campamento. A lo lejos, entre la neblina, se acercaba una comitiva con banderas reales. Los soldados se pusieron de pie. Los oficiales se apresuraron a formar filas.
Pero el fundador no hizo ninguna reverencia. Se limitó a observar cómo los jinetes se acercaban.
Al frente cabalgaba un hombre vestido con una armadura blanca, una capa azul oscuro y una máscara ceremonial que ocultaba la mitad de su rostro. Su caballo se detuvo frente al anciano.
El desconocido desmontó, retiró lentamente la máscara y dejó al descubierto un rostro que el fundador creía haber enterrado hacía veinte años.
El anciano retrocedió un paso. Sus manos comenzaron a temblar con más fuerza que cuando Mu-Jin lo obligó a limpiar sus botas.
El hombre sonrió sin alegría y miró a los soldados arrodillados.
Mu-Jin observó al desconocido y comprendió, demasiado tarde, que la misión del desfiladero, la orden falsificada y la desaparición de los documentos formaban parte de un plan mucho más antiguo.
El recién llegado dio un paso hacia el fundador y pronunció una frase que hizo que los veteranos dejaran de respirar.
