⚔️ La guerrera que se casó con su enemigo — Parte 3
Las puertas del salón real permanecieron cerradas durante unos segundos, pero el sonido de las botas de los soldados acercándose por el corredor hizo que el ambiente cambiara por completo.
Han Seo-Hwa seguía mirando a Kang Tae-Rin sin apartar la mano de su antiguo colgante de jade. Sus dedos temblaban ligeramente. No sabía qué la perturbaba más: que aquel hombre conociera el origen del colgante o que hubiera dicho que estuvo presente la noche en que su familia fue destruida.
—¿Qué significa que estabas allí? —preguntó finalmente.
Tae-Rin no respondió inmediatamente.
El comandante observó las puertas. Después miró al rey Lee Do-Hyun. El rey permanecía sentado en su trono, pero su expresión había cambiado. Ya no parecía simplemente un monarca tratando de evitar una guerra. Parecía un hombre que conocía una parte del secreto.
Seo-Hwa lo notó.
—Majestad…
El rey levantó lentamente la mirada.
—No hagas preguntas cuya respuesta todavía puede poner en peligro tu vida.
Seo-Hwa apretó los dientes.
—Mi familia murió. Mi casa fue destruida. Mi madre desapareció. Y ahora descubro que el hombre al que juré matar sabe algo de aquella noche. ¿Y usted quiere que guarde silencio?
El rey permaneció en silencio.
—No —respondió finalmente—. Quiero que sobrevivas lo suficiente para conocer toda la verdad.
Las palabras hicieron que Seo-Hwa se quedara inmóvil.
Entonces las puertas del salón se abrieron.
Un grupo de soldados entró rápidamente. Todos llevaban armaduras oscuras y mantenían las manos cerca de sus armas. El primero de ellos se inclinó ante el rey.
—Majestad, hemos recibido noticias de movimiento enemigo en la frontera.
Tae-Rin se giró de inmediato.
—¿Cuántos?
El soldado dudó antes de responder.
—No lo sabemos con certeza. Pero encontramos huellas de un grupo armado avanzando hacia el territorio real.
Seo-Hwa miró a Tae-Rin.
—¿Esto tiene algo que ver conmigo?
—Probablemente —respondió él.
La respuesta enfureció todavía más a la joven.
—¿Probablemente?
Tae-Rin dio un paso hacia ella.
—La noche en que tu familia fue atacada no fue un simple ataque enemigo.
Seo-Hwa dejó de respirar por un instante.
—¿Qué estás diciendo?
—Alguien quería que pareciera una invasión.
Ella lo miró fijamente.
—¿Entonces quién mató a mi familia?
Tae-Rin bajó la mirada.
Por primera vez, Seo-Hwa vio algo diferente en sus ojos. No era miedo. Tampoco culpa. Era dolor.
—Yo llegué demasiado tarde para salvarlos a todos —dijo él.
Seo-Hwa dio un paso atrás.
—¿A todos?
Tae-Rin levantó lentamente la mirada.
—A ti sí pude salvarte.
La joven sintió un escalofrío.
De repente, una imagen confusa apareció en su mente.
No era un recuerdo completo.
Solo una sensación.
Un suelo frío.
El sonido de fuego a lo lejos.
Una mano sosteniéndola.
Y una voz masculina diciéndole que no cerrara los ojos.
Seo-Hwa se llevó una mano a la cabeza.
—Yo…
Tae-Rin se acercó, preocupado.
—¿Qué sucede?
Ella levantó la espada entre ambos.
—¡No te acerques!
Los soldados reaccionaron inmediatamente, pero Tae-Rin levantó una mano para detenerlos.
Seo-Hwa respiraba agitadamente.
—No sé quién eres.
—Lo sé.
—Entonces dime por qué mi corazón siente que ya te ha visto.
Tae-Rin se quedó completamente quieto.
Durante unos segundos, nadie habló.
Finalmente, el comandante dijo:
—Porque aquella noche fui yo quien te sacó de entre las llamas.
Seo-Hwa abrió los ojos.
—¿Y por qué nunca me buscaste?
Tae-Rin apretó la mandíbula.
—Porque cuando regresé, todos creían que habías muerto.
Ella bajó lentamente la espada.
—Entonces… ¿por qué me dejaste vivir sin saberlo?
El comandante miró el colgante de jade.
—Porque tu madre me pidió que lo hiciera.
Seo-Hwa quedó paralizada.
—¿Mi madre?
Tae-Rin asintió.
—Antes de morir, ella me entregó algo.
—¿Qué?
Tae-Rin no respondió.
El rey se levantó lentamente de su trono.
—Tae-Rin.
El comandante miró al monarca.
El rey negó ligeramente con la cabeza.
—Todavía no.
Seo-Hwa los miró a ambos.
—¿Todavía no qué?
Nadie respondió.
La joven comprendió entonces algo que la aterrorizó más que cualquier batalla.
Todos parecían saber algo sobre su pasado.
Todos menos ella.
Y el hombre al que había jurado matar era posiblemente la única persona capaz de contarle lo que realmente ocurrió aquella noche.
Pero antes de que pudiera exigir una respuesta, un soldado irrumpió nuevamente en el salón.
—¡Majestad!
Todos se giraron.
El soldado respiraba con dificultad.
—Encontramos a un hombre en las afueras del palacio.
El rey frunció el ceño.
—¿Quién es?
El soldado tragó saliva.
—Dice que conoce a la familia de Han Seo-Hwa.
Seo-Hwa sintió que el corazón se le detenía.
—¿Está vivo?
El soldado asintió.
—Sí.
Ella dio un paso hacia la puerta.
—Llévenme con él.
Tae-Rin la sujetó suavemente del brazo para detenerla.
Seo-Hwa lo miró con furia.
—Suéltame.
—No puedes verlo todavía.
—¿Por qué?
Tae-Rin miró al soldado.
Después miró al rey.
Su expresión cambió por completo.
—Porque ese hombre no vino a buscarte.
Seo-Hwa quedó inmóvil.
—Entonces, ¿a quién vino a buscar?
Tae-Rin respondió en voz baja:
—A mí.
El salón quedó en silencio.
Y, por primera vez, Seo-Hwa comprendió que su enemigo podía no ser el hombre que había destruido su familia.
Tal vez era el único hombre que había intentado salvarla.
Pero todavía faltaba descubrir por qué alguien había querido borrar aquella noche de su memoria.
Continuará…
