“👑 LA REINA ORDENÓ MATAR A LA MADRE DEL PRÍNCIPE… ¡PERO LA SIRVIENTA TENÍA LA PRUEBA QUE PODÍA DESTRUIRLA! | PARTE 2

“👑 LA REINA ORDENÓ MATAR A LA MADRE DEL PRÍNCIPE… ¡PERO LA SIRVIENTA TENÍA LA PRUEBA QUE PODÍA DESTRUIRLA! | PARTE 2

👑 LA REINA ORDENÓ MATAR A LA MADRE DEL PRÍNCIPE… ¡PERO SU PROPIO HIJO LA DELATÓ!

Parte 3 · El secreto enterrado bajo el palacio

—¡Tú no debiste sobrevivir!

Las palabras de la reina Yoon Hwa-Ran quedaron suspendidas en el gran salón como una sentencia de muerte.

Nadie se movió.

El rey Lee Gyeom miraba a su esposa sin poder creer lo que acababa de escuchar. Frente a él, el pequeño príncipe Lee Ha-Jun tenía los ojos llenos de lágrimas. La sirvienta Han Seo-Yun seguía arrodillada sobre las frías piedras, mientras dos guardias sujetaban al ministro Park Do-Jin.

La reina comprendió demasiado tarde que había hablado de más.

Rey Lee Gyeom—¿Qué acabas de decir?

Hwa-Ran soltó la muñeca del niño y retrocedió un paso.

Reina Yoon Hwa-Ran—¡Me provocó! ¡Ese niño está confundido! ¡No sabe lo que está diciendo!

—¡Sí lo sé! —respondió Ha-Jun, temblando—. ¡Recuerdo a los hombres que entraron en la habitación de mi madre! ¡Recuerdo el olor del humo! ¡Y recuerdo que una mujer llevaba ese mismo bordado!

El príncipe señaló el pedazo de tela que uno de los guardias había encontrado escondido en la manga del ministro.

La reina miró el fragmento. Su rostro perdió el color.

El rey lo notó.

Durante años había confiado en Hwa-Ran. Le había permitido administrar parte de los asuntos internos del palacio y había aceptado sus explicaciones sobre la muerte de la reina anterior, la madre de Ha-Jun. Le dijeron que la mujer había enfermado repentinamente y que el pequeño príncipe había sido enviado lejos para protegerlo de la tristeza.

Pero ahora todo parecía una mentira.

Rey Lee Gyeom—Capitán, encierra a la reina en sus aposentos. Nadie podrá entrar ni salir sin mi autorización.

—¡Majestad! —gritó Hwa-Ran—. ¡No puede tratarme como a una criminal! ¡Soy su esposa y la reina de este reino!

Rey Lee Gyeom—Y yo soy el hombre que acaba de descubrir que quizá compartió su cama con una asesina.

Un murmullo recorrió el salón.

La reina apretó los puños. Por primera vez, sus joyas y su corona no parecían símbolos de poder, sino adornos inútiles sobre una mujer que estaba perdiendo el control.

Entonces el ministro Park Do-Jin soltó una carcajada nerviosa.

Ministro Park Do-Jin—¡Majestad, si va a castigar a alguien, empiece por ella! ¡Yo solamente obedecía órdenes!

Hwa-Ran se volvió hacia él con una furia salvaje.

Reina Yoon Hwa-Ran—¡Traidor! ¡Tú mismo organizaste todo! ¡Tú dijiste que el niño había muerto!

El silencio regresó de golpe.

El rey miró a uno y luego al otro.

Ya no se trataba solamente de una sirvienta acusada injustamente. Había una conspiración dentro de su propio palacio, y quienes debían proteger a la familia real estaban intentando destruirse entre ellos para salvar sus vidas.

✦ ✦ ✦

La sirvienta que conocía el secreto

—Majestad —dijo Seo-Yun, haciendo un esfuerzo por levantarse—, hay algo más que debe saber.

Un guardia intentó sujetarla, pero el rey levantó la mano para detenerlo.

Rey Lee Gyeom—Déjenla hablar.

Seo-Yun respiró profundamente. Le dolía el cuerpo por los golpes, pero el miedo que había sentido al entrar en aquel salón se había transformado en una determinación que ni la reina podía aplastar.

Han Seo-Yun—La noche en que murió la antigua reina, yo trabajaba en el pabellón de las medicinas. Escuché a dos hombres discutir detrás de una puerta. Uno de ellos dijo que la dosis ya estaba preparada. El otro respondió que el príncipe debía desaparecer antes del amanecer.

El rey se quedó inmóvil.

Rey Lee Gyeom—¿Por qué nunca denunciaste aquello?

Seo-Yun bajó la mirada.

—Porque al día siguiente encontraron muerto al anciano médico que me había enseñado a preparar las medicinas. Antes de morir, me entregó una pequeña caja y me ordenó esconderla. Me dijo que, si algún día el príncipe regresaba al palacio, debía entregársela al rey.

El príncipe abrió los ojos.

Príncipe Lee Ha-Jun—¿Tú sabías quién era yo?

—No desde el principio, alteza. Solo reconocí el emblema que llevas en tu ropa. Y cuando escuché tu acusación, comprendí que había llegado el momento de revelar lo que guardaba.

Seo-Yun miró al rey.

—La caja está escondida debajo de una piedra suelta, detrás del viejo pabellón de las medicinas. Dentro hay una carta y un registro de los ingredientes utilizados aquella noche.

El ministro palideció.

Fue un movimiento casi imperceptible, pero el rey lo vio.

Rey Lee Gyeom—Park Do-Jin, ¿por qué te preocupa tanto una caja que supuestamente no existe?

—¡No me preocupa! —respondió el ministro demasiado rápido—. ¡Es una historia inventada por una mujer desesperada!

Seo-Yun lo miró directamente a los ojos.

Han Seo-Yun—Entonces no tendrás inconveniente en acompañarnos para buscarla.

Por primera vez, el ministro no encontró una respuesta.

✦ ✦ ✦

La caja que nadie debía encontrar

El rey ordenó que un grupo de guardias acompañara a Seo-Yun hasta el pabellón de las medicinas. El príncipe insistió en ir con ellos, pero su padre se arrodilló frente a él y le tomó los hombros.

Rey Lee Gyeom—Has sido valiente, hijo. Pero necesito que permanezcas a mi lado. No volverás a estar solo.

Ha-Jun intentó contener las lágrimas.

Príncipe Lee Ha-Jun—Padre, yo no quiero que castigues a nadie solo porque lo diga yo. Quiero que descubras la verdad sobre mi madre.

El rey lo abrazó con fuerza.

—Te lo prometo.

Mientras tanto, la reina fue escoltada fuera del salón. Caminaba con la espalda recta, fingiendo conservar su dignidad, pero sus ojos no dejaban de buscar una salida.

Cuando pasó junto al ministro, se detuvo apenas un instante.

Reina Yoon Hwa-Ran—Si esa caja aparece, ninguno de los dos saldrá vivo de este palacio.

Park Do-Jin no respondió. Solo bajó la cabeza mientras los guardias lo conducían por el corredor.

Sin embargo, en cuanto los soldados se distrajeron con una orden del rey, el ministro se acercó a uno de ellos y le susurró unas palabras.

El guardia vaciló.

Después asintió discretamente.

Nadie más lo notó.

O eso creyó el ministro.

Desde el otro extremo del corredor, un joven ayudante del palacio había observado el intercambio. Al reconocer el rostro del guardia, retrocedió rápidamente y desapareció entre las columnas.

La conspiración todavía tenía aliados.

✦ ✦ ✦

Al llegar al viejo pabellón, Seo-Yun se arrodilló junto a una pared de madera deteriorada. La luz de las lámparas revelaba polvo, telarañas y años de abandono. Allí había trabajado el anciano médico, antes de que lo encontraran muerto.

—Es aquí —dijo ella.

Dos guardias apartaron una mesa y levantaron con cuidado una piedra del suelo. Debajo apareció un pequeño hueco. Dentro había una caja de madera oscura, envuelta en una tela amarillenta.

Seo-Yun contuvo la respiración.

La caja seguía allí.

Uno de los guardias la levantó y se la entregó al rey, que había decidido acompañarlos.

La cerradura estaba oxidada. Seo-Yun utilizó la llave de bronce encontrada en la manga del ministro.

Encajó perfectamente.

Al abrir la caja, el rey encontró tres objetos: una carta doblada, un pequeño frasco vacío y un registro escrito con la caligrafía del médico real.

El monarca comenzó a leer.

Su expresión cambió con cada línea.

El registro confirmaba que la antigua reina había recibido una sustancia peligrosa que no formaba parte de su tratamiento. También indicaba que alguien había ordenado alterar las cantidades de los ingredientes y retirar las medicinas habituales de su habitación.

Pero la carta contenía algo todavía más inquietante.

Estaba dirigida al propio rey.

Rey Lee Gyeom, leyendo la carta—«Majestad, si está leyendo estas palabras, significa que no pude entregarle la verdad en persona. La muerte de la reina no fue causada por una enfermedad. La orden vino de alguien que tenía acceso a sus aposentos y conocía cada movimiento de la familia real».

El rey apretó el papel.

La carta continuaba, pero la última parte estaba manchada y resultaba difícil de leer. Seo-Yun acercó la lámpara mientras el rey inclinaba el documento hacia la luz.

Entonces distinguieron un nombre escrito al final.

El rey dejó de respirar por un instante.

No era el nombre de la reina Hwa-Ran.

Tampoco era el del ministro Park Do-Jin.

Era el nombre de un hombre que, según los registros oficiales, llevaba años muerto.

El rey levantó lentamente la mirada.

Rey Lee Gyeom—Esto no puede ser posible… Yo mismo ordené su entierro.

Seo-Yun sintió un escalofrío.

Antes de que pudiera preguntarle a quién se refería, se escucharon pasos apresurados en el exterior.

Un guardia entró, respirando con dificultad.

Guardia real—¡Majestad! ¡Tenemos un problema! ¡El ministro Park Do-Jin ha escapado!

El rey cerró la caja de golpe.

Rey Lee Gyeom—¡Cierren todas las puertas! ¡Que nadie abandone el palacio!

—Hay algo más, majestad —añadió el guardia—. La reina tampoco está en sus aposentos.

El rey salió del pabellón con la carta en la mano. El cielo nocturno cubría el palacio, y las antorchas del corredor temblaban con el viento.

Seo-Yun lo siguió, sosteniendo la caja contra su pecho.

Entonces escucharon una campana desde el sector norte del palacio.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Los guardias se miraron aterrados. Aquella campana solo se utilizaba cuando una persona de la familia real era encontrada muerta o cuando alguien prohibido regresaba al recinto imperial.

El rey echó a correr.

Al llegar al patio norte, encontró a varios soldados rodeando una figura vestida con una túnica blanca. El rostro de la persona estaba oculto bajo una capucha. A su lado, la reina Hwa-Ran permanecía inmóvil, con el cabello desordenado y las manos temblorosas.

La figura levantó lentamente la cabeza.

El rey dejó caer la carta.

Conocía aquel rostro.

Lo había visto en sus sueños durante años. Lo había llorado. Había ordenado construir una tumba en su honor y había aceptado que jamás volvería a escuchar su voz.

Pero aquella persona estaba viva.

La figura miró al monarca y habló con una voz serena, aunque cargada de dolor.

La figura misteriosa—Hermano… ¿de verdad creíste que podías enterrar la verdad junto con mi cuerpo?

El rey retrocedió, incapaz de pronunciar una palabra.

La reina cayó de rodillas.

Y desde la entrada del patio, el pequeño príncipe Ha-Jun apareció acompañado por un guardia. Al ver a la persona de blanco, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Príncipe Lee Ha-Jun—¡Tío!

El hombre extendió los brazos hacia el niño.

Pero antes de que pudiera abrazarlo, sacó de su manga un documento sellado con el emblema real.

Hombre misterioso—Antes de que abraces a tu hijo, hermano, debes saber quién firmó la orden que condenó a su madre… y quién te convenció de que yo había muerto.

El rey miró el sello.

Era auténtico.

Y la firma al pie del documento era la suya.

⚔️ CONTINUARÁ…

El rey había descubierto la conspiración contra la madre del príncipe. Pero la prueba más peligrosa llevaba su propia firma. ¿Había sido engañado… o había olvidado algo terrible que él mismo hizo?