El general se cruzó con la fugitiva… y no se dio cuenta de quién era — Parte 3
El general Kang todavÃa podÃa sentir la vergüenza de aquel momento. Frente a sus propios hombres, una joven aparentemente indefensa habÃa utilizado su propio impulso para hacerlo perder el equilibrio y terminar de rodillas en medio de la calle. Pero lo que más le molestaba no era la caÃda. Era que la fugitiva habÃa conseguido escapar delante de sus ojos.
—¡Registren cada casa! —ordenó Kang mientras avanzaba por la calle principal del pueblo—. ¡Quiero que revisen establos, almacenes y todos los caminos que salgan de aquÃ!
Los seis guardias se separaron inmediatamente. Algunos entraron en las calles laterales mientras otros comenzaron a revisar las casas cercanas. Kang permaneció en el centro de la aldea, mirando cuidadosamente cada rincón.
HabÃa algo que no podÃa quitarse de la cabeza.
La mujer habÃa reaccionado demasiado rápido.
No parecÃa una campesina común. No habÃa utilizado fuerza bruta. HabÃa esperado el momento exacto, habÃa aprovechado su movimiento y habÃa escapado sin perder la calma.
—No fue suerte —murmuró Kang.
Uno de los guardias regresó corriendo.
—¡General!
Kang se giró.
—¿Qué encontraron?
—Huellas detrás de las casas del lado este. Parecen recientes.
—Llévame allÃ.
El guardia comenzó a caminar rápidamente, pero Kang se detuvo después de unos pasos.
—No. Que nadie corra.
El guardia lo miró confundido.
—¿General?
—Si esa mujer realmente es la fugitiva, ya sabe que la estamos persiguiendo. Si corremos detrás de ella, solo conseguiremos que vuelva a escapar.
Por primera vez desde que habÃa comenzado la persecución, Kang dejó de actuar impulsivamente.
Se agachó y observó las huellas.
HabÃa varias marcas sobre la tierra húmeda. Algunas pertenecÃan a los guardias. Otras eran claramente más pequeñas.
—Pasó por aquà —dijo Kang.
—Entonces debemos seguirla.
Kang negó con la cabeza.
—No necesariamente.
El general levantó la mirada hacia las casas.
—Si quisiera escapar rápidamente del pueblo, habrÃa tomado el camino principal. Pero no lo hizo.
—¿Entonces qué está haciendo?
Kang permaneció en silencio unos segundos.
—Está esperando.
Mientras tanto, al otro lado de la aldea, Ae-Rin se encontraba escondida dentro de un viejo almacén de madera. HabÃa conseguido llegar hasta allà sin ser vista y ahora escuchaba cuidadosamente los pasos de los soldados.
Respiraba lentamente.
No estaba asustada.
Pero sabÃa que la situación habÃa cambiado.
Antes, los soldados buscaban a una fugitiva desconocida. Ahora el general sabÃa exactamente cómo se veÃa.
Ae-Rin se asomó por una pequeña abertura entre las tablas.
Vio a dos guardias pasar frente al almacén.
Esperó.
Uno de ellos regresó.
Ae-Rin se apartó inmediatamente de la abertura.
—Tranquila —susurró para sà misma.
Pero entonces escuchó algo que no esperaba.
—Revisen también los almacenes.
Era la voz del general.
Ae-Rin cerró los ojos durante un instante.
—Asà que aprendió rápido…
Buscó una salida.
La puerta principal estaba vigilada. HabÃa una pequeña ventana en la parte trasera, pero era demasiado estrecha para salir rápidamente.
Entonces observó unas cajas de madera apiladas junto a una pared.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Tal vez no tenga que salir.
En ese momento, la puerta del almacén se abrió.
Un guardia entró lentamente.
—¡Aquà no hay nadie!
Otro guardia apareció detrás.
—Busca mejor.
Ambos comenzaron a revisar el lugar.
Uno movió una caja.
Luego otra.
Pero Ae-Rin ya no estaba allÃ.
Los guardias continuaron buscando mientras, sin que ellos lo supieran, Ae-Rin habÃa conseguido colocarse detrás de una estructura de madera en la parte superior del almacén.
HabÃa subido utilizando las cajas sin hacer ruido.
Desde allà podÃa observarlos.
Uno de los guardias levantó la cabeza.
Ae-Rin contuvo la respiración.
El hombre volvió a mirar hacia el suelo.
—Nada.
Los dos salieron.
Ae-Rin esperó unos segundos antes de moverse.
Pero justo cuando estaba a punto de bajar, escuchó pasos diferentes.
Más lentos.
Más firmes.
Kang entró solo.
Ae-Rin lo observó desde arriba.
El general no dijo nada.
Simplemente comenzó a mirar.
Observó las cajas.
La puerta.
El polvo del suelo.
Luego levantó lentamente la cabeza.
Ae-Rin se quedó completamente inmóvil.
Los ojos de Kang recorrieron el techo.
Durante un instante pareció que iba a descubrirla.
Pero entonces miró hacia otro lado.
—Sé que estás aquÃ.
Ae-Rin abrió ligeramente los ojos.
—Qué molesto…
Kang continuó hablando.
—No voy a subir a buscarte.
Ae-Rin no respondió.
—Si quieres escapar, tendrás que hacerlo por tu propia voluntad.
Ella comprendió inmediatamente la estrategia.
El general estaba intentando obligarla a moverse.
Ae-Rin sonrió.
—No está mal.
Pero Kang la escuchó.
Sus ojos se movieron rápidamente hacia el techo.
—Ahà estás.
Ae-Rin reaccionó inmediatamente.
Saltó hacia una plataforma de madera situada al otro lado del almacén.
Kang corrió hacia la salida.
Ae-Rin descendió por una pequeña escalera exterior y salió hacia un callejón.
—¡Guardias! —gritó Kang—. ¡Al callejón este!
Los soldados comenzaron a correr.
Ae-Rin avanzaba rápidamente entre las casas.
No corrÃa sin pensar. Observaba cada esquina antes de cruzarla.
Escuchó pasos detrás de ella.
El general se acercaba.
Por primera vez, Kang estaba siguiendo exactamente su ritmo.
Ae-Rin llegó a una pequeña plaza donde habÃa varios vendedores y campesinos.
Se detuvo por una fracción de segundo.
HabÃa demasiada gente.
Era la oportunidad perfecta.
Se mezcló entre los habitantes del pueblo y tomó una cesta que estaba sobre una mesa.
La colocó frente a su rostro mientras caminaba lentamente.
Un vendedor la miró confundido.
Ae-Rin le hizo una pequeña señal para que guardara silencio.
El vendedor comprendió inmediatamente.
Segundos después, Kang apareció en la plaza.
—¿La vieron?
Los campesinos permanecieron en silencio.
Kang observó cada rostro.
Uno por uno.
Ae-Rin caminaba lentamente entre ellos.
El general pasó a pocos pasos de ella.
Por un instante, sus miradas casi se encontraron.
Pero Ae-Rin bajó ligeramente la cabeza.
Kang siguió caminando.
Cuando estuvo suficientemente lejos, Ae-Rin dejó escapar el aire que estaba conteniendo.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Kang se detuvo.
Giró lentamente.
Miró nuevamente hacia la multitud.
—Esa cesta…
Ae-Rin permaneció inmóvil.
El general comenzó a caminar de regreso.
Un guardia preguntó:
—¿General?
Kang respondió:
—La vi antes.
Ae-Rin frunció el ceño.
Kang señaló la cesta.
—Esa cesta estaba en el puesto de aquel vendedor.
El vendedor tragó saliva.
Ae-Rin supo que ya no podÃa quedarse.
Dejó caer la cesta y salió corriendo.
—¡Es ella! —gritó un guardia.
La plaza explotó en movimiento.
Los campesinos se apartaron.
Ae-Rin corrió hacia una calle estrecha mientras Kang iba detrás de ella.
—¡Detente!
Ae-Rin miró hacia atrás.
—¡General, usted deberÃa aprender a aceptar una derrota!
Kang aceleró.
—¡Esta vez no!
Ella giró en una esquina.
El general hizo lo mismo.
Durante unos segundos ambos corrieron por una calle vacÃa.
Kang estaba cada vez más cerca.
Ae-Rin encontró una puerta de madera cerrada.
Miró a ambos lados.
No habÃa salida.
Kang apareció al final de la calle.
—Se terminó.
Ae-Rin respiró profundamente.
—Eso dijiste la última vez.
Kang avanzó lentamente.
—Ahora no tienes dónde ir.
Ae-Rin miró hacia arriba.
Sobre ella habÃa una cuerda utilizada para transportar sacos entre dos edificios.
La observó durante un instante.
Kang se dio cuenta.
—Ni se te ocurra.
Ae-Rin sonrió.
—Demasiado tarde.
Tomó la cuerda con ambas manos y utilizó una pequeña plataforma de madera para impulsarse hacia el otro lado del callejón.
El movimiento fue rápido pero controlado.
Kang intentó alcanzarla, pero ella ya estaba al otro lado.
Ae-Rin aterrizó, recuperó el equilibrio y miró al general.
—Nos vemos, general.
Kang quedó inmóvil.
Uno de los guardias llegó corriendo.
—¡General! ¿La seguimos?
Kang observó la calle por donde habÃa desaparecido.
Luego sonrió ligeramente.
—SÃ.
El guardia se sorprendió.
—¿Está sonriendo?
Kang recuperó inmediatamente su expresión seria.
—No.
—Pero yo lo vi…
—¡Corre!
Los soldados salieron detrás de él.
Sin embargo, mientras Kang continuaba la persecución, Ae-Rin ya habÃa llegado a una pequeña casa abandonada en las afueras del pueblo.
Entró rápidamente y cerró la puerta.
Se apoyó contra la pared.
HabÃa logrado escapar otra vez.
Pero esta vez algo habÃa cambiado.
Kang ya no la estaba persiguiendo solamente porque fuera una fugitiva.
Ahora querÃa descubrir quién era realmente.
Ae-Rin sacó de su ropa un pequeño objeto envuelto en tela.
Lo abrió lentamente.
Dentro habÃa un antiguo medallón con un sÃmbolo grabado.
Su expresión cambió.
—Si el general descubre esto…
No terminó la frase.
Porque afuera se escuchó un caballo detenerse.
Ae-Rin levantó la cabeza.
Alguien habÃa llegado.
Pero no eran los soldados de Kang.
Una voz desconocida habló desde el exterior.
—Ae-Rin… sabemos que estás aquÃ.
Ella apretó el medallón contra su pecho.
Por primera vez, su rostro mostró verdadero miedo.
Porque esa voz pertenecÃa a alguien que llevaba años buscándola.
Y el general Kang todavÃa no sabÃa que la fugitiva que intentaba capturar estaba relacionada con un secreto mucho más peligroso que cualquier delito.
Continuará…
