🩶 La sirvienta que todos obligaron a arrodillarse — Parte 3
El patio del palacio quedó completamente en silencio.
Han Seo-Rin permanecÃa de pie junto al rey, todavÃa con lágrimas en los ojos. Frente a ella, la princesa Yoon Hye-Rin no podÃa apartar la mirada. Apenas unos minutos antes, la habÃa tratado como una simple sirvienta acusada de robo. Ahora acababa de descubrir que aquella joven era, en realidad, su propia hermana.
Pero nadie se atrevÃa a hablar.
El guardia que habÃa llegado desde el corredor permanecÃa inclinado frente al rey.
—Majestad —dijo con respiración agitada—, encontramos al hombre que dejó la joya en la habitación de la joven.
El rey Kang Tae-Hyun apretó lentamente la mandÃbula.
—¿Dónde está?
—Lo están trayendo.
El rey levantó la mirada hacia los nobles.
—Entonces nadie abandonará este patio.
Los guardias cerraron inmediatamente las puertas.
El sonido de los cerrojos de madera hizo que varios nobles se miraran entre ellos con preocupación.
Seo-Rin bajó la cabeza.
—Majestad…
El rey se volvió hacia ella.
—¿Qué ocurre?
La joven respiró profundamente antes de hablar.
—Si encontraron a la persona que puso la joya en mi habitación… entonces alguien sabÃa que yo estaba aquÃ.
El rey no respondió inmediatamente.
Su expresión cambió.
Porque esa era precisamente la pregunta que llevaba años intentando evitar.
¿Quién habÃa descubierto que Seo-Rin seguÃa viva?
La princesa escuchó aquellas palabras y dio un paso hacia su hermana.
—¿Por qué vivÃas como una sirvienta?
Seo-Rin la miró.
—Porque era la única forma de mantenerme con vida.
La princesa quedó inmóvil.
—¿Con vida?
El rey intervino.
—Hace veintidós años, cuando nació Seo-Rin, alguien dentro del palacio intentó eliminarla.
Los nobles comenzaron a murmurar.
—Por eso tuve que ocultarla —continuó el rey—. La envié lejos del palacio y ordené que nadie conociera su verdadera identidad.
Seo-Rin cerró los ojos.
Durante toda su vida habÃa creÃdo que su padre simplemente la habÃa abandonado.
Ahora comprendÃa que habÃa sido todo lo contrario.
El rey la habÃa mantenido lejos para protegerla.
La princesa miró a su padre con incredulidad.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
—Porque mientras menos personas lo supieran, más segura estarÃa.
De repente, las puertas del patio se abrieron.
Dos guardias entraron llevando a un hombre con las manos atadas.
Era un funcionario de mediana edad vestido con ropa oscura. TenÃa el rostro pálido y evitaba mirar directamente al rey.
Los guardias lo obligaron a arrodillarse.
El rey caminó lentamente hacia él.
—MÃrame.
El hombre levantó la cabeza.
El rey lo reconoció inmediatamente.
—Tú…
El hombre comenzó a temblar.
—Majestad, puedo explicarlo.
—No necesito explicaciones.
El rey mostró la joya.
—Solo necesito saber quién te ordenó hacerlo.
El funcionario guardó silencio.
Uno de los guardias dio un paso hacia él.
—¡Habla!
El hombre respiró profundamente.
Miró al rey.
Después miró a la princesa.
Finalmente, sus ojos se detuvieron en Seo-Rin.
—No querÃan matarla, Majestad.
Seo-Rin frunció el ceño.
—¿Entonces qué querÃan?
El funcionario tragó saliva.
—QuerÃan comprobar si realmente eras la hija que desapareció hace veintidós años.
El patio quedó completamente en silencio.
El rey dio un paso hacia adelante.
—¿Quién te envió?
El hombre cerró los ojos.
—La persona que me envió…
Hizo una pausa.
—…está dentro de este palacio.
Todos los nobles comenzaron a mirarse entre ellos.
La princesa retrocedió lentamente.
Seo-Rin miró al rey.
Y el rey comprendió algo terrible.
El enemigo que habÃa intentado encontrar a su hija durante veintidós años nunca habÃa salido del palacio.
Y ahora estaba observándolos desde muy cerca.
Pero antes de que el rey pudiera preguntar su nombre, el funcionario levantó la mirada hacia uno de los nobles.
El noble palideció.
Seo-Rin siguió lentamente la dirección de sus ojos.
Y entonces reconoció el rostro de la persona que llevaba años buscando.
