⚔️ LA CAMPESINA QUE TODOS CREÍAN COBARDE… HASTA QUE LLEGARON LOS SOLDADOS DEL REY — PARTE 2
El mercado entero había quedado en silencio.
Los soldados que habían llegado para quitarle el arroz a los campesinos
ahora miraban a una joven que sostenía una espada como si hubiera nacido
con ella en las manos.
El comandante Jang Hyeok no podía apartar los ojos de Seo-Yeon.
La joven permanecía inmóvil en medio del mercado.
Tenía la respiración agitada por el combate, algunos mechones de cabello
se habían soltado de su trenza y el polvo cubría ligeramente el borde de
su hanbok.
Pero su mirada había cambiado.
Ya no parecía la campesina tímida que todos conocían.
Frente a los soldados había una mujer completamente distinta.
—¿Qué pasa, comandante?
Jang Hyeok apretó los dientes.
—¿Quién te enseñó a luchar así?
Seo-Yeon bajó lentamente la espada.
—Nadie.
El comandante soltó una pequeña risa de incredulidad.
—No me mientas.
Seo-Yeon lo miró fijamente.
—Entonces no preguntes cosas cuya respuesta no quieres escuchar.
Algunos campesinos intercambiaron miradas.
Aquella era la primera vez que veían a Seo-Yeon hablarle de esa manera
a un oficial del reino.
El comandante avanzó lentamente.
Sus botas aplastaron los granos de arroz que habían caído al suelo.
Se detuvo a pocos pasos de ella.
—Ese movimiento que hiciste con la muñeca…
Seo-Yeon no respondió.
—Ese giro.
La manera en que cambiaste el peso de tu cuerpo.
La forma en que utilizaste la fuerza de tu enemigo contra él.
Jang Hyeok tragó saliva.
—Solo una persona en todo Joseon luchaba así.
El nombre pareció pesar en el aire.
Han Mu-Jin.
El general más temido de su generación.
Un comandante que había ganado batallas imposibles.
Un hombre cuya espada era conocida incluso en las provincias más lejanas.
Y también un hombre acusado de traición contra el propio rey.
Quince años atrás había sido condenado a muerte.
Desde entonces, su nombre había quedado prohibido dentro del ejército.
El hombre que supuestamente murió
Jang Hyeok observó a los soldados que todavía estaban en el suelo.
Ninguno se atrevía a levantarse sin recibir una orden.
—Retírense.
Los soldados se miraron entre sí.
El comandante volvió a hablar.
—¡Dije que se retiren!
Los hombres comenzaron a recoger sus armas.
Pero Seo-Yeon levantó la espada.
—Todavía no.
El comandante giró hacia ella.
—¿Qué quieres?
—Que devuelvan el arroz.
Nadie habló.
Jang Hyeok miró los sacos que sus hombres habían confiscado.
Después miró a los campesinos.
Por primera vez, ordenó algo que nadie esperaba.
—Devuélvanlo todo.
Los soldados obedecieron.
Los campesinos comenzaron a recoger sus sacos en silencio.
Una anciana abrazó a su pequeño nieto.
Un hombre que había perdido casi toda su cosecha miró a Seo-Yeon con
lágrimas en los ojos.
Pero la joven no sonrió.
Porque había algo que le preocupaba mucho más que el arroz.
Quería saber por qué un comandante del reino conocía aquella técnica.
Y quería saber quién le había enseñado a ella.
La memoria que nunca había entendido
Esa noche, Seo-Yeon regresó a su pequeña casa.
Su madre estaba sentada junto a una lámpara de aceite.
Al verla entrar, dejó caer la aguja que sostenía entre los dedos.
Había visto las noticias.
—¿Qué hiciste?
—Defendí nuestra comida.
Su madre permaneció en silencio.
—Mamá… ¿quién era Han Mu-Jin?
La mujer palideció.
Seo-Yeon lo notó inmediatamente.
—Tú conoces ese nombre.
Su madre se levantó.
—No vuelvas a mencionarlo.
—¿Por qué?
—Porque algunas personas mueren una vez…
y otras mueren dos veces si alguien vuelve a pronunciar su nombre.
Seo-Yeon sintió un escalofrío.
Aquella frase le recordó algo.
Una habitación oscura.
Una voz masculina.
El sonido de una espada golpeando madera.
Y unas manos grandes colocando correctamente sus pequeños dedos sobre
una empuñadura.
Seo-Yeon cerró los ojos.
—Yo ya había visto esa espada antes.
Su madre dejó de respirar por un instante.
—¿Qué acabas de decir?
—Cuando era niña…
alguien me enseñaba a sostener una espada.
La mujer se llevó una mano a la boca.
Seo-Yeon dio un paso hacia ella.
—¿Era él?
Su madre comenzó a llorar.
—No hagas más preguntas.
—¡Era él!
La joven golpeó la mesa con la mano.
—¡Dime la verdad!
Su madre cerró los ojos.
—Tu padre te dijo que nunca recordaras esa noche.
Seo-Yeon quedó inmóvil.
El cofre debajo del suelo
Sin decir otra palabra, su madre caminó hasta una esquina de la habitación.
Retiró una pequeña tabla de madera del suelo.
Debajo había un espacio oculto.
Sacó un pequeño cofre cubierto de polvo.
Seo-Yeon lo reconoció.
Lo había visto muchas veces durante su infancia.
Siempre había preguntado qué había dentro.
Nunca le habían permitido tocarlo.
Su madre colocó el cofre sobre la mesa.
—Tu padre quería destruir esto.
—¿Qué hay dentro?
—La verdad.
Seo-Yeon abrió lentamente la tapa.
Dentro había una pequeña tela negra.
Debajo de ella apareció un brazalete de metal oscuro.
Tenía grabado el mismo símbolo que había aparecido en la técnica de
combate que Seo-Yeon utilizaba.
Pero había algo más.
Una pequeña pieza de madera tallada.
Seo-Yeon la tomó.
En ella había una frase escrita a mano.
—“Si algún día recuerda la espada, dile que su padre nunca fue un traidor.”
Seo-Yeon dejó caer la pieza sobre la mesa.
—Entonces todo era mentira.
Su madre comenzó a llorar.
—Tu padre no traicionó al rey.
Seo-Yeon la miró.
—¿Entonces por qué lo ejecutaron?
Su madre tardó varios segundos en responder.
—Porque descubrió quién estaba conspirando dentro del palacio.
El silencio fue absoluto.
—¿Quién?
Su madre negó con la cabeza.
—Nunca llegó a decirme el nombre.
Seo-Yeon apretó los puños.
Entonces escucharon algo afuera.
Un caballo.
Después otro.
Y otro.
Seo-Yeon apagó inmediatamente la lámpara.
Los hombres que llegaron durante la noche
La casa quedó completamente oscura.
Su madre se acercó a la ventana.
Afuera, varias siluetas avanzaban lentamente por el camino.
No llevaban los colores del ejército real.
Tampoco llevaban antorchas.
Se movían en silencio.
Seo-Yeon tomó el brazalete y lo escondió bajo su ropa.
—¿Quiénes son?
—Los hombres que tu padre intentó detener.
Seo-Yeon miró hacia la puerta.
Entonces escuchó una voz desde afuera.
—¡Registren todas las casas!
Los pasos comenzaron a acercarse.
Su madre tomó su mano.
—Escúchame.
—¿Qué?
—Si te encuentran, no les digas quién eres.
Seo-Yeon frunció el ceño.
—¿Quién soy?
Su madre la miró directamente a los ojos.
—Tú no eres la hija de un campesino.
Antes de que pudiera continuar, alguien golpeó violentamente la puerta.
¡BAM!
Seo-Yeon retrocedió.
Otro golpe hizo temblar la madera.
Afuera, una voz gritó:
—¡Sabemos que está aquí!
Seo-Yeon miró el brazalete escondido bajo su ropa.
Luego miró a su madre.
Finalmente comprendió algo.
Los soldados no habían llegado al pueblo por el arroz.
Habían venido por ella.
Mientras tanto, en el camino
A varios cientos de metros del pueblo, Jang Hyeok cabalgaba rápidamente
acompañado por dos soldados.
Había tomado una decisión.
Regresaría por Seo-Yeon.
Pero antes de llegar al pueblo encontró algo que lo obligó a detenerse.
Una flecha estaba clavada en un árbol.
En la punta llevaba un pequeño trozo de tela negra.
Jang Hyeok la arrancó y la observó.
Reconoció inmediatamente el símbolo.
—No puede ser…
Uno de sus soldados se acercó.
—¿Qué ocurre, comandante?
Jang Hyeok apretó la tela entre sus dedos.
—Han Mu-Jin no murió solo.
El soldado lo miró confundido.
—¿Qué quiere decir?
El comandante observó las luces lejanas del pueblo.
—Alguien sobrevivió aquella noche.
Espoleó su caballo.
Y regresó a toda velocidad.
Dentro de la pequeña casa, la puerta comenzó a romperse.
Seo-Yeon sostuvo la espada que había tomado en el mercado.
Ya no tenía miedo.
Afuera estaban los hombres que habían perseguido a su padre durante quince años.
Y por primera vez, Seo-Yeon estaba preparada para enfrentarlos.
Pero justo antes de que la puerta cediera, su madre susurró una última frase:
—Tu padre no murió protegiendo un secreto…
murió protegiendo al verdadero heredero del reino.
Seo-Yeon abrió los ojos.
Entonces comprendió que la historia de su padre era apenas el comienzo.
Porque si Han Mu-Jin había protegido al heredero durante quince años…
¿dónde estaba escondido el verdadero heredero?
