“🏹 LA CAMPESINA QUE FALLÓ DELANTE DE TODOS”,

“🏹 LA CAMPESINA QUE FALLÓ DELANTE DE TODOS”,

🏹 La campesina que falló delante de todos — Parte 2

El sonido de la flecha al partirse todavía parecía resonar en todo el campo de tiro.

Nadie hablaba.

Los dos fragmentos de madera habían caído sobre la tierra frente al blanco, mientras la segunda flecha permanecía clavada exactamente donde antes había estado la primera.

Han Seo-Rin seguía de pie con el arco entre las manos.

No sonreía.

No levantaba los brazos.

No miraba a los nobles buscando aprobación.

Simplemente bajó el arco y permaneció en silencio.

El príncipe Kang Tae-Rin, que hacía apenas unos segundos había apostado convencido de que aquella campesina no sería capaz de acertar una sola flecha, permanecía sentado sin saber qué decir.

Su mirada pasó del blanco a los pedazos de flecha que estaban en el suelo.

Después volvió lentamente hacia Seo-Rin.

—¿Todavía cree que fue suerte? —preguntó ella con tranquilidad.

El príncipe no respondió inmediatamente.

Los nobles que habían estado riéndose de ella ahora evitaban mirarla directamente.

Una mujer noble que momentos antes había señalado las mangas gastadas de Seo-Rin bajó lentamente las manos hacia su propio vestido.

Ya nadie parecía interesado en la ropa vieja de la campesina.

Ahora todos querían saber quién era realmente.

El comandante real de arquería se acercó al blanco.

Se agachó y recogió uno de los fragmentos de la primera flecha.

Lo examinó cuidadosamente.

La madera estaba partida casi exactamente por el centro.

El comandante levantó la mirada.

—No fue un accidente.

Uno de los nobles preguntó:

—¿Cómo puede estar tan seguro?

El comandante señaló el blanco.

—La primera flecha estaba clavada en el centro exacto. Para partirla de esa manera, la segunda flecha tuvo que seguir prácticamente la misma trayectoria.

Los murmullos aumentaron.

—Eso es imposible.

—Ni los mejores arqueros del ejército hacen algo así con facilidad.

—¿Quién es esa muchacha?

El comandante volvió a observar a Seo-Rin.

—¿Dónde aprendiste a disparar?

La joven guardó silencio.

El príncipe se levantó de su asiento.

—Sí. Responde.

Seo-Rin lo miró.

—Aprendí a disparar en mi pueblo.

Algunos nobles soltaron una pequeña risa.

—¿En tu pueblo? —dijo uno—. ¿Y quién podría enseñarte algo así?

Seo-Rin no respondió.

El príncipe bajó lentamente los escalones de la plataforma real.

Su expresión ya no era la misma.

Seguía intentando mantener su autoridad, pero la curiosidad había reemplazado por completo la arrogancia de antes.

Se detuvo frente a ella.

—Quiero otra prueba.

El comandante giró la cabeza.

—Su Alteza…

El príncipe levantó una mano.

—Si realmente tiene esa habilidad, podrá demostrarlo otra vez.

Seo-Rin observó el campo.

—¿Qué prueba?

El príncipe señaló un segundo blanco mucho más pequeño.

—Ese.

El objetivo estaba colocado más lejos que el anterior.

Era un pequeño círculo rojo sobre una tabla de madera.

Uno de los nobles sonrió.

—Ahora veremos si sigue teniendo tanta suerte.

Seo-Rin tomó otra flecha.

Pero antes de colocársela al arco, el comandante levantó la mano.

—Esperen.

Todos lo miraron.

El hombre caminó hasta Seo-Rin y observó su arco.

—Ese arco no está hecho para competición.

Seo-Rin bajó la mirada.

Era cierto.

Su arco era sencillo, antiguo y mucho menos refinado que los utilizados por los arqueros reales.

Uno de los nobles se burló.

—Entonces denle uno digno.

Un soldado llevó un arco real cuidadosamente fabricado.

Era mucho más elegante.

La madera estaba pulida y la cuerda había sido ajustada por especialistas.

El comandante se lo entregó a Seo-Rin.

—Utiliza este.

Ella lo tomó.

Lo examinó durante unos segundos.

Después tensó ligeramente la cuerda.

Su expresión cambió.

—Es demasiado ligero.

El comandante levantó una ceja.

—¿Demasiado ligero?

Seo-Rin asintió.

—Estoy acostumbrada a uno más pesado.

El campo volvió a quedar en silencio.

El comandante tomó otro arco.

Era uno utilizado por los mejores soldados de la guardia real.

Se lo entregó.

Seo-Rin lo tensó.

Esta vez no dijo nada.

El comandante la observó con mayor atención.

—¿Este?

—Este está bien.

El príncipe cruzó los brazos.

—Entonces dispara.

Seo-Rin se colocó frente al nuevo blanco.

El viento comenzó a soplar suavemente.

Algunas hojas cruzaron el campo.

Los nobles guardaron silencio.

Seo-Rin levantó el arco.

Respiró.

Observó el objetivo.

Pero no disparó.

El príncipe frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

Seo-Rin miró las ramas de los árboles.

—El viento cambió.

El príncipe sonrió con incredulidad.

—¿Eso significa que tienes miedo?

Seo-Rin negó con la cabeza.

—Significa que estoy esperando.

Un noble soltó una carcajada.

—¡Ahora resulta que hasta el viento debe obedecerla!

Seo-Rin permaneció inmóvil.

Esperó.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Entonces las hojas cambiaron de dirección.

Seo-Rin tensó la cuerda.

Soltó.

La flecha cruzó el campo.

El impacto fue limpio.

Otra vez en el centro.

Pero esta vez nadie celebró.

Todos estaban demasiado sorprendidos.

El comandante caminó hasta el blanco.

Observó la flecha.

Luego miró hacia Seo-Rin.

—No estás disparando al blanco.

Seo-Rin permaneció callada.

—Estás disparando al momento exacto en que el viento deja de moverlo.

La joven bajó ligeramente la mirada.

—Mi maestro decía que una flecha no debe luchar contra el viento.

El comandante se quedó inmóvil.

—¿Tu maestro?

Seo-Rin pareció darse cuenta de que había hablado demasiado.

—No importa.

El príncipe se acercó.

—¿Quién era?

Seo-Rin negó con la cabeza.

—No puedo decirlo.

—Soy el príncipe. Te estoy ordenando que respondas.

Seo-Rin lo miró directamente.

—Entonces tendrá que castigarme.

Los nobles se quedaron sorprendidos.

Nadie hablaba de esa manera con el príncipe.

Pero Seo-Rin no parecía desafiarlo.

Simplemente estaba cumpliendo una promesa.

El príncipe se quedó mirándola.

—¿Qué te hizo prometer algo así?

Seo-Rin bajó la mirada.

—Me dijo que algún día alguien intentaría averiguar quién era.

El comandante se acercó lentamente.

—¿Y qué debías hacer?

Seo-Rin respondió:

—Guardar silencio.

El comandante intercambió una mirada con el príncipe.

Había algo extraño en aquella historia.

Una campesina cualquiera no hablaba como alguien que hubiera sido entrenado por un maestro desconocido.

Y mucho menos utilizaba técnicas capaces de impresionar a los mejores arqueros del reino.


Una última prueba

El príncipe todavía no estaba satisfecho.

Volvió a mirar hacia el blanco.

—Quiero una última prueba.

El comandante intentó detenerlo.

—Su Alteza, ya ha demostrado suficientemente su habilidad.

—Precisamente por eso.

El príncipe miró a Seo-Rin.

—Quiero saber hasta dónde llega.

Un soldado colocó un pequeño objeto de madera sobre un poste, mucho más lejos que los blancos anteriores.

El objeto apenas podía distinguirse.

El príncipe señaló el poste.

—No dispares al centro.

Seo-Rin lo miró con curiosidad.

—¿Entonces a dónde?

El príncipe sonrió.

—A la pequeña cinta roja que está atada debajo.

Los nobles comenzaron a murmurar.

La cinta era diminuta.

Incluso los arqueros reales tendrían dificultades para verla a esa distancia.

Seo-Rin observó el objetivo.

Después miró al príncipe.

—¿Está seguro?

—Completamente.

Seo-Rin tomó una flecha.

La colocó.

Tensó el arco.

El campo entero quedó en silencio.

El comandante observaba atentamente.

El príncipe no apartaba los ojos de ella.

Seo-Rin respiró profundamente.

Pero justo antes de disparar, sus ojos cambiaron.

Había reconocido algo en la distancia.

Una pequeña marca tallada en la madera del poste.

Una marca que no pertenecía al campo de tiro.

Una marca que ella había visto muchos años atrás.

Seo-Rin bajó lentamente el arco.

El príncipe frunció el ceño.

—¿Por qué no disparas?

Seo-Rin no respondió.

Miraba fijamente aquella pequeña marca.

Su rostro había perdido la tranquilidad.

Por primera vez desde que había llegado al palacio, parecía verdaderamente perturbada.

El comandante se acercó.

—¿Qué has visto?

Seo-Rin apretó la flecha entre sus dedos.

—Esa marca…

—¿Qué tiene?

Ella respondió casi en un susurro:

—Es la marca de mi maestro.

El príncipe se quedó inmóvil.

—¿Tu maestro estuvo aquí?

Seo-Rin levantó lentamente la mirada.

—No.

El príncipe esperó.

La joven continuó:

—Mi maestro murió hace diez años.

El comandante miró nuevamente hacia el poste.

La marca seguía allí.

Seo-Rin dio un paso hacia adelante.

—Y él me dijo que nunca viniera al palacio.

El príncipe preguntó:

—Entonces, ¿por qué viniste?

Seo-Rin no contestó.

Porque había una razón que todavía no estaba preparada para revelar.

Una razón que tenía que ver con la última cosa que su maestro le había entregado antes de morir.

Una pequeña pieza de jade.

Y aquel mismo símbolo estaba ahora grabado en el campo de tiro real.

Seo-Rin miró al príncipe.

Por primera vez, su expresión no era de humildad.

Era de preocupación.

—Su Alteza…

—¿Qué?

Seo-Rin apretó la flecha.

—Creo que alguien sabía que yo vendría.

El príncipe no respondió.

El comandante observó nuevamente la marca.

Y entonces comprendió que la competición quizá nunca había sido solamente una competición.

Alguien había colocado aquella señal allí.

Alguien que conocía la técnica de Seo-Rin.

Alguien que conocía a su maestro.

Y alguien que posiblemente llevaba diez años esperando que aquella campesina apareciera frente al palacio.

Pero la pregunta más peligrosa todavía estaba sin responder: ¿quién había preparado aquella señal para ella y por qué quería que Seo-Rin la encontrara?

La respuesta podía cambiar para siempre la vida de la joven campesina.