🐎 La campesina que ganó la competición real — Parte 3
El hipódromo quedó completamente en silencio.
El guardia real permanecía frente al príncipe Kang Tae-Rin, respirando con dificultad después de haber corrido desde los establos. A su alrededor, los nobles que minutos antes se habían reído de Han Seo-Rin ahora observaban con preocupación.
El príncipe apretó la mandíbula.
—¿Quién fue? —preguntó.
El guardia bajó la cabeza.
—Encontramos al responsable, Alteza.
Seo-Rin permaneció junto a su caballo marrón sin decir una palabra. No parecía sorprendida. Desde el momento en que había visto al caballo negro del príncipe antes de la carrera, había notado algo extraño en su comportamiento.
El veterinario real sostenía todavía el pequeño frasco que había encontrado junto al establo.
—¿Quién le dio esto a mi caballo? —preguntó Tae-Rin.
El guardia tragó saliva.
—Uno de los ayudantes de los establos.
Los nobles comenzaron a murmurar.
El príncipe miró hacia los establos.
—Tráiganlo.
Dos guardias salieron inmediatamente de la pista y caminaron hacia el área de los caballos.
Seo-Rin observó cómo se alejaban.
Algo no tenía sentido.
Si aquel hombre había preparado el caballo, ¿por qué habría dejado el frasco justo al lado del establo?
Era demasiado fácil.
Demasiado conveniente.
Y Seo-Rin sabía que una persona realmente culpable no siempre cometía un error tan evidente.
El hombre que todos señalaron
Unos minutos después, los guardias regresaron llevando a un joven ayudante de establos. El muchacho tenía aproximadamente veinte años, la ropa cubierta de polvo y una expresión de absoluto terror.
Lo hicieron arrodillarse frente al príncipe.
—¿Fuiste tú quien le dio la droga al caballo? —preguntó Tae-Rin.
El joven negó desesperadamente con la cabeza.
—¡No, Alteza! ¡Yo no hice nada!
Uno de los guardias colocó una pequeña bolsa frente al príncipe.
—Encontramos esto entre sus pertenencias.
El príncipe abrió la bolsa.
Dentro había varios frascos pequeños.
Los nobles comenzaron a murmurar nuevamente.
—¡Es evidente! —dijo uno de ellos—. ¡Él lo hizo!
El príncipe levantó la mirada.
—¿Tienes algo que decir?
El muchacho estaba temblando.
—Esos frascos no son míos.
—Entonces, ¿por qué estaban contigo?
El joven guardó silencio.
Seo-Rin dio un paso hacia adelante.
—Porque alguien quería que los encontraran.
Todos voltearon hacia ella.
El príncipe frunció el ceño.
—¿Otra vez tú?
Seo-Rin no retrocedió.
—Si él hubiera querido ocultar la droga, jamás habría guardado los frascos donde cualquiera pudiera encontrarlos.
El veterinario miró nuevamente el pequeño frasco encontrado junto al caballo.
Entonces su expresión cambió.
—Espera…
La segunda trampa
El veterinario se acercó al ayudante y tomó uno de los frascos encontrados en su bolsa.
Lo observó detenidamente.
Después abrió el frasco encontrado junto al caballo.
Los dos líquidos parecían iguales.
Pero el veterinario negó lentamente con la cabeza.
—No son iguales.
El príncipe se acercó.
—¿Qué quieres decir?
—Estos frascos contienen una sustancia común para tratar el cansancio de los caballos.
Levantó el segundo frasco.
—Pero este contiene el estimulante que recibió su caballo.
El príncipe quedó inmóvil.
Seo-Rin miró al veterinario.
—Entonces alguien colocó los otros frascos para incriminarlo.
El ayudante comenzó a llorar.
—¡Se lo dije, Alteza! ¡Yo no fui!
El príncipe permaneció en silencio.
Por primera vez, comprendía que había acusado demasiado rápido.
Pero todavía faltaba una pregunta.
¿Quién había preparado realmente el caballo?
La pista que nadie había visto
Seo-Rin se acercó lentamente al caballo negro.
El animal estaba tranquilo ahora.
Ella observó sus patas, la montura y finalmente el pequeño compartimento situado debajo de la silla.
Entonces vio algo.
Un hilo dorado estaba atrapado entre las correas de la montura.
Seo-Rin lo retiró con cuidado.
El príncipe se acercó.
—¿Qué encontraste?
Seo-Rin abrió la mano.
Era un pequeño fragmento de tela azul oscuro con bordados dorados.
El veterinario lo reconoció inmediatamente.
—Ese bordado pertenece a la ropa de los oficiales de la corte.
Los nobles quedaron en silencio.
Seo-Rin levantó lentamente la mirada.
—Entonces la persona que hizo esto no era un simple ayudante de establos.
El príncipe observó el fragmento de tela.
—¿Estás diciendo que alguien de la corte preparó mi caballo?
Seo-Rin asintió.
—Y quería que todos creyeran que la trampa la había hecho una campesina.
La persona detrás de todo
En ese momento, un ruido de pasos llamó la atención de todos.
Un hombre vestido con un elegante uniforme azul oscuro apareció caminando desde el extremo del hipódromo.
Era el consejero real Kang Min-Jae, uno de los hombres más cercanos al príncipe.
Se acercó con una expresión tranquila.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
El príncipe lo miró.
—Estamos buscando a quien drogó mi caballo.
Kang Min-Jae observó el fragmento de tela en la mano de Seo-Rin.
Durante apenas un instante, su rostro cambió.
Seo-Rin lo notó.
El consejero recuperó inmediatamente la compostura.
—Quizás deberíamos dejar que los guardias se encarguen de esto.
Seo-Rin no respondió.
Miró el borde de su uniforme.
Había un pequeño hilo dorado suelto.
Exactamente del mismo color que el fragmento que ella sostenía.
El príncipe todavía no se había dado cuenta.
Seo-Rin cerró lentamente la mano.
Ahora sabía que la verdadera trampa no había sido solamente para hacerla perder.
Alguien había drogado al caballo del príncipe para provocar un escándalo.
Habían intentado culpar a un inocente.
Y, sobre todo, habían utilizado a una campesina como pieza perfecta para esconder el verdadero plan.
Seo-Rin levantó la mirada hacia Kang Min-Jae.
Él la observó fijamente.
Por primera vez, ninguno de los dos sonrió.
Entonces el consejero dio un pequeño paso hacia ella y habló en voz baja:
—Tú no deberías haber ganado esa carrera.
Seo-Rin sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Kang Min-Jae no respondió.
Solo miró al príncipe.
Después miró al fragmento de tela.
Y finalmente volvió a mirar a Seo-Rin.
Ella comprendió que había descubierto algo mucho más peligroso que una simple trampa en una competición.
