👑 El hombre que limpiaba los zapatos del príncipe — Parte 2
El gran salón del palacio quedó completamente en silencio después de las palabras del rey.
Kang Tae-Rin permaneció inmóvil durante unos segundos. Hasta hacía apenas unos instantes, era solamente el humilde sirviente que pasaba sus días limpiando los zapatos de los nobles. Había aprendido a soportar las burlas, los desprecios y las órdenes del príncipe sin responder.
Pero ahora el rey lo había señalado delante de toda la corte.
—Levántate. Has esperado demasiado tiempo.
Tae-Rin obedeció lentamente. Se puso de pie sin comprender lo que estaba sucediendo y miró a su alrededor. Los nobles que tantas veces habían pasado junto a él sin siquiera mirarlo ahora lo observaban con una mezcla de miedo, curiosidad y desconcierto.
El príncipe Han Min-Jae, por su parte, no podía apartar los ojos de él.
—Majestad… creo que se equivoca —dijo Tae-Rin con voz baja.
El joven no entendía por qué el rey hablaba de él como si fuera alguien importante. No recordaba haber pertenecido jamás a la familia real. No recordaba haber vivido dentro del palacio. Toda su vida había conocido solamente la pobreza, el trabajo y las humillaciones.
Entonces el príncipe dio un paso al frente.
—¡Padre, él es un sirviente!
Su voz resonó por todo el salón.
Algunos nobles bajaron la mirada. Otros comenzaron a murmurar entre ellos.
El rey Han Do-Hyun no levantó la voz. Simplemente miró a su hijo con una calma que resultaba mucho más intimidante que un grito.
—Eso es exactamente lo que ustedes querían que todos creyeran.
El rostro del príncipe cambió.
Por primera vez, aquella seguridad arrogante que siempre había mostrado comenzó a desaparecer.
Tae-Rin observó al rey sin entender.
¿Qué quería decir con aquellas palabras?
La reina Han Seo-Hwa se acercó lentamente.
Su mirada no era de desprecio. Era diferente. Había preocupación en sus ojos, pero también una emoción que Tae-Rin no lograba identificar.
La reina se detuvo frente a él y observó cuidadosamente su rostro. Después bajó la mirada hacia su hombro izquierdo.
Una pequeña marca antigua apenas podía verse bajo la ropa sencilla del sirviente.
La reina quedó inmóvil.
—Esa marca… —murmuró—. ¿Quién te la hizo?
Tae-Rin llevó lentamente una mano hacia su hombro.
Durante un instante, un recuerdo borroso apareció en su mente.
Una voz femenina.
Una habitación oscura.
Unos brazos protegiéndolo cuando era apenas un niño.
Y aquellas palabras que había escuchado tantas veces durante su infancia.
“Nunca enseñes esa marca. Pase lo que pase, nunca permitas que alguien la vea.”
Tae-Rin volvió a mirar a la reina.
—Mi madre dijo que debía ocultarla.
El salón volvió a quedar en silencio.
La expresión de la reina cambió ligeramente.
El rey también pareció reconocer algo.
Pero antes de que cualquiera pudiera hacer otra pregunta, las grandes puertas del salón se abrieron de golpe.
Todos los presentes voltearon.
Un anciano vestido con las tradicionales ropas de un historiador real entró lentamente. Caminaba con dificultad y llevaba entre sus manos un pequeño cofre de madera muy antiguo.
Los guardias lo dejaron pasar.
El anciano avanzó hasta llegar frente al rey y se arrodilló.
—Majestad… encontramos esto hace veintiséis años.
El rey miró el cofre.
Durante un instante pareció contener la respiración.
—Ábrelo.
El historiador obedeció.
Dentro había varias piezas antiguas cuidadosamente protegidas con telas reales. Los colores estaban desgastados por el paso del tiempo, pero todavía podían distinguirse los símbolos de la antigua familia real.
Los nobles se acercaron ligeramente para intentar observar.
El historiador retiró una de las telas.
Debajo apareció un pequeño colgante de metal.
No era una joya común.
En el centro tenía grabado el emblema de la familia real.
Tae-Rin sintió algo extraño en el pecho.
No sabía por qué, pero aquel objeto le resultaba familiar.
El historiador levantó el colgante para que todos pudieran verlo.
—Pertenecía al heredero desaparecido.
Un murmullo recorrió inmediatamente el salón.
—¿El heredero desaparecido?
—¿Después de todos estos años?
—Pensábamos que había muerto…
El príncipe no dijo una sola palabra.
Su mirada estaba fija en el colgante.
Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Tae-Rin llevó lentamente una mano hacia su pecho.
Debajo de su humilde ropa llevaba algo que su madre le había entregado cuando era niño.
Durante años había conservado aquel objeto sin conocer realmente su significado.
Su madre solamente le había dicho que jamás debía mostrarlo.
Pero ahora, al observar el colgante que sostenía el historiador, comprendió por qué aquella vieja pieza siempre había sido tan importante para ella.
Tae-Rin sacó lentamente su propio colgante.
El tiempo pareció detenerse.
Los dos objetos eran idénticos.
El mismo diseño.
El mismo emblema.
La misma forma.
El historiador abrió los ojos con incredulidad.
Uno de los nobles dio un paso hacia atrás.
La reina llevó una mano hasta su pecho.
El rey permaneció completamente inmóvil.
Pero quien más cambió fue el príncipe.
Su rostro perdió el color.
Durante todos aquellos años había vivido convencido de que su posición como heredero estaba asegurada. Había humillado a Tae-Rin porque lo consideraba inferior, alguien que no merecía siquiera levantar la mirada frente a un miembro de la familia real.
Y ahora aquel mismo sirviente sostenía en sus manos una prueba que podía cambiarlo todo.
Tae-Rin miró el colgante que tenía entre sus dedos.
Después miró al rey.
Su voz salió apenas como un susurro.
—Mi madre me dijo que nunca debía mostrar esto.
Nadie respondió.
Porque en ese momento todos comprendieron algo.
El hombre al que habían tratado como un simple sirviente podía estar relacionado con el heredero que la familia real llevaba veintiséis años buscando.
Pero todavía faltaba descubrir la verdad.
¿Quién era realmente la madre de Tae-Rin?
¿Por qué tuvo que esconderlo?
¿Quién hizo desaparecer al heredero?
Y, sobre todo…
¿Quién dentro del palacio había tenido tanto miedo de que aquel joven regresara?
El rey miró fijamente a Tae-Rin mientras el príncipe permanecía paralizado frente a él.
La respuesta podía destruir el futuro de toda la dinastía.
Y lo que estaba a punto de descubrirse era mucho más peligroso que saber quién era Tae-Rin.
