👑 VENDIERON A SU HIJA POR TRES SACOS DE ORO… SIN SABER QUIÉN ERA ELLA — PARTE 3
Seo-Yeon había pasado toda su vida creyendo que era una simple campesina.
Pero una pequeña marca en su brazo estaba a punto de revelar un secreto
que podía cambiar el destino de todo el reino.
El silencio cayó sobre el pueblo.
Nadie se atrevía a moverse después de escuchar las palabras del comandante
Kang Tae-Jun.
“Esa marca pertenece a la familia real.”
Seo-Yeon bajó lentamente la mirada hacia su brazo.
Desde que era niña había tenido aquella pequeña marca debajo del hombro.
Su madre siempre le había dicho que era simplemente una señal de nacimiento.
Nunca había pensado que pudiera significar algo más.
—¿La familia real…? ¿Qué estás diciendo?
Tae-Jun se acercó un paso.
Su rostro seguía serio, pero en sus ojos había algo diferente.
No era miedo.
Era alivio.
—Tu verdadero nombre no es Seo-Yeon.
La joven quedó inmóvil.
—¿Entonces cuál es mi nombre?
Tae-Jun miró alrededor antes de responder.
—Antes de desaparecer, el antiguo rey tuvo una hija.
Seo-Yeon negó lentamente con la cabeza.
—Eso no puede ser. Yo nací aquí. Mi padre es un campesino.
En ese instante, Han Dae-Su cayó de rodillas.
—¡Perdóname!
Seo-Yeon giró rápidamente hacia él.
—¿Perdonarte por qué?
El hombre comenzó a llorar.
Durante años había guardado un secreto que juró llevarse a la tumba.
—Tu madre y yo no somos tus verdaderos padres.
Seo-Yeon sintió que las piernas le temblaban.
Todas las conversaciones extrañas de su infancia comenzaron a tener sentido.
Las veces que su madre se negaba a hablar de su nacimiento.
El pequeño cofre que nunca le permitían tocar.
Y aquella marca que siempre había considerado insignificante.
El secreto que escondieron durante 22 años
Tae-Jun sacó lentamente un pequeño medallón dorado de debajo de su armadura.
En el centro tenía exactamente el mismo símbolo que Seo-Yeon llevaba marcado
en la piel.
La joven lo tomó con manos temblorosas.
—¿De dónde sacaste esto?
—Me lo entregó el último hombre que protegió a tu padre.
Seo-Yeon levantó la mirada.
—¿Mi padre?
—El rey.
Las palabras parecieron golpearla.
Tae-Jun explicó que, años atrás, una conspiración dentro del palacio había
provocado la caída del antiguo rey.
Los conspiradores querían eliminar a toda su familia para impedir que alguien
reclamara el trono.
Pero la bebé había desaparecido antes de que pudieran encontrarla.
Un pequeño grupo de soldados leales consiguió sacarla del palacio durante
la noche y entregarla a una familia campesina para esconder su identidad.
Esa familia era la de Han Dae-Su y Mi-Sook.
Durante años habían mantenido el secreto.
Hasta que las deudas los llevaron al límite.
Y entonces cometieron el peor error de sus vidas:
intentaron vender a la misma joven que habían jurado proteger.
Pero había algo que Tae-Jun todavía no había contado
Seo-Yeon observó el medallón.
—Si sabías quién era desde el principio… ¿por qué viniste diciendo que querías comprarme?
Tae-Jun guardó silencio.
Por primera vez, su expresión cambió.
—Porque necesitaba saber quiénes estaban intentando encontrarte.
Seo-Yeon frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Tae-Jun miró hacia el camino oscuro que salía del pueblo.
—La oferta de oro no vino de un noble cualquiera.
Los soldados detrás de él se tensaron.
—El hombre que ofreció los tres sacos de oro trabaja para quienes destruyeron a tu familia.
Seo-Yeon quedó paralizada.
De repente, el sonido de varios caballos se escuchó a lo lejos.
Tae-Jun desenvainó lentamente su espada.
—Ya saben que te encontramos.
Seo-Yeon miró hacia el camino.
Varias siluetas aparecieron entre la niebla.
Eran soldados.
Pero no llevaban el emblema del reino.
Tae-Jun se colocó delante de Seo-Yeon para protegerla.
—Quédate detrás de mí.
Seo-Yeon apretó el medallón entre sus dedos.
Por primera vez comprendió que aquellos tres sacos de oro no habían sido
simplemente el precio de una esposa.
Habían sido el precio de encontrar a la heredera perdida.
Y mientras los jinetes se acercaban, uno de ellos levantó una bandera
negra con el mismo símbolo que aparecía en el medallón.
Seo-Yeon acababa de descubrir quién era.
Pero todavía no sabía una cosa:
¿por qué sus enemigos querían encontrarla viva?
