💥 La mujer que todos echaron del palacio — Parte 3
Durante varios segundos, nadie se atrevió a moverse.
Frente a las enormes puertas del palacio, cientos de soldados permanecían formados detrás del comandante. Los caballos habían dejado de avanzar y ahora solo se escuchaba el sonido de sus respiraciones, el movimiento de las armaduras y el viento atravesando los estandartes.
La reina Hye-Rin seguía de pie en lo alto de las escaleras.
Su rostro había perdido completamente la arrogancia que mostraba unos minutos antes.
Miró al comandante.
Después miró a Seo-Rin.
Y finalmente volvió a mirar al ejército.
—¿Quién es ella? —preguntó la reina.
Nadie respondió inmediatamente.
El comandante se giró hacia Seo-Rin y volvió a inclinar la cabeza.
—Mi señora, hemos traído exactamente lo que ordenó.
Seo-Rin observó las tropas durante unos segundos.
—¿Todos llegaron?
—Todos.
La reina dio un paso hacia adelante.
—¡Yo soy la reina! ¡Exijo saber qué está ocurriendo!
Seo-Rin levantó lentamente la mirada hacia ella.
—Ahora sí quieres saber quién soy.
La reina quedó en silencio.
La verdad que ocultaron durante años
El capitán de la guardia, que anteriormente se había burlado de Seo-Rin, comenzó a retroceder lentamente.
Recordó las palabras que ella había pronunciado antes de marcharse.
“Cuando vuelva, ninguno de ustedes seguirá aquí.”
Ahora entendía que no había sido una amenaza vacía.
El guardia tragó saliva.
—Alteza… debemos cerrar las puertas.
La reina lo miró con desesperación.
—¡Cierren las puertas!
Los guardias corrieron hacia las enormes puertas de madera.
Pero antes de que pudieran cerrarlas, varios soldados del ejército avanzaron y bloquearon el paso.
El comandante levantó una mano.
Los soldados se detuvieron.
—Nadie entrará ni saldrá del palacio hasta que mi señora termine de hablar.
La reina miró a Seo-Rin.
—¿Qué quieres?
Seo-Rin comenzó a subir lentamente las escaleras.
Cada paso era tranquilo.
No tenía prisa.
Los nobles se apartaban para dejarla pasar.
La misma mujer que unos minutos antes había sido expulsada entre risas ahora caminaba hacia el interior del palacio mientras cientos de soldados protegían su camino.
La carta escondida
Cuando Seo-Rin llegó frente a la reina, sacó un pequeño sobre de tela de su manga.
La reina reconoció inmediatamente el sello.
Era el antiguo sello de la familia real.
Su expresión cambió.
—¿Dónde conseguiste eso?
Seo-Rin sostuvo el sobre frente a ella.
—Me lo entregó mi padre antes de morir.
La reina palideció.
—Tu padre…
Seo-Rin asintió.
—El hombre al que ustedes acusaron de traición.
Un murmullo recorrió las gradas.
Uno de los nobles dio un paso atrás.
La reina intentó mantener la compostura.
—Tu padre murió como un traidor.
Seo-Rin la miró fijamente.
—Eso fue lo que ustedes hicieron creer a todo el reino.
Abrió el sobre.
Dentro había una carta antigua.
Seo-Rin la desplegó lentamente.
—Pero mi padre dejó pruebas.
El verdadero motivo de su expulsión
La reina extendió la mano.
—Dame esa carta.
Seo-Rin no se la entregó.
—No.
La reina apretó los labios.
—¿Entonces para qué has venido?
Seo-Rin miró hacia los nobles que estaban reunidos en el patio.
—Porque durante años mi familia fue perseguida por descubrir quién estaba robando dinero del reino.
Los nobles comenzaron a mirarse entre ellos.
—Mi padre descubrió que los fondos destinados al ejército desaparecían cada año.
El comandante permaneció en silencio.
—También descubrió que las órdenes tenían sellos oficiales.
Seo-Rin levantó la carta.
—Y descubrió quién los autorizaba.
La reina observó el documento con creciente temor.
—Eso es imposible.
Seo-Rin negó lentamente con la cabeza.
—No. Lo imposible fue que ustedes pensaran que nunca volvería.
El nombre que nadie esperaba
Seo-Rin entregó la carta al comandante.
Él la leyó rápidamente.
Su expresión se volvió seria.
Después miró a la reina.
—Mi señora tiene razón.
La reina dio un paso atrás.
—¿Qué dice?
El comandante respondió:
—El dinero del ejército fue desviado durante siete años.
Un noble comenzó a protestar.
—¡Eso no demuestra nada!
El comandante levantó la carta.
—Aquí aparecen nombres, fechas y órdenes firmadas.
La reina miró a los nobles.
Uno de ellos evitó su mirada.
Seo-Rin lo señaló.
—Él.
Todos voltearon.
El noble quedó paralizado.
—¿Yo?
Seo-Rin asintió.
—Tú entregabas las órdenes.
El hombre comenzó a retroceder.
—¡Mientes!
El comandante hizo una señal.
Dos soldados avanzaron inmediatamente.
El noble intentó escapar, pero los soldados lo sujetaron antes de que pudiera llegar a las puertas.
La reina perdió el poder
La reina comprendió entonces que todo había terminado.
Había humillado a Seo-Rin porque creyó que era una mujer sin poder.
Había permitido que los guardias la expulsaran.
Había dejado que los nobles se rieran de ella.
Y ahora todo el ejército del reino estaba frente a su palacio.
Seo-Rin se acercó un último paso.
—Me echaste de este palacio porque pensaste que no tenía nada.
La reina bajó lentamente la mirada.
—Pero tú nunca entendiste algo —continuó Seo-Rin—.
La reina levantó los ojos.
—¿Qué cosa?
Seo-Rin respondió con absoluta calma:
—Yo no necesitaba este palacio para tener poder.
El comandante se arrodilló frente a ella.
Detrás de él, los soldados hicieron lo mismo de manera ordenada.
Los nobles quedaron completamente conmocionados.
La mujer que todos habían expulsado ahora tenía al ejército entero bajo sus órdenes.
Seo-Rin miró hacia las puertas del palacio.
Y pronunció las mismas palabras que había dicho al marcharse:
—Cuando vuelva, ninguno de ustedes seguirá aquí.
