💰 Le tiraron monedas a la cara — Parte 3
La moneda cayó sobre la mesa con un sonido seco.
Durante unos segundos, nadie se movió.
Lady Yoon Hye-Ra permanecía sentada frente a ella, completamente paralizada. Sus ojos estaban fijos en aquella pequeña pieza de metal que, unas horas antes, había lanzado al suelo como si no tuviera ningún valor.
Ahora aquella misma moneda estaba frente a ella.
Pero había algo diferente.
Ya no representaba una limosna.
Representaba una humillación que acababa de regresar a sus manos.
Han Seo-Rin permanecía de pie al otro lado de la mesa.
Su ropa seguía siendo elegante y sencilla. No llevaba una corona. No llevaba un vestido excesivamente lujoso. No necesitaba ninguna de esas cosas.
Su postura era suficiente.
El mensajero real permanecía detrás de ella, mientras varios soldados aguardaban junto a las puertas.
Kang Min-Jae no podía apartar los ojos de Seo-Rin.
Recordaba perfectamente la mañana.
Recordaba a su madre lanzándole las monedas.
Recordaba cómo él mismo se había burlado de aquella joven.
Recordaba incluso la expresión tranquila que ella había mantenido mientras recogía cada moneda.
En ese momento había pensado que era resignación.
Ahora comprendía que quizá había sido paciencia.
Kang Min-Jae: «¿Desde cuándo sabías que las tierras serían tuyas?»
Seo-Rin lo miró sin responder inmediatamente.
Lady Yoon golpeó la mesa con la mano.
Lady Yoon Hye-Ra: «¡Esto es un error! ¡Mi familia ha administrado estas tierras durante generaciones!»
El mensajero sacó otro documento de su túnica.
Royal Messenger: «No es un error.»
Desenrolló lentamente el documento.
Royal Messenger: «El decreto fue firmado y sellado por Su Majestad esta misma tarde.»
Lady Yoon se levantó de golpe.
Lady Yoon Hye-Ra: «¡Quiero ver el sello!»
El mensajero se lo mostró.
La mujer se quedó en silencio.
Era auténtico.
No había ninguna posibilidad de discutirlo.
Las tierras, las casas, los campos de cultivo, los almacenes y las propiedades que habían pertenecido a su familia durante décadas acababan de pasar legalmente a manos de Seo-Rin.
Min-Jae se acercó al documento.
Kang Min-Jae: «¿Por qué?»
El mensajero lo miró.
Royal Messenger: «Eso deberá preguntárselo a ella.»
Todos miraron a Seo-Rin.
Ella respiró profundamente.
Han Seo-Rin: «No vine aquí para quitarles nada.»
Lady Yoon soltó una risa amarga.
Lady Yoon Hye-Ra: «¿No? Acabas de convertirte en dueña de todo lo que tenemos.»
Han Seo-Rin: «No fui yo quien decidió hacerlo.»
Min-Jae frunció el ceño.
Kang Min-Jae: «Entonces alguien decidió esto por ti.»
Han Seo-Rin: «Sí.»
El silencio regresó.
La respuesta parecía sencilla, pero escondía algo mucho más grande.
Lady Yoon observó a Seo-Rin con desconfianza.
Lady Yoon Hye-Ra: «¿Quién?»
Seo-Rin bajó la mirada hacia la moneda sobre la mesa.
La tomó entre los dedos.
Han Seo-Rin: «Alguien que conocía mi verdadera identidad mucho antes de que ustedes la descubrieran.»
Min-Jae sintió un escalofrío.
Kang Min-Jae: «¿Tu verdadera identidad?»
Seo-Rin no respondió.
La expresión de Lady Yoon cambió.
Había escuchado esas palabras antes.
No exactamente de Seo-Rin.
Muchos años atrás, cuando Min-Jae todavía era un niño, su esposo había recibido una visita de un funcionario del palacio.
El funcionario había llevado una carta sellada.
Después de leerla, el padre de Min-Jae había ordenado que nadie hablara de aquella visita.
Lady Yoon nunca supo completamente qué decía la carta.
Pero recordaba una frase.
Una frase que su esposo había repetido aquella misma noche.
«Si algún día ella aparece, nuestra familia deberá obedecer.»
Lady Yoon había pensado que se refería a una vieja deuda.
Ahora empezaba a preguntarse si aquella mujer siempre había sido Seo-Rin.
Lady Yoon Hye-Ra: «¿Quiénes son tus padres?»
Seo-Rin levantó lentamente los ojos.
Han Seo-Rin: «Ahora esa pregunta sí importa.»
Lady Yoon tragó saliva.
Han Seo-Rin: «Pero no por la razón que usted cree.»
Seo-Rin caminó hasta una de las ventanas.
Desde allí podía verse parte de los extensos terrenos que rodeaban la residencia.
Campos de arroz.
Pequeñas casas de trabajadores.
Graneros.
Un camino que conducía hacia las montañas.
Todo aquello ahora estaba bajo su nombre.
Pero Seo-Rin no sonrió.
Al contrario.
Parecía preocupada.
Kang Min-Jae: «No pareces feliz.»
Han Seo-Rin: «Porque esto no es una recompensa.»
Min-Jae se acercó.
Kang Min-Jae: «Entonces, ¿qué es?»
Seo-Rin permaneció mirando hacia el exterior.
Han Seo-Rin: «Una advertencia.»
La palabra hizo que Min-Jae se detuviera.
El mensajero también levantó ligeramente la mirada.
Kang Min-Jae: «¿Una advertencia de quién?»
Seo-Rin cerró la mano alrededor de la moneda.
Han Seo-Rin: «Todavía no lo sé.»
Lady Yoon se dejó caer lentamente en su asiento.
Por primera vez desde que había conocido a Seo-Rin, no podía encontrar ninguna palabra cruel que decirle.
Pero la vergüenza no era lo único que sentía.
También tenía miedo.
Y ese miedo creció cuando un sirviente entró corriendo al salón.
Sirviente: «¡Mi señora!»
Todos se giraron.
Lady Yoon Hye-Ra: «¿Qué ocurre?»
Sirviente: «Acaban de llegar varios soldados del palacio.»
El mensajero frunció el ceño.
Royal Messenger: «¿Cuántos?»
Sirviente: «Más de veinte.»
Min-Jae miró hacia las puertas.
Kang Min-Jae: «¿Para qué?»
El sirviente tragó saliva.
Sirviente: «Dicen que vienen a tomar posesión de la residencia.»
Lady Yoon se puso de pie.
Lady Yoon Hye-Ra: «¡No permitiré que entren!»
Seo-Rin se giró lentamente.
Han Seo-Rin: «Déjalos entrar.»
Lady Yoon la miró con incredulidad.
Lady Yoon Hye-Ra: «¡Esta es mi casa!»
Seo-Rin caminó hacia ella.
Han Seo-Rin: «Ya no.»
La respuesta fue tranquila.
Pero esta vez nadie se atrevió a discutir.
Las puertas principales se abrieron.
Una fila de soldados reales entró en la residencia.
El comandante de la unidad avanzó hasta Seo-Rin y se arrodilló.
Comandante: «Mi señora.»
Seo-Rin hizo un pequeño gesto para que se levantara.
Han Seo-Rin: «No quiero que nadie sea expulsado esta noche.»
Lady Yoon la miró sorprendida.
Han Seo-Rin: «Los trabajadores pueden quedarse. Los sirvientes también.»
El comandante asintió.
Comandante: «Como ordene.»
Seo-Rin miró hacia los campos.
Han Seo-Rin: «Mañana revisaremos los contratos y las condiciones de todos los trabajadores.»
Min-Jae la observó.
Por primera vez comprendió que ella no había venido a vengarse.
Podía hacerlo.
Tenía poder suficiente para destruir a su familia.
Pero no parecía interesada en hacerlo.
Eso lo confundía aún más.
Kang Min-Jae: «¿Por qué eres así?»
Seo-Rin lo miró.
Han Seo-Rin: «¿Así cómo?»
Kang Min-Jae: «Después de todo lo que te hicimos… todavía estás intentando proteger a los trabajadores.»
Seo-Rin bajó la mirada.
Han Seo-Rin: «Porque ellos nunca me hicieron nada.»
Min-Jae quedó en silencio.
Seo-Rin pasó junto a él.
Pero antes de alejarse, se detuvo.
Han Seo-Rin: «Tú sí.»
Min-Jae cerró los ojos.
La frase le dolió más que cualquier insulto.
Porque era cierta.
Había sido él quien la había ignorado.
Había sido él quien había permitido que su madre la humillara.
Había sido él quien había pensado que una persona podía medirse por la ropa que llevaba.
Y ahora estaba frente a la mujer que controlaba todo aquello que él había considerado más importante que ella.
Pero la noche todavía tenía una sorpresa.
Cuando los soldados comenzaron a revisar la residencia, uno de ellos encontró algo detrás de una pared de madera.
Soldado: «¡Comandante! ¡Encontramos una caja escondida!»
Seo-Rin se giró.
El comandante llevó la pequeña caja hasta ella.
Era antigua.
Estaba cubierta de polvo.
En la tapa había un símbolo tallado.
Seo-Rin lo reconoció inmediatamente.
Su expresión cambió.
Han Seo-Rin: «¿Dónde la encontraron?»
Comandante: «Detrás de una pared falsa en la habitación privada del antiguo señor de esta casa.»
Lady Yoon palideció.
Lady Yoon Hye-Ra: «Esa habitación pertenecía a mi esposo.»
Seo-Rin sostuvo la caja sin abrirla.
Algo dentro de ella le decía que aquello podía explicar por qué las tierras habían terminado en sus manos.
También podía explicar por qué su matrimonio había ocurrido.
Y quizá incluso por qué su madre había pasado tantos años escondiendo su verdadera identidad.
Min-Jae se acercó lentamente.
Kang Min-Jae: «Ábrela.»
Seo-Rin lo miró.
Han Seo-Rin: «No.»
Kang Min-Jae: «¿Por qué?»
Han Seo-Rin: «Porque tengo miedo de lo que pueda haber dentro.»
La confesión sorprendió a todos.
La mujer que acababa de convertirse en propietaria de una enorme fortuna había admitido tener miedo.
El comandante observó la caja.
Comandante: «Entonces podemos llevarla al palacio.»
Seo-Rin negó con la cabeza.
Han Seo-Rin: «No.»
Miró nuevamente la caja.
Han Seo-Rin: «Quiero saber por qué estaba aquí.»
La abrió.
Dentro había documentos antiguos.
Una pequeña llave.
Y una carta sellada.
Seo-Rin tomó la carta.
Reconoció el sello inmediatamente.
Era el mismo símbolo que había visto en el sello de jade que su madre le había entregado cuando era niña.
Sus manos comenzaron a temblar.
Min-Jae lo notó.
Kang Min-Jae: «¿Qué significa ese símbolo?»
Seo-Rin rompió lentamente el sello de la carta.
Desdobló el papel.
Sus ojos recorrieron las primeras líneas.
Entonces dejó de respirar por un instante.
Kang Min-Jae: «¿Qué dice?»
Seo-Rin no respondió.
El comandante se acercó.
Comandante: «Mi señora…»
Seo-Rin levantó lentamente la cabeza.
Su rostro ya no mostraba serenidad.
Ahora había una mezcla de tristeza y miedo.
Han Seo-Rin: «Esta carta fue escrita por mi padre.»
Todos quedaron inmóviles.
Kang Min-Jae: «¿Tu padre?»
Seo-Rin asintió.
Han Seo-Rin: «Y dice que sabía que algún día estas tierras serían mías.»
Min-Jae miró la caja.
Kang Min-Jae: «Entonces todo esto estaba planeado.»
Seo-Rin continuó leyendo.
Una última línea estaba escrita al final de la carta.
Ella la leyó en silencio.
Después levantó la mirada hacia Min-Jae.
Han Seo-Rin: «Hay algo que nunca me contaron sobre nuestro matrimonio.»
Min-Jae sintió un escalofrío.
Kang Min-Jae: «¿Qué dice la carta?»
Seo-Rin apretó el papel entre sus dedos.
Han Seo-Rin: «Dice que mi padre fue quien eligió al hombre con el que debía casarme.»
Min-Jae quedó completamente inmóvil.
Seo-Rin bajó la mirada hacia la carta.
Han Seo-Rin: «Y ese hombre eras tú.»
Continuará…
