“🔥 EL GENERAL QUISO HUMILLAR A LA CAMPESINA… PERO TERMINÓ PIDIÉNDOLE AYUDA”,

“🔥 EL GENERAL QUISO HUMILLAR A LA CAMPESINA… PERO TERMINÓ PIDIÉNDOLE AYUDA”,

 

 

🔥 El general y la campesina — Parte 3

El caballo negro de Kang Tae-Hyun avanzaba a toda velocidad entre los puestos del mercado.

Varias personas tuvieron que apartarse rápidamente para evitar ser golpeadas por el animal. Un vendedor levantó sus cestas de frutas, una mujer tomó a su hijo de la mano y dos soldados corrieron desesperadamente detrás del caballo.

Mientras tanto, el general permanecía inmóvil.

Por primera vez desde que había llegado al pueblo, Kang Tae-Hyun no sabía qué orden dar.

Su caballo, el animal que había montado durante años en campañas militares, acababa de escaparse delante de todos.

Y todo había ocurrido justo después de que una campesina le dijera que debía aprender a respetar a los demás.

Han Soo-Rin lo observó en silencio.

Después cruzó los brazos.

—Parece que su caballo tampoco respeta mucho su autoridad.

Uno de los soldados que estaba cerca bajó inmediatamente la cabeza para esconder una sonrisa.

Tae-Hyun lo vio.

—No te rías.

—No me estoy riendo, mi general.

—Te estoy viendo.

—Entonces… quizá estoy respirando de una manera sospechosa.

Soo-Rin soltó una carcajada.

El general la miró molesto.

—¿También te parece divertido?

—Un poco.

—¿Por qué?

—Porque hace un momento estabas diciéndome que todo el mundo debía obedecerte.

Hizo una pausa.

—Y ahora eres tú quien está corriendo detrás de algo que no quiere obedecerte.

Los soldados tuvieron que hacer un esfuerzo enorme para no reír.

Tae-Hyun respiró profundamente.

—¿Sabes qué? Olvídalo.

Se giró y comenzó a caminar detrás de sus hombres.

Pero Soo-Rin lo detuvo.

—Espere.

El general se giró.

—¿Qué?

—No van a atraparlo así.

—¿Y cómo piensas atraparlo?

—Con calma.

—Es un caballo entrenado para la guerra.

—Precisamente por eso.

Tae-Hyun frunció el ceño.

—¿Qué sabes tú de caballos militares?

Soo-Rin señaló hacia el camino.

—Más que esos cuatro hombres corriendo detrás de él.

El general miró hacia sus soldados.

Los cuatro estaban intentando alcanzar al caballo, pero cada vez que se acercaban, el animal aceleraba.

Tae-Hyun cerró los ojos durante un instante.

Su orgullo le decía que debía ignorar a la campesina.

Su sentido común le decía que debía escucharla.

Finalmente habló.

—¿Qué harías?

Soo-Rin sonrió.

—Por fin una buena pregunta.

Una lección inesperada

Soo-Rin tomó una manzana de uno de los puestos del mercado y caminó tranquilamente hacia una calle lateral.

Tae-Hyun la siguió.

—¿Qué estás haciendo?

—Esperando.

—¿Esperando qué?

—Que su caballo deje de sentirse perseguido.

El general observó cómo Soo-Rin se alejaba de los soldados.

Ella se quedó junto a una pequeña cerca de madera.

Después colocó la manzana en su mano y esperó.

El caballo apareció unos segundos después.

Había disminuido la velocidad.

Soo-Rin no hizo ningún movimiento brusco.

Simplemente permaneció allí.

El animal la observó.

Ella extendió lentamente la mano.

El caballo se acercó.

Los soldados llegaron corriendo detrás.

—¡No se mueva! —gritó uno.

Soo-Rin levantó una mano.

—Quédense atrás.

Los soldados obedecieron.

Tae-Hyun se quedó sorprendido.

El caballo se acercó completamente a Soo-Rin.

Ella le ofreció la manzana.

El animal la tomó con calma.

Después Soo-Rin sujetó las riendas.

—Listo.

El general se acercó lentamente.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿Cómo lo hiciste?

—No lo perseguí.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Soo-Rin lo miró directamente.

—A veces, general, cuando alguien se siente acorralado, correr detrás de él no hace que obedezca. Solo hace que huya más rápido.

Tae-Hyun guardó silencio.

La frase parecía estar hablando del caballo.

Pero también parecía hablar de él.

Uno de los soldados sonrió discretamente.

—Mi general…

—Ni una palabra.

—Sí, mi general.

El orgullo herido

Tae-Hyun tomó las riendas.

—Gracias.

Soo-Rin lo miró sorprendida.

—¿Qué dijo?

—Dije gracias.

—Quería asegurarme de haber escuchado bien.

—No abuses.

—Solo estoy disfrutando el momento.

Tae-Hyun soltó una pequeña sonrisa a pesar suyo.

Pero inmediatamente recuperó su expresión seria.

—No creas que esto cambia nada.

—¿Qué cosa?

—Lo de ayer.

—No esperaba que cambiara nada.

—Sigo siendo tu superior.

—En el ejército, quizá.

—¿Y aquí?

—Aquí eres un hombre intentando recuperar un caballo.

El soldado que estaba detrás de él tosió para disimular la risa.

Tae-Hyun lo miró de reojo.

El hombre inmediatamente adoptó una expresión seria.

—Perdón, mi general.

Soo-Rin comenzó a caminar hacia el mercado.

—Ya hice mi parte.

—Espera.

Ella se detuvo.

—¿Ahora qué?

—Quiero preguntarte algo.

—Pregunte.

—¿Por qué no me tienes miedo?

Soo-Rin se quedó en silencio.

Después respondió:

—Porque el miedo no es respeto.

Tae-Hyun no dijo nada.

—Puedes hacer que alguien te obedezca porque tiene miedo de ti —continuó ella—, pero eso no significa que te respete.

El general bajó la mirada.

Era la segunda vez que aquella campesina decía algo que nadie se había atrevido a decirle.

El problema en la aldea

Antes de que pudiera responder, un anciano apareció corriendo desde el otro extremo de la calle.

—¡General!

Tae-Hyun se giró.

—¿Qué ocurre?

El anciano estaba agitado.

—Hay soldados en la entrada norte.

—¿Soldados?

—Sí. Dicen que vienen enviados por el gobernador.

Tae-Hyun frunció el ceño.

—¿Cuántos?

—Demasiados.

El general cambió inmediatamente de actitud.

Su expresión se volvió seria.

—Lleven a los habitantes hacia la plaza.

Los soldados comenzaron a moverse.

Soo-Rin observó al general.

En ese instante pudo ver otra versión de él.

Ya no era el hombre arrogante que había llegado al mercado.

Era un militar acostumbrado a proteger a los demás.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

Tae-Hyun respondió sin apartar la mirada del camino.

—Todavía no lo sé.

—¿Son enemigos?

—No necesariamente.

—Pero estás preocupado.

—Porque nadie envía tantos soldados a una aldea sin una razón.

Soo-Rin observó el camino.

A lo lejos comenzaron a aparecer hombres armados.

Sus uniformes pertenecían al ejército del gobernador.

Pero había algo extraño.

No llevaban las banderas oficiales.

Soo-Rin lo notó inmediatamente.

—General.

—¿Qué?

—Mire sus estandartes.

Tae-Hyun observó con atención.

Su expresión cambió.

—Eso no es posible.

—¿Qué ocurre?

—Esas no son las insignias del gobernador.

—Entonces, ¿quiénes son?

Tae-Hyun llevó la mano hacia su espada.

—No lo sé.

La campesina vuelve a sorprenderlo

Los soldados comenzaron a entrar en la aldea.

Uno de ellos gritó:

—¡Por orden del gobernador, nadie puede abandonar este lugar!

Los habitantes comenzaron a murmurar.

Tae-Hyun dio un paso al frente.

—Soy el general Kang Tae-Hyun. Quiero ver la orden oficial.

El hombre que parecía estar al mando bajó de su caballo.

—No necesitamos mostrarte nada.

El general entrecerró los ojos.

—Entonces ustedes no vienen enviados por el gobernador.

El soldado levantó la mano.

Varios hombres comenzaron a rodear la plaza.

Los soldados de Tae-Hyun desenvainaron sus espadas.

Soo-Rin retrocedió unos pasos.

Pero entonces observó algo.

Uno de los hombres tenía una pequeña marca negra en el cuello de su uniforme.

Era un símbolo que había visto antes.

—General.

Tae-Hyun la miró.

—¿Qué?

—Ese símbolo.

—¿Qué símbolo?

—El que lleva ese hombre.

Tae-Hyun observó.