“🔥 LA CAMPESINA QUE DESCUBRIÓ QUE SU AMADO LA USÓ — PARTE 2”,

“🔥 LA CAMPESINA QUE DESCUBRIÓ QUE SU AMADO LA USÓ — PARTE 2”,

 

 

 

 

🔥 LA CAMPESINA QUE DESCUBRIÓ QUE SU AMADO LA USÓ — PARTE 3

Soo-Rin había pasado semanas creyendo que finalmente había encontrado a un hombre que la miraba por quien era. Ji-Hoon había aparecido cuando más necesitaba ayuda, la había protegido, la había hecho sonreír y poco a poco había conseguido entrar en su corazón. Pero todo cambió cuando ella encontró el pergamino escondido entre sus pertenencias. Ji-Hoon no había llegado al pueblo por casualidad. Había recibido una misión: acercarse a ella, ganarse su confianza y descubrir dónde estaba escondido su padre.

Lo que Soo-Rin todavía no sabía era que la misión había comenzado como una mentira… pero los sentimientos de Ji-Hoon habían dejado de serlo hacía mucho tiempo.

La pregunta que lo cambió todo

Soo-Rin permaneció inmóvil frente a Ji-Hoon.

El mercado seguía lleno de personas, pero para ella parecía que todo el ruido había desaparecido.

Solo podía mirar el pergamino que él todavía sostenía entre sus manos.

El mismo pergamino que había visto durante un instante.

El mismo que contenía información sobre su padre.

El mismo que demostraba que Ji-Hoon había estado investigándola.

—¿Qué es eso?

Ji-Hoon abrió la boca.

Pero no salió ninguna palabra.

Soo-Rin lo miró nuevamente.

—Te hice una pregunta.

Ji-Hoon dobló lentamente el pergamino.

—No es lo que parece.

Soo-Rin soltó una pequeña risa.

Pero no era una risa de felicidad.

Era una risa de decepción.

—Esa frase siempre significa que sí es exactamente lo que parece.

Ji-Hoon dio un paso hacia ella.

—Déjame explicarte.

Soo-Rin retrocedió.

—No.

—Soo-Rin…

—No me llames así.

Ji-Hoon se quedó quieto.

Ella miró el pergamino.

—¿Cuánto tiempo?

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo llevabas investigando a mi padre?

Ji-Hoon bajó la mirada.

Ese silencio fue suficiente.

Los ojos de Soo-Rin comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Desde antes de conocerme.

Ji-Hoon finalmente respondió:

—Sí.

Ella cerró los ojos.

Por unos segundos intentó contener el dolor.

—Entonces todo fue mentira.

—No.

—¡No me digas que no!

Varias personas del mercado comenzaron a mirar hacia ellos.

Soo-Rin bajó la voz.

—Me encontraste porque te enviaron.

Ji-Hoon no respondió.

—Te acercaste porque necesitabas información.

Silencio.

—Me hiciste confiar en ti porque querías encontrar a mi padre.

Ji-Hoon apretó los puños.

—Al principio sí.

Soo-Rin sintió como si esas palabras le atravesaran el pecho.

La verdad que nunca quiso escuchar

Soo-Rin lo miró fijamente.

—¿Al principio?

Ji-Hoon respiró profundamente.

—Sí.

—Entonces dime la verdad completa.

Ji-Hoon guardó silencio.

—¡Dímela!

El guerrero finalmente levantó la mirada.

—Recibí una orden del palacio.

Soo-Rin escuchó sin decir nada.

—Me dijeron que tu padre escondía información importante sobre una conspiración militar. Me ordenaron acercarme a ti. Tenía que descubrir si sabías dónde estaba.

—¿Y fingiste quererme?

Ji-Hoon negó rápidamente.

—No.

—¿Entonces qué hiciste?

—Al principio fingí interés.

Soo-Rin apartó la mirada.

—Es exactamente lo mismo.

Ji-Hoon no pudo discutirlo.

Ella se quitó lentamente el colgante que llevaba al cuello.

Lo sostuvo entre sus dedos.

—¿También esto querías conseguir?

Ji-Hoon miró el colgante.

—Sí.

Soo-Rin cerró la mano alrededor de él.

—Qué conveniente.

—Soo-Rin, escúchame.

—Ya escuché suficiente.

Ella dio media vuelta.

Ji-Hoon la siguió.

—No puedes irte así.

Soo-Rin se detuvo.

Sin girarse, respondió:

—Tú fuiste quien me enseñó que no debía confiar en nadie.

El hombre que llegó demasiado tarde

Soo-Rin comenzó a caminar.

Ji-Hoon la siguió.

—Déjame explicarte qué ocurrió después.

—No quiero escucharlo.

—Tienes que hacerlo.

Ella se detuvo nuevamente.

—¿Por qué?

—Porque después de conocerte, la misión dejó de importarme.

Soo-Rin se giró lentamente.

—¿Y esperas que crea eso?

—Sí.

—¿Por qué?

Ji-Hoon se acercó.

—Porque es la verdad.

Soo-Rin negó con la cabeza.

—La verdad habría sido decírmelo desde el principio.

Ji-Hoon bajó la mirada.

—Tienes razón.

Aquella respuesta la sorprendió.

Ella esperaba que se defendiera.

Que intentara justificar sus acciones.

Pero él no lo hizo.

—No tengo ninguna excusa —continuó Ji-Hoon—. Te mentí. Te utilicé. Y sabía que si descubrías la verdad, me odiarías.

Soo-Rin tragó saliva.

—Entonces déjame ir.

Ji-Hoon levantó la mirada.

—No puedo.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque ahora hay algo que no puedo ignorar.

—¿Qué?

—Te están buscando para matarte.

Soo-Rin quedó en silencio.

—¿Quién?

Ji-Hoon miró alrededor.

—Los mismos hombres que quieren encontrar a tu padre.

—¿Y tú eres diferente?

—Sí.

—¿Cómo puedo saberlo?

Ji-Hoon respondió:

—No puedes.

Aquella honestidad dolió más que cualquier mentira.

La decisión de Soo-Rin

Soo-Rin respiró profundamente.

Había querido confiar en él.

Había imaginado una vida a su lado.

Había pensado que quizás algún día podrían abandonar el pueblo y construir una pequeña casa lejos de las intrigas del reino.

Pero ahora todo parecía una ilusión.

—Yo te amaba —dijo ella.

Ji-Hoon levantó lentamente la cabeza.

—Lo sé.

—No.

Soo-Rin negó con la cabeza.

—No sabes lo que significa decir eso.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo te esperaba todos los días.

Ji-Hoon cerró los ojos.

—Lo sé.

—Cuando llegabas al pueblo, yo buscaba cualquier excusa para hablar contigo.

Él no respondió.

—Y tú estabas pensando en mi padre.

—Al principio.

—¡Otra vez esa palabra!

Ji-Hoon dio un paso atrás.

Soo-Rin se secó una lágrima.

—No quiero escucharla nunca más.

—Entonces no la diré.

Ella respiró profundamente.

—Se terminó.

Ji-Hoon quedó inmóvil.

—Soo-Rin…

—Se terminó lo que sea que creíamos tener.

—No.

—Sí.

—No puedes decidirlo por los dos.

Ella lo miró directamente.

—Tú decidiste por los dos el día que convertiste mis sentimientos en parte de una misión.

Ji-Hoon no pudo responder.

Una despedida bajo el árbol

Soo-Rin se alejó del mercado.

Caminó hasta un gran árbol que estaba a las afueras del pueblo.

Era el mismo lugar donde Ji-Hoon solía esperarla.

Allí habían hablado durante horas.

Allí él le había contado historias de sus viajes.

Allí ella había comenzado a enamorarse.

Ahora el lugar parecía diferente.

Ji-Hoon apareció detrás de ella.

—No quería que terminara así.

Soo-Rin permaneció de espaldas.

—Pero terminó así.

—Puedo demostrarte que mis sentimientos son reales.

—¿Cómo?

Ji-Hoon se quedó en silencio.

Soo-Rin se giró.

—¿Cómo puedes demostrar algo que comenzó con una mentira?

Él sacó lentamente el pergamino.

Lo rompió en varios pedazos.

Soo-Rin lo observó sorprendida.

—¿Qué haces?

—Terminando la misión.

—¿Y eso qué cambia?

—Que ya no trabajo para ellos.

Soo-Rin no sabía qué responder.

Ji-Hoon dejó caer los pedazos del pergamino al suelo.

—Desde hoy, no voy a buscar a tu padre para el palacio.

—Entonces, ¿para quién?

—Para ti.

Soo-Rin lo miró con incredulidad.

—No necesito que busques a mi padre.

—Yo sí.

—¿Por qué?

Ji-Hoon respiró profundamente.

—Porque quiero descubrir quién está detrás de todo esto antes de que llegue hasta ti.

El ataque inesperado

Antes de que Soo-Rin pudiera responder, una flecha atravesó el aire.

Ji-Hoon la vio primero.

Empujó a Soo-Rin contra el suelo.

La flecha pasó sobre ellos.

—¡Agáchate!

Varios hombres aparecieron entre los árboles.

Soo-Rin reconoció inmediatamente sus ropas.

—Son los hombres del palacio.

Ji-Hoon desenfundó su espada.

—No.

Miró cuidadosamente sus uniformes.

—No llevan el emblema real.

—Entonces, ¿quiénes son?

Ji-Hoon respondió:

—Asesinos.

Los hombres comenzaron a rodearlos.

Soo-Rin tomó una rama del suelo.

—¿Cuántos?

—Ocho.

—¿Puedes con ellos?

Ji-Hoon sonrió ligeramente.

—Antes me ayudabas.

—Ya no estoy segura de querer hacerlo.

—Entonces hazlo solo porque no quieres morir.

Soo-Rin casi sonrió.

—Eso sí puedo hacerlo.

El primer atacante corrió hacia ellos.

Ji-Hoon bloqueó su espada.

Soo-Rin atacó al segundo.

Ambos comenzaron a luchar espalda contra espalda.

Durante unos segundos, parecía que volvían a ser la pareja que habían sido.

Pero ahora no había romance.

Solo supervivencia.

Ji-Hoon derribó a uno de los atacantes.

Soo-Rin hizo caer a otro.

Un tercer hombre apareció detrás de ella.

Ji-Hoon lo detuvo.

—¡Soo-Rin!

Ella giró.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme.

—No lo estoy haciendo por ti.

—Lo sé.

Los dos continuaron luchando.

La confesión que llegó demasiado tarde

Finalmente, los atacantes huyeron.

El bosque quedó nuevamente en silencio.

Soo-Rin respiraba con dificultad.

Ji-Hoon tenía una pequeña herida en el brazo.

Ella la vio.

—Estás herido.

—No es nada.

Soo-Rin sacó una pequeña tela.

Comenzó a vendarle el brazo.

Ji-Hoon la observó en silencio.

—¿Por qué haces esto?

Soo-Rin respondió sin mirarlo.

—Porque no quiero que mueras.

—Aunque estés enojada conmigo.

—Estoy furiosa contigo.

—Lo sé.

Ella terminó el vendaje.

—Ahora vete.

Ji-Hoon la miró.

—No puedo.

—¿Por qué?

Esta vez, él no dudó.

Se acercó.

—Porque tengo que decirte algo antes de irme.

Soo-Rin levantó la mirada.

—¿Otra misión?

Ji-Hoon negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces qué?

Él respiró profundamente.

—Cuando llegué al pueblo, solo quería encontrar a tu padre.

Soo-Rin permaneció en silencio.

—Cada conversación contigo era parte de mi misión.

Ella bajó la mirada.

—Pero luego ocurrió algo que no estaba preparado para enfrentar.

Soo-Rin lo miró.

—¿Qué?

Ji-Hoon respondió con la voz quebrada:

—Me enamoré de ti.

Soo-Rin quedó completamente inmóvil.

Ji-Hoon continuó:

—Intenté convencerme de que era parte de la misión. Intenté mantener distancia. Intenté recordar por qué estaba allí.

Una lágrima cayó de su rostro.

—Pero cada día que pasaba, me importabas más.

Soo-Rin no sabía qué decir.

—Cuando sonreías, olvidaba lo que estaba buscando.

Ji-Hoon dio un paso hacia ella.

—Cuando te veía esperándome, quería quedarme.

Soo-Rin empezó a llorar.

—Y cuando descubrí que te estaban buscando para matarte, la misión dejó de importarme por completo.

Ella negó con la cabeza.

—No puedes decirme eso ahora.

—Lo sé.

—No puedes esperar que después de todo simplemente vuelva a confiar en ti.

—No espero que lo hagas.

—Entonces, ¿qué quieres?

Ji-Hoon respondió:

—Solo quería que supieras que lo único falso entre nosotros fue la razón por la que te conocí.

El corazón dividido

Soo-Rin cerró los ojos.

Una parte de ella quería creerle.

La otra recordaba cada mentira.

Recordaba cada conversación.

Cada mirada.

Cada vez que él había preguntado por su padre.

Ahora todas esas memorias tenían un significado diferente.

—Necesito tiempo.

Ji-Hoon asintió.

—Te lo daré.

—Y no me sigas.

—Está bien.

Soo-Rin comenzó a caminar.

Después de varios pasos se detuvo.

No se giró.

—Ji-Hoon.

—Sí.

—Si realmente me amabas…

Él esperó.

—Demuéstralo sin pedirme que vuelva contigo.

Ji-Hoon bajó la cabeza.

—Lo haré.

Soo-Rin continuó caminando.

Pero esta vez no lloraba solamente por haber sido engañada.

También lloraba porque una pequeña parte de su corazón todavía quería creerle.

La carta que cambió la historia

Esa misma noche, Soo-Rin regresó a su pequeña casa.

Encendió una lámpara.

Se sentó junto a la mesa.

Sacó nuevamente el colgante.

Lo observó durante largo tiempo.

Entonces recordó algo que su padre le había dicho cuando era niña.

Una frase que había olvidado durante años.

«Si algún día un guerrero pregunta por mí, no le digas dónde estoy».

Soo-Rin abrió los ojos.

—Un guerrero…

Entonces recordó el día en que conoció a Ji-Hoon.

La forma en que había aparecido.

La manera en que sabía demasiado sobre su vida.

Y comprendió algo todavía más inquietante.

Su padre no había desaparecido simplemente.

Había estado esperando que algún día alguien intentara encontrarlo a través de ella.

Soo-Rin abrió un viejo baúl.

Dentro encontró ropa antigua de su padre.

Debajo había una pequeña caja.

La abrió.

Dentro encontró una carta.

La letra era inconfundible.

Era de su padre.

La carta decía que si alguien llegaba hasta ella preguntando por él, debía buscar una vieja casa abandonada en las montañas.

Soo-Rin sintió un escalofrío.

—Papá…

Pero había algo más.

En la parte inferior de la carta aparecía un nombre.

Un nombre que ella jamás había escuchado.

El nombre del hombre que, según su padre, podía revelar toda la verdad.

Mientras tanto, Ji-Hoon toma una decisión

Al otro lado del pueblo, Ji-Hoon estaba sentado solo junto a una fogata.

Uno de sus compañeros se acercó.

—¿La dejaste ir?

Ji-Hoon asintió.

—Sí.

—¿Y la misión?

Ji-Hoon miró las llamas.

—Terminó.

—Si abandonas la misión, el palacio te considerará un traidor.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

Ji-Hoon miró hacia la casa de Soo-Rin.

—Porque ahora sé que la misión nunca fue descubrir dónde estaba su padre.

Su compañero frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Ji-Hoon sacó un documento oculto.

—La misión real era encontrar algo que Han Do-Yun escondió.

—¿Qué?

Ji-Hoon negó con la cabeza.

—Todavía no lo sé.

Su compañero miró hacia el bosque.

—¿Y si el palacio descubre que ya no estás obedeciendo?

Ji-Hoon se levantó.

Tomó su espada.

—Entonces que vengan por mí.

—¿Qué vas a hacer?

Ji-Hoon miró hacia las montañas.

—Voy a encontrar al padre de Soo-Rin antes que ellos.

El encuentro que nadie esperaba

Al amanecer, Soo-Rin salió de su casa.

Llevaba una pequeña bolsa sobre el hombro.

Había tomado una decisión.

Iba a buscar la casa de las montañas.

No para salvar a Ji-Hoon.

No para volver con él.

Sino para descubrir quién había convertido la vida de su familia en una mentira.

Caminó por el sendero.

Pero antes de llegar al bosque, encontró algo sobre el suelo.

Era una espada.

La reconoció inmediatamente.

Era la espada de Ji-Hoon.

Soo-Rin la levantó.

Había una pequeña marca de sangre en el mango.

Su expresión cambió.

—Ji-Hoon…

Miró alrededor.

No había nadie.

Entonces escuchó una voz detrás de ella.

—Si quieres encontrarlo, tendrás que venir conmigo.

Soo-Rin se giró rápidamente.

Frente a ella había un hombre mayor vestido con ropas antiguas.

Su rostro era parcialmente cubierto por una capucha.

Soo-Rin retrocedió.

—¿Quién eres?

El hombre bajó lentamente la capucha.

Soo-Rin quedó completamente paralizada.

Conocía ese rostro.

Lo había visto cientos de veces en una vieja pintura que su madre guardaba.

El hombre la miró con lágrimas en los ojos.

—Soo-Rin… has crecido mucho.

Ella dejó caer la espada.

—No…

El hombre dio un paso hacia ella.

—Soy tu padre.

Soo-Rin no podía respirar.

Pero antes de que pudiera acercarse, se escuchó el sonido de varios caballos detrás de los árboles.

El hombre miró hacia el bosque.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Nos encontraron.

Soo-Rin miró hacia atrás.

Decenas de soldados aparecieron entre los árboles.

Y al frente de ellos había un hombre que ella reconoció perfectamente.

Era Ji-Hoon.

Pero esta vez no llevaba el uniforme del ejército real.

Llevaba ropa completamente negra.

Su espada estaba desenvainada.

Y detrás de él marchaban hombres que no pertenecían al ejército del reino.

Soo-Rin lo miró confundida.

—¿Qué estás haciendo?

Ji-Hoon no respondió inmediatamente.

Miró al hombre que estaba junto a ella.

Luego miró a Soo-Rin.

Y finalmente dijo:

—Estoy cumpliendo la única promesa que todavía puedo hacerte.

Soo-Rin frunció el ceño.

—¿Cuál?

Ji-Hoon levantó la espada.

—Que nadie volverá a utilizarte para llegar hasta tu padre.

Los soldados detrás de él comenzaron a avanzar.

El padre de Soo-Rin tomó una espada.

Soo-Rin comprendió que la batalla que llevaba años esperando finalmente había comenzado.

Pero había una pregunta que todavía no podía responder.

Si Ji-Hoon había abandonado al ejército para protegerla…

¿cuánto estaba dispuesto a sacrificar por ella?

Y esta vez, Soo-Rin sabía que no podía simplemente huir.

Porque detrás de aquella batalla estaba el secreto de la desaparición de su padre.

La verdad sobre la misión de Ji-Hoon.

Y el nombre del hombre que había manipulado a ambos desde el principio.

Mientras el viento atravesaba los árboles, Soo-Rin tomó la espada que había caído a sus pies.

Miró a Ji-Hoon.

Él la miró de vuelta.

Ya no había una misión entre ellos.

Ya no había una orden.

Solo quedaba una decisión.

Y ambos sabían que después de ese día, nada volvería a ser igual.