🔥 LA CAMPESINA QUE DESPERTÓ LOS CELOS DE LA PRINCESA… Y TERMINÓ CAMBIANDO EL DESTINO DEL GENERAL”,

🔥 LA CAMPESINA QUE DESPERTÓ LOS CELOS DE LA PRINCESA… Y TERMINÓ CAMBIANDO EL DESTINO DEL GENERAL”,

La campesina que despertó los celos de la princesa — Parte 2

La mañana siguiente comenzó de una manera muy distinta para Han Mi-Rae. Mientras caminaba por el pequeño mercado de la aldea con una cesta entre los brazos, todavía podía recordar perfectamente el encuentro del día anterior.

El general Seo-Jin.

Aquel hombre arrogante que había aparecido rodeado de soldados y que, contra todo pronóstico, había terminado ayudándola a recoger las verduras que habían caído de su cesta.

Mi-Rae intentaba convencerse de que aquel momento no significaba nada. Para ella, seguía siendo un hombre demasiado orgulloso, acostumbrado a que todos bajaran la cabeza cuando él aparecía.

Sin embargo, había algo que no podía negar.

Cuando él le había dicho que quería volver a hablar con ella, su corazón había dado un pequeño salto.

—Qué tontería —murmuró mientras acomodaba unas verduras sobre la mesa de su puesto—. Es un general. Yo soy una campesina. No tenemos absolutamente nada que ver.

Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, una voz conocida apareció detrás de ella.

—Parece que estás hablando sola otra vez.

Mi-Rae se giró y vio a su amiga Ji-Sun, que la observaba con una sonrisa maliciosa.

—No estaba hablando sola.

—Claro que sí. Y también estabas sonriendo.

Mi-Rae dejó la cesta sobre la mesa.

—No estaba sonriendo.

—Entonces seguramente estabas pensando en el general.

Mi-Rae abrió los ojos.

—¡Baja la voz!

Ji-Sun soltó una pequeña carcajada.

—Así que sí estabas pensando en él.

—No estoy pensando en nadie.

—Mi-Rae, ayer todo el mercado vio cómo el general te miraba.

Mi-Rae guardó silencio.

Y ese silencio fue suficiente para que su amiga entendiera la respuesta.

Mientras tanto, en el palacio, la situación era mucho más peligrosa.

La princesa Yeon-Hwa llevaba toda la mañana caminando de un lado a otro de sus aposentos. Frente a ella estaba su sirvienta de mayor confianza, quien había pasado las primeras horas del día investigando a Mi-Rae.

—Habla —ordenó la princesa.

—La joven se llama Han Mi-Rae. Tiene veinticuatro años. Vive con su madre en una pequeña casa al sur de la aldea.

Yeon-Hwa permaneció en silencio.

—¿Tiene alguna relación con el general?

—No, alteza.

La princesa frunció el ceño.

—¿Entonces por qué él se interesó en ella?

La sirvienta dudó antes de responder.

—Tal vez porque ella no le tiene miedo.

La expresión de Yeon-Hwa cambió.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

La princesa conocía a Seo-Jin desde hacía años. Habían crecido dentro del mismo círculo de la nobleza. Sus familias habían hablado de un matrimonio desde que ambos eran jóvenes.

Para ella, aquel matrimonio no era solamente una cuestión política. Yeon-Hwa realmente creía que Seo-Jin terminaría amándola.

Pero últimamente había comenzado a notar algo diferente.

El general estaba cansado de las personas que siempre estaban de acuerdo con él.

Y aquella campesina había sido la primera en enfrentarlo sin miedo.

Eso era justamente lo que parecía atraerlo.

—Quiero que averigües todo sobre ella —dijo Yeon-Hwa.

—¿Todo?

—Su familia, sus amistades, sus deudas, sus problemas. Lo que sea.

—¿Y qué piensa hacer con esa información?

La princesa se acercó lentamente a la ventana.

—Todavía no lo sé.

Hizo una pausa.

—Pero cuando encuentre una debilidad, sabré exactamente dónde golpear.

Ese mismo día, Seo-Jin regresó a la aldea.

Los habitantes comenzaron a apartarse al verlo llegar. Algunos bajaron la cabeza. Otros se hicieron a un lado para dejarle paso.

Pero el general no buscaba al alcalde ni a los soldados.

Buscaba a una sola persona.

Mi-Rae.

La encontró junto al río, lavando algunas telas.

Cuando ella levantó la mirada y lo vio, se quedó completamente quieta.

—¿Otra vez usted?

Seo-Jin sonrió.

—Parece que te decepciona verme.

—No. Me sorprende que un general tenga tiempo para caminar por aldeas.

—Quizá encontré una buena razón para hacerlo.

Mi-Rae bajó la mirada.

—No debería hablar así conmigo.

—¿Por qué?

—Porque usted es un general.

—Y tú sigues siendo la única persona que me habla como si no lo fuera.

Mi-Rae intentó esconder una sonrisa.

—Tal vez porque cuando habla conmigo no parece un general.

Seo-Jin la miró fijamente.

—¿Y qué parezco?

Ella levantó una ceja.

—Un hombre bastante arrogante.

El general soltó una carcajada.

—Pensé que al menos ibas a decir algo amable.

—No acostumbro mentir.

Por primera vez, Seo-Jin sintió que podía respirar con tranquilidad cerca de ella.

Pero ninguno de los dos sabía que no estaban solos.

Desde una pequeña colina, un hombre enviado por la princesa observaba la escena.

Y no tardó en regresar al palacio.

—Alteza —dijo el hombre al entrar—. El general volvió a verla.

Yeon-Hwa cerró lentamente el abanico que tenía entre las manos.

—¿Estaban solos?

—Sí.

—¿Y qué hacían?

—Hablaban. Él parecía… feliz.

La princesa apretó los dedos alrededor del abanico.

—Entonces ya no hay dudas.

—¿Alteza?

—Esa mujer está intentando ocupar mi lugar.

Pero la realidad era muy diferente.

Mi-Rae no había intentado conquistar al general.

De hecho, era precisamente ella quien intentaba mantener distancia.

Sin embargo, Yeon-Hwa no estaba interesada en la verdad.

Quería una explicación que justificara su enojo.

Y pronto la encontraría.

Esa noche, mientras Mi-Rae regresaba a casa, encontró a tres mujeres nobles esperándola frente a la entrada.

—¿Han Mi-Rae?

—Sí.

—La princesa Yeon-Hwa solicita que te presentes mañana en el palacio.

Mi-Rae sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

La mujer sonrió de una manera extraña.

—Eso lo descubrirás cuando llegues.

Las mujeres se marcharon.

Mi-Rae permaneció inmóvil frente a su casa.

Su madre salió al escuchar el ruido.

—¿Qué ocurre?

Mi-Rae miró hacia el camino vacío.

—La princesa quiere verme.

Su madre palideció.

—No vayas.

Mi-Rae la miró sorprendida.

—¿Por qué dices eso?

Su madre tardó varios segundos en responder.

—Porque cuando una princesa llama a una campesina al palacio, rara vez es para hacerle un favor.

Al día siguiente, Mi-Rae entró al palacio con el corazón acelerado.

El lugar era completamente diferente a todo lo que había conocido. Grandes columnas de madera, jardines perfectamente cuidados y guardias vestidos con armaduras ceremoniales rodeaban los corredores.

Finalmente llegó ante la princesa.

Yeon-Hwa la observó durante varios segundos sin decir una palabra.

—Así que tú eres Han Mi-Rae.

—Sí, alteza.

—Dicen que tienes una personalidad bastante… peculiar.

Mi-Rae mantuvo la cabeza inclinada.

—Solo digo lo que pienso.

—Eso puede ser peligroso cuando se habla con personas de mayor rango.

Mi-Rae levantó lentamente la mirada.

—Lo tendré en cuenta.

Yeon-Hwa sonrió.

—Especialmente cuando se habla con mi futuro esposo.

Mi-Rae comprendió inmediatamente.

—No tengo ninguna intención de faltarle el respeto al general.

—No estoy hablando de respeto.

La princesa se levantó.

—Estoy hablando de límites.

Mi-Rae respiró profundamente.

—Con todo respeto, alteza, nunca he cruzado ningún límite.

Yeon-Hwa se acercó.

—Eso lo decidiré yo.

En ese momento, las puertas del salón se abrieron.

Seo-Jin entró.

Su expresión cambió inmediatamente al ver a Mi-Rae allí.

—¿Qué hace ella aquí?

Yeon-Hwa respondió con tranquilidad.

—La invité.

Seo-Jin miró a Mi-Rae y después a la princesa.

—¿Para qué?

Yeon-Hwa sonrió.

—Para advertirle que deje de buscarte.

Seo-Jin quedó serio.

—Ella no me está buscando.

La princesa lo miró sorprendida.

—¿La estás defendiendo?

Seo-Jin dio un paso hacia adelante.

—Estoy diciendo la verdad.

Mi-Rae observó al general con preocupación.

—General, no es necesario.

—Sí lo es.

Yeon-Hwa sintió que la situación se le escapaba de las manos.

—Entonces dime, Seo-Jin. ¿Qué es ella para ti?

El salón quedó completamente en silencio.

Seo-Jin miró a Mi-Rae.

Ella bajó la mirada, nerviosa.

El general tardó unos segundos en responder.

—Todavía no lo sé.

Yeon-Hwa sonrió con frialdad.

—Entonces yo te ayudaré a descubrirlo.

La princesa giró hacia Mi-Rae.

—Puedes marcharte.

Mi-Rae hizo una reverencia y salió del salón.

Pero cuando cruzó las puertas del palacio, no sabía que la princesa ya había comenzado su verdadero plan.

Un plan que no consistía simplemente en alejarla del general.

Yeon-Hwa quería destruir su reputación.

Y para hacerlo, estaba dispuesta a fabricar una acusación que nadie en la corte pudiera ignorar.

Esa misma noche, un sirviente recibió una orden secreta.

—Mañana quiero que encuentren una carta en la habitación de Mi-Rae.

—¿Qué debe decir?

La princesa lo miró directamente.

—Que ella le pidió al general que se encontraran a escondidas.

El sirviente comprendió.

—Y cuando todos lean la carta, creerán que ella intentó seducirlo.

Yeon-Hwa sonrió.

—Exactamente.

Mientras tanto, completamente ajena a la conspiración, Mi-Rae dormía tranquilamente en su pequeña casa.

Y Seo-Jin, desde el palacio, observaba una vieja pulsera que ella había olvidado accidentalmente cuando estuvo junto al río.

Por primera vez en muchos años, el general estaba empezando a comprender que aquella campesina había conseguido entrar en un lugar de su corazón donde nadie había logrado llegar.

Pero al amanecer, una acusación cambiaría completamente sus vidas.

Y Mi-Rae descubriría que la princesa no quería simplemente separarla del general… quería convertirla en enemiga de todo el reino.