🔥 TODOS PENSARON QUE ERA UNA CHICA INDEFENSA… HASTA QUE COMETIERON EL ERROR DE TOCARLA”,

🔥 TODOS PENSARON QUE ERA UNA CHICA INDEFENSA… HASTA QUE COMETIERON EL ERROR DE TOCARLA”,

Todos pensaron que era una chica indefensa… hasta que cometieron el error de tocarla — Parte 2

La calle volvió a quedarse en silencio.

Solo unos segundos antes, aquel estrecho callejón de Seúl había estado lleno de tensión. Cuatro hombres habían rodeado a una joven estudiante que regresaba sola de la universidad, convencidos de que sería una víctima fácil.

Ahora los cuatro estaban en el suelo.

Han Seo-Yeon permanecía de pie en medio del callejón, con su mochila sobre un hombro y algunos mechones de cabello cayendo sobre su rostro. Su respiración era tranquila.

Demasiado tranquila para alguien que acababa de enfrentarse a cuatro personas.

Uno de los hombres levantó lentamente la cabeza.

—¿Quién eres tú…?

Seo-Yeon no respondió.

Simplemente lo miró durante unos segundos.

Luego recogió del suelo la pequeña libreta que se le había caído durante el enfrentamiento, la guardó dentro de su mochila y comenzó a caminar hacia la salida del callejón.

Pero antes de llegar a la esquina, escuchó un sonido detrás de ella.

Uno de los hombres intentaba ponerse de pie.

Seo-Yeon se detuvo.

—No lo hagas.

El hombre volvió a mirarla.

Su tono no era agresivo.

Era una advertencia.

El hombre decidió quedarse en el suelo.

Seo-Yeon siguió caminando.

Cuando finalmente salió del callejón, su expresión cambió.

La seguridad que había mostrado durante la pelea desapareció poco a poco.

Miró hacia atrás.

Luego miró sus propias manos.

Había algo en sus ojos que no parecía miedo.

Parecía preocupación.

Como si aquello no fuera la primera vez que había tenido que defenderse.

Como si estuviera intentando dejar atrás una parte de su pasado que se negaba a desaparecer.

Seo-Yeon caminó hasta una pequeña cafetería abierta durante toda la noche. Entró, pidió una bebida caliente y se sentó en una mesa junto a la ventana.

El ambiente era tranquilo.

Personas estudiando.

Algunos trabajadores descansando después de un largo turno.

La lluvia comenzaba a caer nuevamente sobre las calles de Seúl.

Seo-Yeon observaba las gotas deslizarse por el cristal.

Su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Había un mensaje de un número desconocido.

“Te encontramos.”

Seo-Yeon se quedó inmóvil.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez había una fotografía.

Era ella.

La habían fotografiado mientras caminaba hacia el callejón.

Su expresión cambió inmediatamente.

—No…

Miró alrededor de la cafetería.

Por primera vez desde la pelea, parecía realmente preocupada.

Guardó el teléfono y se levantó.

Salió de la cafetería sin terminar su bebida.

Mientras caminaba bajo la lluvia, comenzó a recordar.

Había pasado casi un año desde que había intentado comenzar una vida normal.

Universidad.

Clases.

Amigos.

Pequeñas discusiones.

Exámenes.

Una rutina común.

Durante meses había conseguido convencerse de que aquella vida era real.

Pero sabía que era una mentira.

Una mentira que podía terminar en cualquier momento.

Seo-Yeon llegó a su apartamento.

Subió rápidamente las escaleras.

Antes de introducir la llave, se detuvo.

La puerta estaba ligeramente abierta.

Ella nunca dejaba la puerta abierta.

Retrocedió un paso.

Su mano se deslizó lentamente hacia su mochila.

Respiró profundamente.

Abrió la puerta.

El apartamento estaba oscuro.

No había nadie a simple vista.

Seo-Yeon encendió la luz.

Todo parecía estar en su sitio.

Pero entonces notó algo.

Una fotografía estaba boca abajo sobre la mesa.

Se acercó lentamente.

La tomó.

Era una fotografía antigua de ella cuando era adolescente.

Junto a ella aparecía un hombre.

Su padre.

Seo-Yeon bajó lentamente la fotografía.

Había intentado olvidar aquella imagen durante años.

Su padre había desaparecido cuando ella todavía era muy joven.

Todos le habían dicho que había muerto.

Pero ella nunca había recibido una respuesta clara.

Solo sabía que, después de su desaparición, algunas personas comenzaron a buscarla.

Por eso había cambiado de ciudad.

Había cambiado de universidad.

Había cambiado su rutina.

Incluso había dejado de utilizar su antiguo apellido.

Todo para comenzar de nuevo.

Pero alguien acababa de encontrarla.

Seo-Yeon dejó la fotografía sobre la mesa.

Entonces escuchó un ruido.

Un pequeño sonido proveniente del pasillo.

Se giró inmediatamente.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

Seo-Yeon avanzó lentamente.

Abrió la puerta de su habitación.

Vacía.

Revisó el baño.

Vacío.

Cuando volvió a la sala, encontró un pequeño sobre sobre la mesa.

Ella estaba segura de que antes no estaba allí.

Lo abrió.

Dentro había una sola hoja.

“Si quieres saber la verdad sobre tu padre, ve mañana a las 11:00 al estacionamiento subterráneo de la estación de Seúl.”

Seo-Yeon leyó la frase dos veces.

Después rompió el papel.

Pero no pudo deshacerse de la sensación que tenía en el pecho.

Alguien estaba jugando con ella.

Y sabía demasiado.

Al día siguiente, Seo-Yeon llegó a la universidad como si nada hubiera ocurrido.

Sus compañeros la saludaron.

Ella respondió con una sonrisa.

Pero estaba distraída.

Durante una clase, su amiga Ji-Min se sentó junto a ella.

—¿Estás bien?

Seo-Yeon levantó la mirada.

—Sí.

—No parece.

—Dormí poco.

Ji-Min la observó durante unos segundos.

—Si necesitas hablar, puedes decirme.

Seo-Yeon sonrió.

—Lo sé.

Pero no podía contarle la verdad.

No todavía.

Cuando terminaron las clases, Seo-Yeon caminó hacia la estación de Seúl.

Durante todo el trayecto miró varias veces hacia atrás.

Sentía que alguien la estaba siguiendo.

Finalmente llegó al estacionamiento subterráneo.

El lugar estaba casi vacío.

Las luces blancas del techo parpadeaban ligeramente.

Seo-Yeon caminó lentamente entre los vehículos.

—¿Hola?

Nadie respondió.

Continuó avanzando.

Entonces escuchó pasos.

Se detuvo.

Un hombre salió de detrás de una columna.

Era aproximadamente diez años mayor que ella.

Vestía un abrigo negro y llevaba un pequeño sobre en la mano.

—Seo-Yeon.

Ella no respondió.

—Sabía que vendrías.

—¿Quién eres?

El hombre se acercó un paso.

—Alguien que conoció a tu padre.

Seo-Yeon sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Mi padre murió.

El hombre negó con la cabeza.

—Eso es lo que te hicieron creer.

Seo-Yeon se quedó completamente quieta.

—¿Qué estás diciendo?

El hombre sacó una fotografía.

Se la entregó.

Seo-Yeon la tomó.

La fotografía mostraba a su padre entrando en un edificio.

Pero había algo aún más extraño.

La fotografía había sido tomada hacía apenas tres meses.

Seo-Yeon levantó la mirada.

—Esto es imposible.

—No lo es.

—¿Dónde está?

El hombre miró hacia el fondo del estacionamiento.

—No puedo decírtelo.

—Entonces ¿para qué me trajiste aquí?

—Para advertirte.

Seo-Yeon frunció el ceño.

—¿De qué?

El hombre dio un paso más cerca.

—De las personas que enviaron a esos hombres anoche.

Seo-Yeon recordó inmediatamente a los cuatro atacantes.

—¿Ellos trabajan para alguien?

—Sí.

—¿Para quién?

Antes de que el hombre pudiera responder, se escuchó el sonido de un vehículo entrando al estacionamiento.

El hombre miró hacia atrás.

Su expresión cambió.

—Tienes que irte.

—¿Quién viene?

—No preguntes. Corre.

Seo-Yeon retrocedió.

Pero varios hombres aparecieron al final del estacionamiento.

El hombre que había hablado con ella sacó su teléfono.

—Ya saben que estás aquí.

Seo-Yeon miró alrededor.

Había seis hombres.

Demasiados para enfrentarlos directamente.

Pero su expresión no mostró miedo.

Miró las columnas.

Las salidas.

Los vehículos.

Las cámaras.

Analizó el lugar en cuestión de segundos.

El hombre a su lado la observó sorprendido.

—¿Qué estás haciendo?

Seo-Yeon dejó la fotografía dentro de su mochila.

—Buscando una salida.

—Hay demasiados.

Ella lo miró.

—Entonces no tendremos que pelear contra todos.

Seo-Yeon señaló una rampa lateral.

—Solo necesitamos que ellos crean que vamos hacia allí.

El hombre comprendió.

—¿Y después?

Seo-Yeon ajustó la correa de su mochila.

—Después corremos.

Los hombres comenzaron a acercarse.

Seo-Yeon dio un paso atrás.

Uno de ellos gritó:

—¡No tienes dónde escapar!

Ella lo miró fijamente.

—Eso dijeron anoche.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

Y entonces salió corriendo.

Los hombres fueron detrás de ella.

Pero esta vez Seo-Yeon no estaba huyendo a ciegas.

Había elegido el camino.

Había observado el terreno.

Y sabía exactamente dónde quería llevarlos.

Cuando llegó a la rampa, giró bruscamente.

El hombre que estaba con ella tomó otra dirección.

Los perseguidores se dividieron.

Seo-Yeon aprovechó la confusión para desaparecer entre dos vehículos.

Uno de los hombres llegó hasta el lugar.

—¡¿Dónde está?!

Otro respondió desde lejos:

—¡No la encuentro!

Seo-Yeon estaba escondida detrás de un vehículo.

Esperó.

Cuando los pasos se alejaron, salió lentamente.

Pero antes de poder marcharse, su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Había un nuevo mensaje.

Esta vez solo decía:

“Tu padre está vivo.”

Seo-Yeon levantó lentamente la mirada.

Al otro lado del estacionamiento, una figura observaba desde las sombras.

Era un hombre mayor.

Y aunque estaba demasiado lejos para reconocerlo con claridad, Seo-Yeon sintió algo que no había sentido en años.

La sensación de estar viendo a alguien conocido.

El hombre dio media vuelta y desapareció.

Seo-Yeon permaneció inmóvil.

La vida normal que había construido acababa de desaparecer.

Los hombres del callejón no habían sido un accidente.

La fotografía no era una coincidencia.

Y su padre, a quien había creído muerto durante años, podía estar vivo.

Pero había una pregunta todavía más peligrosa.

¿Por qué todos parecían tenerle tanto miedo a la verdad que su padre había dejado atrás?

Continuará…