🩶 EL HOMBRE QUE SU HERMANO VENDIÓ — PARTE 3
El salón del palacio quedó completamente en silencio.
Las palabras de Kang Tae-Rin todavía permanecían en el aire.
—Su Majestad… antes de aceptar mi cargo, debo informar de una traición.
Nadie se atrevía a moverse.
El rey observó al nuevo comandante durante varios segundos. Después dirigió lentamente la mirada hacia Kang Min-Jae.
El general, que minutos antes había recibido los honores de toda la corte, ahora permanecía inmóvil.
Su rostro había perdido el color.
—¿Una traición? —preguntó finalmente el rey.
Tae-Rin inclinó la cabeza.
—Sí, Majestad.
—¿Quién traicionó al reino?
Tae-Rin miró directamente a su hermano.
—Eso todavía debe ser investigado.
Min-Jae dio un paso hacia adelante.
—Majestad, esto es un malentendido.
Tae-Rin no apartó la mirada.
—¿Un malentendido?
—Han pasado diez años. Tú no sabes lo que ocurrió.
Tae-Rin soltó una pequeña sonrisa.
—Precisamente por eso regresé.
El rey levantó una mano.
—Ambos guardarán silencio.
Los dos hermanos se quedaron quietos.
—Comandante Tae-Rin, has regresado de la frontera después de diez años. Antes de acusar a un general del reino, necesito pruebas.
Tae-Rin sacó lentamente un pequeño documento de su uniforme.
—Las tengo.
Un murmullo recorrió el salón.
Min-Jae miró el documento.
Su expresión cambió inmediatamente.
—No…
Tae-Rin levantó los ojos.
—¿Reconoces el sello?
Min-Jae no respondió.
El rey hizo una señal.
Un funcionario tomó el documento y lo llevó hasta el trono.
El rey rompió el sello.
Mientras leía, su expresión se volvió cada vez más seria.
—¿De dónde obtuviste esto?
—De un archivo enemigo recuperado en la frontera.
El rey levantó la mirada.
—Aquí aparece el nombre de Kang Min-Jae.
Los nobles comenzaron a murmurar.
Min-Jae reaccionó inmediatamente.
—¡Es falso!
Tae-Rin respondió con calma.
—Eso mismo dijiste hace diez años.
Min-Jae se quedó paralizado.
El rey miró nuevamente el documento.
—Explícate.
Min-Jae tragó saliva.
—Yo jamás entregué información al enemigo.
Tae-Rin dio un paso hacia él.
—No habla de información.
Min-Jae lo miró confundido.
—Entonces, ¿de qué habla?
Tae-Rin respondió:
—De un prisionero.
El salón quedó completamente en silencio.
—Hace diez años —continuó Tae-Rin—, un soldado fue entregado al enemigo.
Min-Jae apretó los puños.
—Ese soldado murió.
—No.
Tae-Rin lo miró fijamente.
—Ese soldado sobrevivió.
Min-Jae retrocedió un paso.
Por primera vez, el miedo apareció claramente en sus ojos.
Tae-Rin se acercó hasta quedar frente a él.
—Y pasó diez años preguntándose por qué su propio hermano había decidido venderlo.
Min-Jae bajó la mirada.
El rey observaba a ambos sin decir una palabra.
—¿Es cierto? —preguntó finalmente.
Min-Jae levantó la cabeza.
—Majestad…
—Te pregunté si es cierto.
El general no pudo responder.
El silencio fue suficiente.
El rey golpeó lentamente el brazo de su trono.
—Guardias.
Dos soldados avanzaron.
—Quítenle temporalmente la insignia de general.
Min-Jae abrió los ojos.
—¡Majestad!
Uno de los soldados retiró la insignia de su uniforme.
El mismo símbolo que había recibido minutos antes.
Ahora caía sobre la mesa del tribunal.
Tae-Rin observó la insignia.
No sonrió.
No celebró.
Simplemente permaneció inmóvil.
Porque aquello no era lo que había esperado durante diez años.
Él había imaginado muchas veces el momento en que volvería.
Había imaginado gritar.
Había imaginado golpear a su hermano.
Había imaginado exigir venganza.
Pero cuando finalmente estuvo frente a él, comprendió que quería algo diferente.
Quería saber la verdad.
—Majestad —dijo Tae-Rin—, todavía falta una cosa.
El rey lo miró.
—¿Qué?
Tae-Rin sacó otro objeto de su uniforme.
Era una pequeña medalla militar vieja.
Estaba oxidada y marcada por el tiempo.
Min-Jae la reconoció inmediatamente.
Era la medalla que Tae-Rin llevaba el día en que desapareció.
—La encontré después de escapar del campamento enemigo.
Min-Jae lo miró.
—¿Escapar?
Tae-Rin asintió.
—Sí.
El general se acercó un poco más.
—Pero no escapé solo.
Min-Jae frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Tae-Rin permaneció en silencio durante unos segundos.
Después respondió:
—Había otros prisioneros.
El rey se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿Otros soldados de Joseon?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió con ellos?
Tae-Rin bajó la mirada hacia la medalla.
—Todos murieron intentando escapar.
Min-Jae cerró los ojos.
—¿Y tú?
Tae-Rin volvió a mirarlo.
—Yo sobreviví.
Min-Jae parecía incapaz de comprenderlo.
—¿Cómo?
Tae-Rin no respondió.
En cambio, dejó la medalla sobre la mesa.
—Esa es la parte de mi historia que todavía no estoy preparado para contar.
El rey observó al comandante.
—Entonces, ¿qué quieres del general Min-Jae?
Tae-Rin respiró profundamente.
—Quiero que me diga por qué.
Min-Jae levantó la mirada.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué me vendiste?
El salón volvió a quedar en silencio.
Min-Jae abrió la boca.
Pero ninguna palabra salió.
Tae-Rin continuó:
—Durante diez años pensé que lo habías hecho porque querías mi puesto.
Min-Jae bajó la cabeza.
—Después pensé que simplemente me odiabas.
Una pausa.
—Pero descubrí algo en la frontera.
Min-Jae levantó lentamente la mirada.
—¿Qué descubriste?
Tae-Rin lo observó con una expresión seria.
—Que alguien te pagó para entregarme.
Min-Jae quedó completamente inmóvil.
El rey se levantó de su trono.
—¿Quién?
Tae-Rin miró al rey.
—Todavía no lo sé.
Después miró nuevamente a su hermano.
—Pero él sí.
Min-Jae retrocedió.
—Tae-Rin…
—Dime quién te pagó.
Min-Jae permaneció en silencio.
Los guardias se acercaron.
El rey ordenó:
—Lleven al general a una sala privada. Nadie hablará con él hasta que yo lo ordene.
Los soldados sujetaron a Min-Jae.
Antes de salir, el hermano mayor miró a Tae-Rin.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
—Si descubres quién estuvo detrás de esto…
Tae-Rin no respondió.
Min-Jae continuó:
—Te arrepentirás de haber regresado.
Las puertas se cerraron.
Tae-Rin quedó solo frente al rey.
El monarca se acercó lentamente.
—Comandante.
Tae-Rin inclinó la cabeza.
—Majestad.
El rey habló en voz baja.
—Hay algo que no me has contado.
Tae-Rin levantó la mirada.
—¿Qué cree que oculto?
El rey observó la vieja medalla sobre la mesa.
—Si realmente sobreviviste diez años entre enemigos, no regresaste simplemente para reclamar justicia.
Tae-Rin guardó silencio.
El rey se acercó aún más.
—Regresaste porque descubriste algo mucho más grande.
Tae-Rin finalmente respondió:
—Sí.
—¿Qué?
Tae-Rin miró hacia las puertas por donde habían sacado a su hermano.
—La persona que ordenó mi captura…
Hizo una pausa.
—Todavía tiene poder dentro de este palacio.
El rey quedó serio.
—¿Estás diciendo que uno de mis hombres está detrás de esto?
Tae-Rin negó lentamente con la cabeza.
—No dije que fuera un hombre.
El rey quedó inmóvil.
Antes de que pudiera preguntar más, un guardia entró corriendo.
—¡Majestad!
—¿Qué ocurre?
El guardia respiraba con dificultad.
—El general Kang Min-Jae ha desaparecido.
Tae-Rin levantó la mirada.
—¿Qué?
—Cuando llegamos a la sala privada… ya no estaba.
El rey miró a Tae-Rin.
Entonces el comandante escuchó algo en el pasillo.
Un sonido metálico.
Como el choque de una espada contra una armadura.
Tae-Rin tomó inmediatamente su espada.
Las puertas del salón se abrieron violentamente.
Pero no era Min-Jae.
Era un soldado herido que apenas podía mantenerse en pie.
—Majestad…
El hombre cayó de rodillas.
—El general escapó hacia los túneles antiguos.
Tae-Rin se acercó.
—¿Dijo algo?
El soldado levantó la cabeza.
—Sí.
—¿Qué dijo?
El soldado tragó saliva.
—Dijo que iba a buscar a la persona que realmente lo protegió durante estos diez años.
Tae-Rin quedó completamente inmóvil.
Su rostro cambió.
Porque aquella frase solo podía significar una cosa.
Min-Jae no había actuado solo.
Y alguien había estado protegiéndolo durante todos esos años.
Tae-Rin salió corriendo hacia el corredor.
Al llegar a la puerta exterior, encontró una pequeña pieza de tela en el suelo.
La recogió.
Reconoció inmediatamente el bordado.
Era el emblema de una persona que jamás había esperado encontrar relacionada con su traición.
Tae-Rin levantó lentamente la mirada.
—No puede ser…
Y por primera vez desde su regreso, el comandante sintió verdadero miedo.
🩶 CONTINUARÁ…
