🩸👑 EL REY Y LA CAMPESINA QUE NO SE ARRODILLÓ…parte 2

🩸👑 EL REY Y LA CAMPESINA QUE NO SE ARRODILLÓ…parte 2

🩸👑 El rey y la campesina que no se arrodilló

La flecha seguía clavada en la madera, justo entre Kang Hyeon y Han So-Yeon.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo una palabra.

Los soldados del rey miraban hacia los tejados, buscando al arquero. Los hombres que habían atacado la aldea ya habían desaparecido entre las calles, dejando atrás un silencio extraño.

Pero Hyeon ya no estaba pensando en ellos.

Solo miraba a So-Yeon.

Ella acababa de decir algo que nadie podía saber.

“Ya saben quién eres.”

El rey apretó lentamente la mandíbula.

—¿Cómo sabes quién soy?

So-Yeon soltó su brazo.

—No importa.

—Para mí sí importa.

Ella retrocedió.

—Tienes que irte.

—No voy a irme.

—Si te quedas, morirás.

Hyeon la miró fijamente.

—¿Y tú?

So-Yeon guardó silencio.

—¿Por qué quieren matarte? —preguntó él.

—Porque sé demasiado.

—¿Sobre mi padre?

Ella finalmente levantó la mirada.

—Sobre la noche en que murió.

La noche que cambió el reino

Hyeon sintió un escalofrío.

Su padre había muerto cinco años atrás.

La versión oficial decía que había enfermado repentinamente después de una campaña militar.

El palacio había declarado que su muerte había sido natural.

Hyeon nunca había aceptado aquella explicación.

Su padre era un hombre fuerte. Incluso durante sus últimos días había seguido trabajando y reuniéndose con sus ministros.

Pero la investigación había terminado rápidamente.

Los documentos desaparecieron.

Los testigos fueron enviados lejos.

Y todos los que intentaron cuestionar la versión oficial terminaron perdiendo sus cargos.

Hyeon había pasado años intentando descubrir la verdad.

Y ahora una campesina parecía saber más que todos sus ministros.

—Dime qué ocurrió aquella noche.

So-Yeon negó con la cabeza.

—Todavía no.

—¿Todavía?

—Si te lo digo ahora, no sobrevivirás para descubrir el resto.

Hyeon dio un paso hacia ella.

—Soy el rey.

So-Yeon lo miró con una calma inesperada.

—Precisamente por eso.

El secreto de So-Yeon

Uno de los soldados regresó corriendo.

—Majestad, el arquero escapó.

Hyeon asintió.

—¿Encontraron algo?

El soldado sacó una pequeña pieza de tela.

—Esto estaba en el tejado.

Hyeon la tomó.

Era una tela negra con un pequeño bordado dorado.

El rey reconoció inmediatamente el símbolo.

—Este emblema pertenece a la guardia interior del palacio.

El soldado palideció.

—Entonces alguien del palacio intentó matarlo.

Hyeon no respondió.

Miró a So-Yeon.

Ella parecía haber esperado aquella reacción.

—Ahora entiendes —dijo ella.

—¿Entender qué?

—Que no puedes confiar en nadie.

Hyeon se acercó.

—¿Ni siquiera en ti?

So-Yeon bajó la mirada.

—Especialmente en mí.

El rey se quedó desconcertado.

—¿Por qué?

Ella no contestó.

El regreso al palacio

Hyeon regresó al palacio esa misma noche.

Pero no volvió como el hombre que había salido horas antes.

Ahora sabía que alguien dentro del palacio estaba dispuesto a matarlo.

Y sabía que So-Yeon había estado ocultando información sobre la muerte de su padre.

Cuando entró en sus aposentos, encontró a su consejero principal esperándolo.

—Majestad, ¿qué ocurrió en la aldea?

Hyeon se quitó lentamente el manto.

—Nada importante.

El consejero sonrió.

—Me alegra escucharlo.

Hyeon lo observó.

—¿Por qué?

El consejero quedó sorprendido.

—Porque vuestra seguridad es mi mayor preocupación.

Hyeon caminó hasta una mesa.

Sobre ella había varios documentos.

Uno de ellos tenía exactamente el mismo símbolo que había visto en la tela del arquero.

El rey lo miró durante unos segundos.

—Puedes retirarte.

—Majestad…

—He dicho que puedes retirarte.

El consejero hizo una reverencia y salió.

Hyeon esperó hasta que la puerta se cerró.

Después tomó el documento.

La firma pertenecía a un antiguo comandante que había servido directamente a su padre.

Pero había algo que no tenía sentido.

El comandante había muerto tres años antes.

Una visita inesperada

Al día siguiente, Hyeon regresó secretamente a la aldea.

No llevó una escolta visible.

Solo dos soldados de confianza.

Cuando llegó a la pequeña casa de So-Yeon, encontró la puerta abierta.

Entró.

La casa estaba vacía.

Sobre una mesa encontró el antiguo colgante.

Debajo había una carta.

Hyeon la abrió.

Solo había una frase.

“Si quieres conocer la verdad, busca el árbol donde enterraron a los inocentes.”

Hyeon apretó la carta.

—¿Dónde estás, So-Yeon?

La tumba escondida

Mientras tanto, So-Yeon se encontraba en una pequeña montaña lejos de la aldea.

Estaba frente a una antigua tumba cubierta parcialmente por la hierba.

Una anciana se acercó lentamente.

—¿Lo llevaste hasta allí?

So-Yeon negó con la cabeza.

—Todavía no.

—Entonces debes hacerlo pronto.

—No puedo.

La anciana la miró seriamente.

—¿Por qué?

So-Yeon respiró profundamente.

—Porque empiezo a preocuparme por él.

La anciana quedó en silencio.

—Eso es peligroso.

—Lo sé.

—No puedes permitir que tus sentimientos cambien lo que viniste a hacer.

So-Yeon cerró los ojos.

—No quiero destruirlo.

—No tienes que destruirlo.

La anciana señaló la tumba.

—Pero tendrás que decirle quién eres.

So-Yeon abrió los ojos.

—Todavía no estoy preparada.

La anciana respondió:

—Él ya está buscando respuestas.

—Lo sé.

—Y cuando descubra quién eres, quizá sea demasiado tarde para los dos.

El descubrimiento

Horas después, Hyeon llegó al lugar indicado en la carta.

Encontró un enorme árbol antiguo en medio de la montaña.

Debajo había decenas de pequeñas piedras.

Sin nombres.

Sin fechas.

Solo piedras.

Uno de sus soldados comenzó a revisar el terreno.

—Majestad…

Encontró un objeto enterrado.

Era una caja de madera.

Hyeon la abrió.

Dentro había documentos antiguos.

Listas de nombres.

Órdenes militares.

Y finalmente, un informe firmado por su propio padre.

Hyeon comenzó a leer.

Su rostro se transformó.

—Esto no puede ser…

El soldado preguntó:

—¿Qué dice?

Hyeon levantó lentamente la mirada.

—Mi padre no murió por una enfermedad.

El soldado quedó paralizado.

—Entonces…

Hyeon apretó el documento.

—Lo estaban chantajeando.

En ese momento escucharon pasos.

Hyeon desenvainó su espada.

So-Yeon apareció entre los árboles.

El rey la miró con una mezcla de rabia, confusión y dolor.

—Tú sabías que esto estaba aquí.

So-Yeon no respondió.

—¡Tú sabías!

Ella finalmente asintió.

—Sí.

Hyeon se acercó.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de conocerte.

—¿Quién eres?

So-Yeon lo miró fijamente.

Por primera vez, las lágrimas aparecieron en sus ojos.

—La hija del hombre al que tu padre ordenó ejecutar.

Hyeon quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

—Mi padre murió aquella noche.

—Entonces ¿por qué me ayudaste?

So-Yeon respondió con voz quebrada:

—Porque descubrí demasiado tarde que tu padre no fue el verdadero responsable.

Hyeon miró los documentos.

—Entonces dime quién fue.

So-Yeon dio un paso hacia él.

—No puedo.

—¿Por qué?

Ella miró hacia el camino.

Se escuchaban caballos acercándose.

So-Yeon palideció.

—Porque ya nos encontraron.

Hyeon desenvainó su espada.

—¿Cuántos?

So-Yeon miró hacia los árboles.

—Demasiados.

Hyeon se colocó delante de ella.

—Entonces esta vez no correrás sola.

So-Yeon lo miró sorprendida.

Pero antes de que pudieran prepararse, una voz masculina salió desde el bosque.

—Majestad, baje la espada.

Hyeon reconoció aquella voz.

Era la voz de su consejero principal.

El hombre salió lentamente de entre los árboles acompañado por numerosos soldados.

Hyeon lo miró con incredulidad.

—¿Tú?

El consejero sonrió.

—Su Majestad siempre fue demasiado curioso.

So-Yeon tomó discretamente la mano de Hyeon.

—Ahora ya sabes quién estaba detrás de todo.

Hyeon miró al consejero.

Pero el hombre sonrió nuevamente.

—No, Majestad.

—¿No?

—Yo solo obedecí órdenes.

Hyeon frunció el ceño.

—¿De quién?

El consejero miró a So-Yeon.

—Pregúntele a ella.

So-Yeon quedó completamente pálida.

El consejero continuó:

—Porque ella es la única persona viva que conoce el nombre del verdadero responsable.

Hyeon miró a So-Yeon.

Ella apretó su mano.

Y por primera vez, pareció tener miedo de responder.

Porque el nombre que estaba a punto de pronunciar cambiaría para siempre la historia del reino.

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