🩸 El cocinero al que nadie respetaba — Parte 3
El salón real quedó completamente en silencio.
Nadie apartaba los ojos del pequeño recipiente de cerámica que Han Tae-Rin había colocado frente al rey.
Durante años, aquel joven había sido invisible para los nobles. Para ellos no era más que un cocinero. Un hombre que debía agachar la cabeza, aceptar insultos y recoger del suelo los platos que ellos arrojaban cuando estaban de mal humor.
Pero aquella noche todo había cambiado.
El rey estaba enfermo.
El veneno había sido descubierto.
Y Tae-Rin acababa de señalar indirectamente a uno de los hombres más poderosos de la corte.
El recipiente prohibido
El rey observó el pequeño recipiente durante varios segundos.
Luego levantó la mirada hacia Tae-Rin.
—¿Estás acusando a un miembro de mi corte de intentar asesinarme?
Tae-Rin permaneció arrodillado.
—No, Su Majestad.
—Estoy diciendo que alguien utilizó mi cocina para intentar hacerlo.
El rey frunció el ceño.
—Eso no responde mi pregunta.
Tae-Rin levantó lentamente la cabeza.
—Porque todavía no tengo derecho a decir el nombre.
Algunos nobles comenzaron a murmurar.
Kang Min-Jae dio un paso hacia adelante.
—¡Esto es absurdo! ¡Un simple cocinero está jugando con la seguridad del reino!
Tae-Rin giró lentamente hacia él.
—Entonces debería ser fácil demostrar que estoy equivocado.
Min-Jae se quedó callado.
Por primera vez, aquel hombre que durante años había humillado al joven cocinero no sabía qué responder.
La primera prueba
Tae-Rin pidió permiso para regresar a la cocina.
Dos guardias lo acompañaron.
Mientras caminaban por los corredores del palacio, Tae-Rin parecía tranquilo. Sin embargo, sus ojos estaban atentos a cada detalle.
Al llegar a la cocina, señaló una de las grandes estanterías donde se almacenaban los ingredientes.
—Ese estante.
Uno de los guardias abrió el compartimento.
Dentro había sacos de arroz, hierbas medicinales y recipientes de especias.
Tae-Rin comenzó a revisar uno por uno.
Finalmente encontró una pequeña caja de madera escondida detrás de varios sacos.
La abrió.
Dentro había varios pequeños paquetes envueltos en tela.
El guardia quedó sorprendido.
—¿Qué es eso?
Tae-Rin no respondió inmediatamente.
Tomó uno de los paquetes y lo observó.
—La misma sustancia.
Uno de los guardias palideció.
—¿Cómo llegó hasta aquí?
Tae-Rin cerró los ojos durante unos segundos.
—Eso es precisamente lo que he estado intentando descubrir.
Una verdad escondida durante meses
Cuando regresaron al salón, Tae-Rin colocó los paquetes frente al rey.
El médico real los examinó cuidadosamente.
Después de unos instantes, su rostro cambió.
—Su Majestad…
El rey lo miró.
—Habla.
El médico tragó saliva.
—Esta sustancia coincide con la que encontramos en la comida.
El salón estalló en murmullos.
El rey golpeó el brazo de su trono.
—¡Cierren todas las puertas!
Los guardias obedecieron inmediatamente.
Nadie podía abandonar el salón.
Entonces el rey señaló a Tae-Rin.
—Ahora sí tienes derecho a hablar.
Tae-Rin respiró profundamente.
Miró a todos los nobles presentes.
Finalmente sus ojos se detuvieron en Kang Min-Jae.
—Durante seis meses alguien ha estado introduciendo pequeñas cantidades de veneno en los ingredientes destinados a la mesa real.
El rostro de Min-Jae perdió color.
—¡Eso no demuestra nada!
Tae-Rin asintió.
—Tiene razón.
Metió la mano dentro de su ropa y sacó un pequeño libro de registros.
—Por eso guardé esto.
El libro de la cocina
El libro contenía los registros de entrada y salida de los ingredientes del palacio.
Tae-Rin abrió varias páginas.
Había anotaciones correspondientes a cada visita extraordinaria a la cocina.
Una fecha.
Una hora.
Y una firma.
El rey tomó el libro.
Sus ojos recorrieron las páginas lentamente.
Entonces se detuvo.
—Esta firma…
Nadie respondió.
El rey levantó la mirada.
—Pertenece a Kang Min-Jae.
Min-Jae retrocedió un paso.
—Yo visitaba la cocina porque supervisaba los suministros.
Tae-Rin respondió inmediatamente.
—Entonces explica por qué cada vez que tú entrabas, alguien retiraba un recipiente sin registrarlo.
Min-Jae quedó inmóvil.
El rey miró nuevamente el libro.
Pero Tae-Rin todavía no había terminado.
La segunda firma
Pasó varias páginas hasta llegar a un registro mucho más antiguo.
Allí aparecía otra firma.
El rey la reconoció inmediatamente.
—Esta persona ya murió hace tres años.
Tae-Rin negó lentamente con la cabeza.
—Eso es lo que todos creen.
El silencio volvió a apoderarse del salón.
Min-Jae miró a Tae-Rin con auténtico miedo.
Porque comprendió algo.
El joven cocinero no había descubierto solamente quién había colocado el veneno.
Había descubierto una conspiración que llevaba años escondida dentro del palacio.
El rey se puso de pie con dificultad.
—Tae-Rin…
El joven inclinó la cabeza.
—Sí, Su Majestad.
El rey señaló el registro.
—¿Quién es esa persona?
Tae-Rin miró nuevamente a Min-Jae.
Después cerró el libro.
—Es la persona que me enseñó a reconocer este veneno.
Min-Jae abrió los ojos.
—Eso es imposible…
Tae-Rin se acercó lentamente.
—No.
—Lo imposible es que alguien que murió hace tres años siga dejando órdenes dentro de este palacio.
🩸 El rey acaba de descubrir que el intento de asesinato no comenzó esta noche.
La conspiración lleva años dentro del palacio.
Y la persona que todos creían muerta podría seguir dando órdenes desde las sombras.
CONTINUARÁ…
