“El general enemigo se enamoró de la princesa cautiva”,

“El general enemigo se enamoró de la princesa cautiva”,

El general enemigo se enamoró de la princesa cautiva

Parte 3: Un amor condenado por dos coronas

Las espadas de los soldados brillaban bajo la luz de las fogatas. Kang Mu-Jin permanecía delante de la princesa Han Seo-Ra, protegiéndola con su propio cuerpo. Hasta esa noche, aquellos hombres habían obedecido cada una de sus órdenes sin cuestionarlo.

Ahora lo miraban como a un enemigo.

El capitán de la guardia avanzó con el rostro endurecido.

Mu-Jin no se movió.

El capitán tragó saliva.

Seo-Ra miró al general, sorprendida. Él conocía el precio de aquella decisión y, aun así, no había retrocedido.

Mu-Jin volvió ligeramente la cabeza hacia ella.

El capitán levantó la espada.

La huida por el paso de la montaña

Mu-Jin tomó la mano de Seo-Ra y corrió hacia los caballos. Los soldados intentaron cerrarles el paso, pero el general conocía cada rincón del campamento. Derribó una lanza que bloqueaba el sendero y abrió espacio para que la princesa alcanzara un caballo.

Los dos escaparon hacia el bosque mientras las voces de sus perseguidores resonaban detrás de ellos.

Durante horas cabalgaron por caminos estrechos, bajo ramas que arañaban sus capas y una lluvia que convertía la tierra en barro. Finalmente, llegaron a una cabaña abandonada en las montañas.

Mu-Jin encendió una pequeña lámpara y revisó el camino por la ventana.

Seo-Ra se quitó la capa mojada y se sentó junto al fuego.

Mu-Jin dejó su espada junto a la puerta.

Seo-Ra bajó la mirada.

El silencio entre ambos fue más doloroso que cualquier amenaza.

Por primera vez, los dos comprendieron que salvarse mutuamente no significaba que el mundo les permitiera estar juntos.

La verdad detrás de la guerra

A la mañana siguiente, Seo-Ra sacó el sello real que había ocultado durante su captura. Lo colocó sobre la mesa junto a una carta doblada varias veces.

Mu-Jin examinó el documento. Reconoció el sello de su soberano y la firma del consejero principal, el hombre que había insistido en que la princesa fuera capturada viva.

Mu-Jin sintió una oleada de furia. Había perdido soldados, amigos y años de su vida luchando por una causa que quizá nunca había sido justa.

Seo-Ra lo miró con tristeza.

El general comprendió entonces que su prisionera nunca había sido una simple moneda de intercambio. Era la única persona capaz de demostrar que miles de hombres habían muerto por una mentira.

Mu-Jin tomó la carta y la guardó en su armadura.

Seo-Ra lo miró como si estuviera loco.

El general frente a su propio rey

Tres días después, Mu-Jin y Seo-Ra llegaron a una fortaleza fronteriza donde se celebraba una reunión entre los principales comandantes del ejército enemigo. El general decidió presentarse sin esconder su identidad. Quería que todos escucharan la verdad de su propia boca.

Cuando cruzó las puertas con la princesa a su lado, los soldados desenvainaron sus espadas.

El rey enemigo lo esperaba en el salón principal. Su rostro se endureció al verlo.

Mu-Jin se arrodilló, pero no bajó la cabeza.

El consejero principal dio un paso adelante.

Seo-Ra levantó el sello real y mostró la carta.

El consejero palideció.

Mu-Jin desplegó las pruebas sobre la mesa. Había registros de pagos, nombres de oficiales y órdenes selladas que demostraban cómo los conspiradores habían alimentado la guerra para obtener tierras y poder.

Los generales comenzaron a discutir. Algunos exigieron que se arrestara al consejero. Otros se negaron a creer que el rey hubiera sido engañado durante tanto tiempo.

El soberano observó los documentos sin hablar.

Finalmente, se levantó de su asiento.

El consejero intentó escapar, pero los soldados le bloquearon el paso.

La conspiración que había provocado la guerra comenzaba a desmoronarse.

El precio de elegir el amor

Mu-Jin creyó que la verdad bastaría para limpiar su nombre. Sin embargo, el rey lo miró con severidad.

Mu-Jin inclinó la cabeza.

Seo-Ra dio un paso adelante.

El rey la observó durante un largo momento.

Después miró a Mu-Jin.

No era una absolución, pero tampoco una sentencia de muerte.

Mu-Jin aceptó sin protestar.

Cuando Seo-Ra salió del salón, él la siguió hasta el patio de la fortaleza.

Por primera vez desde su captura, no había guardias entre ellos.

Seo-Ra sintió un nudo en la garganta.

Ella se acercó y tomó su mano.

Mu-Jin la miró con una ternura que ya no intentaba ocultar.

Seo-Ra apoyó la frente contra la suya durante un breve instante.

Los dos sabían que aún no podían prometerse un futuro. La guerra había dejado heridas demasiado profundas y sus pueblos seguían separados por siglos de odio.

Pero ya no eran el general y la prisionera.

Eran dos personas que habían elegido la verdad, incluso cuando esa elección les costaba todo.

La última orden

Al amanecer, Seo-Ra partió hacia su reino acompañada por un pequeño grupo de mensajeros neutrales. Antes de marcharse, dejó a Mu-Jin una cinta azul que había llevado oculta durante su cautiverio.

Mu-Jin guardó la cinta junto al pecho.

Seo-Ra sonrió con tristeza y montó en su caballo.

Por primera vez en muchos años, Mu-Jin observó cómo se alejaba alguien a quien no podía retener ni proteger con una espada.

Regresó a la fortaleza convencido de que la parte más difícil de su sacrificio había terminado.

Se equivocaba.

Al entrar en sus aposentos, encontró un documento sobre la mesa. Llevaba el sello del rey y una orden que debía ejecutarse de inmediato.

El general rompió el sello y leyó el contenido.

El rey había ordenado que fuera enviado a la frontera norte, a una fortaleza de la que ningún soldado regresaba sin autorización real.

Pero lo que hizo que Mu-Jin perdiera el color del rostro fue la última línea.

«La princesa Han Seo-Ra será declarada traidora si vuelve a intentar comunicarse contigo. Su ejecución se llevará a cabo en cuanto cruce la frontera de su reino.»

Mu-Jin apretó el documento hasta arrugarlo.

Había entregado las pruebas, expuesto a los conspiradores y aceptado perder su rango. Aun así, el rey seguía decidido a separar a la princesa de él.

Entonces escuchó un caballo detenerse fuera de la fortaleza.

Un mensajero entró apresuradamente y cayó de rodillas.

Mu-Jin desenvainó su espada.

El mensajero levantó la cabeza, aterrorizado.

Mu-Jin miró la cinta azul que llevaba junto al pecho.

Había arriesgado su vida para salvarla de un reino enemigo. Ahora tendría que enfrentarse al reino al que ella pertenecía.

Y esta vez, si quería rescatarla, tendría que desafiar a dos coronas.

CONTINUARÁ…