El general enemigo se enamoró de la princesa cautiva
Las espadas de los soldados brillaban bajo la luz de las fogatas. Kang Mu-Jin permanecía delante de la princesa Han Seo-Ra, protegiéndola con su propio cuerpo. Hasta esa noche, aquellos hombres habían obedecido cada una de sus órdenes sin cuestionarlo.
Ahora lo miraban como a un enemigo.
El capitán de la guardia avanzó con el rostro endurecido.
—General, entregue a la prisionera. El rey ha ordenado que sea llevada a la capital antes del amanecer.
Mu-Jin no se movió.
—¿Y qué ordenó respecto a mí?
El capitán tragó saliva.
—Que sea ejecutado si ayuda a la princesa a escapar.
Seo-Ra miró al general, sorprendida. Él conocía el precio de aquella decisión y, aun así, no había retrocedido.
—Todavía puedes entregarme —susurró ella—. No tienes que morir por alguien a quien apenas conoces.
Mu-Jin volvió ligeramente la cabeza hacia ella.
—No estoy dispuesto a morir por una desconocida. Estoy dispuesto a luchar por una mujer que se atrevió a decirme la verdad cuando todo mi ejército prefería obedecer una mentira.
El capitán levantó la espada.
—¡Arresten al traidor!
La huida por el paso de la montaña
Mu-Jin tomó la mano de Seo-Ra y corrió hacia los caballos. Los soldados intentaron cerrarles el paso, pero el general conocía cada rincón del campamento. Derribó una lanza que bloqueaba el sendero y abrió espacio para que la princesa alcanzara un caballo.
Los dos escaparon hacia el bosque mientras las voces de sus perseguidores resonaban detrás de ellos.
Durante horas cabalgaron por caminos estrechos, bajo ramas que arañaban sus capas y una lluvia que convertía la tierra en barro. Finalmente, llegaron a una cabaña abandonada en las montañas.
Mu-Jin encendió una pequeña lámpara y revisó el camino por la ventana.
Seo-Ra se quitó la capa mojada y se sentó junto al fuego.
—Tu propio ejército te perseguirá hasta el fin del mundo.
—Lo sé.
—Tu rey te llamará traidor. Tu familia perderá su posición. Nunca podrás regresar a la vida que tenías.
Mu-Jin dejó su espada junto a la puerta.
—¿Y tú? Si vuelves a tu reino, ¿qué harás conmigo?
Seo-Ra bajó la mirada.
—Mi padre jamás aceptará que me hayas ayudado. Para él, siempre serás el general del ejército que destruyó nuestras aldeas.
El silencio entre ambos fue más doloroso que cualquier amenaza.
Por primera vez, los dos comprendieron que salvarse mutuamente no significaba que el mundo les permitiera estar juntos.
La verdad detrás de la guerra
A la mañana siguiente, Seo-Ra sacó el sello real que había ocultado durante su captura. Lo colocó sobre la mesa junto a una carta doblada varias veces.
—Mi padre envió este mensaje a tu rey antes de la batalla. Le ofreció una tregua y pruebas de que un grupo de ministros estaba provocando la guerra para enriquecerse con la venta de armas.
Mu-Jin examinó el documento. Reconoció el sello de su soberano y la firma del consejero principal, el hombre que había insistido en que la princesa fuera capturada viva.
—Si esto es auténtico, la guerra fue organizada desde dentro de ambos reinos.
—Exactamente. Mi captura debía provocar la ejecución de mi padre y obligar a tu rey a invadir nuestra capital. Después, los conspiradores controlarían las dos cortes.
Mu-Jin sintió una oleada de furia. Había perdido soldados, amigos y años de su vida luchando por una causa que quizá nunca había sido justa.
—¿Por qué no mostraste estas pruebas antes?
Seo-Ra lo miró con tristeza.
—Porque el hombre que llevaba la carta fue asesinado. Yo era la única que conocía el secreto y necesitaba llegar viva a mi padre.
El general comprendió entonces que su prisionera nunca había sido una simple moneda de intercambio. Era la única persona capaz de demostrar que miles de hombres habían muerto por una mentira.
Mu-Jin tomó la carta y la guardó en su armadura.
—Vamos a llevar estas pruebas ante los dos reyes.
Seo-Ra lo miró como si estuviera loco.
—Si entramos en cualquiera de las dos capitales, nos arrestarán.
—Entonces tendremos que conseguir que nos escuchen antes de que puedan hacerlo.
El general frente a su propio rey
Tres días después, Mu-Jin y Seo-Ra llegaron a una fortaleza fronteriza donde se celebraba una reunión entre los principales comandantes del ejército enemigo. El general decidió presentarse sin esconder su identidad. Quería que todos escucharan la verdad de su propia boca.
Cuando cruzó las puertas con la princesa a su lado, los soldados desenvainaron sus espadas.
El rey enemigo lo esperaba en el salón principal. Su rostro se endureció al verlo.
—Kang Mu-Jin. Te ordené traer a la princesa, no huir con ella.
Mu-Jin se arrodilló, pero no bajó la cabeza.
—Majestad, obedecí sus órdenes durante años. Esta vez he venido a impedir que lo conviertan en cómplice de una conspiración.
El consejero principal dio un paso adelante.
—¡Miente! ¡Ha sido seducido por la princesa y ahora inventa excusas para salvar su vida!
Seo-Ra levantó el sello real y mostró la carta.
—Entonces explique por qué su firma aparece en el documento que ordenó provocar la masacre de mi pueblo.
El consejero palideció.
Mu-Jin desplegó las pruebas sobre la mesa. Había registros de pagos, nombres de oficiales y órdenes selladas que demostraban cómo los conspiradores habían alimentado la guerra para obtener tierras y poder.
Los generales comenzaron a discutir. Algunos exigieron que se arrestara al consejero. Otros se negaron a creer que el rey hubiera sido engañado durante tanto tiempo.
El soberano observó los documentos sin hablar.
Finalmente, se levantó de su asiento.
—Guardias, arresten al consejero y a todos los oficiales que aparezcan en estos registros. Que sean juzgados públicamente.
El consejero intentó escapar, pero los soldados le bloquearon el paso.
La conspiración que había provocado la guerra comenzaba a desmoronarse.
El precio de elegir el amor
Mu-Jin creyó que la verdad bastaría para limpiar su nombre. Sin embargo, el rey lo miró con severidad.
—Tus pruebas son valiosas, general. Pero abandonaste tu puesto, desobedeciste una orden real y ayudaste a escapar a una prisionera de guerra.
Mu-Jin inclinó la cabeza.
—Aceptaré el castigo que considere justo, Majestad. Pero no me arrepiento de haberla protegido.
Seo-Ra dio un paso adelante.
—Él arriesgó su vida para impedir que una mentira provocara más muertes. Si lo castiga por eso, demostrará que la justicia solo existe cuando beneficia a los poderosos.
El rey la observó durante un largo momento.
Después miró a Mu-Jin.
—Serás apartado del mando hasta que termine la investigación. Tu título y tus tierras permanecerán suspendidos. Si las pruebas demuestran que actuaste para salvar vidas y no para favorecer a un enemigo, tu caso será revisado.
No era una absolución, pero tampoco una sentencia de muerte.
Mu-Jin aceptó sin protestar.
Cuando Seo-Ra salió del salón, él la siguió hasta el patio de la fortaleza.
Por primera vez desde su captura, no había guardias entre ellos.
—Tu padre querrá verte —dijo Mu-Jin—. Deberías regresar a tu reino.
Seo-Ra sintió un nudo en la garganta.
—¿Y tú?
—Yo debo responder por mis decisiones.
Ella se acercó y tomó su mano.
—No te pedí que sacrificaras todo por mí.
Mu-Jin la miró con una ternura que ya no intentaba ocultar.
—No lo hice porque me lo pidieras. Lo hice porque, cuando tuve que elegir entre obedecer una mentira y protegerte, supe qué era lo correcto.
Seo-Ra apoyó la frente contra la suya durante un breve instante.
Los dos sabían que aún no podían prometerse un futuro. La guerra había dejado heridas demasiado profundas y sus pueblos seguían separados por siglos de odio.
Pero ya no eran el general y la prisionera.
Eran dos personas que habían elegido la verdad, incluso cuando esa elección les costaba todo.
La última orden
Al amanecer, Seo-Ra partió hacia su reino acompañada por un pequeño grupo de mensajeros neutrales. Antes de marcharse, dejó a Mu-Jin una cinta azul que había llevado oculta durante su cautiverio.
—Si algún día nuestros reinos dejan de considerarse enemigos, búscame.
Mu-Jin guardó la cinta junto al pecho.
—No esperaré a que el mundo nos dé permiso para decir la verdad.
Seo-Ra sonrió con tristeza y montó en su caballo.
Por primera vez en muchos años, Mu-Jin observó cómo se alejaba alguien a quien no podía retener ni proteger con una espada.
Regresó a la fortaleza convencido de que la parte más difícil de su sacrificio había terminado.
Se equivocaba.
Al entrar en sus aposentos, encontró un documento sobre la mesa. Llevaba el sello del rey y una orden que debía ejecutarse de inmediato.
El general rompió el sello y leyó el contenido.
El rey había ordenado que fuera enviado a la frontera norte, a una fortaleza de la que ningún soldado regresaba sin autorización real.
Pero lo que hizo que Mu-Jin perdiera el color del rostro fue la última línea.
«La princesa Han Seo-Ra será declarada traidora si vuelve a intentar comunicarse contigo. Su ejecución se llevará a cabo en cuanto cruce la frontera de su reino.»
Mu-Jin apretó el documento hasta arrugarlo.
Había entregado las pruebas, expuesto a los conspiradores y aceptado perder su rango. Aun así, el rey seguía decidido a separar a la princesa de él.
Entonces escuchó un caballo detenerse fuera de la fortaleza.
Un mensajero entró apresuradamente y cayó de rodillas.
—¡General! La princesa ha sido capturada de nuevo. Pero esta vez no fueron nuestros soldados.
Mu-Jin desenvainó su espada.
—¿Quién se la llevó?
El mensajero levantó la cabeza, aterrorizado.
—Los hombres que obedecen al padre de la princesa. Su propio rey la ha acusado de traición y ha ordenado encerrarla antes de que revele más secretos.
Mu-Jin miró la cinta azul que llevaba junto al pecho.
Había arriesgado su vida para salvarla de un reino enemigo. Ahora tendría que enfrentarse al reino al que ella pertenecía.
Y esta vez, si quería rescatarla, tendría que desafiar a dos coronas.
