Los dos asesinos estaban desarmados en el suelo. Los guardias reales irrumpieron en el corredor, pero ninguno se atrevió a acercarse a la mujer que permanecía frente al rey con una espada en la mano.
Baek So-Hwa respiraba con tranquilidad. Su hanbok lavanda estaba ligeramente desordenado, pero su mirada seguía firme. Aquella mujer a la que las concubinas habían ridiculizado por no saber defenderse acababa de proteger al hombre más poderoso del reino.
El rey Yi Gyeom observó el símbolo grabado en la empuñadura de su espada.
—Contéstame. ¿Dónde conseguiste esa arma?
So-Hwa bajó lentamente la espada.
—Me la entregó mi maestro antes de morir.
—Ese símbolo pertenecía a la guardia secreta real. Sus miembros desaparecieron hace quince años. ¿Quién eres realmente?
La joven sostuvo su mirada.
—Una mujer que usted nunca debió confundir con una inútil, Majestad.
El rey se quedó en silencio. Por primera vez desde que la había llevado al palacio, no sabía qué esperar de ella.
La humillación regresa a sus dueñas
Al amanecer, la noticia del ataque se extendió por todo el palacio. Los sirvientes contaban que una concubina había derrotado sola a dos asesinos. Los guardias afirmaban que sus movimientos eran más precisos que los de muchos soldados profesionales.
Lady Min se negó a creerlo.
—¡Es imposible! ¡Esa muchacha ni siquiera sabe levantar la voz!
Una de las mujeres que la había acompañado durante las burlas bajó la mirada.
—La vimos combatir con nuestros propios ojos, señora.
Lady Min sintió que el estómago se le encogía. Recordó la bandeja que había arrojado al suelo, las risas y la manera en que So-Hwa había recogido los objetos sin protestar.
Había confundido su silencio con debilidad.
Cuando el rey convocó a las concubinas al salón principal, Lady Min llegó convencida de que podría explicar lo ocurrido. Sin embargo, encontró a So-Hwa de pie junto al trono, vestida con el mismo hanbok lavanda.
Yi Gyeom habló ante todas.
—Anoche, esta mujer arriesgó su vida para proteger la mía. Mientras algunos de ustedes se preocupaban por su posición en el palacio, ella se enfrentó a dos asesinos sin pedir ayuda.
El rey miró directamente a Lady Min.
—¿Todavía considera que no sirve para nada?
Lady Min cayó de rodillas.
—Majestad, yo no sabía quién era ella.
So-Hwa intervino antes de que el rey pudiera responder.
—Ese es precisamente el problema. Me humilló porque creyó que no tenía poder. No porque me conociera.
El salón quedó en silencio.
La joven no pidió que Lady Min fuera castigada ni exigió que las demás mujeres se arrodillaran ante ella. Solo pidió que ninguna volviera a ser humillada por su origen, su apariencia o su posición.
El rey aceptó la petición y ordenó que se investigara la conducta de las concubinas implicadas. Lady Min perdió temporalmente sus privilegios y quedó bajo supervisión del palacio.
Pero el mayor secreto de So-Hwa todavía estaba por descubrirse.
La mujer que el rey buscaba desde hacía quince años
Esa misma tarde, Yi Gyeom convocó al comandante de la guardia real. Sobre una mesa colocó una antigua insignia de plata, marcada con el mismo símbolo que había visto en la espada de So-Hwa.
—Quiero saber todo lo que ocurrió con la guardia secreta antes de mi coronación.
El comandante palideció.
—Majestad, aquella unidad fue destruida durante una emboscada. Su capitán murió protegiendo los documentos que demostraban que varios ministros conspiraban contra la familia real.
—¿Y sus discípulos?
El comandante vaciló.
—Solo uno sobrevivió, según los informes. Era una niña que desapareció la noche del ataque. Nunca encontramos su cuerpo.
Yi Gyeom se levantó lentamente.
—¿Qué edad tenía?
—Diez años, Majestad.
El rey miró hacia las ventanas. So-Hwa tenía veinticinco años. Las fechas coincidían.
Mandó llamar a la joven de inmediato.
Cuando ella entró, el rey no se sentó en el trono. Permaneció frente a ella, sosteniendo la insignia de plata.
—Tu maestro pertenecía a la guardia secreta. ¿También te enseñó a proteger los documentos que guardaba?
So-Hwa perdió por un instante su expresión serena.
—¿Quién le habló de esos documentos?
El rey comprendió que había tocado un secreto peligroso.
—Porque alguien intentó matarme anoche. Y ahora sospecho que no fue un ataque aislado.
La joven se acercó a la mesa y observó la insignia.
—Mi maestro murió para impedir que esos documentos cayeran en manos equivocadas. Antes de morir, me hizo prometer que encontraría al responsable de la emboscada.
—¿Y lo encontraste?
So-Hwa levantó la mirada.
—Encontré a tres de sus hombres. Dos murieron antes de que pudiera interrogarlos. El tercero desapareció hace dos meses.
El rey sintió un escalofrío.
—¿Crees que ese hombre está detrás del ataque contra mí?
—No lo creo, Majestad. Estoy segura.
Una alianza inesperada
Durante los días siguientes, el rey comenzó a reunirse en secreto con So-Hwa. Ella le enseñó los nombres de los funcionarios que habían financiado a los asesinos y le explicó cómo habían utilizado rutas ocultas para entrar en el palacio.
Yi Gyeom descubrió que la joven no solo era una guerrera excepcional. También sabía leer mapas militares, reconocer sellos falsificados y detectar mentiras en los informes de sus propios consejeros.
Una noche, mientras revisaban los documentos en una habitación privada, el rey dejó la última carta sobre la mesa.
—Podrías haberme contado quién eras desde el primer día.
So-Hwa siguió leyendo.
—¿Me habría creído?
El rey no respondió inmediatamente.
—Probablemente no.
Ella sonrió apenas.
—Entonces hice bien en guardar silencio.
Yi Gyeom soltó una risa inesperada. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien le hablaba sin miedo y sin intentar complacerlo.
Cuando sus miradas se encontraron, el ambiente cambió. El rey se dio cuenta de que ya no la veía como una simple concubina que había tenido suerte durante un ataque. Admiraba su valentía, su inteligencia y la manera en que se negaba a utilizar sus habilidades para humillar a otros.
—Si te ofreciera un lugar entre mis comandantes, ¿lo aceptarías?
So-Hwa cerró el documento.
—No vine al palacio para obtener un título.
—Entonces, ¿por qué viniste?
La joven tardó unos segundos en responder.
—Porque alguien debe impedir que usted termine como mi maestro.
El rey se acercó un paso, sin tocarla.
—¿Y si te dijera que ya no quiero que te marches?
So-Hwa bajó la mirada. Por primera vez, su serenidad dejó espacio a una emoción que no podía controlar con entrenamiento.
—Entonces tendría que decidir si puedo confiar en usted.
Yi Gyeom asintió.
—No te pediré que lo hagas hoy.
En aquel instante, algo comenzó a cambiar entre ellos. No era todavía una promesa de amor, sino el primer paso de una confianza que ambos tendrían que ganarse.
El enemigo estaba más cerca de lo que imaginaban
Al amanecer, So-Hwa recibió un mensaje secreto de un antiguo compañero de entrenamiento. El papel estaba manchado de barro y llevaba el sello de la guardia secreta.
Solo contenía una frase:
«El traidor que ordenó la emboscada se encuentra dentro del palacio. No confíes en el hombre que se arrodilla ante el rey.»
So-Hwa leyó el mensaje dos veces.
En el palacio había decenas de funcionarios que se arrodillaban cada día ante Yi Gyeom. Ministros, generales, consejeros y miembros de la familia real. Cualquiera podía ser el hombre que buscaba.
Corrió hacia los aposentos reales, pero se detuvo al escuchar voces detrás de una puerta.
Reconoció la voz del comandante de la guardia.
—Majestad, la concubina debe ser eliminada antes de que revele lo que sabe.
So-Hwa sintió que la sangre se le helaba.
La segunda voz era la del rey.
—¿Estás seguro de que ella posee los documentos?
El comandante respondió sin vacilar.
—Estoy seguro. Su maestro me los entregó antes de morir.
So-Hwa apretó la espada oculta bajo su manga. ¿Había sido el rey quien ordenó su llegada al palacio para utilizarla? ¿O el comandante estaba mintiendo para enfrentarla con el único hombre al que empezaba a confiar su vida?
Antes de que pudiera escuchar más, una mano le cubrió la boca desde atrás.
Alguien la arrastró hacia una habitación oscura.
So-Hwa reaccionó de inmediato, giró el cuerpo y apoyó la punta de su pequeña espada contra el cuello del desconocido.
Pero cuando la luz de un farol iluminó su rostro, se quedó paralizada.
Era su antiguo maestro.
El mismo hombre al que había visto morir quince años atrás.
Él bajó la mirada hacia la espada y susurró:
—Has aprendido a luchar, So-Hwa. Pero todavía no sabes quién merece tu lealtad.
La joven sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor.
—Yo vi cómo lo mataban. ¿Quién es usted?
El hombre se quitó lentamente el sombrero y mostró una cicatriz que cruzaba su mejilla.
—El hombre que te salvó de la muerte. Y el único que puede decirte por qué el rey te eligió como concubina antes de conocerte.
So-Hwa retrocedió un paso.
Su llegada al palacio, las burlas de Lady Min, el ataque contra el rey y la extraña insistencia del comandante… quizá nada había ocurrido por casualidad.
El hombre se acercó y pronunció las palabras que ella había temido escuchar durante quince años.
—Tu maestro no murió en aquella emboscada. Y el rey Yi Gyeom sabe exactamente quién dio la orden de asesinar a tu familia.
So-Hwa levantó la espada, con los ojos llenos de lágrimas y rabia.
Ahora tenía que elegir entre la verdad sobre su pasado y el hombre que comenzaba a ocupar un lugar en su corazón.
