“La concubina que todos creían inútil”,

“La concubina que todos creían inútil”,
Parte 3: La guerrera que el rey jamás debió subestimar

Los dos asesinos estaban desarmados en el suelo. Los guardias reales irrumpieron en el corredor, pero ninguno se atrevió a acercarse a la mujer que permanecía frente al rey con una espada en la mano.

Baek So-Hwa respiraba con tranquilidad. Su hanbok lavanda estaba ligeramente desordenado, pero su mirada seguía firme. Aquella mujer a la que las concubinas habían ridiculizado por no saber defenderse acababa de proteger al hombre más poderoso del reino.

El rey Yi Gyeom observó el símbolo grabado en la empuñadura de su espada.

So-Hwa bajó lentamente la espada.

La joven sostuvo su mirada.

El rey se quedó en silencio. Por primera vez desde que la había llevado al palacio, no sabía qué esperar de ella.

La humillación regresa a sus dueñas

Al amanecer, la noticia del ataque se extendió por todo el palacio. Los sirvientes contaban que una concubina había derrotado sola a dos asesinos. Los guardias afirmaban que sus movimientos eran más precisos que los de muchos soldados profesionales.

Lady Min se negó a creerlo.

Una de las mujeres que la había acompañado durante las burlas bajó la mirada.

Lady Min sintió que el estómago se le encogía. Recordó la bandeja que había arrojado al suelo, las risas y la manera en que So-Hwa había recogido los objetos sin protestar.

Había confundido su silencio con debilidad.

Cuando el rey convocó a las concubinas al salón principal, Lady Min llegó convencida de que podría explicar lo ocurrido. Sin embargo, encontró a So-Hwa de pie junto al trono, vestida con el mismo hanbok lavanda.

Yi Gyeom habló ante todas.

El rey miró directamente a Lady Min.

Lady Min cayó de rodillas.

So-Hwa intervino antes de que el rey pudiera responder.

El salón quedó en silencio.

La joven no pidió que Lady Min fuera castigada ni exigió que las demás mujeres se arrodillaran ante ella. Solo pidió que ninguna volviera a ser humillada por su origen, su apariencia o su posición.

El rey aceptó la petición y ordenó que se investigara la conducta de las concubinas implicadas. Lady Min perdió temporalmente sus privilegios y quedó bajo supervisión del palacio.

Pero el mayor secreto de So-Hwa todavía estaba por descubrirse.

La mujer que el rey buscaba desde hacía quince años

Esa misma tarde, Yi Gyeom convocó al comandante de la guardia real. Sobre una mesa colocó una antigua insignia de plata, marcada con el mismo símbolo que había visto en la espada de So-Hwa.

El comandante palideció.

El comandante vaciló.

Yi Gyeom se levantó lentamente.

El rey miró hacia las ventanas. So-Hwa tenía veinticinco años. Las fechas coincidían.

Mandó llamar a la joven de inmediato.

Cuando ella entró, el rey no se sentó en el trono. Permaneció frente a ella, sosteniendo la insignia de plata.

So-Hwa perdió por un instante su expresión serena.

El rey comprendió que había tocado un secreto peligroso.

La joven se acercó a la mesa y observó la insignia.

So-Hwa levantó la mirada.

El rey sintió un escalofrío.

Una alianza inesperada

Durante los días siguientes, el rey comenzó a reunirse en secreto con So-Hwa. Ella le enseñó los nombres de los funcionarios que habían financiado a los asesinos y le explicó cómo habían utilizado rutas ocultas para entrar en el palacio.

Yi Gyeom descubrió que la joven no solo era una guerrera excepcional. También sabía leer mapas militares, reconocer sellos falsificados y detectar mentiras en los informes de sus propios consejeros.

Una noche, mientras revisaban los documentos en una habitación privada, el rey dejó la última carta sobre la mesa.

So-Hwa siguió leyendo.

El rey no respondió inmediatamente.

Ella sonrió apenas.

Yi Gyeom soltó una risa inesperada. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien le hablaba sin miedo y sin intentar complacerlo.

Cuando sus miradas se encontraron, el ambiente cambió. El rey se dio cuenta de que ya no la veía como una simple concubina que había tenido suerte durante un ataque. Admiraba su valentía, su inteligencia y la manera en que se negaba a utilizar sus habilidades para humillar a otros.

So-Hwa cerró el documento.

La joven tardó unos segundos en responder.

El rey se acercó un paso, sin tocarla.

So-Hwa bajó la mirada. Por primera vez, su serenidad dejó espacio a una emoción que no podía controlar con entrenamiento.

Yi Gyeom asintió.

En aquel instante, algo comenzó a cambiar entre ellos. No era todavía una promesa de amor, sino el primer paso de una confianza que ambos tendrían que ganarse.

El enemigo estaba más cerca de lo que imaginaban

Al amanecer, So-Hwa recibió un mensaje secreto de un antiguo compañero de entrenamiento. El papel estaba manchado de barro y llevaba el sello de la guardia secreta.

Solo contenía una frase:

«El traidor que ordenó la emboscada se encuentra dentro del palacio. No confíes en el hombre que se arrodilla ante el rey.»

So-Hwa leyó el mensaje dos veces.

En el palacio había decenas de funcionarios que se arrodillaban cada día ante Yi Gyeom. Ministros, generales, consejeros y miembros de la familia real. Cualquiera podía ser el hombre que buscaba.

Corrió hacia los aposentos reales, pero se detuvo al escuchar voces detrás de una puerta.

Reconoció la voz del comandante de la guardia.

So-Hwa sintió que la sangre se le helaba.

La segunda voz era la del rey.

El comandante respondió sin vacilar.

So-Hwa apretó la espada oculta bajo su manga. ¿Había sido el rey quien ordenó su llegada al palacio para utilizarla? ¿O el comandante estaba mintiendo para enfrentarla con el único hombre al que empezaba a confiar su vida?

Antes de que pudiera escuchar más, una mano le cubrió la boca desde atrás.

Alguien la arrastró hacia una habitación oscura.

So-Hwa reaccionó de inmediato, giró el cuerpo y apoyó la punta de su pequeña espada contra el cuello del desconocido.

Pero cuando la luz de un farol iluminó su rostro, se quedó paralizada.

Era su antiguo maestro.

El mismo hombre al que había visto morir quince años atrás.

Él bajó la mirada hacia la espada y susurró:

La joven sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor.

El hombre se quitó lentamente el sombrero y mostró una cicatriz que cruzaba su mejilla.

So-Hwa retrocedió un paso.

Su llegada al palacio, las burlas de Lady Min, el ataque contra el rey y la extraña insistencia del comandante… quizá nada había ocurrido por casualidad.

El hombre se acercó y pronunció las palabras que ella había temido escuchar durante quince años.

—Tu maestro no murió en aquella emboscada. Y el rey Yi Gyeom sabe exactamente quién dio la orden de asesinar a tu familia.

So-Hwa levantó la espada, con los ojos llenos de lágrimas y rabia.

Ahora tenía que elegir entre la verdad sobre su pasado y el hombre que comenzaba a ocupar un lugar en su corazón.

CONTINUARÁ…