“El anciano al que expulsaron del palacio por estar sucio — Parte 2”,

“El anciano al que expulsaron del palacio por estar sucio — Parte 2”,

DRAMA HISTÓRICO COREANO

El anciano al que expulsaron del palacio por estar sucio

Parte 3: El general que el reino olvidó

El anciano permaneció inmóvil mientras el mensajero respiraba con dificultad a sus pies.

Durante un instante, Kang Mu-Jin volvió a tener sesenta años menos. Ya no sintió el dolor de sus rodillas ni el frío que atravesaba su ropa desgastada. Solo escuchó una frase que llevaba años temiendo.

Su antiguo discípulo.

—Levántate —ordenó el anciano.

El mensajero se puso de pie apresuradamente.

—General, el rey ordenó a sus tropas avanzar hacia el paso del norte. Creía que allí encontraría al ejército enemigo, pero la ruta estaba abandonada. Cuando sus soldados entraron en el desfiladero, escucharon tambores a ambos lados. Ahora están rodeados.

Kang Mu-Jin cerró los ojos.

Conocía aquella maniobra. La había enseñado durante años a los mejores oficiales del reino. Consistía en hacer creer al enemigo que había encontrado una ruta segura, para después encerrarlo en un lugar del que no pudiera escapar.

Solo una persona conocía el modo exacto en que él la ejecutaba.

—¿Quién dirige las tropas enemigas? —preguntó.

El mensajero tragó saliva.

—El comandante Han Seok-Jin.

El anciano abrió los ojos de golpe.

—No puede ser.

—El rey lo reconoció desde la distancia. Han Seok-Jin lleva el estandarte negro que usted le entregó cuando terminó su entrenamiento en el palacio.

Mu-Jin bajó la cabeza. Recordó al joven que había entrenado como si fuera su propio hijo. Recordó sus manos temblorosas durante la primera práctica con espada, sus noches estudiando mapas y la promesa que hizo antes de partir hacia la frontera.

«Jamás levantaré mi espada contra el reino que me dio un hogar».

El anciano apretó los puños.

—¿Cuántos soldados acompañan al rey?

—Menos de dos mil. El enemigo tiene al menos seis mil.

Mu-Jin miró hacia el palacio. Desde lejos podía escuchar la alarma y ver pequeñas figuras corriendo por las murallas.

Había advertido al rey. Había recorrido caminos durante días para llegar a tiempo. Y los hombres encargados de protegerlo habían roto su mensaje sin siquiera leerlo.

—Dame tu caballo —dijo.

—General, el comandante ordenó que regresara al palacio. Si vuelve ahora, los guardias podrían arrestarlo.

El anciano se ajustó la ropa embarrada y levantó la mirada.

—Entonces será mejor que no me detengan esta vez.

«Un reino puede sobrevivir a la pérdida de un ejército. Lo que no puede sobrevivir es a un rey que deja de escuchar a quienes intentan salvarlo».

La alarma que llegó demasiado tarde

Dentro del palacio, el comandante corría por el patio principal mientras los soldados cerraban las puertas. Los tambores de guerra resonaban desde las torres y los funcionarios abandonaban sus habitaciones para averiguar qué estaba sucediendo.

El guardia que había roto el mensaje seguía junto a la entrada, con las manos temblorosas.

—Comandante, yo no sabía quién era ese hombre —dijo—. Parecía un mendigo. Pensé que intentaba engañarnos.

El comandante se volvió hacia él.

—¿Le preguntaste su nombre?

El guardia no respondió.

—¿Examinaste el sello que llevaba?

El silencio continuó.

—¿Leíste una sola línea del mensaje que entregó?

El guardia bajó la cabeza.

—No, señor.

El comandante lo agarró por los hombros, furioso.

—¡Entonces no expulsaste a un mendigo! ¡Expulsaste al hombre que salvó este palacio tres veces antes de que tú nacieras!

Los soldados cercanos dejaron de moverse.

—Hace veinte años —continuó el comandante—, Kang Mu-Jin dirigió la defensa de la frontera cuando el ejército enemigo fingió retirarse. Perdimos miles de hombres antes de que él descubriera la trampa. Sin su estrategia, este reino habría caído.

Uno de los guardias murmuró:

—Creíamos que el general había muerto.

—El rey lo declaró desaparecido después de la última campaña. Nadie volvió a verlo. Pero su sello seguía siendo válido. Si hubieras tenido la decencia de escucharlo, quizá nuestro rey no estaría rodeado ahora.

El comandante soltó al guardia y ordenó ensillar su caballo.

—Preparad una unidad de rescate. Quiero veinte jinetes listos inmediatamente.

—¿Veinte? —preguntó un oficial—. ¿Contra seis mil soldados?

—No vamos a ganar una guerra con veinte hombres. Vamos a encontrar al único hombre que sabe cómo terminarla.

El discípulo que traicionó a su maestro

Mientras tanto, el rey Yi Hwan permanecía atrapado en el desfiladero. Las paredes rocosas se elevaban a ambos lados y el camino de regreso estaba bloqueado por carros incendiados.

Sus soldados formaban un círculo defensivo. Algunos estaban heridos; otros apenas podían sostener sus armas. En lo alto de las rocas, los arqueros enemigos esperaban la orden para disparar.

El rey miró a su comandante.

—¿Cómo sabía Han Seok-Jin que elegiríamos esta ruta?

El oficial no respondió.

—¡Te estoy hablando!

—Majestad… alguien de nuestra corte le entregó nuestros mapas.

Yi Hwan sintió que la sangre se le helaba.

—¿Quién?

Antes de que el oficial pudiera contestar, una voz llegó desde la cima del desfiladero.

—¡Su Majestad siempre ha sido demasiado lento para hacer las preguntas correctas!

Han Seok-Jin apareció a caballo, vestido con una armadura negra y una capa que ondeaba con el viento. Su rostro era más delgado que en los recuerdos del rey, pero sus ojos conservaban la misma frialdad.

—Han Seok-Jin —dijo el rey—. Te confié una de nuestras fortalezas. Mi general te enseñó a defender este reino. ¿Por qué haces esto?

El comandante enemigo sonrió.

—Porque su reino nunca me consideró uno de los suyos.

—Te di un título, tierras y soldados.

—Me dio órdenes. El general Kang Mu-Jin me dio conocimientos. Pero ninguno de ustedes me dio lo único que yo quería.

El rey alzó la barbilla.

—¿Qué querías?

Han Seok-Jin desmontó lentamente.

—Que el hombre que me enseñó todo me eligiera como su sucesor. Pero cuando llegó el momento, eligió a otro oficial. Me envió a una frontera olvidada mientras sus favoritos recibían honores en la capital.

—¿Y por eso estás dispuesto a sacrificar a miles de hombres?

—No. Estoy dispuesto a demostrar que el reino entero se construyó sobre la misma mentira.

El rey guardó silencio.

Han Seok-Jin levantó una mano. Un soldado enemigo se acercó y le entregó un pequeño estandarte viejo, cubierto de polvo.

—Pregúntele a su consejero real por qué el general Kang desapareció hace diez años. Pregúntele quién firmó la orden que lo convirtió en traidor. Y pregúntele por qué el archivo original fue sellado con el emblema personal de su padre.

El rostro del rey cambió.

—Eso es imposible. La orden fue destruida.

Han Seok-Jin soltó una carcajada amarga.

—¿Destruida? No, Majestad. La conservé durante todos estos años. Y si el general aparece hoy, usted descubrirá que no fue el único hombre al que la corona traicionó.

El regreso del hombre olvidado

Cuando Kang Mu-Jin llegó a las afueras del desfiladero, el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas.

El mensajero lo había conducido por una ruta estrecha utilizada antiguamente por exploradores. Desde allí, el general pudo observar las posiciones enemigas y los movimientos de los arqueros.

Se arrodilló en el barro y dibujó tres líneas sobre la tierra con una rama.

—Han colocado a la caballería en el este, a los arqueros en las alturas y la infantería en la salida del sur —murmuró—. Quiere que el rey intente escapar por el camino más estrecho.

El mensajero miró el dibujo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo le enseñé a construir esta trampa.

Mu-Jin señaló una pequeña quebrada detrás de la posición enemiga.

—Pero cometió un error. Cree que todos los soldados reaccionarán como lo harían sus hombres. No conoce a los campesinos que viven en estas montañas. Ellos saben dónde corre el agua cuando llueve, dónde cede la tierra y qué senderos pueden soportar el peso de un caballo.

El general se puso de pie.

—Encuentra a los aldeanos. Diles que enciendan tres fuegos en la colina occidental. Cuando los vean, los arqueros enemigos girarán sus posiciones. Entonces enviaremos una señal al rey.

—¿Y después?

Mu-Jin observó las murallas distantes.

—Después le daremos a Su Majestad una oportunidad de escapar. Pero primero quiero saber quién ordenó borrar mi nombre de los registros.

Un ruido de cascos interrumpió sus palabras.

Veinte jinetes aparecieron en el sendero. Al frente cabalgaba el comandante real. Al reconocer al anciano cubierto de barro, desmontó de inmediato y se arrodilló.

—General Kang Mu-Jin. En nombre del palacio, le suplico que regrese. El rey está rodeado y nuestras tropas necesitan su estrategia.

Mu-Jin lo observó sin moverse.

—Cuando fui a entregar mi mensaje, tus guardias me llamaron mendigo y rompieron la advertencia que llevaba.

El comandante bajó la cabeza.

—No tengo excusa. Aceptaré el castigo que el rey considere justo.

El anciano miró a los jinetes, luego al camino que conducía al desfiladero.

—No me arrodillé ante el palacio cuando era general. Tampoco voy a hacerlo ahora que me consideran un viejo sucio.

Se acercó al caballo del comandante y subió con esfuerzo.

—Pero no permitiré que miles de soldados mueran por la arrogancia de unos pocos.

El comandante se levantó y dio una orden a sus hombres.

—¡Formación de rescate! ¡Seguiremos al general!

Mu-Jin levantó una mano para detenerlos.

—No. Esta vez seguiremos mi estrategia.

Por primera vez en muchos años, el anciano volvió a hablar como el comandante que había salvado al reino.

Pero mientras sus jinetes se preparaban para avanzar, el mensajero regresó corriendo desde la colina occidental con un objeto en las manos.

Era una placa militar partida en dos. En ella aparecía el nombre de Kang Mu-Jin junto a un sello real.

—General… encontramos esto junto a los exploradores enemigos.

Mu-Jin tomó la placa y la observó detenidamente.

En el reverso había una inscripción que nunca había visto. Una frase escrita con la letra del antiguo rey.

El comandante real se inclinó para leerla y quedó paralizado.

La inscripción decía que Kang Mu-Jin no había sido declarado traidor por perder una batalla, sino por negarse a cumplir una orden secreta de la corona.

El anciano cerró la mano alrededor de la placa.

—Así que todavía conservan la prueba…

El comandante lo miró con incredulidad.

—¿Qué orden, general?

Mu-Jin volvió la vista hacia el desfiladero, donde el rey luchaba por sobrevivir.

—La orden de asesinar al heredero legítimo antes de que pudiera reclamar el trono.

El viento agitó su barba blanca.

—Y ese heredero… no era el hombre que hoy ocupa el palacio.

CONTINUARÁ…

El general está a punto de salvar al rey, pero la verdad que guarda podría destruir la corona para siempre.