EL GUARDIA QUE NO DEJARON ENTRAR — PARTE 3
Mateo permaneció inmóvil frente a la entrada del lujoso salón mientras sostenía la carpeta que su asistente acababa de entregarle. Hacía apenas unos minutos, todos lo habían visto como un simple guardia de seguridad. Algunos incluso habían pensado que había llegado hasta allí buscando una oportunidad de trabajo.
Ahora, las mismas personas que habían ignorado su presencia observaban cada uno de sus movimientos.
El asistente permanecía a su lado, serio. Sabía que aquella carpeta contenía información que podía cambiar completamente el rumbo del evento.
Mateo abrió lentamente el documento.
Su expresión cambió.
—¿Qué es esto? —preguntó.
El asistente respiró profundamente.
—Es el informe que recibimos esta mañana, señor.
Mateo pasó la primera página. Luego la segunda. Sus ojos recorrieron rápidamente los números, las firmas y los movimientos registrados.
—Esto no estaba en el informe que revisé ayer.
—Lo sé, señor.
Mateo levantó la mirada.
—¿Quién lo agregó?
El asistente miró discretamente hacia el interior del salón.
—Por eso necesitaba hablar con usted antes de que comenzara el evento.
Mateo cerró parcialmente la carpeta.
—Habla.
El asistente bajó la voz.
—Encontramos una serie de transferencias realizadas durante los últimos seis meses. Todas fueron autorizadas utilizando la firma digital de la presidencia.
Mateo frunció el ceño.
—¿Y cuál es el problema?
—Que usted nunca autorizó esas transferencias.
Durante unos segundos, Mateo no respondió.
El ruido de la fiesta parecía haberse alejado. A su alrededor, los invitados continuaban hablando, pero para él todo había quedado reducido a aquella carpeta.
—¿De cuánto estamos hablando?
El asistente dudó.
—De una cantidad cercana a los cuatro millones de dólares.
Mateo levantó lentamente los ojos.
—¿Cuatro millones?
—Sí, señor.
El hombre que había entrado vestido de guardia de seguridad cerró la carpeta con cuidado.
—¿Quién más tiene acceso a mis autorizaciones?
—Muy pocas personas.
Mateo lo miró fijamente.
—Dime los nombres.
El asistente observó nuevamente hacia el salón.
—El director financiero. El vicepresidente ejecutivo. El jefe de operaciones y yo.
Mateo permaneció pensativo.
—¿Tú hiciste alguna de esas transferencias?
El asistente abrió los ojos sorprendido.
—No, señor. Jamás haría algo así.
Mateo asintió.
—Lo sé.
Luego volvió a abrir la carpeta.
En una de las últimas páginas había una lista de compañías que habían recibido el dinero.
Mateo leyó cada nombre con atención.
Una de ellas le resultó familiar.
—Espera.
El asistente se acercó.
—¿Qué ocurre?
Mateo señaló uno de los nombres.
—Esta empresa.
—¿La conoce?
—No directamente. Pero conozco al abogado que aparece como representante.
El asistente quedó en silencio.
—¿Quién es?
Mateo cerró la carpeta.
—El hombre que me recomendó para ocupar la presidencia.
El asistente palideció.
—Eso significa que…
—Significa que no vamos a acusar a nadie todavía.
Mateo habló con absoluta tranquilidad.
—Primero vamos a descubrir quién está detrás de esto.
El asistente asintió.
En ese momento, el hotel manager se acercó.
—Señor presidente, los invitados están esperando su llegada al salón principal.
Mateo miró hacia el interior.
Los mismos ejecutivos que momentos antes habían presenciado la escena de la entrada ahora estaban reunidos alrededor de las mesas principales.
Algunos todavía hablaban entre ellos sobre lo sucedido.
El guardia que había intentado detener a Mateo continuaba cerca de la entrada. Parecía avergonzado y no sabía si debía marcharse o permanecer allí.
Mateo se acercó a él.
—¿Cómo te llamas?
—Roberto, señor.
—Roberto, ¿cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
—Casi nueve años.
Mateo asintió.
—Entonces conoces este lugar mejor que muchas de las personas que están dentro.
Roberto bajó la mirada.
—Señor, yo de verdad lo siento. No sabía quién era usted.
Mateo respondió con calma.
—Precisamente por eso no estoy molesto contigo.
Roberto levantó la mirada.
—¿No?
—No. Me preocuparía más que trataras con respeto solamente a las personas importantes.
Roberto permaneció callado.
Mateo continuó.
—Todos merecen respeto. Incluso alguien que lleva un uniforme que otros consideran insignificante.
El guardia asintió con emoción contenida.
—Gracias, señor.
Mateo le dio una palmada amistosa en el hombro y entró al salón.
Las conversaciones comenzaron a detenerse una por una.
Los ejecutivos se levantaron al verlo.
—Buenas noches, presidente.
Mateo caminó hasta la mesa principal.
—Buenas noches. Pueden sentarse.
Todos obedecieron.
El director financiero tomó la palabra.
—Señor Mateo, nos alegra mucho finalmente tenerlo con nosotros en un evento tan importante.
Mateo lo observó durante unos segundos.
—A mí también.
Pero su mirada cambió ligeramente.
El director financiero parecía nervioso.
Mateo lo notó.
También notó que, cuando su asistente dejó la carpeta sobre la mesa, aquel hombre miró rápidamente hacia ella.
Fue apenas un segundo.
Pero Mateo lo vio.
—Antes de comenzar —dijo Mateo—, quiero hacer una pregunta.
Todos guardaron silencio.
—¿Quién preparó el informe financiero de esta noche?
El director financiero respondió inmediatamente.
—Mi equipo, señor.
—¿Lo revisaste personalmente?
El hombre dudó.
—Sí.
Mateo sostuvo su mirada.
—Entonces tendrás que explicarme algo.
El director financiero tragó saliva.
Mateo abrió la carpeta.
—Aquí aparecen cuatro millones de dólares que salieron de nuestras cuentas durante los últimos seis meses.
El ambiente cambió inmediatamente.
Algunos ejecutivos se miraron sorprendidos.
El director financiero intentó mantener la calma.
—Seguramente se trata de una operación interna que todavía no ha sido registrada correctamente.
Mateo negó con la cabeza.
—No.
Pasó una página.
—La operación aparece registrada. Lo que no aparece es la autorización real.
El director financiero permaneció en silencio.
Mateo señaló una firma digital.
—Esta autorización lleva mi nombre.
Todos miraron el documento.
—Pero yo nunca la firmé.
El silencio fue absoluto.
El vicepresidente ejecutivo intervino.
—Tal vez alguien utilizó sus credenciales sin autorización.
Mateo lo miró.
—Eso es exactamente lo que estamos investigando.
El asistente colocó sobre la mesa varios documentos adicionales.
—También encontramos algo más.
Mateo asintió.
—Muéstrales.
El asistente abrió una segunda carpeta.
Dentro había copias de contratos y registros bancarios.
—Las cuatro transferencias terminaron en compañías diferentes, pero todas tienen una conexión.
Uno de los ejecutivos preguntó:
—¿Cuál?
El asistente miró a Mateo.
Mateo respondió:
—Todas fueron creadas por la misma firma legal.
El director financiero comenzó a ponerse visiblemente nervioso.
Mateo lo observó.
—¿Conoces esa firma?
—No estoy seguro.
—Curiosa respuesta.
Mateo tomó el teléfono.
—Porque según estos documentos, tu nombre aparece en una reunión relacionada con una de esas compañías.
El director financiero se quedó completamente quieto.
—Eso no significa que yo haya hecho algo ilegal.
—Nunca dije que lo hubieras hecho.
Mateo se levantó lentamente.
—Solo dije que vamos a descubrir la verdad.
En ese instante, el teléfono de Mateo vibró.
Miró la pantalla.
Era una llamada de un número desconocido.
Contestó.
—¿Sí?
Una voz masculina habló al otro lado.
—Señor Mateo, encontramos algo que debería ver personalmente.
Mateo frunció el ceño.
—¿Quién habla?
La voz respondió:
—Alguien que lleva semanas investigando las transferencias.
Mateo se apartó ligeramente de la mesa.
—¿Qué encontraste?
Hubo una pausa.
—La firma digital fue utilizada desde una computadora que pertenece a alguien dentro de esta misma sala.
Mateo levantó la mirada.
Todos los ejecutivos estaban frente a él.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Mateo miró uno por uno a los presentes.
El director financiero evitó su mirada.
El vicepresidente permaneció inmóvil.
Su asistente observaba atentamente.
Y entonces Mateo vio algo que hizo que su expresión cambiara.
El hombre que estaba sentado al extremo de la mesa tenía sobre su teléfono exactamente el mismo símbolo que aparecía en los documentos de las empresas receptoras.
Mateo no dijo nada.
Simplemente miró el teléfono.
Luego miró al hombre.
El hombre levantó lentamente los ojos.
Sus miradas se encontraron.
Durante varios segundos nadie habló.
Mateo finalmente cerró la carpeta.
—Creo que ya sé por dónde empezar.
El hombre palideció.
Mateo se volvió hacia su asistente.
—Cierra las puertas.
El asistente entendió inmediatamente.
Las puertas del salón comenzaron a cerrarse lentamente.
Todos los presentes se quedaron dentro.
Mateo permaneció de pie en el centro de la sala.
Ya no estaba allí como el hombre que había sido confundido con un guardia.
Ahora estaba allí como el presidente que acababa de descubrir que alguien de su propia compañía podía estar robándole millones.
Y lo peor era que esa persona llevaba años trabajando a su lado.
CONTINUARÁ…
