EL HOMBRE QUE TODOS JUZGARON MAL — PARTE 3
Camila permaneció completamente inmóvil detrás del mostrador.
Durante unos segundos, el ruido de la boutique pareció desaparecer. Las conversaciones de los clientes, el sonido de los pasos sobre el mármol y hasta la música ambiental quedaron en segundo plano.
Lo único que podía escuchar era el latido acelerado de su propio corazón.
Sobre el mostrador estaba el comprobante de la transacción.
$38,000 USD.
El pago había sido aprobado.
El hombre al que ella había juzgado apenas unos minutos antes acababa de comprar el reloj más caro de toda la tienda.
Y ahora el gerente acababa de decir algo todavía más inesperado.
—Adrián es el nuevo propietario del edificio donde está esta boutique.
Camila miró al hombre que tenía delante.
Adrián seguía exactamente igual que cuando había entrado.
Su camisa beige estaba ligeramente arrugada. Sus jeans eran sencillos. Sus zapatillas no tenían ninguna marca llamativa. No llevaba cadenas, relojes costosos ni anillos de lujo.
Pero ahora Camila veía todo aquello de una manera completamente diferente.
No parecía un hombre que no pudiera permitirse un reloj de $38,000.
Parecía un hombre que simplemente no necesitaba demostrar que podía pagarlo.
Camila tragó saliva.
—¿Usted… compró este edificio?
Adrián asintió lentamente.
—Hace unas semanas.
Ricardo, el gerente, intervino.
—Y no solamente este edificio. También adquirió otros tres inmuebles de esta zona.
Camila abrió ligeramente la boca.
Ahora entendía por qué Ricardo había reaccionado de aquella manera cuando lo vio.
Adrián no era un cliente cualquiera.
Sin embargo, algo no tenía sentido.
Si tenía tanto dinero, ¿por qué había entrado vestido de aquella manera?
Camila reunió valor y decidió preguntarlo.
—Si usted tiene tanto dinero… ¿por qué viene vestido así?
Adrián la miró durante unos segundos.
No parecía molesto.
Simplemente parecía estar pensando en la respuesta correcta.
—Porque esta es mi ropa.
Camila bajó la mirada.
Adrián continuó:
—No necesito vestirme de una determinada manera para sentir que valgo algo.
Ricardo observó a Camila en silencio.
Ella sabía exactamente lo que Adrián quería decir.
Minutos antes había decidido cuánto dinero podía tener una persona simplemente mirando su ropa.
Y ahora esa misma decisión se había vuelto contra ella.
Camila respiró profundamente.
—Señor Adrián… quiero pedirle disculpas.
Adrián no respondió inmediatamente.
Ella continuó:
—Lo juzgué por su apariencia. Pensé que no podía permitirse lo que vendemos aquí.
Adrián la miró directamente a los ojos.
—Y eso es exactamente lo que estuvo mal.
Camila asintió.
—Lo sé.
Adrián señaló el reloj.
—Yo entré aquí queriendo comprar un reloj. Nada más.
Camila miró la caja negra que todavía estaba sobre el mostrador.
—Y terminó comprando el más caro.
Adrián sonrió ligeramente.
—Porque fue el que me gustó.
Ricardo soltó una pequeña sonrisa.
Pero la conversación todavía no había terminado.
Adrián tomó la caja del reloj y la sostuvo entre sus manos.
—¿Sabes qué es lo curioso?
Camila levantó la mirada.
—¿Qué?
—Si hubiera tenido menos dinero, probablemente habría salido de aquí sintiéndome menos por la forma en que me trataste.
Camila permaneció callada.
—Y eso es lo que muchas personas hacen todos los días.
Adrián hizo una pausa.
—Juzgan a alguien antes de conocerlo.
Camila respiró profundamente.
—Tiene razón.
Adrián tomó el recibo.
Entonces hizo algo que sorprendió incluso al gerente.
Colocó nuevamente el comprobante sobre el mostrador.
—Quiero que guardes esto.
Camila lo miró confundida.
—¿Por qué?
—Para que recuerdes que nunca puedes saber cuánto vale una persona mirando lo que lleva puesto.
Camila tomó el recibo con cuidado.
Por primera vez desde que Adrián había entrado a la tienda, no sabía qué decir.
Adrián tomó la caja del reloj y comenzó a caminar hacia la salida.
Algunos clientes que habían observado la escena empezaron a mirarlo con curiosidad.
Pero Adrián no parecía interesado en llamar la atención.
Simplemente quería marcharse.
Estaba a unos pasos de la puerta cuando Ricardo recibió una llamada en su teléfono.
El gerente respondió.
—¿Sí?
Su expresión cambió lentamente.
Primero frunció el ceño.
Después se quedó completamente serio.
—¿Está seguro?
Adrián se detuvo.
Miró hacia atrás.
Ricardo escuchó durante unos segundos más.
—Entiendo.
Colgó.
Adrián regresó lentamente hacia él.
—¿Qué pasó?
Ricardo dudó.
—Señor, acaban de llamar de su oficina.
—¿Y?
Ricardo miró alrededor de la boutique antes de responder.
—Encontraron un problema con los documentos de la compra de este edificio.
Adrián dejó de sonreír.
—¿Qué problema?
Ricardo bajó la voz.
—La persona que aparece como propietaria anterior… podría no existir.
Adrián quedó en silencio.
—¿Cómo que podría no existir?
Ricardo sacó su teléfono y abrió un documento digital.
—La firma utilizada en la venta no coincide con los registros anteriores.
Adrián extendió la mano.
—Déjame verlo.
Ricardo le mostró la pantalla.
Adrián comenzó a revisar los documentos.
Al principio no encontró nada extraño.
Pero entonces vio un nombre.
Se quedó completamente quieto.
Ricardo lo notó.
—¿Lo conoce?
Adrián no respondió.
Volvió a mirar el nombre.
Era imposible.
Ese nombre pertenecía a una persona que había muerto varios años atrás.
Adrián levantó lentamente la mirada.
—¿Quién te entregó estos documentos?
—El abogado que manejó la operación.
—Quiero hablar con él.
Ricardo asintió.
—Ya viene en camino.
Camila escuchaba desde unos metros de distancia.
Ya no pensaba en el reloj.
Ahora estaba completamente concentrada en la conversación.
Adrián guardó silencio durante unos segundos.
Después preguntó:
—¿Cuándo descubrieron esto?
—Hace menos de una hora.
—¿Y por qué no me llamaron directamente?
Ricardo bajó la mirada.
—Intentaron hacerlo, pero su teléfono estaba apagado.
Adrián miró el suyo.
Tenía varias llamadas perdidas.
Algo no estaba bien.
Hasta ese momento había pensado que la compra del edificio había sido una de las operaciones más sencillas de su vida.
Había revisado los contratos.
Había contratado abogados.
Había verificado los registros.
Todo parecía estar en orden.
Pero ahora aparecía un problema que podía cambiarlo todo.
Adrián miró nuevamente el documento.
El nombre seguía allí.
Y cuanto más lo miraba, más extraño parecía.
—Ese hombre murió hace ocho años.
Camila abrió los ojos.
Ricardo asintió lentamente.
—Eso fue exactamente lo que descubrieron.
Adrián dejó la caja del reloj sobre el mostrador.
—Entonces alguien utilizó su identidad.
—Eso parece.
Durante varios segundos nadie habló.
Finalmente, Camila se acercó.
—Señor Adrián…
Adrián la miró.
—¿Qué?
Camila dudó antes de continuar.
—Cuando usted entró a la tienda… ¿ya sabía que había algo extraño con el edificio?
Adrián negó con la cabeza.
—No.
Camila se quedó pensativa.
—Entonces… ¿por qué vino hoy?
Adrián miró el reloj que acababa de comprar.
—Porque mi padre me dejó una nota antes de morir.
Camila y Ricardo se miraron.
—¿Qué decía?
Adrián permaneció unos segundos en silencio.
Finalmente respondió:
—Decía que algún día debía venir a este edificio y comprar algo en la tienda de la planta baja.
Ricardo frunció el ceño.
—¿Su padre conocía este lugar?
—Eso es lo que no entiendo.
Adrián sacó su teléfono y abrió una fotografía antigua.
Se la mostró a Ricardo.
Era una fotografía de muchos años atrás.
En ella aparecía el mismo edificio.
Pero había algo todavía más extraño.
En la entrada aparecía un hombre joven.
Ricardo se acercó a la pantalla.
Su rostro cambió.
—Ese hombre…
Adrián lo miró.
—¿Qué pasa?
Ricardo señaló la fotografía.
—Es el hombre que aparece como vendedor en los documentos.
Adrián sintió un escalofrío.
Miró nuevamente la imagen.
El hombre de la fotografía era exactamente la persona cuyo nombre aparecía en los documentos.
Pero había un problema.
La fotografía había sido tomada veinte años atrás.
Y el hombre que supuestamente había firmado la venta había muerto ocho años antes.
Adrián guardó silencio.
Entonces vio algo detrás del hombre en la fotografía.
Una pequeña placa dorada en la puerta de la boutique.
Se acercó a la pantalla.
—Amplía esa parte.
Ricardo amplió la fotografía.
Adrián se quedó completamente serio.
En la placa aparecía un nombre.
El mismo apellido que el de su familia.
Camila observó la pantalla sin entender.
—¿Qué significa eso?
Adrián tardó unos segundos en responder.
—Significa que mi familia ya tenía una relación con este edificio mucho antes de que yo lo comprara.
Ricardo lo miró sorprendido.
—¿Y usted nunca lo supo?
Adrián negó lentamente con la cabeza.
—Mi padre nunca me habló de esto.
De repente, el teléfono de Adrián comenzó a sonar.
Era un número desconocido.
Todos miraron el teléfono.
Adrián dudó unos segundos.
Finalmente respondió.
—¿Sí?
Al otro lado de la línea se escuchó una voz masculina.
La voz habló lentamente.
—Si ya encontraste los documentos, entonces también encontraste la fotografía.
Adrián se quedó completamente inmóvil.
—¿Quién eres?
La persona al otro lado soltó una pequeña respiración.
—Alguien que conoció a tu padre.
Adrián apretó el teléfono.
—¿Qué quieres?
Hubo un silencio.
Después la voz respondió:
—Quiero que salgas de ese edificio antes de que descubras quién realmente lo compró.
La llamada terminó.
Adrián bajó lentamente el teléfono.
Camila lo observó con preocupación.
—¿Qué pasó?
Adrián no respondió.
Miró hacia las enormes ventanas de la boutique.
Luego miró el reloj de $38,000 USD que acababa de comprar.
Hasta hacía unos minutos, aquel reloj había sido el centro de toda la historia.
Ahora era lo último que le importaba.
Porque Adrián acababa de comprender algo.
Tal vez aquella visita a la joyería no había sido una casualidad.
Tal vez su padre sabía exactamente lo que estaba haciendo cuando le dejó aquella nota.
Y quizás el hombre que había vendido el edificio utilizando una identidad falsa todavía estaba buscando algo dentro de él.
Adrián miró a Ricardo.
—Cierra la tienda.
Ricardo abrió los ojos.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo.
Camila dio un paso hacia atrás.
—¿Por qué?
Adrián miró nuevamente hacia la puerta.
Un hombre desconocido acababa de entrar al edificio.
Llevaba un traje oscuro.
No miró las vitrinas.
No miró los relojes.
Solo levantó la cabeza…
y miró directamente hacia Adrián.
Adrián lo reconoció.
Era el hombre que aparecía en la fotografía de su padre.
El mismo hombre que, según los documentos, llevaba ocho años muerto.
