“EL NIÑO QUE NADIE PODÍA ATRAPAR — PARTE 2”,

“EL NIÑO QUE NADIE PODÍA ATRAPAR — PARTE 2”,

 

EL NIÑO QUE NADIE PODÍA ATRAPAR — PARTE 3

Mateo finalmente había sido atrapado.

Después de pasar toda la tarde corriendo por los techos, saltando de una casa a otra y escapando de los vecinos y del equipo de intervención juvenil, ahora caminaba hacia la camioneta acompañado por Santiago y los otros dos integrantes del equipo.

Por primera vez en mucho tiempo, Mateo no tenía ningún lugar hacia donde correr.

Pero tampoco parecía asustado.

Seguía mirando hacia todos lados con aquella expresión inquieta que había hecho famosa su reputación en todo el barrio.

Desde las aceras, varios vecinos observaban en silencio.

Una señora cruzó los brazos.

—Por fin lo agarraron.

Otro vecino respondió:

—Ese muchacho nos tenía locos.

Mateo escuchó el comentario y giró la cabeza.

—¡Tampoco era para tanto!

Los vecinos comenzaron a protestar.

—¡¿Que no era para tanto?!

—¡Me llenaste la casa de agua!

—¡Me escondiste las llaves!

—¡Y ayer me robaste todas las pinzas de la ropa!

Mateo sonrió.

—Las devolví.

La señora levantó una ceja.

—¡Las devolviste tres días después!

Mateo volvió a sonreír.

Santiago negó con la cabeza.

—Vamos. Ya hablaremos de todas tus travesuras.

El viaje

Mateo subió finalmente a la camioneta.

Se sentó junto a la ventana y observó el barrio mientras el vehículo comenzaba a avanzar.

Por primera vez, las calles que conocía perfectamente comenzaron a alejarse.

Pasaron frente a la tienda donde acostumbraba esconderse.

Pasaron frente a la casa de don Ernesto, cuya manguera había abierto accidentalmente dos semanas atrás.

Pasaron frente al pequeño parque donde Mateo había convertido una vieja bicicleta en su vehículo de escape.

El muchacho observaba todo en silencio.

Santiago se sentó frente a él.

—¿Sabes por qué estamos aquí?

Mateo se encogió de hombros.

—Porque los vecinos no tienen sentido del humor.

Santiago soltó una pequeña sonrisa.

—No. Estamos aquí porque tu comportamiento está poniendo en peligro a otras personas y también a ti.

Mateo miró hacia la ventana.

—Yo siempre caigo de pie.

—Eso no significa que siempre vaya a ser así.

Mateo no respondió.

El lugar

Después de varios minutos, la camioneta llegó a un centro juvenil ubicado a las afueras del pueblo.

No era una cárcel.

No había barrotes ni un ambiente oscuro.

Era un centro de orientación y convivencia para adolescentes con problemas de conducta, donde trabajaban educadores, orientadores y entrenadores.

Mateo bajó del vehículo y miró el edificio.

—¿Aquí es?

—Sí —respondió Santiago.

Mateo miró hacia la carretera.

—¿Y si me voy?

Santiago lo miró tranquilamente.

—Puedes intentarlo.

Mateo levantó una ceja.

—¿No vas a detenerme?

—No hace falta.

—¿Por qué?

Santiago señaló el enorme muro que rodeaba el lugar.

—Porque aquí no tienes techos conectados para correr.

Mateo miró el muro.

Después miró a Santiago.

Y por primera vez, no encontró una respuesta.

El primer día

Dentro del centro, Mateo conoció a otros jóvenes.

Algunos estaban allí por problemas de conducta.

Otros tenían dificultades para controlar su carácter.

Mateo se sentó durante una reunión mientras una orientadora explicaba las reglas.

—Aquí nadie viene a castigarte —dijo ella—. Venimos a ayudarte a aprender a controlar tus decisiones.

Mateo levantó la mano.

—¿Y si no quiero aprender?

La orientadora sonrió.

—Entonces tardaremos un poco más.

Algunos jóvenes se rieron.

Mateo cruzó los brazos.

—Esto va a ser aburrido.

La orientadora respondió:

—Eso depende de ti.

La primera travesura

Al día siguiente, Mateo volvió a demostrar que no había cambiado.

Durante el desayuno, tomó discretamente una pequeña botella de agua y la escondió detrás de una maceta.

Uno de los jóvenes lo observó.

—¿Qué estás haciendo?

Mateo sonrió.

—Nada.

Minutos después, alguien encontró la botella en un lugar completamente distinto.

Todos comenzaron a buscar al responsable.

Mateo permanecía sentado intentando no reírse.

Santiago apareció detrás de él.

—Mateo.

Mateo se quedó quieto.

—¿Sí?

—Te vi.

Mateo bajó la mirada.

—Ah.

—Ven conmigo.

Mateo suspiró.

—Ya empezamos…

Una oportunidad diferente

En lugar de castigarlo, Santiago llevó a Mateo a una zona deportiva.

Allí había una pista de obstáculos.

Había paredes bajas, cuerdas, plataformas y estructuras diseñadas para entrenamiento físico.

Mateo abrió los ojos.

—¿Qué es esto?

—Una oportunidad para usar toda esa energía que tienes.

Mateo sonrió.

—¿Puedo correr?

—Sí.

—¿Saltar?

—Sí.

—¿Subir?

—También.

Mateo miró la pista.

—¿Y nadie me va a perseguir?

Santiago sonrió.

—Si completas el circuito, no.

Mateo salió disparado.

Corrió por la pista a toda velocidad.

Saltó una barrera.

Pasó debajo de una estructura.

Subió una pared de entrenamiento.

Saltó hacia la siguiente plataforma.

Los demás jóvenes comenzaron a animarlo.

—¡Vamos, Mateo!

Mateo cruzó la meta y levantó los brazos.

—¡¿Vieron eso?!

Santiago asintió.

—Eso es lo que quiero que entiendas.

Mateo se acercó.

—¿Qué cosa?

—No tienes que dejar de ser energético. Tienes que aprender a controlar hacia dónde diriges esa energía.

Mateo permaneció pensativo.

La visita de los vecinos

Una semana después, el centro recibió una visita inesperada.

Varios vecinos del barrio habían llegado para participar en una reunión comunitaria.

Mateo apareció en el patio.

Al verlos, se quedó completamente sorprendido.

—¿Qué hacen ustedes aquí?

La señora de las pinzas de ropa levantó la mano.

—Vinimos a ver si todavía eres tan travieso.

Mateo sonrió.

—Un poquito.

Todos comenzaron a reír.

Incluso algunos de los vecinos que habían estado más molestos con él terminaron sonriendo.

Pero entonces don Ernesto se acercó.

—Mateo, tenemos que hablar.

Mateo se puso serio.

—¿Qué hice ahora?

Don Ernesto negó con la cabeza.

—Nada.

—¿Nada?

—Queremos proponerte algo.

La propuesta

Los vecinos habían decidido organizar actividades deportivas para los jóvenes del barrio.

Y querían que Mateo ayudara.

Mateo no entendía.

—¿Yo?

—Tú —respondió don Ernesto.

—Pero yo soy el más problemático.

La señora respondió:

—Precisamente por eso.

Mateo permaneció en silencio.

—Tienes mucha energía —continuó ella—. Quizás puedas enseñarles a los más pequeños a correr, saltar y divertirse sin meterse en problemas.

Mateo miró a Santiago.

Santiago simplemente asintió.

—Creo que deberías intentarlo.

El regreso al barrio

Dos semanas después, Mateo regresó a su barrio.

Las mismas casas estaban allí.

Las mismas calles.

Los mismos vecinos.

Pero esta vez nadie salió corriendo detrás de él.

Mateo caminó por la calle con una mochila deportiva sobre los hombros.

Un grupo de niños pequeños se acercó.

—¡Mateo!

—¿Qué?

—¿Nos vas a enseñar a saltar?

Mateo sonrió.

—Sí.

—¿Y a correr por los techos?

Mateo negó inmediatamente.

—Eso no.

Los niños comenzaron a reír.

—¿Por qué?

Mateo miró hacia los techos.

Recordó todas las veces que había corrido por ellos.

Recordó a los vecinos persiguiéndolo.

Recordó la camioneta.

Recordó el centro.

Y finalmente sonrió.

—Porque ya aprendí que una travesura puede parecer divertida hasta que alguien termina lastimado.

El último desafío

Esa tarde, Mateo organizó una pequeña carrera en el parque.

Los niños corrían por una pista segura mientras los vecinos observaban.

Santiago estaba allí también.

—¿Quién llega primero? —gritó Mateo.

Los niños salieron corriendo.

Mateo comenzó a correr detrás de ellos.

Por un instante, volvió a ser aquel muchacho que nadie podía atrapar.

Pero esta vez no estaba escapando.

Estaba guiando a los demás.

Cuando terminó la carrera, todos celebraron.

Don Ernesto se acercó.

—¿Sabes algo?

Mateo lo miró.

—¿Qué?

—Creo que finalmente encontramos la forma de cansarte.

Mateo soltó una carcajada.

—Eso es imposible.

Don Ernesto sonrió.

—Entonces tendremos que intentarlo todos los días.

Un último susto

Cuando todos estaban recogiendo las cosas, se escuchó un ruido fuerte detrás de una casa.

Mateo levantó la cabeza.

—¿Qué fue eso?

Los vecinos miraron hacia el mismo lugar.

Mateo comenzó a caminar rápidamente.

—Mateo —dijo Santiago—. No.

Mateo se detuvo.

—Solo voy a mirar.

—Te conozco.

Mateo sonrió.

—Está bien.

Se quedó quieto unos segundos.

Después escucharon nuevamente el ruido.

Mateo miró a Santiago.

—Pero esta vez sí parece importante.

Santiago caminó con él.

Al llegar detrás de la casa, descubrieron que un pequeño perro había quedado atrapado entre unas cajas.

Mateo se agachó inmediatamente.

—Tranquilo.

Con cuidado, apartó las cajas y ayudó al animal a salir.

El perro corrió hacia su dueño.

Mateo se quedó mirando.

Santiago sonrió.

—Eso estuvo bien.

Mateo se encogió de hombros.

—Supongo que también puedo hacer cosas buenas.

—Más de las que crees.

El final

Con el paso de los meses, Mateo siguió siendo inquieto.

Seguía haciendo bromas.

Seguía corriendo.

Seguía siendo uno de los jóvenes con más energía del barrio.

Pero ya no destruía cosas para divertirse.

Ya no ponía a los vecinos en peligro.

Y, sobre todo, había aprendido a detenerse antes de que una travesura se convirtiera en un problema.

Los vecinos dejaron de verlo como el muchacho que les causaba dolores de cabeza.

Comenzaron a verlo como alguien que podía ayudar.

Y Mateo descubrió algo que jamás había imaginado:

Que toda aquella energía que antes utilizaba para escapar podía convertirse en algo mucho más grande.

Un día, mientras entrenaba con los niños del barrio, uno de ellos le preguntó:

—Mateo, ¿tú todavía sabes correr por los techos?

Mateo sonrió.

—Claro que sé.

El niño abrió los ojos.

—¿Entonces por qué ya no lo haces?

Mateo miró hacia las casas.

Después miró a los niños.

—Porque aprendí que ser valiente no significa hacer cualquier cosa.

El niño preguntó:

—¿Entonces qué significa?

Mateo sonrió.

—Significa saber cuándo correr… y cuándo detenerte.

Los niños se quedaron en silencio durante un segundo.

Después uno gritó:

—¡Carrera!

Todos salieron corriendo.

Mateo se quedó atrás unos segundos.

Luego sonrió y salió corriendo detrás de ellos.

Esta vez no escapaba de nadie.

Esta vez corría porque había encontrado un lugar donde toda su energía tenía un propósito.

FIN

Mateo nunca dejó de ser travieso. Simplemente aprendió que su energía podía convertirse en algo bueno cuando dejaba de usarla para escapar de los problemas y comenzaba a usarla para ayudar a los demás.

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