EL NOVIO POBRE ORDENÓ ARRESTAR A SU FUTURO SUEGRO… ¡PERO UNA CARTA REVELÓ QUE TODO ERA UNA TRAMPA!
La verdad detrás de la traición era mucho más peligrosa de lo que cualquiera imaginaba.
La acusación que cambió el destino de todos
Los soldados reales rodearon a Han Dae-Sik frente a la residencia familiar. El hombre que minutos antes había humillado a Kang Tae-Jun ahora temblaba ante él, incapaz de comprender cómo el joven que había considerado un pobre sin importancia podía dar órdenes a todo un ejército.
Pero cuando los guardias se acercaron para detenerlo, Han Dae-Sik levantó la cabeza y gritó desesperadamente.
—¡Es una trampa! ¡Yo no he traicionado al reino! ¡Alteza, alguien quiere destruirme!
Tae-Jun levantó una mano. Los soldados se detuvieron de inmediato.
—No confunda mi paciencia con debilidad. Si dice la verdad, tendrá la oportunidad de demostrarlo. Pero si intenta engañarme, nadie podrá salvarlo.
Seo-Hwa observaba la escena con el rostro pálido. El hombre al que amaba era el príncipe heredero. Su padre podía ser un traidor. Y el ejército que había aparecido ante su casa era apenas el comienzo de algo mucho más grande.
—Tae-Jun… necesito saber por qué ocultaste quién eras.
El príncipe la miró. Por primera vez desde que se había revelado su identidad, su expresión perdió parte de su frialdad.
—Quería saber si me amabas por quien soy o por el poder que represento. Cuando llegué a tu casa, tu padre me juzgó por mis ropas antes de escuchar una sola palabra.
—Yo nunca te pedí riquezas ni títulos.
Tae-Jun quiso responder, pero el capitán real se acercó sosteniendo un documento sellado.
—¡Alteza! El rey exige su regreso inmediato a la capital. Además, la familia Han ha sido acusada de robar información militar confidencial.
El rostro de Seo-Hwa cambió al escuchar aquellas palabras. Su padre bajó la mirada, como si acabara de recordar algo que llevaba demasiado tiempo intentando olvidar.
—¿Qué información militar?
—Los nombres y las posiciones de los soldados que protegen la frontera norte. Si esa información llega al enemigo, miles de hombres podrían morir.
Han Dae-Sik apretó los puños.
—¡Yo me negué a entregar esos nombres! Recibí una orden, pero sabía que algo no estaba bien. Nunca obedecí aquella petición.
Tae-Jun lo estudió en silencio. Si el padre de Seo-Hwa decía la verdad, alguien había utilizado su nombre para preparar una traición y luego había fabricado pruebas para culparlo.
—Lo llevarán a la capital para ser interrogado. Nadie lo golpeará ni lo ejecutará sin pruebas. Pero tampoco permitiré que escape.
Los soldados escoltaron a Han Dae-Sik hacia un carruaje. Seo-Hwa dio un paso para seguirlo, pero Tae-Jun la detuvo con suavidad.
—Ven conmigo. Si tu padre está diciendo la verdad, quizá tú sepas algo que nos ayude a descubrir quién está detrás de todo esto.
El secreto del anillo negro
El viaje hacia la capital comenzó bajo un cielo gris. Tae-Jun cabalgaba junto a la carroza en la que viajaba Seo-Hwa. Durante varias horas, ella permaneció callada, mirando el camino sin poder apartar de su mente las palabras de su padre.
Finalmente, habló.
—Hace unas semanas vi a un hombre reunirse con mi padre en un pabellón detrás de nuestra casa. Llevaba un anillo negro con un dragón grabado. Cuando me vio, escondió la mano y se marchó.
—¿Reconocerías a ese hombre si volviera a aparecer?
—Sí. Recuerdo su voz y una cicatriz que tenía cerca de la mandíbula.
El capitán, que cabalgaba cerca de ellos, escuchó la descripción. Su expresión cambió de inmediato.
—Alteza, ese anillo no pertenece a un noble cualquiera. Es el símbolo de un círculo muy reducido de funcionarios que tienen acceso a los sellos militares del reino.
—¿Quién custodia esos sellos?
—El ministro de asuntos militares, lord Gwon.
Tae-Jun conocía bien aquel nombre. Gwon llevaba años aconsejando al rey y había participado en cada decisión importante del ejército. Si estaba implicado, la conspiración podía alcanzar el corazón mismo del palacio.
El príncipe ordenó acelerar el paso. Necesitaba llegar a la capital antes de que los conspiradores supieran que había descubierto la conexión.
Pero el enemigo ya se había adelantado.
Un mensajero apareció en el camino con un caballo exhausto. Se arrodilló ante Tae-Jun y le entregó una segunda carta, marcada con el sello real.
—Por orden del palacio, alteza. Debe leerla de inmediato.
Tae-Jun rompió el sello y leyó el mensaje. Su rostro se endureció.
—El príncipe heredero no debe llegar a la capital. Deténganlo antes de que descubra quién falsificó el sello militar.
El capitán acercó su caballo.
—¿Qué significa esto, alteza? ¿El rey ha ordenado detenerlo?
Tae-Jun volvió a examinar la carta. Había algo que no encajaba: la marca del sello parecía auténtica a primera vista, pero faltaba un pequeño detalle que solo alguien criado en el palacio podía reconocer.
—El sello real tiene una grieta diminuta en la parte inferior. Este no la tiene. La orden es falsa.
Seo-Hwa sintió que el frío le recorría la espalda.
—Entonces alguien quiere impedir que llegues a la capital.
—Y sabe exactamente lo que estoy buscando.
La emboscada en el camino real
El príncipe ordenó detener la caravana. Los soldados formaron un círculo alrededor de los carruajes, mientras el capitán enviaba exploradores a los árboles que bordeaban el camino.
Demasiado tarde.
Una lluvia de flechas cayó desde la ladera. Los caballos relincharon y los guardias levantaron sus escudos. Un grupo de hombres armados, vestidos con uniformes reales, bloqueó la ruta por delante y por detrás.
Su líder avanzó lentamente. Llevaba el rostro cubierto y una espada larga colgaba de su cintura.
—Entregue la carta, alteza. Si lo hace, quizá permitamos que la mujer y sus acompañantes sigan con vida.
Tae-Jun desmontó sin apartar la mirada del desconocido.
—Has cometido un error. Si llevas uniforme real, deberías saber que amenazar al heredero es un delito castigado con la muerte.
—¿Y quién dice que el reino seguirá teniendo un heredero al anochecer?
El capitán desenvainó su espada. Los soldados del príncipe se prepararon para defender la caravana, pero el atacante levantó una mano y sus hombres apuntaron sus armas directamente hacia Seo-Hwa.
Tae-Jun se quedó inmóvil. Comprendió que no buscaban únicamente la carta. Querían obligarlo a rendirse usando a la mujer que amaba.
—Si la tocas, no tendrás un lugar donde esconderte.
El desconocido soltó una risa breve. Después, lentamente, se quitó la máscara.
Seo-Hwa se llevó una mano a la boca. Reconoció la cicatriz junto a la mandíbula. Era el mismo hombre que había visto reunido en secreto con su padre.
—¡Tú! ¡Estuviste en nuestra casa!
El hombre inclinó la cabeza con una sonrisa fría.
—Veo que la hija de Han Dae-Sik tiene buena memoria.
Tae-Jun apretó la mandíbula. Frente a él estaba el ministro encargado de custodiar los sellos militares, el hombre que podía falsificar órdenes y mover tropas sin levantar sospechas.
—¿Tú falsificaste la orden contra la familia Han?
—Tu futuro suegro se negó a obedecerme. Era necesario convertirlo en un traidor antes de que pudiera hablar.
—¿Y la carta que ordena detenerme?
Lord Gwon sacó un documento de su túnica. Lo abrió lo suficiente para mostrar una firma y un sello real que sí tenía la pequeña grieta en la parte inferior.
—Esta vez no hay ninguna falsificación. El documento lleva la firma auténtica del rey.
El silencio cayó sobre el camino. Incluso el capitán pareció perder el aliento.
—Porque el rey ya ha firmado su sentencia de muerte, alteza.
Tae-Jun miró el documento. La fecha escrita en la parte superior era de tres días antes de su llegada a la residencia de Han Dae-Sik. Antes de la humillación. Antes de la revelación de su identidad. Antes de que nadie pudiera saber que viajaría con aquella caravana.
Eso significaba que alguien había planeado su muerte con antelación.
Y si la firma era auténtica, el hombre que quería destruir al heredero podía ser el propio rey.
¿Quién quiere eliminar al príncipe heredero?
La conspiración ha llegado hasta el trono. Tae-Jun deberá decidir si puede confiar en su propio padre o si el reino entero está bajo el control de un enemigo oculto.
CONTINUARÁ…
