👑 El príncipe que fue traicionado por su propia esposa — Parte 3
Durante los días siguientes, el príncipe heredero Kang Tae-Rin no cambió su comportamiento.
Frente a su esposa, continuó siendo el mismo hombre sereno y atento de siempre. Desayunaba con ella, preguntaba por su estado y permitía que todos en el palacio creyeran que estaba feliz por la llegada de su hijo.
Pero detrás de aquella tranquilidad había comenzado una investigación silenciosa.
Tae-Rin ya no confiaba en nadie.
El documento que había encontrado demostraba que Kang Min-Jae, su propio hermano, estaba relacionado con la conspiración. También existían indicios de que Han Seo-Hwa conocía parte del plan.
Sin embargo, todavía había algo que no comprendía.
¿Quién más estaba ayudándolos?
Una mañana, Tae-Rin recibió una pequeña caja de madera de uno de sus soldados de mayor confianza.
El hombre se arrodilló frente a él y bajó la cabeza.
—Alteza, encontramos esto cerca de las habitaciones del príncipe Min-Jae.
Tae-Rin abrió la caja.
Dentro había varias cartas cuidadosamente dobladas.
No tenían nombres.
Pero todas llevaban el mismo sello.
Tae-Rin tomó una de ellas y la observó durante unos segundos.
—Este sello pertenece al consejo real.
El guardia asintió.
—Eso creemos.
El príncipe abrió la primera carta.
Sus ojos recorrieron rápidamente las palabras.
Su expresión cambió.
—No puede ser…
—¿Qué encontró, Alteza?
Tae-Rin no respondió.
En la carta se mencionaba una reunión secreta que tendría lugar esa misma noche.
Y uno de los nombres involucrados pertenecía a una persona que Tae-Rin jamás habría imaginado.
El hombre cerró la carta lentamente.
—No quiero que nadie sepa que encontramos esto.
—Sí, Alteza.
—Y quiero que sigas a quien entregue la próxima carta.
El guardia inclinó la cabeza.
—¿Debo detenerlo?
Tae-Rin negó.
—No.
Su mirada se volvió fría.
—Déjalo llegar hasta el final.
Mientras tanto, en otra parte del palacio, Seo-Hwa caminaba lentamente por un corredor acompañado por dos damas de compañía.
Una de ellas sonrió.
—Princesa, todo el palacio está hablando de su embarazo.
Seo-Hwa acarició suavemente su abdomen.
—Pronto dejarán de hablar.
La otra dama la miró confundida.
—¿Qué quiere decir?
Seo-Hwa no respondió.
Su mirada se dirigió hacia el extremo del corredor.
Allí apareció Kang Min-Jae.
Los dos se miraron durante apenas unos segundos.
Fue suficiente.
Min-Jae continuó caminando como si nada hubiera ocurrido.
Seo-Hwa esperó hasta que desapareció.
Entonces susurró:
—Esta noche.
Uno de los guardias que vigilaba el corredor la escuchó.
Pero no reaccionó.
Simplemente bajó la mirada y continuó con su trabajo.
Lo que Seo-Hwa no sabía era que aquel guardia ya no pertenecía únicamente a su lado.
Había sido colocado allí por Tae-Rin.
Y cada palabra que ella pronunciaba estaba llegando directamente a los oídos del príncipe.
Cuando cayó la noche, el palacio quedó en silencio.
Las lámparas de aceite iluminaban tenuemente los corredores mientras los sirvientes se retiraban a sus habitaciones.
Seo-Hwa salió discretamente de sus aposentos.
Miró hacia ambos lados.
Nadie parecía estar observándola.
Comenzó a caminar.
Pero, desde una habitación cercana, Tae-Rin la observaba a través de una puerta entreabierta.
No la siguió.
Solo esperó.
Después de unos minutos, apareció Min-Jae.
Los dos se encontraron en un pequeño patio interior.
Seo-Hwa habló primero.
—¿Estás seguro de que todo está preparado?
Min-Jae miró alrededor.
—Mi hermano todavía confía en ti.
Seo-Hwa sonrió.
—Eso es lo que él cree.
Min-Jae se acercó.
—¿Y el embarazo?
Seo-Hwa bajó la mirada.
—El embarazo hará que el consejo lo apoye. Cuando llegue el momento, nadie querrá arriesgarse a una guerra por el futuro heredero.
Min-Jae permaneció pensativo.
—Pero hay un problema.
Seo-Hwa levantó la mirada.
—¿Cuál?
—Tae-Rin está actuando demasiado tranquilo.
Seo-Hwa soltó una pequeña risa.
—Siempre ha sido así.
—No.
Min-Jae negó lentamente.
—Antes podía leerlo. Ahora no.
Seo-Hwa guardó silencio.
Por primera vez, una pequeña duda apareció en sus ojos.
—¿Crees que sospecha?
Min-Jae la miró directamente.
—Creo que deberíamos actuar antes de lo planeado.
Desde la oscuridad de un corredor cercano, alguien escuchaba cada palabra.
Era el guardia enviado por Tae-Rin.
Pero no estaba solo.
Detrás de él había otro hombre.
Un hombre que llevaba varios minutos observándolos.
El guardia se giró lentamente.
Antes de poder reaccionar, el desconocido le hizo una señal para que guardara silencio.
Después desapareció entre las sombras.
Al día siguiente, el guardia regresó ante Tae-Rin.
Se arrodilló.
—Alteza, escuché la conversación.
Tae-Rin permaneció de pie junto a una ventana.
—¿Qué planean?
El guardia respiró profundamente.
—Quieren adelantar el golpe.
Tae-Rin cerró los ojos durante un instante.
—Entonces ya no tenemos tiempo.
—¿Qué haremos?
Tae-Rin se volvió lentamente.
—Esta noche comenzaremos a mover nuestras piezas.
El guardia dudó.
—¿Va a enfrentarse a su hermano?
Tae-Rin negó.
—Todavía no.
Tomó una pequeña pieza de madera del tablero estratégico que estaba sobre la mesa.
La colocó en el centro.
—Quiero que crean que todavía tienen el control.
El guardia comprendió.
—¿Y cuando estén todos reunidos?
Tae-Rin lo miró fijamente.
—Entonces cerraré todas las puertas.
En ese momento, alguien golpeó la puerta.
Tae-Rin guardó inmediatamente los documentos.
—¿Quién es?
Una voz respondió desde el otro lado.
—Soy yo.
Era Seo-Hwa.
Tae-Rin miró al guardia.
—Esconde esto.
El guardia obedeció rápidamente.
Tae-Rin abrió la puerta.
Seo-Hwa entró con una sonrisa tranquila.
—Quería verte.
Tae-Rin la observó.
—¿Sucede algo?
Ella negó suavemente.
—Solo quería decirte que esta noche habrá una cena privada.
—¿Una cena?
—Sí. Mi hermano estará allí.
Tae-Rin permaneció en silencio.
Seo-Hwa se acercó.
—Quiero que estés presente.
El príncipe la miró a los ojos.
Entonces comprendió.
La cena no era una celebración.
Era una trampa.
Pero Seo-Hwa todavía no sabía que él ya lo había descubierto.
Tae-Rin sonrió suavemente.
—Por supuesto.
Seo-Hwa pareció aliviada.
—Sabía que aceptarías.
Cuando ella salió, la expresión de Tae-Rin desapareció.
Miró al guardia.
—Prepara a nuestros hombres.
—¿Para protegerlo durante la cena?
Tae-Rin negó lentamente.
—No.
Miró hacia la puerta por la que acababa de salir su esposa.
—Para asegurarnos de que nadie salga de esa habitación.
Y mientras la noche comenzaba a caer sobre el palacio, Tae-Rin entendió que la cena podía convertirse en el momento que decidiría quién controlaría el reino.
Lo que ninguno de ellos sabía era que una tercera persona ya había descubierto la conspiración.
Y esa persona estaba preparando su propio movimiento.
Continuará…
