LA ARRASTRARON FUERA DEL BANQUETE… ¡Y AHORA EL PRÍNCIPE EXIGÍA SABER DÓNDE ESTABA SU MADRE!
La campesina encontró a su hermano, pero la verdad sobre su familia era mucho más peligrosa de lo que imaginaba.
La copa rota seguía esparcida por el suelo del salón cuando la pregunta del príncipe atravesó el silencio.
—Dime dónde escondiste a nuestra madre.
Lord Park Do-Jin parecía haber envejecido diez años en unos segundos. Su rostro perdió el color, sus labios se entreabrieron y sus ojos buscaron desesperadamente una salida. A ambos lados de las puertas, los guardias reales mantenían sus lanzas cruzadas.
Nadie podía abandonar el banquete.
Han Seo-Rin permanecía junto a su hermano, todavía incapaz de asimilar que aquel hombre vestido con sedas reales fuera el niño que había buscado durante tantos años. Había imaginado cientos de veces el momento de encontrarlo. En sus sueños, él corría hacia ella, la abrazaba y le prometía que nunca volverían a separarse.
No había imaginado un salón lleno de nobles aterrorizados ni una acusación de secuestro contra uno de los hombres más poderosos del reino.
—Su Alteza, está cometiendo un error —dijo Lord Park, intentando recuperar su compostura—. La desaparición de la reina viuda fue una tragedia. Todos recibimos la noticia de su muerte.
Yi Hwan dio un paso hacia él.
—No he preguntado qué noticia recibió el reino. He preguntado dónde está mi madre.
El noble tragó saliva.
—No lo sé.
Seo-Rin observó sus manos. El hombre intentaba mantenerlas quietas, pero el pulgar derecho frotaba repetidamente el borde de su manga. Era un gesto pequeño, casi imperceptible. Sin embargo, ella lo había visto muchas veces cuando era niña: su padre hacía exactamente lo mismo cuando alguien le mentía.
La joven se adelantó.
—Está mintiendo.
Todos se volvieron hacia ella.
Lord Park soltó una risa nerviosa.
—¿Y qué sabría una campesina de las investigaciones de la familia real?
Seo-Rin no respondió de inmediato. Se acercó a una mesa, tomó una servilleta limpia y se quitó el polvo de la falda con movimientos pausados.
—No sé nada de sus investigaciones. Pero sé reconocer a un hombre que teme que alguien pronuncie un nombre.
El príncipe miró a su hermana. Por primera vez desde la revelación, comprendió que Seo-Rin no había sobrevivido todos aquellos años únicamente gracias a la suerte.
Había aprendido a observar a las personas hasta descubrir aquello que intentaban ocultar.
Yi Hwan abrió la mano y mostró nuevamente el trozo de tela quemada. Era una pieza pequeña de seda color marfil, con restos de bordado dorado en uno de sus extremos.
—Esta tela fue encontrada en el carruaje que salió del palacio la noche en que desapareció nuestra madre —explicó—. El carruaje fue hallado abandonado cerca de la frontera. Los investigadores dijeron que había ardido por completo.
Seo-Rin se acercó para examinarla.
—¿Puedo verla?
El príncipe se la entregó.
Ella la sostuvo bajo la luz de las lámparas. En el borde carbonizado había tres pequeñas puntadas de hilo rojo, colocadas en forma de media luna. La joven dejó de respirar por un instante.
—Yo conozco este bordado.
—¿De dónde? —preguntó Yi Hwan.
—Mi madre tenía una caja de costura. Cuando yo era pequeña, me enseñó a hacer estas puntadas. Decía que pertenecían a una tradición de nuestra familia.
El príncipe miró la tela con incredulidad.
—¿Estás diciendo que nuestra madre dejó una señal?
Seo-Rin negó lentamente con la cabeza.
—No. Estoy diciendo que alguien quiso que pareciera que ella había muerto.
La frase cayó sobre el salón como una piedra en un estanque.
Los nobles comenzaron a murmurar. Algunos se persignaron discretamente; otros miraron a Lord Park, esperando que negara aquella posibilidad.
El noble, sin embargo, se había quedado inmóvil.
Y esa inmovilidad fue suficiente para que Seo-Rin comprendiera que había acertado.
—Usted vio esta tela antes —dijo ella—. Por eso le da miedo.
Lord Park apretó los dientes.
—¡Silencio!
El grito hizo que varios invitados se sobresaltaran. Pero Seo-Rin no retrocedió.
—Puede ordenar que me arrastren otra vez hacia la puerta. Puede llamarme intrusa y burlarse de mis ropas. Pero no puede cambiar lo que acaba de pasar. Cuando mi hermano preguntó por nuestra madre, usted tuvo miedo antes de contestar.
El príncipe hizo una señal a los guardias.
—Registren sus pertenencias.
Dos guardias se acercaron a Lord Park. Él levantó las manos, fingiendo indignación.
—¡Soy un consejero de la corte! ¡No permitiré que me humillen frente a todos estos invitados!
—Entonces no tendrá nada que temer —respondió Yi Hwan.
Los guardias revisaron su cinturón, sus mangas y la pequeña bolsa que llevaba bajo la túnica. Al principio solo encontraron un sello personal, monedas y una carta doblada. Pero cuando uno de ellos palpó el forro interior de la bolsa, sintió un objeto rígido.
Abrió cuidadosamente la costura.
Dentro había una llave de hierro ennegrecido y un papel enrollado alrededor de ella.
El guardia entregó ambos objetos al príncipe.
Yi Hwan desenrolló el papel. Su expresión cambió mientras leía las pocas líneas escritas en tinta oscura.
—¿Qué dice? —preguntó Seo-Rin.
El príncipe levantó los ojos.
—Es una orden para trasladar a una prisionera antes del amanecer. No aparece su nombre. Solo una ubicación: el pabellón subterráneo de Hwayang.
Un anciano noble se levantó de golpe.
—¡Ese lugar fue clausurado hace quince años!
Lord Park intentó abalanzarse hacia el papel, pero los guardias lo sujetaron antes de que pudiera alcanzarlo.
—¡No saben lo que están haciendo! —gritó—. ¡Si abren ese pabellón, condenarán a todos los que participaron!
El salón quedó completamente en silencio.
El príncipe sostuvo la mirada del noble.
—Gracias por confirmar que existe.
Lord Park comprendió demasiado tarde que acababa de revelar más de lo que pretendía.
Seo-Rin tomó la llave de las manos de su hermano. Estaba fría, pesada y marcada con el mismo símbolo de media luna que había visto en la tela quemada.
En el reverso había un número grabado: diecisiete.
—Mi madre sigue viva —susurró.
Yi Hwan quiso responderle, pero no encontró palabras que pudiera prometerle con seguridad.
—No lo sabemos todavía —dijo finalmente—. Pero vamos a descubrirlo.
Seo-Rin cerró los dedos alrededor de la llave.
—Entonces iremos esta noche.
—Es una prisión abandonada, posiblemente protegida por hombres armados. No voy a permitir que entres sin un plan.
Ella lo miró con una serenidad que no combinaba con la intensidad de sus ojos.
—Hermano, llevo años viviendo sin saber si mi familia estaba viva o muerta. He dormido en establos, he trabajado por comida y he aprendido a defenderme de hombres que creían que podían hacer conmigo lo que quisieran.
Se acercó un poco más.
—No me pidas que espere hasta mañana cuando quizá mi madre lleva diecisiete años esperando que alguien abra esa puerta.
El príncipe no volvió a discutir.
Yi Hwan ordenó que Lord Park fuera llevado a una habitación segura bajo vigilancia. El noble no dejó de protestar hasta que las puertas se cerraron detrás de él.
Los invitados comenzaron a abandonar el salón en pequeños grupos, escoltados por soldados. Nadie hablaba en voz alta. La mujer que habían visto entrar con ropas desgastadas y a quien habían permitido humillar públicamente era ahora la hermana del príncipe heredero, y el banquete se había convertido en el comienzo de una investigación capaz de derribar a varias familias nobles.
Seo-Rin permaneció cerca de la entrada, observando cómo retiraban los restos de la copa rota.
—¿Por qué no me reconociste? —preguntó de repente.
Yi Hwan se volvió hacia ella.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando entré, me miraste como si fuera una desconocida. Si realmente eres mi hermano, ¿por qué no reconociste mi rostro?
El príncipe bajó la mirada.
—Yo tenía once años cuando desapareciste. Después de aquella noche, me dijeron que nuestra familia había muerto y que debía olvidar todo lo ocurrido si quería sobrevivir. Durante años, cualquier persona que mencionaba a nuestra madre o a ti desaparecía de la corte.
Seo-Rin sintió que la rabia se le acumulaba en el pecho, pero no apartó los ojos de él.
—¿Y obedeciste?
—Durante un tiempo, sí. Era un niño. Después me convertí en príncipe y empecé a buscar respuestas en secreto. Encontré documentos falsificados, nombres borrados y órdenes firmadas con un sello que mi padre juraba no haber utilizado.
—¿El rey sabía que seguíamos vivos?
El príncipe tardó demasiado en responder.
—No lo sé.
Seo-Rin dio un paso atrás. La decepción le cruzó el rostro, aunque desapareció casi de inmediato.
—Entonces tendremos que preguntárselo.
—No puedes presentarte ante el rey sin pruebas.
Ella levantó la llave de hierro.
—Tenemos una ubicación, una orden de traslado y un hombre que acaba de confesar que conoce el lugar.
El príncipe asintió lentamente.
—Y tendremos que llegar antes que quienes lo vigilan.
En ese momento, un guardia real apareció corriendo por el pasillo. Se inclinó ante el príncipe, pálido y sin aliento.
—Su Alteza… tenemos un problema.
—Habla.
—El hombre que debía custodiar a Lord Park acaba de ser encontrado inconsciente. La habitación está vacía.
Yi Hwan desenvainó parcialmente su espada.
—¿Escapó?
—No, Su Alteza. Las puertas permanecieron cerradas. Pero encontramos esto sobre la mesa.
El guardia entregó una pequeña tira de papel.
Seo-Rin la tomó antes de que su hermano pudiera leerla.
Solo había una frase escrita con tinta roja:
«Si buscan a la reina, pregúntenle al hijo que nunca debió nacer».
La joven levantó lentamente la mirada.
—¿Qué significa eso?
El príncipe se quedó completamente inmóvil.
Por primera vez aquella noche, no parecía preocupado por Lord Park, por la llave ni por el pabellón subterráneo.
Parecía aterrorizado por algo que acababa de recordar.
El secreto del hijo oculto
Yi Hwan cerró la puerta del salón y ordenó a los guardias que no dejaran entrar a nadie. Después se volvió hacia Seo-Rin.
—Hay algo que nunca te conté —dijo en voz baja—. Antes de que desaparecieras, nuestra madre tuvo otro hijo.
Seo-Rin sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.
—¿Otro hermano?
—Sí. Nació unas semanas antes de la noche en que nuestra familia fue destruida. Pero el registro de su nacimiento desapareció y nuestra madre insistió en que nadie debía pronunciar su nombre.
—¿Por qué?
El príncipe miró la nota roja una vez más.
—Porque el niño no era hijo de nuestro padre.
Seo-Rin se quedó sin palabras.
Desde el corredor llegó un sonido suave: tres golpes contra la madera.
Ambos hermanos se volvieron hacia la puerta.
Una voz masculina habló desde el otro lado.
—Alteza, sé dónde está la reina. Y sé quién es el verdadero padre del niño.
Yi Hwan se acercó lentamente a la puerta.
—¿Quién eres?
La voz respondió:
—El hombre que usted ordenó ejecutar hace diecisiete años.
Seo-Rin apretó la llave de hierro hasta que los bordes se le marcaron en la palma.
La voz añadió una última frase:
—Abra la puerta, Su Alteza. Su madre no tiene mucho tiempo.
El príncipe extendió la mano hacia el cerrojo.
Pero Seo-Rin lo detuvo.
Del otro lado, el hombre empezó a reír suavemente.
Y entonces pronunció el nombre de su padre.
CONTINUARÁ…
