“EL REY ADOPTÓ A UNA NIÑA HUÉRFANA… PERO TERMINÓ AMÁNDOLA COMO A SU PROPIA HIJA”,

“EL REY ADOPTÓ A UNA NIÑA HUÉRFANA… PERO TERMINÓ AMÁNDOLA COMO A SU PROPIA HIJA”,

EL REY ADOPTÓ A UNA NIÑA HUÉRFANA… PERO TERMINÓ AMÁNDOLA COMO A SU PROPIA HIJA — PARTE 3

Las palabras de Kang Min-Jae quedaron suspendidas en el enorme salón real.

—¿Y qué hace una huérfana aquí?

Han So-Yeon permaneció inmóvil.

Sus pequeños dedos apretaron con fuerza las asas de su bolso de tela. Había aprendido desde muy pequeña que, cuando los adultos hablaban con ese tono, lo mejor era guardar silencio.

Frente a ella, el joven príncipe observaba la escena con una mezcla de incredulidad y molestia.

Min-Jae acababa de regresar al palacio después de varios meses fuera. Había esperado encontrar a sus padres como siempre, rodeados de sirvientes y funcionarios, ocupados con los asuntos del reino.

Pero lo que encontró fue algo completamente diferente.

Una niña desconocida estaba de pie dentro del salón real.

Y, para sorpresa de Min-Jae, sus padres no parecían tratarla como a una simple sirvienta.

El rey Kang Tae-Hyun permaneció sentado en su lugar, observando a su hijo con expresión seria.

La reina Yoon Hye-Rin, en cambio, bajó lentamente la mirada hacia So-Yeon.

La niña parecía asustada.

Pero no lloraba.

Eso fue precisamente lo que llamó la atención de la reina.

Había algo extraño en aquella niña. A pesar de encontrarse rodeada de personas desconocidas y dentro de un palacio que jamás había imaginado conocer, So-Yeon no intentaba llamar la atención. No exigía nada. No se quejaba.

Simplemente esperaba.

Como si estuviera acostumbrada a que las decisiones importantes sobre su vida fueran tomadas por otras personas.

Min-Jae dio un paso hacia adelante.

—Padre, ¿puedo saber qué significa esto?

El rey no respondió inmediatamente.

En lugar de eso, miró a So-Yeon.

—So-Yeon, ven aquí.

La niña levantó la cabeza.

—¿Majestad?

—Acércate.

So-Yeon obedeció.

Caminó lentamente por el suelo de madera hasta detenerse frente al trono.

El rey la observó durante unos segundos.

Después miró a su hijo.

—Desde hoy, esta niña forma parte de nuestra familia.

Los ojos de Min-Jae se abrieron con sorpresa.

—¿Nuestra familia?

—Sí.

—¿Quieres decir que vivirá aquí?

—Sí.

Min-Jae soltó una pequeña risa de incredulidad.

—Padre, esto no es un refugio para huérfanos.

La expresión del rey cambió inmediatamente.

El ambiente del salón se volvió más pesado.

La reina levantó lentamente la mirada.

—Min-Jae.

El joven comprendió que había ido demasiado lejos, pero su orgullo no le permitió retroceder.

—Solo digo la verdad, madre.

So-Yeon bajó la mirada.

Había escuchado suficiente.

Se inclinó respetuosamente.

—Si mi presencia causa problemas, puedo marcharme.

El rey se puso de pie.

—No.

La respuesta fue inmediata.

So-Yeon levantó la cabeza.

El rey caminó hacia ella.

—No volverás a marcharte.

La niña lo miró sin entender completamente sus palabras.

—Pero…

—Ya has vivido suficiente tiempo sin un hogar.

La voz del rey se suavizó.

—Este será tu hogar.

So-Yeon sintió que sus ojos comenzaban a humedecerse.

Intentó contener las lágrimas.

Había pasado demasiado tiempo sin escuchar aquellas palabras.

Hogar.

Para cualquier otra persona podía ser una palabra sencilla.

Para ella significaba algo que había perdido hacía mucho tiempo.

La reina observó el rostro de la niña.

Por primera vez desde que So-Yeon había llegado al palacio, la expresión fría de Hye-Rin desapareció por completo.

Se acercó a ella.

—Mírame.

So-Yeon obedeció.

—Aquí nadie te obligará a marcharte.

La niña respiró profundamente.

—Gracias, señora.

La reina dudó un instante.

Luego corrigió suavemente sus palabras.

—Puedes llamarme… madre.

El salón quedó en silencio.

Incluso Min-Jae pareció quedarse sin palabras.

So-Yeon abrió los ojos con sorpresa.

—¿Madre?

La reina asintió.

—Si vas a formar parte de esta familia, no quiero que me llames señora.

So-Yeon apretó los labios para contener el llanto.

—Sí… madre.

La reina extendió una mano y acarició suavemente el cabello de la niña.

Min-Jae observó la escena desde unos metros de distancia.

Algo dentro de él se revolvió.

No estaba acostumbrado a compartir el afecto de sus padres.

Desde que tenía memoria, había sido el único hijo de la familia real.

Todos los sirvientes conocían sus gustos.

Todos los maestros estaban pendientes de sus estudios.

Todos los funcionarios esperaban algún día verlo ocupar el lugar de su padre.

Y ahora, de repente, una niña desconocida había aparecido en el palacio.

Una niña a la que su madre acababa de permitir llamarla madre.

Min-Jae apretó los puños.

—Esto es absurdo.

El rey lo miró.

—Puedes pensar lo que quieras.

—¿Y simplemente debo aceptarlo?

—No te estoy pidiendo que la ames.

El rey hizo una pausa.

—Te estoy ordenando que la respetes.

Min-Jae guardó silencio.

La autoridad de su padre era incuestionable.

—Sí, Majestad.

El joven hizo una reverencia y se retiró.

So-Yeon lo siguió con la mirada.

La reina notó su expresión preocupada.

—No tengas miedo de él.

So-Yeon respondió con sinceridad.

—No tengo miedo.

—¿Entonces qué sientes?

La niña tardó unos segundos en contestar.

—Creo que está triste.

La reina quedó sorprendida.

—¿Triste?

So-Yeon asintió.

—Creo que piensa que vine a quitarle algo.

El rey y la reina se miraron.

Ninguno esperaba una respuesta así.

La niña apenas llevaba unas horas en el palacio, pero ya había comprendido lo que ellos todavía no habían querido reconocer.

Min-Jae estaba celoso.

Y los celos podían convertirse en un problema mucho más grande.

Mientras tanto, Min-Jae caminaba por uno de los corredores exteriores del palacio.

Sus pasos eran rápidos.

Dos sirvientes intentaron saludarlo, pero él ni siquiera respondió.

Finalmente llegó a un pequeño pabellón situado junto al jardín.

Se detuvo.

Miró hacia el palacio.

Desde allí podía ver una de las ventanas del salón real.

Y detrás del cristal apareció la pequeña figura de So-Yeon.

La niña estaba hablando con su madre.

Min-Jae sintió una punzada de rabia.

—Todo cambió en un solo día…

Un hombre mayor que lo acompañaba desde su regreso se acercó lentamente.

—Príncipe Min-Jae.

—¿Qué quieres?

—Su Majestad parece haber tomado una decisión definitiva.

—Lo sé.

—Entonces quizá debería darle una oportunidad a la niña.

Min-Jae lo miró con frialdad.

—No sabes nada de ella.

—Tampoco usted.

El príncipe guardó silencio.

El hombre continuó.

—Tal vez no vino para quitarle su lugar.

Min-Jae respondió inmediatamente.

—No necesito que nadie venga a ocupar mi lugar.

El hombre inclinó la cabeza.

—Entonces no tiene nada que temer.

Min-Jae no respondió.

Porque, en el fondo, sabía que sí tenía miedo.

No de perder su título.

No de perder sus riquezas.

Sino de perder el cariño de sus padres.

Durante aquella misma tarde, So-Yeon comenzó a adaptarse al palacio.

La reina ordenó preparar una habitación para ella.

Era pequeña comparada con las enormes habitaciones de la familia real, pero para So-Yeon parecía un lugar maravilloso.

Había una cama limpia.

Una pequeña mesa.

Un armario.

Y una ventana desde la que podía observar el jardín.

So-Yeon entró lentamente.

Pasó los dedos sobre la tela de la cama.

—¿Todo esto es mío?

La reina sonrió.

—Sí.

La niña miró alrededor.

—Nunca había tenido una habitación.

La reina sintió un nudo en la garganta.

—Entonces tendrás que acostumbrarte.

So-Yeon sonrió.

—Lo intentaré.

Antes de salir, la reina se detuvo en la puerta.

Miró a la niña.

—So-Yeon.

—¿Sí?

—No necesitas ganarte tu lugar aquí.

La niña quedó sorprendida.

—¿Qué?

—No tienes que trabajar para merecer esta habitación.

La reina hizo una pausa.

—Eres parte de la familia porque nosotros decidimos que lo fueras.

So-Yeon bajó la cabeza.

—Gracias, madre.

La reina salió.

Pero aquella noche ocurrió algo inesperado.

Mientras el palacio dormía, So-Yeon escuchó un ruido en el corredor.

Abrió lentamente la puerta.

Miró hacia ambos lados.

El pasillo estaba oscuro.

Entonces vio algo en el suelo.

Un pequeño objeto de madera.

So-Yeon se agachó y lo recogió.

Era un antiguo caballo de madera.

La niña lo observó con curiosidad.

De pronto escuchó una voz detrás de ella.

—Eso es mío.

So-Yeon se giró.

Min-Jae estaba al final del corredor.

El príncipe caminó lentamente hacia ella.

So-Yeon extendió el juguete.

—Lo encontré en el suelo.

Min-Jae lo tomó.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Finalmente, So-Yeon preguntó:

—¿Te lo regalaron?

Min-Jae la miró.

—Mi madre.

La niña sonrió.

—Es bonito.

Min-Jae guardó el caballo en su manga.

—No vuelvas a tocar mis cosas.

So-Yeon asintió.

—Está bien.

Min-Jae comenzó a marcharse.

Pero entonces escuchó la voz de la niña.

—Min-Jae.

El príncipe se detuvo.

Era la primera vez que ella pronunciaba su nombre.

—¿Qué?

So-Yeon dudó.

—No quiero quitarte a tus padres.

Min-Jae se quedó inmóvil.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sí lo sé.

La niña bajó la mirada.

—Yo también tenía una familia.

Min-Jae se giró lentamente.

So-Yeon continuó.

—Y cuando la perdí, pensé que nunca volvería a tener una.

La voz de la niña comenzó a quebrarse.

—No quiero quitarte la tuya.

Min-Jae no supo qué responder.

Por primera vez, dejó de ver a So-Yeon como una intrusa.

Vio simplemente a una niña que había perdido demasiado.

Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, se escucharon pasos detrás de ellos.

Era el rey Kang Tae-Hyun.

El rey observó a sus dos hijos en medio del corredor.

—¿Qué ocurre aquí?

Min-Jae miró a So-Yeon.

Luego miró a su padre.

—Nada, Majestad.

El rey frunció el ceño.

—Entonces regresen a sus habitaciones.

Min-Jae hizo una reverencia.

—Sí, padre.

So-Yeon también se inclinó.

Pero cuando la niña comenzó a caminar hacia su habitación, Min-Jae volvió a mirarla.

Y por primera vez, su expresión ya no era de odio.

Era de duda.

Porque acababa de descubrir que aquella niña no había llegado al palacio para quitarle una familia.

Había llegado porque no tenía ninguna.

Sin embargo, lo que ninguno de ellos sabía era que la llegada de So-Yeon al palacio no había sido una simple decisión del rey.

Alguien había encontrado a la niña semanas antes.

Alguien había entregado al rey una pequeña caja que pertenecía a la familia de So-Yeon.

Y dentro de aquella caja había un símbolo que podía cambiarlo todo.

Un símbolo que relacionaba a la niña con un secreto que llevaba más de diez años oculto dentro del palacio.

Al amanecer del día siguiente, el rey recibió una visita inesperada.

Un viejo funcionario llegó cubierto con una capa oscura y pidió hablar con él en privado.

Cuando el rey abrió la puerta de la habitación, el hombre sacó lentamente un pequeño medallón antiguo.

El rostro del rey cambió.

—¿Dónde encontraste eso?

El anciano respondió:

—Lo llevaba la niña cuando la encontraron.

El rey tomó el medallón con manos temblorosas.

Lo abrió.

Dentro había un pequeño retrato.

El rey se quedó completamente inmóvil.

Porque conocía perfectamente a la persona que aparecía en aquella imagen.

Y si aquel medallón realmente pertenecía a So-Yeon, significaba que la niña no había llegado al palacio por casualidad.

Significaba que su verdadera identidad podía estar relacionada directamente con la familia real.

El rey levantó la mirada.

—Nadie puede saber esto.

El anciano asintió.

—¿Ni siquiera la reina?

El rey apretó el medallón en su mano.

—Especialmente ella.

En ese instante, al otro lado de la puerta, alguien escuchaba en silencio.

Min-Jae.

Y acababa de escuchar una sola frase que cambiaría para siempre su relación con So-Yeon.

“La niña pertenece a la familia real.”

Min-Jae abrió los ojos.

Ahora ya no sabía si aquella pequeña huérfana había llegado al palacio para encontrar una familia…

o si había regresado para reclamar algo que siempre le había pertenecido.

Y lo peor era que su propio padre parecía estar ocultándole la verdad.