“FRUTINOVELA — MIENTRAS TÚ DISFRUTAS, YO CRÍO A TU HIJO”,

“FRUTINOVELA — MIENTRAS TÚ DISFRUTAS, YO CRÍO A TU HIJO”,

 

MIENTRAS TÚ DISFRUTAS, YO CRÍO A TU HIJO

Parte 2 — La noche que hizo que Piña tomara una decisión

La noche había terminado, pero para Piña el cansancio apenas comenzaba a sentirse.

Después de mirar el último mensaje de Fresa en su teléfono, permaneció varios segundos sentada en el sofá.

El mensaje seguía allí.

“Mamá, mañana también necesito que me lo cuides.”

Piña volvió a leerlo.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Luego apagó lentamente la pantalla.

No respondió.

Miró hacia la habitación donde dormía Mandarina.

El pequeño estaba profundamente dormido después de una noche difícil. Había llorado varias veces, había pedido a su madre y finalmente se había quedado dormido abrazando un pequeño juguete.

Piña se levantó lentamente del sofá.

Caminó hasta la habitación y abrió la puerta con cuidado.

Entró.

Se acercó a la cama.

Acomodó la manta sobre el pequeño cuerpo de Mandarina.

Piña: —Tú no tienes la culpa de nada, mi niño.

Mandarina abrió ligeramente los ojos.

Mandarina: —¿Mami viene mañana?

Piña sintió un nudo en la garganta.

Piña: —Sí, mi amor.

Pero sabía que probablemente no era cierto.

Mandarina volvió a cerrar los ojos.

Piña permaneció unos segundos observándolo.

Después salió de la habitación y cerró la puerta suavemente.

Al llegar nuevamente a la sala, tomó su teléfono.

Había un nuevo mensaje de Fresa.

“¿Mamá? ¿Estás despierta?”

Piña escribió una respuesta.

La borró.

Volvió a escribir.

También la borró.

Finalmente dejó el teléfono sobre la mesa.

Piña: —Mañana vamos a hablar.

Mientras tanto, muy lejos de aquella casa, Fresa todavía estaba en la discoteca.

La música sonaba fuerte.

Las luces cambiaban constantemente.

Fresa reía con sus amigas mientras sostenía una bebida.

Parecía haber olvidado por completo que tenía un hijo esperando en casa.

Una de sus amigas se acercó.

Amiga: —¿Tu mamá no se quedó con el niño?
Fresa: —Sí. Ella siempre me ayuda.
Amiga: —Pero tú casi nunca estás con él.

Fresa hizo un gesto de molestia.

Fresa: —Ay, por favor. Es mi mamá. Ella sabe cómo cuidarlo.

Su amiga no respondió.

Fresa volvió a mirar su teléfono.

Tenía varias llamadas perdidas de su madre.

Las ignoró.

Luego abrió la cámara frontal y comenzó a grabarse riendo con sus amigas.

Publicó el video.

Escribió:

“¡Por fin una noche para mí!”

Sin saberlo, esa publicación sería lo que cambiaría completamente las cosas.

A la mañana siguiente, Piña se levantó antes de que saliera el sol.

Fue a la cocina.

Preparó el desayuno de Mandarina.

Después lavó algunos platos.

Luego preparó la mochila del pequeño.

Finalmente regresó a la habitación.

Mandarina seguía dormido.

Piña se sentó a su lado.

Piña: —Vamos, mi niño. Tenemos que levantarnos.

Mandarina abrió los ojos lentamente.

Mandarina: —Tengo sueño.
Piña: —Lo sé, mi amor.

Piña lo ayudó a levantarse.

Lo llevó hasta el baño.

Después regresaron a la cocina.

Mandarina comenzó a desayunar.

Piña se sentó frente a él.

Durante unos segundos simplemente lo observó.

Piña: —¿Sabes qué?
Mandarina: —¿Qué?
Piña: —Tu mamá te quiere.

Mandarina sonrió.

Mandarina: —Yo también la quiero.

Piña bajó la mirada.

En ese momento escucharon una llave entrando en la cerradura de la puerta principal.

Piña levantó la cabeza.

La puerta se abrió.

Fresa entró caminando lentamente.

Todavía llevaba la ropa de la noche anterior.

Dejó el bolso sobre una silla y bostezó.

Mandarina corrió hacia ella.

Mandarina: —¡Mamá!

Fresa lo abrazó brevemente.

Fresa: —Hola, mi amor.

Mandarina sonrió.

Mandarina: —Te estaba esperando.

Fresa le acarició la cabeza.

Fresa: —Ahora tengo sueño. Ve con tu abuela.

Piña observó la escena.

Esta vez no dijo nada.

Fresa caminó hacia su habitación.

Piña la siguió.

Cuando Fresa estaba a punto de cerrar la puerta, Piña puso una mano sobre ella.

Piña: —Tenemos que hablar.
Fresa: —Mamá, estoy cansada.
Piña: —Yo también.

Fresa suspiró.

Fresa: —¿Qué quieres?

Piña la miró fijamente.

Piña: —Quiero que empieces a cuidar a tu hijo.

Fresa se cruzó de brazos.

Fresa: —Pero tú puedes ayudarme.
Piña: —Ayudarte no significa reemplazarte.

Fresa permaneció callada.

Piña: —Anoche mientras tú estabas de fiesta, él te estaba esperando.
Fresa: —No empieces.
Piña: —No. Esta vez sí voy a empezar.

Fresa la miró sorprendida.

Piña: —Yo también tengo derecho a descansar. Yo también tengo derecho a vivir mi vida.

Fresa bajó la mirada.

Piña: —Tú decidiste tener un hijo. Ahora tienes que asumir tu responsabilidad.

Fresa respondió con molestia.

Fresa: —¡Yo no te pedí que me ayudaras!

Piña quedó en silencio.

Aquellas palabras le dolieron.

Pero no lloró.

Piña: —Tienes razón.

Fresa la miró sorprendida.

Piña: —No me lo pediste.

Piña salió de la habitación.

Fresa permaneció inmóvil.

Por primera vez, comenzó a darse cuenta de que algo había cambiado.

En la cocina, Piña tomó la mochila de Mandarina.

Mandarina estaba sentado en silencio.

Mandarina: —¿La abuela está enojada?

Piña se agachó frente a él.

Piña: —No contigo, mi amor.

Mandarina la abrazó.

Piña cerró los ojos.

Mientras tanto, Fresa salió lentamente de su habitación.

Escuchó la conversación desde el pasillo.

Se quedó mirando a su hijo.

Mandarina estaba abrazando a Piña.

Fresa sintió algo extraño.

Por primera vez vio cuánto había hecho su madre por ella.

Pero en lugar de acercarse, tomó su teléfono.

Abrió la publicación de la noche anterior.

Vio todos los comentarios.

Uno de ellos llamó su atención.

“Qué bonito divertirte mientras tu mamá está criando a tu hijo.”

Fresa frunció el rostro.

Borró el comentario.

Después apagó el teléfono.

Pero otro comentario apareció.

“Algún día tu hijo va a saber quién estuvo realmente para él.”

Fresa sintió un escalofrío.

Miró hacia Mandarina.

El pequeño estaba sonriendo mientras Piña le arreglaba la mochila.

Entonces Fresa tomó una decisión.

Se acercó a ellos.

Fresa: —Mamá…

Piña levantó la mirada.

Piña: —¿Qué?

Fresa respiró profundamente.

Fresa: —Hoy yo voy a cuidar a mi hijo.

Piña la observó en silencio.

Mandarina sonrió.

Mandarina: —¿De verdad?
Fresa: —Sí, mi amor.

Por un instante, Piña pensó que finalmente su hija había entendido.

Pero entonces el teléfono de Fresa vibró.

Fresa miró la pantalla.

Era un mensaje de una amiga.

“¿Vienes esta noche? Tenemos una fiesta increíble.”

Fresa miró a Mandarina.

Luego miró a Piña.

Y lentamente bloqueó el teléfono.

Piña sonrió ligeramente.

Quizás esta vez Fresa realmente había cambiado.

Pero unas horas después, mientras Piña estaba en la cocina preparando el almuerzo, escuchó el sonido de una puerta cerrándose.

Se giró.

Fresa ya no estaba.

Mandarina tampoco.

Piña dejó caer la cuchara.

Piña: —¿Dónde está el niño?

Corrió hacia la habitación.

La cama estaba vacía.

Sobre la almohada había una pequeña nota.

Piña la tomó con manos temblorosas.

“Mamá, no te preocupes. Salí con él. Esta vez quiero demostrarte que puedo cuidarlo.”

Piña respiró aliviada.

Pero entonces miró el reloj.

Ya era casi de noche.

Y Fresa todavía no había regresado.

Piña llamó a su teléfono.

No respondió.

Volvió a llamar.

Nada.

Entonces llegó un mensaje desde un número desconocido.

“Si quieres volver a ver a tu nieto esta noche, no llames a Fresa.”

Piña sintió que el mundo se detenía.

Volvió a leer el mensaje.

Luego miró hacia la puerta vacía de la casa.

Su rostro cambió completamente.

CONTINUARÁ…

Fresa salió de la casa con Mandarina asegurando que esta vez demostraría que podía ser una buena madre. Pero horas después, Piña recibió un mensaje aterrador desde un número desconocido: alguien asegura tener al niño y le exige que no contacte a Fresa.

¿Dónde está realmente Mandarina? ¿Por qué Fresa no responde el teléfono? ¿Y quién envió ese mensaje?

La noche apenas comienza, y esta vez Piña tendrá que descubrir la verdad antes de que sea demasiado tarde.