La campesina que salvó al príncipe… y después lo humilló
Durante unos segundos, Han Seo-Rin no dijo absolutamente nada.
Permaneció agachada detrás del pequeño muro de piedra, observando el camino oscuro que se extendía frente a ellos.
Las antorchas avanzaban lentamente entre los árboles.
Una.
Luego otra.
Y después una tercera.
No eran bandidos.
No eran campesinos.
Eran soldados del palacio.
Lee Hwan observaba la misma escena con el rostro completamente serio. La arrogancia que había mostrado horas antes había desaparecido.
Por primera vez desde que había abandonado el palacio, el príncipe parecía comprender que estaba verdaderamente solo.
Seo-Rin giró lentamente la cabeza hacia él.
Lee Hwan señaló discretamente hacia el oficial que dirigía a los soldados.
En sus manos había un documento enrollado y sellado con cera roja.
El símbolo grabado en la cera pertenecía directamente a la familia real.
Seo-Rin entrecerró los ojos.
El príncipe la miró como si acabara de escuchar la cosa más absurda del mundo.
Seo-Rin se encogió ligeramente de hombros.
Lee Hwan la miró fijamente.
Durante un instante pareció recordar la humillación que había sufrido aquella tarde.
Seo-Rin casi sonrió.
El hombre que conocía demasiado
Antes de que Lee Hwan pudiera responder, uno de los soldados se detuvo.
Miró hacia el bosque.
Después levantó una mano.
Todos los demás soldados se detuvieron inmediatamente.
Seo-Rin tomó con cuidado la vara que había utilizado durante el enfrentamiento con los bandidos.
Lee Hwan notó el movimiento.
Seo-Rin lo miró.
Lee Hwan bajó la mirada hacia la vara.
Ella levantó una ceja.
Seo-Rin guardó silencio.
Aquella frase había cambiado el tono de la conversación.
Ya no se estaban burlando uno del otro.
Ambos estaban intentando descubrir quién era realmente la persona que tenían delante.
El secreto de Han Seo-Rin
Lee Hwan volvió a mirar hacia el camino.
Los soldados comenzaban a separarse.
Estaban buscando.
No sabían exactamente dónde estaba el príncipe, pero sabían que estaba cerca.
Seo-Rin observó sus movimientos.
Después miró las montañas.
Finalmente miró el arroyo que corría detrás de ellos.
Lee Hwan negó con la cabeza.
El príncipe la observó con curiosidad.
Seo-Rin no respondió.
En lugar de eso, se levantó lentamente.
Caminó hasta un viejo árbol situado junto al muro y apartó unas ramas.
Detrás de ellas apareció una pequeña abertura entre las raíces.
Lee Hwan quedó sorprendido.
Seo-Rin se quedó inmóvil.
Su rostro cambió.
Por primera vez, una sombra de preocupación apareció en sus ojos.
El hombre que la entrenó
Lee Hwan esperaba una explicación.
Pero Seo-Rin continuó caminando.
El príncipe la siguió.
Atravesaron la pequeña abertura entre las raíces y descendieron por una pendiente cubierta de hojas húmedas.
El sonido del agua aumentaba a cada paso.
Cuando llegaron al arroyo, Seo-Rin se detuvo.
En la otra orilla había una pequeña construcción abandonada.
Una cabaña vieja.
Sus paredes estaban cubiertas de musgo y parte del techo había comenzado a hundirse.
Lee Hwan miró el lugar.
Seo-Rin tardó unos segundos en responder.
Lee Hwan entró lentamente.
En el interior había una mesa de madera, una lámpara vieja y varias armas cubiertas de polvo.
Una espada.
Dos cuchillos.
Un arco.
Y, sobre la pared, una serie de marcas profundas producidas por años de entrenamiento.
Lee Hwan se acercó.
Sus ojos se abrieron.
Seo-Rin permaneció en silencio.
Lee Hwan encontró entonces algo escondido debajo de una tela.
Era una pequeña placa metálica.
En ella había grabado un símbolo que el príncipe reconoció inmediatamente.
Seo-Rin se volvió hacia él.
Lee Hwan tomó la placa con cuidado.
Seo-Rin quedó completamente inmóvil.
Lee Hwan miró las armas.
Seo-Rin apretó lentamente la mano.
Lee Hwan levantó la mirada.
Seo-Rin lo miró directamente.
El rostro del príncipe cambió inmediatamente.
Lee Hwan dejó la placa sobre la mesa.
Seo-Rin lo observó sin pestañear.
Lee Hwan tragó saliva.
La verdad que nadie debía conocer
El silencio dentro de la cabaña se volvió pesado.
Seo-Rin recordó las primeras palabras que Kang Mu-Hyeok le había dicho cuando la encontró siendo apenas una niña.
Nunca le había contado quién era.
Nunca le había explicado por qué sabía manejar una espada.
Nunca le había dicho por qué conocía cada camino oculto de las montañas.
Simplemente la había entrenado.
Una y otra vez.
Hasta convertirla en alguien capaz de sobrevivir.
Seo-Rin miró al príncipe.
Lee Hwan retrocedió lentamente.
El príncipe señaló una pequeña caja de madera situada debajo de la mesa.
Seo-Rin se agachó y la sacó.
Estaba cerrada con un pequeño mecanismo metálico.
Ella reconoció inmediatamente el símbolo grabado sobre la tapa.
Era el mismo símbolo que llevaba la placa.
Seo-Rin abrió la caja.
Dentro había un mapa.
Y una carta.
La carta estaba dirigida a ella.
Si estás leyendo esto, significa que finalmente has encontrado al hombre que debía convertirse en tu protegido.”
Seo-Rin levantó lentamente los ojos hacia Lee Hwan.
El príncipe también había leído las primeras líneas.
Seo-Rin continuó leyendo.
El rostro de Lee Hwan perdió todo color.
Afuera, muy lejos, se escuchó el sonido de un cuerno.
Ambos se quedaron inmóviles.
Otro cuerno respondió desde las montañas.
Y después otro.
Lee Hwan se acercó lentamente a la ventana.
A lo lejos comenzaron a aparecer pequeñas luces entre los árboles.
No eran tres soldados.
Ni diez.
Era un grupo mucho más grande.
Seo-Rin dobló la carta y la guardó dentro de su ropa.
Lee Hwan la miró.
Seo-Rin tomó lentamente la espada que estaba sobre la mesa.
La desenvainó.
Sus ojos ya no tenían aquella expresión burlona de horas atrás.
Hizo una pausa.
El traidor estaba más cerca de lo que imaginaban
Lee Hwan se quedó mirando la oscuridad.
Por primera vez comprendió que la amenaza no venía de un ejército extranjero.
Tampoco de los bandidos.
Ni siquiera de las montañas.
Venía desde el interior del propio palacio.
Y había alguien con suficiente poder para conocer cada uno de sus movimientos.
Seo-Rin volvió a mirar el mapa.
Había una marca roja cerca del palacio.
Una segunda marca estaba exactamente debajo de ella.
Y junto a ambas aparecía una frase escrita por la mano de Kang Mu-Hyeok.
“El hombre que quiere matar al príncipe no está fuera del palacio.”
“Está sentado junto al trono.”
Seo-Rin levantó lentamente la mirada.
Lee Hwan entendió entonces que regresar al palacio ya no significaba recuperar su posición.
Significaba entrar directamente en la boca del enemigo.
Y la única persona que podía mantenerlo con vida era precisamente la campesina que, unas horas antes, se había atrevido a decirle que ni siquiera podía protegerse a sí mismo.
Pero ninguno de los dos sabía todavía que el nombre de Kang Mu-Hyeok había sido borrado de los registros reales por una razón mucho más peligrosa:
él había descubierto quién estaba realmente detrás del trono.
