LA EMPLEADA QUE TODOS MANDABAN
Durante unos segundos, nadie se movió.
La sala de juntas, que hasta hacía unos instantes estaba llena de conversaciones y órdenes, quedó completamente en silencio.
Elena permanecía de pie junto a la mesa, sosteniendo todavía la pequeña libreta negra que había llevado consigo desde que entró al edificio.
Frente a ella estaba Alejandro, el verdadero presidente de la compañía.
Y lo más extraño no era que hubiera llegado acompañado por dos ejecutivos.
Lo verdaderamente impactante era la forma en que la había tratado.
No como una empleada.
No como una secretaria.
Ni siquiera como una simple visitante.
La había llamado “señora Elena”.
Y había inclinado ligeramente la cabeza ante ella.
Ricardo, el gerente que minutos antes le había ordenado llevar documentos de un lado a otro, sintió que el rostro comenzaba a ponerse pálido.
Miró a Alejandro.
Luego miró a Elena.
Después volvió a mirar a Alejandro.
Algo no encajaba.
Elena no respondió inmediatamente.
Simplemente cerró la libreta.
Su expresión seguía siendo tranquila.
La misma expresión que había tenido cuando le pidieron café.
La misma expresión que había mantenido cuando otro empleado le entregó documentos.
La misma expresión que conservó cuando Ricardo le habló con un tono que ningún jefe debería utilizar con una persona que acaba de conocer.
Alejandro se dirigió hacia la cabecera de la mesa.
Todos obedecieron inmediatamente.
Incluso Ricardo.
Elena tomó asiento frente a ellos.
Alejandro se sentó a su lado.
Los dos ejecutivos que lo acompañaban colocaron varias carpetas sobre la mesa.
Entonces Alejandro miró a todos los presentes.
Nadie dijo una palabra.
Ricardo tragó saliva.
Una de las empleadas que había pedido café a Elena bajó lentamente la mirada.
El silencio se volvió todavía más incómodo.
Elena permanecía completamente seria.
Ricardo intentó hablar.
Ricardo se quedó callado.
Alejandro abrió una de las carpetas.
Dentro había fotografías, informes, registros de acceso y documentos financieros.
Los colocó sobre la mesa.
Elena tomó el primer documento.
Lo revisó durante unos segundos.
Luego levantó la mirada.
Alejandro asintió.
Uno de los ejecutivos conectó una computadora a la pantalla de la sala.
Apareció un informe financiero.
En la primera página se observaban los gastos generales de la empresa correspondientes a los últimos doce meses.
Elena tomó un bolígrafo.
Ricardo frunció el ceño.
Ricardo se quedó inmóvil.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
Elena deslizó una hoja hacia él.
Alejandro observó los nombres.
Pasó otra página.
Uno de los ejecutivos se inclinó hacia adelante.
Elena continuó revisando los documentos.
Ricardo comenzó a sentirse cada vez más incómodo.
Intentó mantener una expresión tranquila, pero sus manos empezaron a moverse nerviosamente debajo de la mesa.
Elena lo notó.
Sin embargo, no dijo nada.
Sacó otro documento.
Alejandro la miró.
Elena mencionó la cifra.
Alejandro quedó serio.
Los demás intercambiaron miradas.
Era una cantidad demasiado grande para ser un simple error administrativo.
Elena lo miró directamente.
Ricardo bajó la mirada.
Por primera vez desde que Elena había entrado al edificio, él no sabía qué decir.
Pero entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
La puerta de la sala se abrió.
Era Martín, el director financiero.
Entró apresuradamente con una carpeta en la mano.
Alejandro lo miró.
Martín dejó la carpeta sobre la mesa.
Entonces vio a Elena.
Su expresión cambió inmediatamente.
Fue un cambio pequeño.
Casi imperceptible.
Pero Elena lo vio.
Martín conocía su identidad.
O al menos parecía saber que ella no era una simple empleada.
Se detuvo.
Elena lo observó en silencio.
Alejandro frunció el ceño.
Martín tardó unos segundos en responder.
Elena cerró lentamente la carpeta que tenía delante.
Martín quedó paralizado.
Ricardo miró a Elena con sorpresa.
Martín guardó silencio.
Ricardo levantó la cabeza.
Alejandro se quedó mirando a Martín.
Elena sacó una fotografía de su carpeta.
La colocó sobre la mesa.
En la fotografía aparecía Martín entrando a un restaurante junto a otro hombre.
Ricardo reconoció inmediatamente al hombre.
Elena asintió.
Martín respiró profundamente.
Martín miró a Ricardo.
Fue apenas un segundo.
Pero Elena lo notó.
Ricardo también.
Alejandro también.
Martín finalmente comenzó a hablar.
Martín no respondió.
Ricardo cerró los ojos durante un instante.
Alejandro se levantó lentamente de su silla.
Elena asintió.
Uno de los ejecutivos comenzó a revisar la computadora.
Pasaron varios segundos.
Finalmente apareció un registro bancario.
Elena lo observó con atención.
Entonces su expresión cambió por primera vez.
No fue miedo.
Fue sorpresa.
Alejandro lo notó.
Elena no contestó inmediatamente.
Amplió el documento.
Revisó una de las transferencias.
Luego revisó otra.
Y otra.
Finalmente levantó la mirada.
La sala quedó completamente silenciosa.
Cuatro años.
Alejandro volvió a sentarse lentamente.
Elena asintió.
Ricardo comenzó a mirar hacia la puerta.
Elena lo vio.
Ricardo volvió la mirada hacia ella.
Elena tomó otra hoja.
Ricardo palideció.
Elena colocó la hoja sobre la mesa.
Era un registro de acceso.
Mostraba las entradas y salidas de diferentes empleados durante los últimos meses.
Elena miró directamente a Ricardo.
Pero no dijo su nombre.
En lugar de eso, señaló el documento.
Alejandro se quedó completamente serio.
Martín comenzó a sudar.
Elena volvió a revisar la pantalla.
Entonces encontró algo todavía más extraño.
Él la miró.
Alejandro se levantó inmediatamente.
Elena observó la pantalla.
Durante unos segundos no dijo nada.
Luego respondió.
Ricardo se quedó completamente inmóvil.
Martín cerró lentamente la puerta de la sala.
Elena levantó la mirada hacia él.
Algo en su expresión había cambiado.
Ya no parecía estar investigando solamente un fraude financiero.
Ahora parecía haber descubierto algo mucho más grande.
