“LA ESPOSA DEL REY DESCUBRIÓ A QUIÉN HABÍA HUMILLADO… PERO YA ERA DEMASIADO TARDE”,

“LA ESPOSA DEL REY DESCUBRIÓ A QUIÉN HABÍA HUMILLADO… PERO YA ERA DEMASIADO TARDE”,

La nueva esposa del rey descubrió quién era realmente la joven — Parte 3

El patio principal del palacio había quedado completamente en silencio.

Hasta unos segundos antes, la reina Yoon Hye-Rin había estado convencida de que aquella joven desconocida era una mujer que intentaba acercarse al rey. Había hablado con arrogancia, había ordenado que la sacaran del palacio y la había humillado delante de los guardias.

Pero ahora todo había cambiado.

La joven que ella había tratado como una intrusa era nada menos que Kang Soo-Ah, la única hija del rey Kang Tae-Hyun.

Y el rey acababa de dejar claro delante de todos que aquella mujer tenía derecho a entrar al palacio sin pedir permiso.

Hye-Rin bajó lentamente la mirada.

Por primera vez desde que había llegado al trono, no encontraba una respuesta que pudiera salvarla de la vergüenza.

Soo-Ah, en cambio, permanecía tranquila.

No había gritado.

No había insultado a la reina.

Ni siquiera había utilizado su posición para humillarla de vuelta.

Simplemente observaba a la mujer que acababa de descubrir, demasiado tarde, quién era realmente.

Entonces, las puertas del patio se abrieron de golpe.

Un mensajero real entró corriendo.

Su ropa estaba cubierta de polvo y su respiración era agitada. Se detuvo frente al rey, cayó de rodillas y apoyó ambas manos contra el suelo.

—¡Majestad!

El rey dio un paso hacia él.

—Habla.

El mensajero levantó la cabeza.

—Hay un problema con la princesa.

La expresión de Soo-Ah cambió inmediatamente.

—¿Qué problema?

El mensajero miró a la joven y después al rey, como si no supiera si debía hablar delante de la reina.

—Majestad… encontramos algo en las habitaciones de la princesa.

El rey frunció el ceño.

—¿Qué encontraron?

El hombre tragó saliva.

—Una carta.

—¿Y qué tiene de especial una carta?

—Está dirigida a la princesa.

Soo-Ah dio un paso hacia adelante.

—¿Quién la escribió?

El mensajero dudó.

—No lo sabemos.

El rey miró a su hija.

—Llévanos allí.

El mensajero se levantó rápidamente.

—Sí, Majestad.

El rey comenzó a caminar, pero antes de abandonar el patio se detuvo.

Miró a la reina.

Hye-Rin seguía inmóvil.

—Tú también vienes.

La reina levantó lentamente la cabeza.

—¿Yo?

—Sí.

El tono del rey no dejaba espacio para discutir.

Hye-Rin asintió.

Los cuatro abandonaron el patio acompañados por varios guardias.

La carta escondida

Las habitaciones de Soo-Ah estaban ubicadas en el ala oriental del palacio, una zona reservada para miembros de la familia real. Habían sido preparadas años atrás, pero la princesa nunca había vivido allí de manera permanente porque había pasado gran parte de su juventud fuera de Corea.

Cuando el rey entró, encontró a varios guardias revisando cuidadosamente la habitación.

Sobre una mesa había un pequeño sobre blanco.

El rey se acercó.

—¿Ese es el mensaje?

El comandante de la guardia asintió.

—Sí, Majestad. Lo encontramos dentro de uno de los cajones.

Soo-Ah se acercó lentamente.

—Ese cajón estaba cerrado.

El comandante respondió:

—Exactamente.

El rey tomó el sobre.

No tenía sello real.

Tampoco llevaba el nombre del remitente.

Solo había una frase escrita en la parte delantera.

“Para la hija del rey.”

Soo-Ah sintió un escalofrío.

—¿Quién sabía que yo regresaría hoy?

Nadie respondió.

La pregunta era demasiado importante.

El rey miró a sus guardias.

—¿Quién tuvo acceso a esta habitación?

El comandante respondió:

—Solo tres personas sabían que la princesa ocuparía esta habitación.

El rey lo miró fijamente.

—Dime sus nombres.

El comandante comenzó a enumerarlos.

—El jefe de protocolo, el administrador del ala oriental y…

Hizo una pausa.

El rey esperó.

—¿Y?

—La reina.

Todos miraron a Hye-Rin.

La reina abrió los ojos.

—Yo no escribí esa carta.

Soo-Ah no respondió.

Pero el rey sí.

—Nadie te ha acusado.

Hye-Rin apretó los labios.

Por primera vez comprendió que aquella investigación podía ser mucho más peligrosa de lo que parecía.

El rey abrió el sobre.

Dentro había una sola hoja.

Comenzó a leer.

Su rostro cambió.

Soo-Ah lo notó inmediatamente.

—Padre…

El rey levantó la mirada.

—Esta carta habla de tu madre.

Soo-Ah quedó completamente inmóvil.

—¿De mi madre?

El rey volvió a mirar el papel.

—Dice que hay cosas sobre tu nacimiento que nunca te conté.

La reina frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

El rey dobló lentamente la carta.

—Todavía no lo sé.

Soo-Ah se acercó.

—Quiero saberlo.

El rey la miró.

—Soo-Ah…

—He vivido lejos de ti durante años. Si alguien conoce algo sobre mi madre, tengo derecho a saberlo.

El rey guardó silencio.

Finalmente, asintió.

—Tienes razón.

Un secreto que llevaba veinte años oculto

La reina permanecía en un rincón de la habitación observando la conversación.

Hasta ese momento, ella había pensado que el mayor problema de su matrimonio era la distancia emocional del rey.

Ahora comenzaba a descubrir que había una parte de su vida que desconocía completamente.

Y esa parte parecía estar relacionada con Soo-Ah.

Hye-Rin finalmente preguntó:

—¿Qué ocurrió con la madre de la princesa?

El rey permaneció en silencio durante unos segundos.

—Murió cuando Soo-Ah era muy pequeña.

—Eso ya lo sabía.

—Pero no sabes toda la historia.

La reina lo miró sorprendida.

—¿Qué no sé?

El rey caminó hacia una ventana.

Desde allí podía observar los tejados del palacio y las montañas que rodeaban la capital.

—La madre de Soo-Ah no murió simplemente por una enfermedad.

Soo-Ah sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—Entonces, ¿cómo murió?

El rey cerró los ojos por un instante.

—Fue víctima de un atentado.

La habitación quedó en silencio.

La reina llevó lentamente una mano a su pecho.

—¿Un atentado?

—Sí.

Soo-Ah retrocedió un paso.

Durante toda su vida había escuchado que su madre había fallecido por una enfermedad repentina.

Nunca había imaginado otra posibilidad.

—¿Quién lo hizo?

El rey negó con la cabeza.

—Nunca pudimos descubrirlo.

—¿Y me mandaste a Estados Unidos para protegerme?

El rey la miró directamente.

—Sí.

Soo-Ah sintió una mezcla de dolor y rabia.

—Entonces no me alejaste porque no quisieras tenerme contigo.

—Nunca dejé de quererte.

—Entonces ¿por qué nunca me dijiste la verdad?

El rey bajó la mirada.

—Porque eras demasiado joven. Y porque temía que quienes mataron a tu madre descubrieran que seguías viva.

Soo-Ah no pudo responder.

La mujer que ella había llorado durante años acababa de convertirse en el centro de un misterio que había permanecido oculto durante décadas.

La reina empieza a sospechar

Hye-Rin había permanecido callada.

Pero algo no dejaba de darle vueltas en la cabeza.

La carta había aparecido justo el día en que Soo-Ah regresaba.

Alguien sabía que la princesa llegaría.

Alguien conocía el pasado de la familia real.

Y alguien había logrado entrar en una habitación que debía estar protegida.

Hye-Rin se acercó al rey.

—Majestad.

El rey la miró.

—¿Qué?

—Creo que alguien dentro del palacio está ayudando a quien escribió esta carta.

El rey guardó silencio.

Soo-Ah también la miró.

Por primera vez desde su llegada, la joven no vio a la reina como una enemiga.

La vio como alguien que acababa de darse cuenta de que el peligro podía estar mucho más cerca de ellos.

—¿Por qué dices eso? —preguntó el rey.

Hye-Rin señaló el sobre.

—Porque quien escribió esto sabía exactamente dónde estaría la princesa.

El comandante de la guardia intervino.

—Majestad, hay otra cosa.

Todos lo miraron.

—¿Qué cosa?

—Encontramos esto detrás del cajón.

El comandante mostró un pequeño objeto de madera.

Era un colgante antiguo.

Soo-Ah lo reconoció inmediatamente.

—Ese símbolo…

El rey se acercó.

En el centro del colgante había una pequeña luna creciente rodeada por tres líneas.

El rostro del rey perdió el color.

—No puede ser.

Soo-Ah preguntó:

—¿Qué significa?

El rey tomó el colgante con cuidado.

—Este símbolo pertenecía a la familia de tu madre.

La reina abrió los ojos.

—¿La familia de la reina anterior?

El rey asintió.

—Creíamos que todos habían desaparecido.

Soo-Ah miró el colgante.

—¿Creíamos?

El rey no respondió.

Porque en ese momento comprendió algo mucho peor.

Si el símbolo había aparecido dentro de la habitación de Soo-Ah, significaba que alguien quería que la princesa descubriera la verdad.

Pero también podía significar que alguien quería utilizarla.

Una amenaza en las puertas del palacio

Mientras el rey intentaba entender el significado del símbolo, un guardia entró apresuradamente.

—¡Majestad!

El rey se volvió.

—¿Qué sucede ahora?

—Hay hombres en la entrada principal.

—¿Quiénes son?

—Dicen que vienen a buscar a la princesa.

Soo-Ah sintió un escalofrío.

La reina miró al rey.

—¿Cómo saben que ella está aquí?

Nadie respondió.

El rey salió de la habitación.

—Cierren todas las puertas.

Los guardias obedecieron.

—Nadie entra ni sale del palacio.

Luego miró a su hija.

—Y nadie se acerca a Soo-Ah sin mi autorización.

Soo-Ah se acercó a su padre.

—No quiero esconderme.

—No te estoy escondiendo.

—Entonces déjame enfrentar esto contigo.

El rey la observó durante unos segundos.

En los ojos de su hija ya no veía a la niña que había enviado lejos años atrás.

Veía a una mujer adulta.

Una mujer que había regresado a casa y que ahora estaba dispuesta a descubrir por qué su madre había muerto.

—Está bien —dijo finalmente—. Pero permanecerás a mi lado.

Soo-Ah asintió.

La reina se acercó lentamente.

—Yo también iré.

Soo-Ah la miró sorprendida.

Hye-Rin respiró profundamente.

—Sé que me equivoqué contigo.

La princesa permaneció en silencio.

—Te juzgué sin conocerte —continuó la reina—. Y te humillé delante de todos.

Hye-Rin bajó la mirada.

—Lo siento.

Soo-Ah no esperaba escuchar aquellas palabras.

Después de unos segundos, respondió:

—Acepto sus disculpas.

La reina levantó la mirada.

—Pero no espero que me perdones todavía.

Soo-Ah respondió:

—Eso dependerá de lo que hagamos a partir de ahora.

El rey observó a ambas mujeres.

Por primera vez desde que Soo-Ah había regresado, sintió que quizá aquella familia podía llegar a unirse.

Pero entonces escuchó un fuerte golpe proveniente de la entrada principal.

Todos se quedaron inmóviles.

Un segundo golpe hizo temblar las puertas.

El comandante de la guardia desenfundó su espada.

—Majestad, debemos mover a la princesa.

El rey negó con la cabeza.

—No.

Miró hacia las puertas.

—Si vinieron por mi hija, quiero saber quiénes son.

Soo-Ah tomó el brazo de su padre.

—Padre…

El rey la miró.

—No tengas miedo.

La joven respiró profundamente.

—No tengo miedo.

En ese instante, las puertas comenzaron a abrirse lentamente.

Al otro lado había varios hombres vestidos de negro.

Ninguno llevaba insignias reales.

El hombre que estaba al frente dio un paso hacia adelante.

Miró directamente al rey.

—Majestad.

El rey permaneció inmóvil.

—¿Quién eres?

El desconocido sonrió ligeramente.

—Alguien que conoció a la madre de su hija.

Soo-Ah sintió que el mundo se detenía.

La reina miró al rey.

Y el rey comprendió que el pasado que había intentado proteger durante tantos años acababa de regresar a las puertas de su palacio.

El desconocido sacó lentamente un segundo colgante.

Era idéntico al que habían encontrado en la habitación de Soo-Ah.

—Si quiere saber quién mató a la madre de la princesa —dijo el hombre—, tendrá que escuchar lo que tengo que decir.

El rey dio un paso hacia adelante.

—Habla.

El hombre miró a Soo-Ah.

—No delante de ella.

El rey respondió con una voz fría:

—Entonces no tienes nada que decir.

El hombre sonrió.

—Está bien.

Guardó el colgante.

—Entonces se lo diré a ella.

Soo-Ah levantó la mirada.

—¿A mí?

El hombre respondió:

—Porque hay algo sobre tu madre que tu padre nunca te contó.

El rey dio un paso rápido hacia él.

—¡No vuelvas a hablar de mi hija!

Los guardias levantaron sus armas.

Pero Soo-Ah detuvo al rey con una sola mirada.

—Déjalo hablar.

El rey la miró con preocupación.

Soo-Ah respiró profundamente.

—Toda mi vida he vivido con preguntas sobre mi madre.

Miró al desconocido.

—Si sabes la verdad, quiero escucharla.

El hombre sonrió.

—Entonces prepárate, princesa.

—Porque cuando conozcas la verdad sobre tu madre, también descubrirás por qué tu padre te mantuvo lejos de Corea durante tantos años.

El rostro del rey se endureció.

Y por primera vez, incluso él pareció tener miedo de lo que estaba a punto de ser revelado.

Porque aquel hombre no había regresado solamente para hablar del pasado.

Había regresado para revelar un secreto capaz de destruir a toda la familia real.