La esposa que todos despreciaban
El salón permaneció en silencio después de aquellas palabras. Seo-Hwa no podía apartar los ojos del desconocido vestido de negro. El ministro Kim Tae-Guk, que siempre había mantenido la compostura incluso ante los funcionarios más poderosos del reino, parecía haber visto un fantasma.
—Eso es imposible —repitió el ministro—. Yo mismo vi el informe de tu muerte.
El hombre se quitó lentamente el sombrero tradicional. Tenía una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda y una mirada cansada, como si hubiera pasado quince años huyendo de algo que jamás lo había dejado descansar.
—Viste un informe falso, Tae-Guk. Igual que todos los que creyeron que la familia real había sido destruida para siempre.
Seo-Hwa dio un paso hacia él.
—Te pregunté por mi padre. ¿Está vivo o no?
El desconocido bajó la cabeza.
—No puedo darte una respuesta sin mostrarte primero la prueba que he protegido durante todos estos años.
Metió la mano dentro de su túnica y sacó un pequeño colgante de jade partido en dos. Seo-Hwa sintió que las piernas le temblaban. Había visto la otra mitad durante toda su infancia: su madre la llevaba escondida entre sus pertenencias más preciadas.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó ella.
—Tu padre me lo entregó la noche en que desapareció.
La verdad que ocultaron durante quince años
El ministro ordenó que los invitados abandonaran el salón. Los guardias cerraron las puertas y dejaron únicamente a Seo-Hwa, al ministro y al misterioso visitante.
—Mi nombre es Kang Do-Jin —dijo el hombre—. Fui capitán de la guardia real y juré proteger a tu familia. La noche de la conspiración, recibí órdenes de sacar a tu madre y a ti de la capital.
Seo-Hwa apretó el colgante entre los dedos.
—Toda mi vida me dijeron que mi padre había traicionado al reino y que había muerto durante su huida.
—Te mintieron para que nadie buscara la verdad.
Do-Jin explicó que un grupo de funcionarios había falsificado órdenes reales y acusado al padre de Seo-Hwa de conspirar contra el rey. La intención era apartarlo del poder y apoderarse de las tierras y riquezas que pertenecían a la familia materna de la princesa.
El ministro escuchaba con el rostro endurecido.
—¿Y por qué no regresaste antes? —preguntó—. Si tenías pruebas, pudiste haber salvado a la princesa de años de incertidumbre.
Do-Jin lo miró directamente.
—Porque alguien dentro del palacio seguía dando órdenes para encontrarla. Cada persona que intentaba ayudarla desaparecía o era acusada de traición. Si regresaba sin pruebas suficientes, la condenaba a muerte.
Seo-Hwa recordó las veces que su madre había despertado sobresaltada durante la noche, convencida de que alguien las estaba buscando. Recordó también las advertencias que recibió antes de que su madre muriera: nunca confiar en quienes ofrecieran devolverle su apellido a cambio de obediencia.
—¿Mi padre sabía que yo estaba viva?
Do-Jin tardó en responder.
—Sí. Y antes de separarnos me pidió que te entregara un mensaje cuando fueras lo bastante fuerte para escucharlo.
—Dímelo.
El hombre respiró profundamente.
—Me dijo: “Si mi hija regresa algún día al palacio, no debe buscar venganza antes de descubrir quién abrió las puertas a nuestros enemigos”.
Seo-Hwa levantó la mirada hacia el ministro.
—¿Quién abrió las puertas?
Do-Jin sacó una segunda prueba: un trozo de papel amarillento con una firma y el sello de un funcionario real.
El ministro lo reconoció al instante. Su rostro perdió todo color.
—No puede ser…
Seo-Hwa tomó el papel y leyó el nombre escrito en él.
Era el nombre de una persona que todavía ocupaba un cargo importante en el palacio.
La princesa regresa al palacio
A la mañana siguiente, Seo-Hwa abandonó la residencia noble acompañada por una escolta real. Por primera vez desde su llegada a la capital, no caminaba detrás de nadie ni necesitaba bajar la mirada para evitar las burlas de los demás.
Sin embargo, no llevaba joyas ni una corona. Conservó su hanbok color marfil, el mismo que había provocado tantas risas la noche anterior.
—Su Alteza —dijo el ministro mientras caminaban—, cuando el pueblo descubra su identidad, todos querrán acercarse a usted. Algunos fingirán lealtad. Otros intentarán utilizarla para conseguir poder.
—Entonces tendrán que demostrar quiénes son con sus acciones, no con sus palabras.
Al llegar a las puertas del palacio, los guardias se arrodillaron. Los funcionarios que se encontraban en el patio interrumpieron sus conversaciones. Unos se inclinaron con respeto; otros intercambiaron miradas inquietas.
Seo-Hwa avanzó hasta el salón de audiencias.
En el centro, sentado junto a los consejeros reales, se encontraba el príncipe regente, un hombre de rostro sereno y cabello cuidadosamente recogido. Al verla, se levantó con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
—Así que la princesa perdida finalmente ha regresado.
Seo-Hwa se detuvo frente a él.
—He venido a conocer la verdad sobre la caída de mi familia.
El príncipe regente hizo un gesto para que los guardias se retiraran.
—La verdad es peligrosa, Seo-Hwa. A veces, una persona puede pasar toda su vida buscando respuestas y descubrir que habría sido más feliz sin encontrarlas.
—Mi familia perdió su hogar, su nombre y su lugar en el reino. No he venido a buscar felicidad. He venido a buscar justicia.
La sonrisa del regente desapareció por un instante.
—Hablas como tu padre.
Seo-Hwa sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Lo conociste?
El regente se levantó y caminó hacia una ventana desde la que se veía el patio del palacio.
—Lo conocí mejor que la mayoría. Era un hombre honorable, pero cometió un error: creyó que la lealtad podía protegerlo de la ambición de los demás.
—¿Participaste en la conspiración?
El regente se volvió hacia ella.
—Ten cuidado con las acusaciones que haces dentro de estas paredes. Aquí hay personas que llevan años esperando una oportunidad para destruirte.
—Entonces no tendrás problema en responder mis preguntas ante el consejo.
Por primera vez, el príncipe regente dejó de fingir cortesía.
El esposo que pidió perdón demasiado tarde
Mientras Seo-Hwa se enfrentaba al poder del palacio, Park Min-Jae permanecía bajo custodia en una dependencia de la capital. Había pasado la noche intentando convencer a los guardias de que todo era un malentendido.
Cuando recibió la noticia de que su esposa había regresado al palacio como princesa, se quedó inmóvil.
—Necesito verla —dijo—. Solo cinco minutos. Tengo que explicarle algo.
El guardia negó con la cabeza.
—Su Alteza tiene asuntos mucho más importantes que atender.
Min-Jae bajó la mirada. Por primera vez comprendió que el apellido Park no podía abrir todas las puertas.
Recordó la manera en que Seo-Hwa permanecía callada cuando él la humillaba. Había confundido su paciencia con debilidad y su sencillez con falta de valor. Ahora entendía que nunca había necesitado demostrarle quién era: él había elegido no verla.
Un funcionario entró con un documento.
—Park Min-Jae, el consejo ha ordenado revisar las cuentas de tu familia. Si colaboras con la investigación, podrás explicar tu participación en los hechos.
Min-Jae levantó la cabeza.
—¿Y si entrego toda la información que tengo?
—Eso no garantiza que seas perdonado.
Por primera vez, Min-Jae no preguntó qué podía hacer para recuperar su posición. Pidió papel y tinta.
Escribió una declaración sobre las conversaciones que había escuchado a su padre cuando era joven, las propiedades obtenidas después de la caída de la familia real y los nombres de los funcionarios que visitaban su residencia en secreto.
Pero cuando terminó, añadió una última línea que podía cambiarlo todo.
“Existe una habitación oculta en la antigua residencia de mi familia. Allí se conserva un libro de cuentas que mi padre jamás permitió que nadie leyera”.
La prueba que podía destruir al regente
En el palacio, Seo-Hwa recibió la declaración de Min-Jae. El ministro la leyó dos veces antes de hablar.
—Si ese libro existe, podría confirmar quién financió la conspiración.
Seo-Hwa dobló cuidadosamente el documento.
—Envía a una escolta a la residencia Park. Nadie debe tocar ese libro antes de que llegue el consejo.
Pero el príncipe regente había escuchado suficiente desde el otro lado de una puerta entreabierta.
Sin hacer ruido, se retiró por un corredor privado y llamó a uno de sus asistentes.
—Envía un mensaje a la residencia Park. Quiero que esa habitación desaparezca antes del anochecer.
El asistente inclinó la cabeza.
—¿Y qué hacemos con el prisionero?
El regente guardó silencio unos segundos.
—Si Park Min-Jae habla, toda la capital descubrirá lo que hicimos hace quince años.
En ese mismo momento, un guardia irrumpió en el salón de audiencias.
—¡Su Alteza! ¡Acaban de informar que varios hombres armados se dirigen a la residencia Park!
Seo-Hwa se levantó de golpe.
Comprendió que la carrera por la verdad acababa de convertirse en una carrera contra el tiempo.
Si los hombres encontraban el libro primero, las pruebas desaparecerían. Y si Min-Jae era silenciado, quizá nunca descubriría quién había destruido realmente a su familia.
Seo-Hwa miró al ministro.
—Prepara mi escolta. Voy personalmente.
El ministro intentó detenerla.
—¡No puede arriesgar su vida por el hombre que la humilló!
Seo-Hwa se detuvo en la entrada.
—No voy por él. Voy por la verdad. Y esta vez nadie decidirá por mí lo que debo hacer.
Salió del palacio mientras las campanas anunciaban una emergencia en la capital.
Pero cuando la escolta llegó a la residencia Park, encontró las puertas abiertas, las ventanas rotas y humo elevándose desde el ala oriental.
Un guardia corrió hacia la princesa.
—¡Su Alteza, la habitación oculta está ardiendo!
Seo-Hwa desmontó y avanzó hacia el fuego. Entre el humo, vio una figura salir tambaleándose con un libro oscuro apretado contra el pecho.
Era Kang Do-Jin.
Pero no estaba solo.
Detrás de él apareció un hombre encapuchado que levantó una espada y gritó:
—¡Entrégame el libro o la princesa morirá aquí mismo!
Seo-Hwa se volvió hacia la voz. El hombre se quitó la capucha lentamente.
Y ella reconoció el rostro del funcionario que había firmado la orden de traición quince años atrás.
El mismo hombre que todavía servía en el consejo real.
CONTINUARÁ…
